| 7/21/1998 12:00:00 AM

¿Llega la crisis?

Colombia tiene hoy un alto riesgo de caer en una crisis financiera. Dinero explica cómo llegamos a esta situación y qué podemos hacer para evitar lo peor.

Para nadie es un secreto que el sector financiero pasa momentos de fuerte conmoción. Al tiempo que los indicadores financieros del sistema muestran un apreciable deterioro en comparación con el año anterior y las tasas de interés alcanzan niveles históricamente altos, numerosas entidades han tenido que acercarse al Banco de la República buscando liquidez y tres de ellas ­la Caja Agraria, Uconal y Granahorrar­ han recibido apoyo del Fondo de Garantías de Instituciones Financieras, Fogafin. La pregunta es inevitable: ¿son éstas las primeras señales de una crisis financiera?



En un escenario pesimista, el sector financiero sería la bomba oculta de la economía colombiana en los próximos doce meses, un problema más grave todavía que el déficit fiscal y la inestabilidad cambiaria. En una perspectiva optimista, el sector enfrenta un período difícil que obligará a las entidades a hacer ajustes y acelerará las fusiones y absorciones, pero que será superado sin que falle una entidad de gran tamaño. Todo depende de que afloje la presión sobre la banda cambiaria, que lleva al Banco de la República a restringir la liquidez y mantener elevadísimas tasas de interés, de que los flujos de caja de las entidades sean capaces de aguantar la tensión y de que la evolución de la economía sea positiva.



Es imposible garantizar en este momento qué va a ocurrir, pero una cosa es segura: cuando hay incertidumbre, lo mejor es estar preparado para enfrentar el peor escenario posible. Y este escenario es bastante desagradable.



¿Qué está pasando?



La pregunta del millón es ésta: ¿los problemas de las entidades financieras en los últimos meses obedecen a causas aisladas o son síntomas de una crisis sistémica que se está gestando? María Luisa Chiappe, la superintendente bancaria, estima que se trata de problemas particulares que han sido enfrentados con soluciones particulares (página 38), e insiste en que tanto Uconal como Granahorrar y las demás entidades que han ido al Banco de la República por liquidez extraordinaria están fundamentalmente bien. Uconal está haciendo el tránsito para convertirse en sociedad anónima y ser vendida, y Granahorrar tiene indicadores sólidos de solvencia.



Pero otros análisis muestran una visión bien diferente. Desde una perspectiva macroeconómica, la economista Carmen Reinhart, una de las expertas más destacadas del mundo en el análisis de crisis financieras ­ha estudiado a fondo más de 30 de estos casos en tres continentes­, considera que Colombia presenta todos los síntomas clásicos de una crisis (página 42). Colombia estaría, por lo menos, en una situación de alerta amarilla.



Reinhart y otros investigadores han encontrado que existe una fuerte relación entre crisis bancarias y cambiarias. Hay un patrón claro en la experiencia internacional. Primero, los países liberalizan su sector financiero al tiempo que se produce un boom de la economía. El crédito se expande rápidamente para financiar consumo, vivienda e importaciones. Los capitales y el crédito internacional fluyen hacia el país. El gobierno gasta abundantemente y acumula un déficit fiscal, confiado en su capacidad para financiarlo. Los precios de la finca raíz y los papeles de la bolsa se disparan, en medio de un ambiente especulativo. La moneda local se revalúa, las exportaciones se frenan, las importaciones aumentan y el déficit en cuenta corriente se expande.



El evento que dispara la crisis puede venir de muchas fuentes, pero en algún momento los proveedores de liquidez perciben la realidad y el flujo se interrumpe. Si bien la secuencia entre crisis cambiaria y crisis financiera varía en los diferentes países, el resultado es muy similar en todos: la moneda se devalúa, los activos inflados caen de precio y las entidades financieras se quedan con numerosas deudas que no les pagan y unas inversiones y unos activos que han perdido valor.



La similitud entre este patrón internacional y la evolución colombiana se ve en el gráfico de la página 34. En el lado izquierdo se sintetizan los resultados para una muestra de países donde han ocurrido crisis financieras. En el lado derecho se presentan los indicadores para Colombia. Incluso con una evolución de la tasa de cambio que no se ajusta exactamente en el tiempo a lo que predice el patrón, Colombia reúne los síntomas de una economía en la que se está gestando una crisis financiera.



La fragilidad del sistema



El cuadro macroeconómico en el que Colombia se inserta es claro. La pregunta es hasta dónde el sector financiero tiene, como sistema, la fortaleza para soportar la tensión. Es evidente que se ha venido debilitando en los últimos meses.



