Foro Económico Mundial 2003

| 2/8/2003 12:00:00 AM

Foro Económico Mundial 2003

El tema central era la reconstrucción de la confianza. Sin embargo, la inminencia de la guerra distrajo la atención y dilató la búsqueda de soluciones.

"Nunca antes en los 33 años de historia del Foro, la situación del mundo ha sido tan frágil, compleja y peligrosa como este año". Estas palabras de Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial (o WEF, por sus iniciales en inglés), muestran el estado de ánimo que predominó en la reunión del año 2003, que se realizó entre el 25 y el 28 de enero. El WEF es el punto de encuentro de los líderes mundiales en economía, política, negocios y academia. Cada año, este grupo de expertos se reúne en Davos, Suiza, con el objetivo de reflexionar sobre el estado del mundo y buscar claridad sobre las bases para la construcción del futuro.

Dinero estuvo en el foro que, en esta oportunidad, dejó muchas más inquietudes que respuestas. Al final, el tono de un evento, que supuestamente estaba dedicado a construir bases de confianza, resultó más cercano al pesimismo y la angustia.

El foro deja claro que hay un buen diagnóstico sobre los problemas de la economía mundial y que, además, hay conciencia sobre el impacto de la creciente interconexión entre las diferentes esferas. El desempeño económico está estrechamente ligado al progreso social, el libre comercio, las buenas prácticas de gobernabilidad en los países y las empresas, y el trabajo conjunto entre los países en busca de objetivos comunes. No obstante, es obvio también que están lejos de materializarse los acuerdos necesarios sobre estos temas. La amenaza inminente de guerra contra Iraq, en la cual Estados Unidos asume la iniciativa en forma unilateral, se convirtió en la demostración más contundente del estado de cosas. Justo cuando la economía global necesita un verdadero liderazgo colectivo, los mecanismos de acción comunes pierden eficacia y la iniciativa se concentra en el área militar y en manos de un solo país, Estados Unidos.



Todo cambió

La década del 90 fue particularmente brillante para los pensadores mundiales que se reúnen cada año en Davos. Todo lo que habían soñado que debería suceder en el mundo parecía estar pasando. La caída del comunismo, la economía globalizada y las tecnologías creativas hacían prever una nueva economía y un nuevo orden. Los capitales y los bienes fluirían libremente, las economías abiertas prosperarían, los mercados accionarios crecerían y los presidentes de empresas no solo serían cada vez más ricos, sino que además se convertirían en fuente de inspiración para las generaciones futuras. El Foro Económico Mundial pasó a ser el sitio donde los presidentes de las empresas y los políticos del mundo se reunían para felicitarse por sus logros.

Ese esplendor y la confianza que lo acompañaba empezaron a desvanecerse, a partir del año 2000. El colapso de la burbuja del mercado de acciones y el débil crecimiento económico en Estados Unidos y el resto del mundo, los ataques terroristas del 11 de septiembre, los escándalos de las grandes compañías y, ahora, la amenaza de una guerra contra Iraq cambiaron el sentimiento dominante en Davos.

Hoy no hay claridad frente a las perspectivas. La Alianza Atlántica entre Estados Unidos y Europa está pasando por su peor momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hay un rechazo a la arrogancia de Estados Unidos, la cual quedó expresada en las palabras de Colin Powell, secretario de Estado de ese país, cuando dijo al foro: "Estados Unidos actuará (contra Iraq), incluso si los demás países no están preparados para unírsele. El multilateralismo no puede ser una excusa para la pasividad". Estados Unidos plantea al resto del mundo la disyuntiva de ser su aliado o ser irrelevante. Alemania y Francia no vacilan en mostrar su desacuerdo frente a los estadounidenses, mientras que Inglaterra se mantiene firme en su apoyo a la posición estadounidense, y otros 7 países europeos se han sumado a la postura británica. Europa está dividida cuando más necesario es que actúe unida.

El resto del mundo contempla con preocupación lo que está sucediendo. Muchos representantes de países en desarrollo se identificaron con las palabras de Mahathir bin Mohamad, primer ministro de Malasia, quien expresó su desconfianza con respecto a Estados Unidos, un país capaz de afirmar que va a oír a las Naciones Unidas, pero de todas formas va a atacar. Para él, la guerra solo llevará a más venganza y retaliación. Y también tuvieron eco las palabras de Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, cuando afirmó: "Las disputas deben resolverse por medios pacíficos. Tenemos que aceptar que la pobreza y el hambre son en muchas ocasiones la semilla del fanatismo y la intolerancia".

Más allá de la amenaza de la guerra, las discusiones del Foro hicieron evidente que el mundo hoy no tiene la confianza que necesita para salir adelante y avanzar hacia la prosperidad en este nuevo milenio. Dos recientes encuestas realizadas por el WEF a 36.000 personas en 36 países muestran que los gobiernos, los parlamentarios y las grandes empresas figuran entre las instituciones en las que menos confía gente. La desconfianza en los líderes es mucho mayor en Estados Unidos.

Hoy es evidente que no basta aplicar reformas económicas convencionales, sino que es indispensable trabajar para elevar la gobernabilidad, no solo la global sino la de cada país y la de las empresas.



