Hasta la última gota

| 7/19/2001 12:00:00 AM

Hasta la última gota

Esta crisis cafetera es diferente. La estructura del mercado cambió y Colombia se quedó con un modelo productivo obsoleto y una catástrofe social entre manos.

El café, para los colombianos, es algo que está en los genes. Es verdad que el grano fue la "fuente primordial de divisas" y el "motor de la acumulación originaria del capital" en el siglo XX, pero esas no pasan de ser observaciones de economista. El café es mucho más que eso, es un modo de vida. La imagen de Juan Valdez lo dice todo: el hombre de recursos modestos, pero independiente y orgulloso, rey de su parcela. Por eso, nos cuesta tanto trabajo aceptar una realidad: la caficultura de este país entró en una crisis sin antecedentes, que la llevará a una reducción sustancial en su tamaño y su importancia. Nuestro modelo de producción es obsoleto ante la dinámica del mercado internacional.

Colombia produce café a un costo cercano a los US$0,80 por libra. El precio del café colombiano ha estado en este año en US$0,77 en promedio y ha llegado a niveles tan bajos como los US$0,65 por libra. Entre tanto, Vietnam es rentable a US$0,35 por libra. Lo grave es que la estructura del mercado mundial cambió tanto en el último lustro, que ya pocos esperan que los precios vuelvan a subir a la vuelta de unos cuantos años, como ocurrió con regularidad de reloj en las 9 décadas anteriores. Hace 25 años, cuando el café generaba el 50% de las exportaciones, un escenario de precios como este le habría traído a Colombia una crisis cambiaria y una monumental devaluación del peso. Hoy, el impacto cambiario es apenas una nota al margen, pues el café solo genera un poco más del 6% de las exportaciones. El volumen de divisas generadas por el café es hoy inferior incluso al de las transferencias que envían los colombianos residentes en el exterior.



La crisis social que viene con la caída del café va a ser de grandes proporciones. En Colombia, el sustento de más de 500.000 familias depende del café. A los precios actuales, en los próximos meses miles de productores van a encontrar que sus ingresos no les alcanzan para pagar los costos y les va a resultar muy difícil continuar en la producción. También ocurrirá un cambio de proporciones sísmicas en la cultura empresarial del café. La caficultura colombiana se acostumbró a vivir bajo un acuerdo internacional de cuotas. Los caficultores se amoldaron a la idea de sacrificar su iniciativa empresarial a cambio de la seguridad que les daba la Federación. La ilusión de ser rey de la parcela no iba de la mano con una gestión empresarial basada en resultados, control de costos y captura de mercados. El pacto de cuotas y la seguridad desaparecieron en 1989, pero los mecanismos del mercado administrado continúan y la iniciativa empresarial de los caficultores sigue en pañales. Con los precios que estamos viendo, la tarea de la Federación se reduce a un mínimo por física sustracción de materia, pues la plata se acabó. Y el caficultor tendrá que recuperar su espíritu de empresario en un entorno económico totalmente diferente al que vivió en los pasados 100 años.



Cambio estructural



De acuerdo con LMC International, una firma especializada en el análisis del mercado cafetero mundial, a junio del año 2001 la producción mundial llegaba a 116 millones de sacos, mientras el consumo total era de 107 millones, para un exceso de oferta en este año de más de 9 millones de sacos. A esta situación, que por sí misma ya implicaría una presión hacia abajo en los precios, se suma al acumulado que viene de los años anteriores, para llegar a un inventario mundial de 27 millones de sacos o 55 millones, si se incluye el inventario en los países productores.



Un siglo de experiencia enseñó a los caficultores una solución elemental cuando bajaban los precios del café: la paciencia. A toda depresión de precios seguía una bonanza, y el problema básico del productor era ser capaz de esperar. Hoy, las cosas son diferentes, pues el ciclo tradicional de precios puede haberse roto en forma irreparable.



Por el lado de la oferta, el fenómeno más importante es la irrupción de Vietnam como productor. Este país, que hace dos décadas prácticamente no tenía caficultura, entró en una fase de rapidísima expansión en la década pasada. Para 1990, su producción se acercaba al millón de sacos. En el año 2001, la producción de Vietnam bordea los 14 millones de sacos y se ha convertido en el segundo productor mundial, después de Brasil. Colombia, con 10,6 millones de sacos, ha quedado relegada al tercer lugar.



Brasil ejecutó un cambio radical en su caficultura, pues comenzó a cultivar hacia el norte del país, en Minas Gerais, zona donde no se presentan las tradicionales heladas de las áreas del sur (Paraná y Sao Paulo). India, por su parte, que históricamente vendía su producción a la Unión Soviética, también contribuye hoy al exceso de oferta en el mercado mundial. Las devaluaciones de Brasil e Indonesia llevan a esos países a multiplicar su agresividad en el mercado exportador.



En esta transformación de la oferta, Colombia se ha quedado rezagada tanto en tamaño como en productividad. Colombia tiene cerca de 800.000 hectáreas sembradas de café y produce 10,6 millones de sacos. Entre tanto, el estado brasileño de Minas tiene un área sembrada en café de un tamaño similar a la que existe en Colombia, pero se estima que su producción potencial es de unos 20 millones de sacos. Vietnam, por su parte, produce 14 millones de sacos en 400.000 hectáreas.



