| 11/1/1997 12:00:00 AM

Empresario de alto cilindraje

Jimmy Mayer dirigía el quinto grupo empresarial del país. Le dio un revolcón a su vida. Esta es su historia.

Jimmy Mayer no encaja en el prototipo del gran industrial colombiano. A diferencia de otros representantes de la élite empresarial del país, Mayer se siente más cómodo de blue jeans que en saco y corbata. Usa cola de caballo, gran audacia para un hombre que ya ha pasado de los 60 años. Para ir a su oficina en Caracas, ciudad donde se radicó hace unos años, prefiere su moto Harley Davidson o un pequeño Mitsubishi Gallant rojo que él mismo conduce.



En él no se percibe la mínima huella de preocupación o de estrés. Es descomplicado y generoso, pero también exigente y perfeccionista. No le importa andar en bus o dormir en carpa, pero no soporta pagar un tiquete de avión en primera clase y no recibir servicio de primera. A pesar de su éxito, no ha perdido esa capacidad de asombro, casi infantil, que lo llevó a estudiar física en la universidad.



Los inicios



En el campo empresarial ha logrado casi todo lo que se ha propuesto. Con su socio de toda la vida, Edmundo Esquenazi, construyó en poco más de treinta años uno de los más grandes conglomerados económicos de Colombia: el Grupo Sanford.



La carrera de Jimmy Mayer se inició a mediados de los cincuenta cuando era estudiante de pregrado en el Massachusetts Institute of Technology, MIT. Había decidido dedicarse a estudiar física, porque le intrigaba el porqué de las cosas. Esta decisión resultó clave para el resto de su vida. Su formación matemática le proporcionó una estructura mental y una especial habilidad para resolver problemas. Sin embargo, lo más importante de su paso por MIT fue la amistad que entabló con su socio y mejor amigo por el resto de la vida, Edmundo Esquenazi.



Al regresar a Colombia, Mayer se había dedicado a ayudar a su padre en una fábrica de empaques de cartón que tenía en Barranquilla. Sin embargo, pronto surgieron diferencias. En palabras del empresario, "éramos tan parecidos y teníamos un carácter tan fuerte que nos era imposible trabajar juntos". Por esos mismos días Esquenazi, recién graduado de ingeniero civil, había montado una firma de arquitectura con Carlos Valencia. Un día de 1963, en medio de una charla en la que por casualidad estaba presente Mayer, mencionaron la escasa oferta de pisos en Colombia. Este, recordando las baldosas de su dormitorio universitario, les sugirió montar una planta para fabricarlas. De esta idea nació Pisos de Asfalto y Vinilo de Colombia, Pavco, que con el apoyo de Víctor Shaio, importante industrial de la comunidad judía y en ese entonces suegro de Esquenazi, se convirtió en una de las empresas más dinámicas del país.



Tomar riesgos inteligentes



Para ingresar al negocio, Mayer decidió pedirle a un tío un préstamo por US$50.000, unos US$250.000 de hoy. Los resultados de esta decisión le habrían de comprobar la importancia de tomar riesgos inteligentes.



Por esa época, Víctor Shaio, Alberto Vargas y la multinacional estadounidense Diamond Shamrock se habían asociado para montar una planta de PVC en Cartagena: Petroquímica Colombiana, Petco. Shaio sugirió a Mayer y Esquenazi que fabricaran tubería de PVC en Pavco a partir de la materia prima que él producía en su planta de la costa. Mayer cuenta que se entusiasmaron con la idea y que de inmediato se fueron a visitar a un amigo plomero en Estados Unidos para que les enseñara a fabricar el producto.



Después de esto surgió la oportunidad de entrar como socios de Petco. Sin embargo, la empresa no era exactamente lo que ellos esperaban. Luego de asistir a la primera junta directiva, Mayer le dijo a Esquenazi: "esta fábrica es un desastre. O la administramos nosotros o vendemos".



Una vez obtuvieron el visto bueno de Shaio para administrarla, se jugaron a la cara y sello la gerencia de Petco, tarea que les parecía poco menos que dantesca. Mayer perdió y en consecuencia se fue a Cartagena a administrar la compañía. Una de sus primeras decisiones fue demoler con bulldozer la planta de monómeros de la empresa, que estaba totalmente subdimensionada para el tamaño y potencial de la operación.



Con los flujos generados por Petco y Pavco, y en sociedad con Shaio, adquirieron Carboquímica e ICO Pinturas, propiedad de la estadounidense Gulf Chemicals, y fundaron Filmtex para producir textiles sintéticos.



A finales de los 70 se presentaron dos hechos trascendentales que marcaron el futuro empresarial del grupo. El primero fue la venta de un 50% de Pavco al Grupo Eternit, liderado por el multimillonario empresario suizo Stephan Schmidheiny. Esta operación, más que representar el primer gran negocio del grupo significó el surgimiento de la filosofía de hacer negocios en sociedad. Este se convertiría en el esquema de inversión por excelencia del Grupo Sanford. Según Mayer, "si uno no es capaz de convencer a un socio con argumentos válidos, o no funcionan los argumentos o no funciona el socio".



El otro hecho que marcó un hito en la historia de la organización ocurrió en 1979. Esquenazi se divorció de la hija de Shaio y éste decidió romper relaciones comerciales con él. Puso en venta sus participaciones en los negocios, que en conjunto representaban más del 60% del total de acciones. Convencidos del promisorio futuro de las empresas, Mayer y Esquenazi se endeudaron considerablemente e invitaron a varios de sus amigos más cercanos a ingresar al negocio. La compra de las acciones de Shaio representó el nacimiento de la organización que hoy se conoce como el Grupo Sanford.



