| 3/18/2005 12:00:00 AM

La transformación del siglo XX

Las firmas colombianas cambiaron en algo más de cien años con la participación de las mujeres. Una nueva mirada a la historia empresarial del país, para encontrar el aporte de la revolución femenina.

El cambio del papel de las mujeres en la economía está en el centro de grandes contradicciones de la sociedad moderna. Los elevados porcentajes de mujeres que se educan y la creciente calidad de sus resultados académicos no se comparan con la responsabilidad que suelen lograr en las empresas.
 
Las prioridades de vida que traen las mujeres al mundo laboral ponen en primer plano los grandes desequilibrios entre las obligaciones del trabajo y la calidad de la vida personal, pero las empresas no saben cómo reaccionar ante esta preocupación. Las percepciones de las mujeres sobre las necesidades de los consumidores han transformado la manera como se conciben los productos, pero esto no se articula en una visión sobre el aporte de las mujeres a la organización.
 
En los acuerdos tácitos que definen la cultura, la sociedad sigue aplicando a las mujeres unas reglas ancladas en el pasado. Se siente la necesidad de cambiar, pero no se sabe cómo.

Para poder cambiar el presente, hay que conocer el pasado. Con esta idea en mente, Dinero desarrolló este número especial, para estudiar la profunda transformación del papel de la mujer en la historia de la economía y los negocios en el país, con algunos de los nombres y de los innumerables casos que moldearon este proceso. Naturalmente no están todas las personas relevantes porque fue un movimiento de cientos de colombianos y colombianas que cambiaron definitivamente la forma de hacer las cosas en el país.

Encontramos que las mujeres asumieron papeles de importancia en las empresas mucho antes de que la ley y las costumbres les reconocieran derecho alguno. De hecho, esta es una de las lecciones de la mirada hacia atrás. La sociedad nunca ha tenido problema con que las mujeres trabajen, el problema ha estado en reconocer el valor de ese trabajo y, en particular, valorar el aporte de las mujeres que trabajan y al mismo tiempo son madres.

El recuento de la vinculación de la mujer a la producción fuera del hogar puede hacerse desde cuatro frentes: el de las tecnologías de producción, el de la urbanización, el de los derechos y el de la educación. Estas fuerzas actuaron unidas, alimentando y siendo retroalimentadas por el proceso de cambio que ganaba momento. Por eso, el camino hasta hoy mezcla los cuatro temas en una historia apasionante y muy poco conocida.

Las mujeres en la producción

Siempre hubo presencia femenina en actividades agrícolas, de artesanía y de comercio. En Ambalema, el primer gran centro exportador del país, al final del siglo XIX, las mujeres estaban en la industria de tabaco, de aliños, de sombreros de exportación, recolección y selección de café. A principios del siglo XX, el proceso de industrialización las sacó de la actividad productiva doméstica, y empezaron a formar una nueva fuerza de trabajo femenina urbana y técnicamente más sofisticada.

Sin embargo, las mujeres no figuraban en las estadísticas como agentes de trabajo. El censo de 1870 incluía datos específicos sobre sus actividades productivas, pero los siguientes (entre 1905 y 1929) las excluyeron. Los cuatro censos de 1938 a 1973 clasificaron a las amas de casa dentro de la población económicamente inactiva, lo cual impidió determinar el aporte de mujeres desde el hogar.

Desde la Colonia, la sociedad colombiana quiso limitar la participación laboral de las mujeres a oficios que estuvieran 'bien vistos'. A las indígenas de la época, por ejemplo, solo se les permitía trabajar como chocolateras, molineras, pasteleras y confiteras. Los linderos para el trabajo se mantuvieron en el Código Civil de 1887, que mencionaba como oficios femeninos los de "directora de colegio, maestra escolar, actriz, obstetriz, posadera y nodriza".

Apenas en 1873 se creó el curso de telegrafía teórica y práctica, del cual se graduaron nueve telegrafistas. Estas primeras técnicas fueron nombradas en Nemocón y La Mesa1. El programa se suspendió por los ataques de la prensa.

Al entrar el siglo XX, la industrialización, en especial en Antioquia, permitió vincular a las mujeres jóvenes a la producción fabril. De hecho, la industrialización colombiana fue femenina. En 1911, la Fábrica de Tejidos de Bello empleaba 110 hombres y 400 mujeres, la Compañía Colombiana de Tejidos, 20 hombres y 200 mujeres. Algo similar ocurría en las trilladoras y las fábricas de cigarrillos. Las familias campesinas encontraron en la industria una buena opción de trabajo para las hijas jóvenes -en lugar del servicio doméstico-, porque se realizaba en un ambiente casi conventual (ver artículo Oficios de mujeres).