Por el lado de la demanda, las cosas también han cambiado. El exceso de oferta está en café robusta y no en los suaves arábigos, como el producido por Colombia. Sin embargo, la tendencia del mercado está arrastrando también a los suaves. Los tostadores han cambiado sus criterios para las mezclas y están utilizando crecientes porcentajes de robustas. Los alemanes, por ejemplo, han desarrollado tecnologías de vaporización que reducen el sabor amargo de las robustas. Esto les ha permitido elevar el porcentaje de robustas en las mezclas, de cerca de 10% hace unos años, a niveles de 30% o 40% en la actualidad. Así, la tecnología también contribuye a sacar los cafés suaves del mercado. La participación de Colombia en el mercado alemán, que llegó a ser cercana al 35%, ha caído a cerca de 16%. El terreno lo ha ido ganando Vietnam.



La consecuencia es un cambio total en el mercado cafetero mundial. La mejor demostración es el hecho de que las heladas de Brasil ya no tienen impacto. En el año 2000 hubo 3 heladas en Brasil y se perdió el 80% de la cosecha de Paraná. El precio internacional del café prácticamente no registró el hecho.



La crisis social



La crisis no debería haber tomado al país por sorpresa. El modelo completo de la caficultura colombiana está herido de muerte desde el momento en que dejó de existir el pacto internacional de cuotas, en 1989. La llegada del momento de la verdad se dilató por pura buena suerte. En 1989 se partía de una situación de precios buenos, un Fondo Nacional del Café solvente y una abundancia de inventarios. Luego, las heladas del 94 en Brasil y la sequía del 97 en ese mismo país crearon breves episodios de alza de precios que permitieron a los colombianos mantener las mismas prácticas de siempre. Se perdió el sentido de urgencia que la terminación del pacto cafetero había impuesto.



Ahora, Colombia tiene que enfrentar una crisis social de grandes dimensiones. De acuerdo con un reciente estudio del Centro de Estudios Regionales, Cafeteros y Empresariales (CRECE), con sede en Manizales, en Colombia el 74% de las fincas cafeteras tiene menos de 5 hectáreas y la producción de café genera cerca de 530.000 puestos de trabajo. El estudio del CRECE tomó los datos del censo cafetero y estableció los puntos de equilibrio en la operación de caja para la producción en fincas cafeteras de diferentes tamaños. Estos datos muestran que a un precio de $28.000 por arroba, como el que está vigente (el precio interno varía según una fórmula que lo ata al internacional), los ingresos de la gran mayoría de los caficultores del centro occidente y el oriente del país (áreas que representan el 77% de la producción) no alcanzan a cubrir los egresos de caja ni los costos monetarios de producción, sin incluir los costos financieros. Además, el estudio demuestra que cuanto más grandes son las unidades productivas, más vulnerables son a la descolgada de los precios, pues en las unidades pequeñas el trabajo propio hace que los pagos a terceros sean proporcionalmente menores dentro de los costos totales.



La situación social en las zonas cafeteras viene deteriorándose rápidamente. Las cifras muestran que el número de desempleados está creciendo, lo mismo que el número de informales que provienen de la actividad agropecuaria. Por otro lado, cada vez son más los miembros de los hogares que empiezan a buscar trabajo, lo que ha traído un aumento sustancial de la deserción y la inasistencia escolar. El número de hogares en las zonas cafeteras por debajo de la indigencia aumentó 11 puntos porcentuales entre 1999 y el año 2000. El indicador de indigencia económica aumentó en 22 puntos entre 1996 y 1998. El CRECE calcula que una caída de 23% en el valor de la producción cafetera frente al nivel de 1998, representaría la pérdida de 257.000 empleos. Ya se está hablando de zonas de Caldas en donde existen cultivos de amapola y coca.



Por su parte, el gremio cafetero está recortando fuertemente las inversiones en infraestructura social, en especial en educación y salud. Esto es particularmente grave, pues todos los estudios también muestran que la productividad de la caficultura está relacionada con la escolaridad de los trabajadores y la disponibilidad de servicios públicos.



Finalmente, la crisis tiene consecuencias trascendentales para la institucionalidad cafetera colombiana. La situación del Fondo Nacional del Café se ha deteriorado hasta niveles extremos. Sus inventarios han caído a cerca de 2 millones de sacos. El patrimonio del Fondo, que era de US$1.600 millones en 1989, cuando desapareció el pacto de cuotas, ha bajado a US$569 millones en la actualidad.



¿Qué hacer ahora?



Todas las alarmas están prendidas. La Federación de Cafeteros ha reconocido, en un acto sin precedentes, que la crisis es estructural y que el tamaño de la caficultura colombiana tendrá que reducirse en forma importante en los años que vienen. Algunos dicen que se contraerá a 5 millones de sacos, mientras otros piensan que podría estabilizarse en 8 millones. Al final, el mercado y la capacidad de recuperar productividad de los caficultores colombianos definirán el nivel de largo plazo.