Gobernabilidad

La globalización está en problemas. El veloz crecimiento de los flujos de comercio y capital no ha sido suficiente para dar a este proceso la legitimidad política que necesita con urgencia. Esa legitimidad solo podrá llegar si los beneficios del proceso se reparten de una forma equilibrada y si no basta con ser poderoso para tener la última palabra.

Los fundamentos de la gobernabilidad global han sido duramente afectados por los sucesos de los años recientes. Para que haya gobernabilidad, quienes tienen el privilegio de estar en las posiciones de mando deberían guardar consistencia entre lo que dicen y lo que hacen. Este es un punto de partida ético que se aplica tanto a los gobiernos como a las empresas. La pérdida de la confianza de los ciudadanos en estas instituciones tiene su fundamento precisamente en esta inconsistencia.

Para recuperar la confianza perdida, todos deben hacer su parte. Los países ricos se han comprometido, en innumerables tratados y declaraciones, a mejorar las condiciones de vida en el mundo (la más reciente, la Declaración de las Naciones Unidas en la Cumbre del Milenio). Se ha avanzado muy poco. La meta que se impusieron los líderes mundiales de acabar con la pobreza en la Tierra para el año 2015 hoy se ve muy remota. A partir del 11 de septiembre del 2001, el foco cambió y las grandes potencias se concentraron en la seguridad y el fortalecimiento del poder. Los 30.000 seres humanos que a diario mueren de hambre, desnutrición y enfermedades que tienen cura pasaron a un segundo plano.

Sin embargo, el sueño de la globalización solo se cumplirá si este proyecto logra integrar a los más pobres y olvidados. Como dijo en el foro Ernesto Zedillo, ex presidente de México, "la pregunta no es si la globalización es buena o mala, sino cómo volverla inclusiva". Las economías desarrolladas deberían abrir sus puertas a productos de los países pobres, al tiempo que estos últimos tienen que hacer más para mejorar la gobernabilidad y el comportamiento económico y social.

El concepto del valor de la ética debe ser aplicado también a las empresas. El buen gobierno corporativo tiene que ir más allá de simples códigos que se quedan escritos en el papel. Enron, por ejemplo, cumplía todos los requisitos formales de un código de buen gobierno. No obstante, al momento de defraudar a quienes habían depositado su confianza en la empresa, sus ejecutivos no tuvieron el menor inconveniente en hacerlo.

Las empresas tienen que demostrar en todo momento que son íntegras y que tienen en cuenta no solo a los accionistas, sino a todos los grupos de interés, incluyendo a los consumidores, los pequeños accionistas y la sociedad en general. Esto es algo que no se puede lograr a punta de regulación, pues no es posible regular la integridad.

La confianza en esta área va a tardar en recuperarse, pero, además, las divergencias de opinión sobre cuál es el mejor camino por seguir contribuirán a agudizar las divisiones entre Estados Unidos y Europa. Mientras los estadounidenses consideran que las malas prácticas son un problema de regulación, en Europa el diagnóstico es que se trata de un problema ético que se puede solucionar sin intervención del gobierno, pues deberán ser las propias prácticas del mercado las que se encarguen de exigir comportamientos ajustados a la ética. Hay además gran preocupación entre las empresas multinacionales por el exceso de regulación en Estados Unidos, pues ya está afectando la eficiencia de los negocios.

Por otra parte, la preocupación por la gobernabilidad incluye una gran presión para que las compañías vayan más allá de los requisitos mínimos, asuman los temas sociales y se comprometan con las comunidades. Las empresas tienen que asegurarse de no hacer daño en los países en los que están operando.

Más que filantropía, se requiere un verdadero comportamiento corporativo. Esta tendencia tendría implicaciones importantes para Colombia. Kenneth Roth, de Human Rights Watch, afirmó en la sesión inaugural del foro que es incomprensible que las multinacionales operen en Colombia, un país que, a su juicio, viola los derechos humanos.



La economía

La maquinaria económica del mundo está atascada y los principales actores no parecen estar dispuestos a hacer lo necesario para que vuelva a tomar dinamismo. Las tres grandes economías del mundo, Estados Unidos, la zona euro y Japón, perdieron el impulso a finales del 2002. La demanda mundial depende de lo que suceda con la economía de Estados Unidos, que está debilitada por la pérdida de dinamismo de los mercados de acciones, los escándalos corporativos y el sobreendeudamiento de los consumidores. Si el precio del petróleo sigue por encima de los US$30 por barril, el futuro va a ser muy difícil para los países industrializados.

Las deudas de los consumidores en Estados Unidos son un factor preocupante, pues ellos han jalonado el poco crecimiento reciente. Si esta gasolina se acaba antes de que vuelva la inversión de las empresas, la economía de este país podría entrar en serios problemas. Lo mismo sucede si la burbuja de la finca raíz se revienta. El impacto de este evento sobre la riqueza de los consumidores podría ser mucho más grave que el que produjo el colapso del mercado de acciones, pues son muchos más los hogares que poseen bienes raíces que los que participan en el mercado bursátil.