Los negocios deben valerse por sí mismos



Más adelante vinieron los negocios de Propilco, Topluz y Biofilm, la venta del resto de Pavco a los suizos que "nos hicieron una oferta que no podíamos rechazar", la fusión de varias empresas productoras de cables para crear Centelsa, y el ingreso a otros sectores como el agroindustrial, el financiero y el de la televisión. Según Mayer, "todas las decisiones de inversión se han basado en que cada negocio tiene que valerse por sí mismo. Aquí ninguna empresa subsidia a otra".



Hoy, tanto Jimmy Mayer como el Grupo Sanford se encuentran en transición. El se ha marginado de la operación diaria del negocio que hoy está en manos de un nuevo equipo. Al preguntarle por qué un empresario en la cima de su carrera decide retirarse, Mayer responde: "Yo creo que con la edad a uno le van cambiando los valores. Por una parte, se va volviendo un poquito cómodo, empieza a tolerar un poco más de ineficiencias y vicios, y a correr menos riesgos. Por eso creo que era fundamental hacer un cambio generacional en el negocio. Además, en el plano personal, uno comienza a reflexionar sobre cómo quiere vivir el resto de su vida". Es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que Jimmy Mayer es más que un empresario. En cierta forma es un filósofo de la vida y de los negocios.



La primacía del bienestar común



Esa vida fue marcada por dos episodios que le dan una perspectiva muy diferente a la que tienen otros empresarios colombianos. El primero fue su estadía de 4 años en Israel durante su juventud. "Eran épocas muy difíciles", dice. "Había racionamiento de alimentos y sólo nos daban dos huevos por semana, 150 gramos de carne cada dos semanas, y un pollo al mes". Así aprendió la primacía del bienestar común, sobre el interés particular. "Esto en mi concepto, es todo lo contrario de lo que ocurre en Colombia".



La otra experiencia fue su secuestro en 1983. Estuvo cautivo durante 42 días, tiempo que dedicó a jugar ajedrez y a hacerse amigo de sus captores. "No quería que me mataran en caso de que hubiera un intento de liberarme en un operativo militar". Mientras Esquenazi negociaba su secuestro, la Policía se enteró de su paradero y un comando liderado por el hoy general Luis Enrique Montenegro lo rescató. Desde ese día, ha trabajado para ayudar a las familias de varios secuestrados y dice que le debe su vida a la Policía Nacional.



Estas dos experiencias, combinadas con la madurez que ha adquirido con el paso de los años le han cambiado sus prioridades. "Como arranqué sin nada en la vida, mi sueño era hacerme rico. Hoy he cambiado de percepción sobre lo que significa ser rico. Antes creía que era tener más dinero. Hoy, a los 61 años sé que no es tener más dinero sino vivir mejor".



Para él vivir mejor es seguridad y calidad de vida. Es poder salir a caminar tranquilo por las calles y dedicar más tiempo a su familia y a sus aficiones.



Hoy, alejado de la operación diaria de Sanford, Mayer se dedica en compañía de dos de sus hijos a administrar inversiones privadas desde una pequeña oficina en Caracas, con la asistencia de un reducido staff de dos secretarias, una recepcionista y una empleada de servicio. El hombre que antes presidía una organización con más de 5.000 empleados hoy encuentra la libertad trabajando al lado de sus hijos en la intimidad de una pequeña oficina.



La Harley y el computador



Tal vez el mejor símbolo de esta nueva libertad es su moto Harley Davidson con la que ha realizado largos recorridos por diversas carreteras del mundo y la cual muchas veces utiliza para cubrir el trayecto de cuatro minutos que separa su apartamento de su nueva oficina. Su interés por la mecánica, adquirido en MIT y cultivado "apretando tuercas con la camisa arremangada en los cuartos de máquinas del grupo", lo canaliza hoy hacia su aparato predilecto. Cuando se le pregunta si mecaniquea mucho con su moto, dice "no, sólo le he cambiado el carburador, el árbol de levas, el exosto, los pistones y algunos de los accesorios".



Este reorientación de sus intereses también se aplica al trabajo. Hoy, con la misma pasión con que antes diseñaba y montaba plantas y lanzaba iniciativas comerciales, sigue atentamente la evolución de los mercados financieros internacionales y concibe estrategias de inversión.



El único instrumento de trabajo del que no puede prescindir es su computador personal que le permite conectarse a la Internet para conseguir información y mantenerse en contacto con expertos administradores de fondos alrededor del mundo.



Sin embargo, su prioridad es su familia. Por esto, cada vez que tiene la oportunidad se escapa con su mujer y sus hijos a su refugio favorito: su casa de playa en la isla Grand Abaco en las Bahamas. Pero aún en este paraíso, de cuando en cuando aparece en él ese instinto capitalista que ni el paso del tiempo logra borrar. Cuando compró su casa en las Bahamas, quiso comprar varios negocios, incluyendo el único supermercado de la isla, una tienda al por mayor y la mitad de la empresa de ferries que conectaba a Grand Abaco con el resto del archipiélago. Pero su esposa Becky se lo prohibió. "Cada vez que me entra la tentación de volver a los negocios, Becky me tranca y me recuerda que la vida que tenemos ahora los dos la preferimos infinitamente a la que teníamos antes".
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