| 8/13/1999 12:00:00 AM

LA CIENCIA SI PAGA

La investigación científica en Colombia está a punto de cerrar el siglo con broche de oro y se abren grandes posibilidades de negocios a partir de la innovación tecnológica.

Por mucho tiempo, el país ha tenido la sensación de que Patarroyo cantó muy temprano su victoria en el desarrollo de la vacuna contra la malaria. Periódicamente, aparecen en la prensa nacional e internacional declaraciones del científico colombiano anunciando su famosa SPF 66 que, después de la evaluación de todas las pruebas en el Asia y en el Africa, resultó con una efectividad en humanos de apenas el 30%. La SPF 66 es historia.



Paradójicamente, esa mala noticia resulta opacada por una noticia infinitamente mejor. En el proceso de prueba y error de este desarrollo científico, Patarroyo avanzó sustancialmente en el descubrimiento de las reglas de juego del desarrollo químico de vacunas. El trabajo acumulado de 180 científicos que colaboran con él en el Instituto de Inmunología, la mayoría de ellos jóvenes de universidades públicas colombianas con doctorados y posdoctorados en los mejores centros del mundo, que ya han publicado 170 papers en los mejores revistas científicas internacionales e interactúan con los mejores científicos del planeta, han producido un salto cualitativo en la tecnología de producción sintética de vacunas. Patarroyo ahora sí parece haberse salido con la suya. La última semana de julio se filtró en Londres que el Instituto de Inmunología ha desarrollado una nueva versión de la vacuna, ahora llamada COL-FAL-VAC (Vacuna Colombiana contra el Falciparum), cuya eficacia ha sorprendido a la comunidad científica internacional. La nueva y eficaz vacuna contra la malaria forma parte de un paquete avanzado de vacunas contra la tuberculosis, la leishmaniasis y la hepatitis C que estarán listas durante los próximos 5 años. El avance en el descubrimiento de los principios esenciales de la vacuna es tal, que ya se está hablando de la posibilidad de llegar a una vacuna universal. Estos avances cambiarán la realidad médica actual que sólo está en capacidad de proveer 17 vacunas para 520 enfermedades transmisibles.



A pesar de los errores de tipo epidemiológico del comienzo, que lo condujeron a sobrestimar la eficacia de su vacuna inicial SPF 66 y que le valieron fuertes críticas de la comunidad científica nacional e internacional, y del mucho tiempo empleado por Patarroyo en el lobby nacional e internacional para superar tanto escepticismo y lograr su reconocimiento, su trabajo sorprende hoy más que nunca. Especialmente en un país como Colombia, que sólo se contenta con iniciativas que produzcan resultados o ganancias en el muy corto plazo. Como cualquier otro proceso científico, éste representa un camino largo de aprendizaje, una maratón de resistencia que Patarroyo está a punto de culminar. The Guardian, uno de los principales diarios londinenses, basado en fuentes del más alto rango científico que Dinero pudo confirmar, lo dio como un hecho en un artículo de primera página el 24 de julio pasado: "la vacuna, que podrá salvar un millón de personas por año, estará disponible en el curso de los próximos dos años". El camino es largo, una tarea que sólo se cumplirá con persistencia, disciplina y trabajo de primera calidad. Los 180 científicos y Patarroyo trabajan 24 horas diarias en dos turnos. "En esta carrera no vale llegar de segundo", dice Patarroyo.



La mejor prueba del reconocimiento internacional que ahora tiene Patarroyo se dio en mayo del año pasado cuando George Klein, coordinador del comité del Premio Nobel de Química, estuvo en Colombia. Su reacción frente a los logros del equipo fue simplemente de asombro, como él mismo lo expresó en una carta de agradecimiento que le dirigió a Patarroyo días después.



Según los entendidos, Patarroyo estaría en la recta final para obtener el premio Nobel en el curso de los próximos cinco años. Si es así, paradójicamente, no será por desarrollar la vacuna contra la malaria, que para entonces estará en aplicación en muchos países, sino por el avance en las ciencias básicas que implica desarrollar el proceso químico para producir las vacunas, superando el tradicional método biológico.



La mina de oro



Lo de Patarroyo es además el ejemplo más claro de cómo la investigación científica se deriva en riqueza y bienestar. No sólo por el desarrollo de vacunas que pueden diezmar enfermedades como la malaria, tuberculosis, leishmaniasis, hepatitis B y C o, incluso, cáncer. Los desarrollos de química del Instituto de Inmunología tienen grandes perspectivas comerciales como el desarrollo de vacunas veterinarias, de métodos diagnósticos para muchas enfermedades, producción de aminoácidos para la industria y muchos procesos más.