Otra gran fuente de preocupación respecto a la economía de Estados Unidos, que además ha sido tema reiterado en los últimos años, es la sostenibilidad de la cuenta corriente de este país. La reciente devaluación del dólar frente al euro ha ayudado y se espera que esta corrección continúe. Por el otro lado, Estados Unidos sigue siendo considerado por los inversionistas del mundo como un lugar seguro y, por tanto, los capitales seguirán fluyendo hacia allí.

La debilidad de Estados Unidos es muy grave, porque no hay otro país capaz de reemplazarlo como motor de la economía mundial. En Europa, las reformas previstas desde la Cumbre de Lisboa en 1996 no se han dado, pues hasta el momento solo ha habido muchas declaraciones y muy poca acción. Alemania se enredó en sus propios problemas, pues la absorción de Alemania Oriental terminó siendo mucho más costosa que lo que se pensó inicialmente. El eje Francia-Alemania no tiene capacidad para impulsar un nuevo crecimiento.

Japón es caso aparte. Para recuperar el dinamismo y evitar otra década de estancamiento se requiere una revolución política y social. Sin embargo, el país parece completamente incapaz de emprender el cambio. Muchos observadores ya dicen en voz alta que se ha perdido la esperanza de que ese país vuelva a tener el dinamismo que mantuvo hasta los años 80.

Nobuyuki Idei, presidente y CEO de Sony, comparó a Japón con un refrigerador que tiene adentro al gobierno, los burócratas y las grandes corporaciones, que buscan preservar el statu quo, mientras que por fuera están unas compañías emprendedoras y competitivas que luchan por sobrevivir. El refrigerador ha trabajado muy eficientemente y ha enfriado demasiado la economía. Japón, dice Idei, perdió la motivación cuando se enriqueció y se volvió influyente.

En los últimos tiempos, el papel de Japón en la economía mundial parece ser el de ejemplo que ilustra los desastres que esperan a los países desarrollados que no toman la iniciativa para cambiar. En Japón la deflación se convirtió en un problema central del manejo económico, después de décadas en las que la inflación fue el gran enemigo. Es un síntoma de la incapacidad de los políticos de este país para manejar el problema de los bancos.

Otros frentes ofrecen pocas esperanzas. Incluso China, que hoy es la economía más dinámica del mundo, genera tan solo 4% de la producción global. Además, hay dudas sobre la sostenibilidad de su modelo en el mediano plazo y mucha desconfianza respecto a la severidad con que se procesan sus cifras de crecimiento económico.

Las economías latinoamericanas, por su parte, no han tenido buenos resultados en la última década. El crecimiento económico se ha reducido y los problemas de deuda han aumentado. "América Latina parece estar perdiendo confianza en la ortodoxia de una oferta monetaria convencional y está coqueteando con soluciones heterodoxas como alternativa", afirmó Andrew Crockett, gerente general del Bank for International Settlements (BIS).

En la década del 90, el Consenso de Washington decía que los países que aplicaran ciertas fórmulas crecerían rápidamente y saldrían de la pobreza. Eso no sucedió, pero la influencia de las entidades multilaterales en la vida de los países no disminuye. Un representante del capitalismo estadounidense de credenciales tan intachables como Steve Forbes, presidente de la revista que lleva su apellido, cuestionó el papel de esas entidades así: "A los oficiales del Fondo Monetario Internacional les deberían pagar en las monedas de los países en los que están involucrados. Ahí sí veríamos un cambio radical". La frase hizo carrera en los debates de Davos.



El futuro

El tono del Foro Económico Mundial fue bastante sombrío. Es posible, sin embargo, que el futuro no sea necesariamente tan negro como se vio en Davos. Lo más importante es que el desarrollo de la guerra con Iraq no culmine en una fisura irreversible de las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Estas potencias se necesitan mutuamente y el mundo requiere que ambas funcionen para que vuelva el crecimiento económico.

La caída del dólar frente al euro, de 15% desde su nivel más alto, es muy buena para Estados Unidos, si se mira desde una perspectiva comercial. Es necesaria para acabar con el déficit externo de ese país, que es insostenible. Para las otras economías, sin embargo, un dólar débil y una economía estadounidense poco dinámica son hechos preocupantes. Si estos desequilibrios son analizados con serenidad, la respuesta lógica de los gobiernos sería reaccionar y realizar las reformas por tanto tiempo necesarias. Una nueva perspectiva debería llevar a meterle el acelerador a la nueva ronda de negociaciones comerciales de la OMC, que luce estancada.

Para Colombia y los demás países latinoamericanos, la conclusión más importante del Foro Económico Mundial es que la región parece no existir para los grandes líderes del planeta. América Latina ha perdido relevancia a pasos agigantados como foco de crecimiento económico y destino de la inversión. Colombia tiene además un castigo doble, pues la atención internacional que ha recibido en los últimos años lleva a que el nombre del país sirva como referencia fácil cada vez que alguien necesita un ejemplo de lo que no debe ser. Todo indica que si no arreglan el desorden en casa, los países latinoamericanos tendrán pocas decisiones en sus manos y tendrán que vivir pendientes de las iniciativas de otros.

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