A su vez, los empresarios encontraron en las mujeres mano de obra barata y habilidad para trabajos manuales delicados y repetitivos. En 1920, Coltejer pagaba a los hombres salarios entre $0,50 y $2,70 y a las obreras entre $0,35 y $0,80 y Rosellón $0,45 a mujeres y $1 a los varones2.

Por eso, la primera huelga de obreras -liderada por Betsabé Espinosa en febrero de 1922 en la Fábrica de Hilados y Tejidos de Bello- tenía como principales reclamos exigir salario igual por trabajo igual, trabajar calzadas y el cese de abusos sexuales por parte de los capataces. Ganaron la huelga, un hecho bien interesante en el mundo sindical colombiano que aún hoy se caracteriza por ser masculino.

Las estadísticas muestran que, en 1923, el 73% de la fuerza laboral industrial era de mujeres y, en particular, de jóvenes solteras. El 58% de ellas tenía entre 15 y 24 años. Entre 1915 y 1940, el 85% de las obreras correspondía a mujeres solteras. De hecho, los internados para obreras, los "Patronatos de Obreras", eran administrados por comunidades religiosas y solo aceptaban solteras.

La urbanización de los años 30, que se caracterizó por la migración femenina, unida a la aparición de servicios modernos, facilitó otra transformación del trabajo femenino. En las ciudades, la fuerza física perdió parte de su valor como atributo para el trabajo. Las empresas contrataron secretarias, telegrafistas, operadoras, enfermeras y cajeras, con salarios reducidos. A las oficinas se transplantó la figura de la esposa, con la de las secretarias. Los "ángeles de las oficinas" (como las llama Ricardo Abel López) se sumaron a las obreras de la industria, las "dulcineas de las fábricas" (Ann Farnsworth). Las máquinas de escribir y los telégrafos permitían hacer trabajos repetitivos, que requerían habilidad manual, la misma característica de los primeros empleos fabriles.

Los oficios del hogar hasta ese momento tenían un retorno económico importante, en particular porque el tamaño de las familias y la precariedad de los instrumentos para producir en casa alimentos y otros bienes y servicios, requerían una dosis importante de administración. Sin embargo, el trabajo industrial aumentó la productividad de la mano de obra femenina.

Educación y patrimonio

El cambio en la educación de las mujeres fue dramático en la primera mitad del siglo XX. Significó pasar del analfabetismo a abrir las puertas de la universidad.

Al final del siglo XIX, las desventajas educativas para las mujeres eran evidentes. Mientras los niños se educaban en escuelas financiadas con fondos públicos, las niñas debían formarse en escuelas pagadas con aportes voluntarios de los padres. Además, las que terminaban sus estudios recibían un título de categoría inferior al de los hombres. En 1888, las alumnas de los 132 planteles femeninos de Antioquia recibían un diploma de "instrucción suficiente", que no las acreditaba como bachilleres, sino como alfabetas y prácticas en 'ciencias del hogar'.

Con el proceso de industrialización y urbanización, se introdujo la educación comercial, con preparación contable y mecanográfica. Las jóvenes de estratos medios, que en la crisis del 29 y 30 se vincularon a oficinas y trabajos comerciales, se interesaron en esta formación.

El año 1936 fue fundamental para el avance de derechos de las mujeres. El gobierno de la República Liberal les permitió por decreto ser bachilleres como los hombres y, además, reformó el Código de Comercio para darles derechos patrimoniales a las mujeres casadas. Hasta ese año, los bienes de las casadas solo podían ser administrados por los esposos. Las nuevas leyes facilitaron el ingreso de las mujeres a la universidad y a la fuerza laboral, porque podían manejar sus ingresos salariales sin depender de sus cónyuges.

Antes de estas reformas, cinco jovencitas antioqueñas se matricularon en la recién creada Escuela Dental de la Universidad de Antioquia, y esa institución las admitió sin ser oficialmente bachilleres. En 1937 se graduó la primera odontóloga -Mariana Arango-, y en 1936 la Universidad Nacional admitió a la primera bachiller.

En 1936 se aprobó también una reforma constitucional, que les permitió a las mujeres mayores de edad desempeñar empleos que llevaran anexa "autoridad o jurisdicción", en las mismas condiciones que los ciudadanos (varones). Con ello se pudo nombrar en cargos públicos a las abogadas que empezaban a egresar de las universidades. El primero de ellos fue el de Rosita Rojas para un juzgado en Bogotá (ver artículo Escalera hasta el poder).