Sólo las perspectivas económicas de las vacunas contra la malaria representan un enorme potencial económico para Colombia. Dos dosis para una población mundial en riesgo de 2.500 millones de personas representarían ingresos por US$10.000 millones: más que las divisas por exportaciones de café en los próximos cinco años. El valor económico aproximado del conocimiento producido por el trabajo científico de Patarroyo, de acuerdo con estimaciones de Dinero, es de US$1.000 millones, que podría verse multiplicado por 5 por su impacto sobre la economía y el bienestar de la población si tal conocimiento se integrara en los circuitos económicos del país. Una enorme rentabilidad social para los US$20 millones que el país ha invertido en Patarroyo y su Instituto en los últimos 15 años. Todo con ciencia y desarrollo local.



Patarroyo es, sin duda, el ejemplo más conocido en Colombia de desarrollo científico. No obstante, hay muchos otros casos: el Centro Internacional de Física (CIF) de la Universidad Nacional, la Corporación para Investigaciones Biológicas o el Instituto Colombiano del Petróleo. El físico Eduardo Posada es quizá el mejor ejemplo de la rápida aplicación en el aparato productivo del desarrollo científico y tecnológico. Este físico aplicado ha puesto al servicio de la industria sus conocimientos con desarrollos como la variedad Colombia de café y la planta de café liofilizado de Chinchiná (Caldas), entre otros proyectos de innovación tecnológica. En el país ha sido conocido por su dedicación a la difusión de la ciencia y la tecnología para la educación de los colombianos, que tiene como su logro más reciente Maloka, el centro de ciencia y entretenimiento que ha comenzado en Bogotá y ya se planea en Barranquilla y Bucaramanga.



Y ahora, en el Centro Internacional de Física, una institución independiente de investigaciones adscrita a la Universidad Nacional, Posada ha utilizado una combinación de investigación básica y tecnología aplicada para incubar empresas de base tecnológica. Acaba de registrar internacionalmente un invento para fraguado de concreto, con tecnología "chibcha" en alianza con la multinacional suiza Zika. Tiene listo un sistema de vacunas vegetales, para desarrollar resistencia sistémica en plantas, reemplazando el uso de fungicidas. Y, más interesante aún, ya comienzan a dar sus primeros pasos empresas como Rexco de metalización al vacío, Teclaser para el uso del láser en corte de todo tipo de metales y Holocol que desarrolla sellos holográficos de seguridad. Un laboratorio de científicos básicos que produce iniciativas empresariales no es una extravagancia. El laboratorio de Thomas Edison (inventor de la bombilla eléctrica) en Menlo Park (New Jersey) a finales del siglo pasado, se convirtió en uno de los colosos empresariales de Estados Unidos: General Electric.



"Pero aún falta la masa crítica", dice Manuel Elkin Patarroyo. Hay investigación en Colombia y se ve una nueva corriente de empresarios que adquieren creciente conciencia del potencial de desarrollo tecnológico. Este desarrollo en cierta forma espontáneo y liderado por verdaderos quijotes, podría apalancarse con un esfuerzo más organizado, alimentado por una visión de país que les apunte a las áreas de investigación científica donde Colombia puede ser más competitivo.



Colombia está de colero



A pesar de las iniciativas de cientos de científicos y empresarios, Colombia sigue de colero en competitividad. La tecnología, la educación y la capacidad de innovación son los factores críticos que más pesan de manera negativa en el World Competitiveness Report 99, publicado en la edición 88 de Dinero.



Después del pico de 1996, cuando el país aumentó su inversión en Investigación y Desarrollo hasta el 0,7% del PIB, en los últimos tres años el gasto estatal ha caído más del 40% en términos nominales y los recortes presupuestales de Colciencias tienen esta entidad cerca de su desaparición.



Colombia enfrenta un problema de fondo en su modelo de desarrollo. Crecemos tratando de acumular más recursos, pero sin mayores progresos en la competitividad. El resto del mundo tecnológico pasó por diferentes fases: desde la industria del acero en el siglo pasado, a la de las innovaciones en electricidad e industria química, la electrónica, petroquímica y aviónica hasta llegar el tema de las redes de datos, el software y los nuevos medios. Colombia no marcó hito alguno en ninguna de esas fases y hoy, ad portas del próximo milenio, ya no tiene la alternativa de recorrer el camino como lo hicieron Europa o Estados Unidos. El reto consistiría en insertarse en una economía informatizada como un jugador, si no primordial, que al menos que pueda dar la batalla.