Redimensionar la caficultura tiene grandes efectos. El café ya no es el motor del desarrollo del país, sino un cultivo exportador más. La Federación de Cafeteros ya no es el administrador de un sistema de producción, sino un gremio más. Los cafeteros ya no son los bastiones del desarrollo nacional, sino unos empresarios más, obligados a prosperar en medio de la competencia.



El cambio en el papel que cumple la Federación Nacional de Cafeteros es una imposición de los hechos. La falta de ingresos reduce al mínimo las tareas que la entidad puede realizar. La Federación ha hecho ajustes significativos en sus gastos. El año pasado, el ajuste fue de $100.000 millones, en personal, programas y proyectos, y el proceso continúa. No habrá cómo financiar la función de regulador de precios. Un tema que en el pasado habría parecido inamovible, el precio de sustentación, dejó paso a una fórmula que liga el precio interno al internacional. La contribución cafetera y la transferencia para el sostenimiento del precio interno (el llamado transopin) han desaparecido en la práctica.



El caficultor, por su parte, tendrá que convertirse en un verdadero empresario. Solamente podrán sobrevivir aquellos que logren niveles de productividad que les permitan obtener ganancias a los precios del mercado internacional. Las décadas de paternalismo administrado por la Federación dejaron una caficultura que sabe poco sobre cómo tomar riesgos, manejar gestión a partir de indicadores y controlar costos. La cultura del individualismo tiene graves consecuencias sobre la estructura de costos. Nuestros caficultores solo conciben su operación si cada finca tiene gerente, beneficiadero, fumigadora y demás. Van a tener que aprender a operar uniendo producciones en escalas eficientes.



El papel central de la Federación hacia adelante debería ser el de enfocar los esfuerzos colectivos hacia la productividad y la competitividad del sector. Esto se concreta en cosas como la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías y la promoción del café colombiano en el extranjero. Las funciones y los espacios que ha tenido como comercializador pierden sentido en el nuevo escenario y, de hecho, le quitan competitividad al producto colombiano. Hoy existen más de 35 trámites para poder exportar, lo mismo que numerosas restricciones respecto a quién y cómo se puede vender. Son herencias que se traducen en una explosión de costos de transacción y pérdida de competitividad en el mercado libre.



La transición hacia una nueva caficultura y hacia nuevas formas de generación de ingreso en las zonas cafeteras será una prueba histórica para la dirigencia de este país. El gran peligro en el momento actual es caer en el clásico círculo vicioso colombiano, en el cual no se toman decisiones porque la crisis es inmanejable y la crisis se volvió inmanejable porque no se tomaron decisiones a tiempo. Al final, las acciones se realizan a los costos más altos y con los menores impactos. Lo peor que podría ocurrir sería gastar sumas enormes de dinero para atender la crisis, pero dejar intactos el sistema y los incentivos que nos trajeron hasta este punto. Los acuerdos internacionales de precios no van a volver. Si no ajustamos los incentivos que operan sobre el negocio para llevar a los productores a la eficiencia y la competitividad, la caficultura colombiana no solo se va a reducir, sino que va a desaparecer.



El gobierno ya ha definido que va a brindar a los cafeteros un apoyo grande, en medio de las restricciones fiscales, para resolver la coyuntura crítica de este año. Por una parte, se han asignado $250.000 millones del presupuesto nacional, administrados por Finagro, para la refinanciación de la cartera de los productores cafeteros (con plazos de hasta 10 años, a DTF más 3 puntos, con 3 años muertos). Con este mecanismo, se buscará estimular proyectos alternativos al café. Por otra parte, pronto se anunciará una emisión de bonos de la Federación respaldados por el gobierno, por $225.000 millones, para dar recursos con el fin de atender la crisis. La suma de estos dos apoyos es $475.000 millones, cerca de US$206 millones.



Sin embargo, una caficultura del tamaño de la colombiana que tiene costos de US$0,80 por libra y vende a US$0,70 tendría un déficit superior a los US$150 millones anuales. Los apoyos serán apenas la cuota inicial de un esfuerzo mayor, si no se toman medidas explícitas para reducir el volumen de la producción y enfocar el cultivo hacia la competitividad. Los recursos que se asignen deberían utilizarse para facilitar la salida de trabajadores del café, recapacitarlos para ingresar a otras áreas y elevar la competitividad general. Si la visión es dar soporte a todos para que permanezcan como están, mientras pasa la fase mala del ciclo de precios, cada año habrá que girar más recursos del presupuesto nacional, ante una crisis cada vez más profunda.



Las decisiones de corto plazo son muy difíciles. Si la tarea se limita a ayudar a cubrir las pérdidas corrientes de los cultivadores sin atacar la raíz, el problema crecerá fuera de cualquier posibilidad de manejo y el impacto se multiplicará en poco tiempo. Como afirma Néstor Osorio, asesor del Ministerio de Hacienda para asuntos cafeteros, "la competitividad y la producción a bajos costos debe ser la meta de los cafeteros y el gobierno". La salida está en los propios cafeteros y en su capacidad para dar el salto hacia la competitividad. Todo lo demás son discursos.
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