Urbanización y trabajo

En los 50, la violencia política generó una segunda ola de urbanización, que desplazó a muchas mujeres solas que no encontraban ninguna actividad productiva en la pequeña propiedad campesina o en las grandes haciendas, que privilegiaban el trabajo masculino. Algunas de estas mujeres encontraron empleo en establecimientos fabriles o en talleres artesanales, pero la gran mayoría de ellas debió emplearse en el servicio doméstico.

El país de 11 millones de habitantes del 50 se transformó en pocos años de rural en urbano, en buena medida por la migración femenina. La tasa de migración urbana entre 1963 y 1973 fue más alta para mujeres (17,6 por mil), que para hombres (11,5 por mil).

De esta forma, las mujeres salieron de los sectores primario (agricultura y minas) y secundario (industria), y pasaron a trabajar en el terciario (servicios). De ser el 33% de la fuerza de trabajo del primario en 1938, bajaron al 4% en 1974. En el sector terciario subieron del 29% en 1938 al 45% en 19733.

La participación laboral aumentó sustancialmente. Mientras la población económicamente activa creció un punto entre 1951 y 1973 (de 46,2% de la población total a 47,2%), la de las mujeres creció casi 7 (de 18,6% a 25,3%). Como ocurrió en toda América Latina, el aumento en la participación laboral se asoció con una reducción de la fecundidad y el mejoramiento educativo de las mujeres. La tasa de fecundidad pasó de algo más de 7 hijos por mujer en 1960 a 3,6 hijos en 1979.

Los últimos años

Desde 1980, hubo algunos cambios en el patrón de inserción femenina en la economía que ya había transformado al país, en especial en los 20 y 30 y en los 50.

De un lado, aumentó su nivel educativo. En 1985 eran el 48% de los estudiantes matriculados y en 2002 ya eran el 51%. También cambió su perfil profesional. Mientras en 1985 las mujeres eran la mayoría de los matriculados en bellas artes y educación, en 2002 lo eran en educación, ciencias de la salud, derecho, economía y administración, matemáticas y ciencias naturales.

Con esto, pudieron acceder a cargos de gerencia media y a la alta gerencia en un porcentaje mayor al de otros países del continente (ver artículo sobre mujeres en cargos directivos). En una encuesta reciente se encontró que 30% de las juntas directivas de las 200 mayores empresas del país, tiene al menos una mujer en su nómina. También hay más empresarias. Con datos del Dane, en 2000, de las mujeres ocupadas el 30% es empleadora.

En el otro lado de la pirámide social, hay un grado elevado de informalización del trabajo femenino, donde, como al inicio del siglo XX, la remuneración para las mujeres es sustancialmente inferior. En 2004, de las mujeres ocupadas, el 37% era trabajadora por cuenta propia, una categoría que se asocia con la informalidad.

También cambió el modelo de participación laboral. En los países desarrollados y en Colombia en los años 40 y 50, la participación alcanza su nivel máximo en edades tempranas y decae sostenidamente desde el matrimonio, aunque en algunos casos en las economías del primer mundo hay un pequeño pico hacia los 40 años. En contraste, el máximo en Colombia en los 80 y 90 llega al máximo entre la edad del matrimonio y el final del ciclo reproductivo, esto es, entre los 25 y 44 años4.
 
Esto hace que se haya vuelto particularmente difícil conciliar las exigencias del trabajo doméstico no remunerado con el remunerado fuera del hogar, salvo con costos personales y familiares elevados.

En esta edición especial, Dinero recorre el camino que han abierto las mujeres en el medio empresarial colombiano, como trabajadoras, como gerentes y como empresarias. Este cambio tiene una importancia extraordinaria para la capacidad de hacer empresa en el país, para la productividad y la calidad de vida. El reto ahora es asimilar estos impactos de manera más rápida y eficaz que en el pasado, para desarrollar todo el potencial implícito en el talento y la capacidad de trabajo de las mujeres colombianas.



* Con la participación de Magdala Velásquez.



1 Peláez Echeverri, Gabriela, "La condición social de la mujer en Colombia". Editorial Cromos, 1944.

2 Ospina Vásquez, Luis, "Industria y protección en Colombia 1810-1930". Editorial La Oveja Negra, Medellín 1974. Montenegro, Santiago "Breve historia de las principales empresas textiles 1900-1945". Revista Extensión Cultural UN Medellín 1982.

3 López, Cecilia y León, Magdalena. "El trabajo de la mujer" en "La mujer y el desarrollo en Colombia", ACEP, Bogotá, 1977.

4 León, Francisco (2000). "Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas", CEPAL.
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