Con un agravante: en veinte años, la informática e internet posiblemente serán el pan de cada día y la etapa en que representó un rompimiento con el pasado será historia.

Colombia deberá concentrarse en las áreas en las que tiene sus principales fortalezas y con altas probabilidades de generar cambios tecnológicos, como la química y la biotecnología, con aplicaciones en los campos de la medicina, la agroindustria o la explotación de recursos minero-energéticos, o el desarrollo de la física y la electrónica aplicadas al campo industrial y de los servicios modernos.



Los corredores de cien metros



Lo de Patarroyo es el trabajo del maratonista, el científico que tiene que administrar su esfuerzo y mantener el ritmo por largos períodos, sin decaer hasta llegar a la meta. Pero las economías también necesitan corredores de cien metros planos que logren resultados rápidos, derroten a la competencia por su capacidad para producir innovación, ciencia aplicada y empresa en el menor tiempo posible.



En ese espacio, la iniciativa privada es fundamental. El tema de fondo es la innovación. En una economía con poco ahorro, decreciente aumento poblacional y lento avance de la educación básica, el crecimiento económico tendrá que depender sobre todo del avance tecnológico. Lo único que ha permitido que países como Estados Unidos sigan creciendo es justamente la innovación, la capacidad empresarial para mejorar los productos y la productividad, encontrar nuevas y más apropiadas formas de aplicación científica y crear las ventajas competitivas que permitan sobrevivir en el mercado del próximo milenio.



"La ciencia y la tecnología son vitales para la competitividad. No hay estrategia sostenible sin esos dos elementos", dice Oscar Iván Zuluaga, presidente de Acesco, industria siderúrgica que logró soportar la caída del mercado interno colombiano gracias a la aplicación disciplinada de un plan estratégico, elaborado a comienzos de los años noventa y basado en innovación tecnológica.



Acesco es un jugador ejemplar en el tema de integrar tecnología y empresa en Colombia. Es una de las pocas industrias siderúrgicas que ha sobrevivido a la apertura. Con un componente crítico en su modelo de negocio: se movió a tiempo.



En 1992, ante la inminencia del proceso de globalización, Acesco redefinió su estrategia competitiva de largo plazo: buscó experiencias en toda América, Asia y Europa, hizo el análisis del mercado local y llegó a una conclusión: tenía que volverse el mejor jugador de nicho y producir láminas delgadas galvanizadas. Para ello, debía integrarse un paso atrás en la cadena de valor y adaptar y apropiarse de la tecnología más avanzada del mercado.



Esto implicó un cambio de fondo en la estructura organizacional de la empresa, para darle al objetivo del desarrollo tecnológico la jerarquía indispensable. "La primera gran decisión que tomamos cuando definimos cuál era el norte de Acesco, fue la creación de una unidad de negocios dedicada a la tecnología. Al principio se denominó Unidad de Investigación y Desarrollo. Hoy es la dirección de Gestión de Tecnología, que tiene un presupuesto y metas definidas y depende directamente del más alto nivel de la empresa", explicó Oscar Iván Zuluaga, presidente de Acesco.



El primer objetivo de la dirección de gestión fue el montaje de la nueva planta de laminación en frío, el puntal de la nueva estrategia para competir en el nicho de láminas delgadas galvanizadas.



El proceso permitió la absorción y adaptación de tecnología, tuvo el crédito de Colciencias más grande que se haya otorgado en Colombia para innovación empresarial y un plan de trabajo con la Universidad del Norte que contribuyó al perfeccionamiento de los procesos de producción de lámina galvanizada. Los resultados hoy son evidentes; Acesco exportaba US$100.000 anuales antes de 1993 y hoy ya supera los US$25 millones.



"El siguiente paso será integrar toda la cadena con el proyecto siderúrgico colombo-brasileño de Valle do Rio Doce, la primera siderúrgica de Brasil, lo que demandará inversiones por US$600 millones y permitirá la conformación de un verdadero cluster metalmecánico en Barranquilla. El trabajo realizado por Acesco y la Universidad del Norte en la formación de técnicos especializados es una de las grandes ventajas competitivas de la región para el rápido desarrollo de la industria metalmecánica. Los ingenieros de Acesco fueron seleccionados para presentar el caso en el Seminario Iberoamericano de Tecnología que se celebrará en octubre en Sevilla, España.