El sistema financiero colombiano tiene puntos fuertes en comparación con el resto de América Latina, pero también tiene otros débiles. Por el lado positivo, está bien capitalizado de acuerdo con los estándares de Basilea; y las normas sobre clasificación de cartera son claras, de modo que está bien medida, en lo fundamental. Por el lado negativo, las normas de Basilea no son suficientes para países en desarrollo y además las provisiones que hacen las entidades son inferiores a lo debido. Y además, de acuerdo con un informe de Standard & Poor's (que coincide con la apreciación de la mayoría de los observadores internacionales), la supervisión bancaria en nuestro país no es tan penetrante como se requiere.



Los recientes resultados del sistema financiero muestran que su posición de liquidez está cada vez más comprometida. El crecimiento de la cartera ha comenzado a caer, mientras que las tasas de interés aumentan. Los gastos operativos crecen, las pérdidas de portafolio aumentan, las utilidades se reducen, la cartera mala crece y las provisiones se elevan.



Dadas las elevadísimas tasas de interés, se espera que los resultados para el mes de junio sean aún más negativos que los vistos hasta ahora. Y las perspectivas para el segundo semestre sobre dinamismo de los préstamos y evolución de la calidad de la cartera no son buenas. La situación se complica más si se tiene en cuenta que en las entidades pequeñas, en las cuales la vigilancia es menos estricta, podrían aparecer problemas adicionales. Ciertamente, la fragilidad del sistema se está incrementando con velocidad.



¿Qué hacer?



Una crisis financiera es uno de los eventos desastrosos que le pueden ocurrir a una economía. El costo de las crisis financieras se mide en años de crecimiento y puntos del PIB perdidos. En América Latina, las crisis financieras han costado entre 5 y 55 puntos del PIB en las décadas recientes. El sistema financiero colombiano pasa su situación más difícil de los últimos 15 años. Para salir del embrollo, se requiere una combinación de acciones macroeconómicas e intervenciones específicas en el sector financiero.



Hay que romper el actual círculo vicioso. La economía y el sistema financiero no pueden operar con las actuales tasas de interés y sin la liquidez adecuada. En otras palabras, hay que despejar las expectativas de ajuste fiscal y cambiario, pronto.



La estrategia macro debe estar acompañada de un afinamiento de la intervención de la Superintendencia sobre el sistema financiero y de una preparación institucional para prevenir y afrontar una crisis mayor.



La Super ante todo debe despolitizar su intervención sobre los bancos. La alcahuetería con los bancos oficiales y muchas de las entidades del sector cooperativo debe terminar, para evitar que contagien al conjunto del sistema. Y debe reconocer, con realismo, que la función de supervisión está muy débil y es preciso emprender una acción de emergencia para construirla. También podría acelerar la calificación de cartera por entidades independientes, aumentar las reservas sobre cartera vencida, disminuir la posición propia sobre operaciones con derivados, evitar que la valoración del portafolio de inversiones de mayor maduración tenga excesivas fluctuaciones de corto plazo e impulsar la titularización de activos que hoy tengan poca movilidad.



Pero el gobierno debe prepararse para lo peor, aunque lo peor todavía pueda evitarse. Para ello el nuevo gobierno debe orientarse a fortalecer la capacidad de intervención de la Super y del Fogafin. La Superintendencia requiere mayor capacidad de impulsar el saneamiento de las entidades y su consolidación en el nuevo entorno competitivo. La aprobación, con mensaje de urgencia, de la ley de reforma financiera generaría una Superintendencia con los instrumentos necesarios.



Por otra parte, el Fogafin, con sus acciones sobre la Caja Agraria, Uconal y Granahorrar agotó prácticamente todos sus recursos y requiere urgentemente una capitalización. En el corto plazo, deberían aumentarse las primas sobre el seguro de depósitos hasta su máximo, y asignar recursos del presupuesto nacional con este fin.



La mayor capacidad de intervención y garantía del gobierno, para evitar problemas de riesgo moral que generen mayor posibilidad de socialización de pérdidas, debe ser acompañada con una mayor demanda de responsabilidad a los accionistas. En los inevitables casos de intervención, el gobierno debe demandar los cambios necesarios en la administración e ir más allá de las exigencias que ha hecho hasta ahora a las entidades que reciben los recursos. Y la información completa sobre las intervenciones a entidades debe ser pública. El nuevo gobierno no debe dudar un segundo sobre la privatización competitiva de todos los bancos oficiales, antes de que sea muy tarde o no valgan nada.



En los demás casos, el gobierno debe impulsar una capitalización acelerada de las entidades financieras, muy por encima de las normas de Basilea. Y podría asimismo ensayar la conformación de un esquema privado para la garantía de las entidades financieras en el futuro donde, como en el caso español, ellas mismas sean sus socias y operadoras.
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