La filosofía de la inovación



Empresas como Acesco están cambiando la filosofía empresarial en Colombia. Los presupuestos de investigación y desarrollo tendrán que volverse la norma y no la excepción. No solamente para las empresas existentes, sino sobre todo para nuevos desarrollos empresariales. Para mejorar la competitividad del país, el desarrollo de mecanismos de capital de riesgo (venture capital) para la innovación científica y tecnológica aplicada a las empresas resultará esencial. Tener inversionistas visionarios dispuestos a arriesgar recursos por rentabilidades altas a mediano y largo plazo es un componente esencial de un modelo de desarrollo basado en la tecnología. Los proyectos de innovación tecnológica son totalmente inviables bajo los estándares de un crédito bancario normal.



Más que la falta de científicos capacitados, ha sido la falta de capital privado de riesgo lo que ha frenado el desarrollo de empresas de base tecnológica en Colombia. Pero ya se están dando los primeros pasos. Dinero ha conocido un primer intento de crear un fondeo de verdadero capital de riesgo en Medellín, promovido por BanColombia para financiar proyectos científicos de la Corporación de Investigaciones Biológicas (CIB). Fiducolombia está armando un fondo de recursos para financiar un portafolio de proyectos de investigación científica en biopesticidas que pueden convertirse en productos para el control de plagas que atacan las cosechas.



Según William Rojas, de la Corporación de Investigaciones Biológicas, se necesitan unos $1.000 millones para financiar la investigación durante los próximos dos años. Fiducolombia se ha comprometido a convencer a un grupo de inversionistas dispuestos a destinar por lo menos el 1,0 % de sus portafolios de inversión a este tipo de proyectos. Estas inversiones tienen, como era de esperarse, alto riesgo, pero también la promesa de altísimo retorno en los mercados locales e internacionales. Fiducolombia está buscando disminuir el riesgo, mediante la conformación de portafolios con cuatro o cinco proyectos de investigación. Con uno que resulte en un producto comercial y competitivo, el fondo sería exitoso. Con una ventaja adicional: los inversionistas pueden deducir de sus impuestos de renta hasta el 125% de la inversión.



Nadie puede afirmar que Colombia es un líder en investigación y desarrollo. No obstante, hay que reconocer que en medio de una profunda recesión y de condiciones sociales complejas, puede decirse que hay más iniciativas y proyectos de investigación básica y aplicada de lo que se podría esperar a primera vista. Después de un par de meses de búsqueda, Dinero identificó más de cien casos de investigación científica que podrían convertirse en la ventaja competitiva de muchas industrias, por lo menos 20 empresas de base tecnológica que se crearon a partir de innovaciones y por lo menos diez inventos colombianos que tendrían perspectivas comerciales (sólo una muestra representativa de esos casos se menciona en esta edición).



La ciencia y el desarrollo tecnológico, paradójicamente, comienzan a ser percibidos como fuente de grandes negocios. Aquí y ahora. Lo que parecía imposible en los 90 está despuntando con fuerza para el nuevo siglo. Las empresas le están encontrando más sentido a la innovación y están descubriendo que los recursos humanos y científicos pueden resultar mejores de lo que se pensaba. Y que, en el largo plazo, no hay mejor mecanismo de promoción de exportaciones que hacer de nuestro desarrollo científico y tecnológico la fuente más importante de competitividad. Como dice Sergio Fajardo, matemático de la Universidad de los Andes, "la globalización y la necesidad de competir para sobrevivir están haciendo más por la ciencia de lo que muchos gobiernos intentaron en el pasado". O como lo cree Eduardo Posada, "es increíble todo lo que se puede hacer: lo que falta es confianza en nosotros mismos. Pero hay que lanzarse al mercado antes de alcanzar la perfección".



En medio de la crisis evidente y la acostumbrada quejumbre, hay indicios, como dice Patarroyo "tímidos pero significativos", de que Colombia puede reinventar su sector productivo. Aunque no a corto plazo, la producción y aplicación de ciencia pueden ser un gran negocio. "El país no tiene más alternativa que combinar los maratonistas que desarrollan la ciencia básica con los velocistas que aplican el desarrollo tecnológico en las empresas", dice Rafael Orduz, senador y estudioso de los temas de ciencia y tecnología. Mediante el fortalecimiento institucional de los centros de excelencia y la innovación empresarial, es posible repensar el sector productivo para sustentar la competitividad y el desarrollo del país en el nuevo siglo. Si en los próximos dos años Colombia y el mundo redescubrirán a Patarroyo, en la próxima década el reto será inventarse muchos patarroyos más.
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