| 3/23/2010 6:00:00 AM

Empleo: faltan propuestas

Colombia ha mantenido las mayores tasas de desempleo en América Latina durante los últimos diez años. Los jóvenes sufren el problema con particular intensidad. La creación de empleo tendrá que ser la prioridad del próximo Presidente de Colombia.

Cuando un muchacho de la Comuna 13 de Medellín se vincula a una banda de narcotráfico recibe a cambio $400.000 al mes, un arma, un radio y una dosis permanente de droga. Con frecuencia, esta es la única oferta laboral que ha recibido en su vida.

Durante el reciente paro de transporte en Bogotá, grupos de jóvenes aparecieron de la nada en algunos barrios, lanzando piedras contra los buses que intentaban movilizarse. La Secretaría de Gobierno del Distrito encontró que agitadores profesionales reclutaban jóvenes desocupados para que armaran disturbios y obstaculizaran los intentos por normalizar el flujo del tráfico. La tarifa por día para esta actividad era de $15.000.

Estas son algunas de las caras del desempleo juvenil en Colombia. La tasa general de desempleo en nuestro país es la más alta de América Latina y llega a 14,5%. Entre tanto, la tasa de desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años es de 24,1%. En algunas zonas, el problema es realmente grave. Por ejemplo, la tasa de desempleo entre los jóvenes más pobres de Medellín es de 55%.

Algo anda muy mal en la gestión del empleo en Colombia. Se ha convertido en un problema estructural de la economía, cuyas causas van más allá de la coyuntura recesiva de 2009. Colombia ha tenido desde 2000 la tasa de desempleo más alta de América Latina, solo superada en 2002 por Argentina y en 2003 por Argentina y Venezuela. Sin lugar a dudas, nuestro país es el campeón de la desocupación en la región.

El desempleo de los jóvenes, en particular, es uno de los grandes lastres de nuestra sociedad. La experiencia internacional muestra que las poblaciones con altos porcentajes de jóvenes, pobres y desempleados se convierten en un polvorín social. Aparte de la desocupación o la informalidad del empleo juvenil, que ya acarrean su propio drama, estudios del Banco Mundial indican que en estas condiciones aumenta el riesgo de deserción escolar, comportamientos sexuales riesgosos (que se traducen en embarazos adolescentes y Sida), crimen, violencia y drogadicción.

El próximo presidente de Colombia se verá obligado a enfrentar con decisión el problema del desempleo y en particular el de los jóvenes. Se trata de un tema que involucra múltiples causas y consecuencias y se ve afectado por decisiones que se toman en numerosos frentes, desde los impuestos hasta la política de vivienda. Con frecuencia, acciones que parecen bien encaminadas en algunos de esos frentes tienen resultados desastrosos en empleo. Por este motivo, el impacto sobre el empleo deberá ser un criterio determinante en todas las decisiones económicas del nuevo gobierno.

Un monstruo de muchas cabezas

El aumento reciente en la tasa de desempleo no ocurrió porque se estén destruyendo puestos de trabajo. Al contrario, la tasa de ocupación creció 7% en el último año, a pesar de la recesión. La causa central está en que hay un número creciente de personas que están saliendo de sus hogares a buscar empleo. Esto ha llevado no solo a mayor desempleo sino también a un incremento del empleo informal y de baja calidad, que pasó de ser el 50% de la población ocupada en 2007, a 52% en 2009. En Bogotá, la informalidad del empleo nuevo se ha convertido en un problema muy serio.

Al menos en el corto plazo, la desocupación parece moverse en la dirección de empeorar. Los analistas más optimistas esperan que la tasa de desempleo empiece a disminuir en el segundo semestre de este año, pero la mayoría considera que el crecimiento previsto del PIB, de 2,5%, no será suficiente para recuperar los indicadores del mercado laboral en 2010.

Las causas del desempleo son numerosas. La primera de ellas, la más importante, de acuerdo con la mayoría de los economistas, es el costo de la mano de obra. "Los empleos formales son muy costosos comparados con el empleo no formal", explica el economista jefe del BID, Eduardo Lora. "Si eso no se resuelve, las soluciones para los jóvenes son paños de agua tibia", añade.

El costo elevado de la mano de obra es incluso más importante que la falta de educación. "Si fuera asunto de educación, en España, donde el nivel educativo es claramente mayor que en Colombia, no tendrían una tasa de desempleo que puede llegar este año a 21%. El problema está en que España tiene un régimen laboral que genera costos parecidos al de los colombianos", afirma Lora.

El alto costo de la mano de obra en Colombia está asociado a dos políticas que en su momento fueron bien intencionadas, pero que a la postre elevaron el precio y aumentaron la rigidez en la contratación del trabajo: el salario mínimo y las cargas tributarias sobre la nómina.

El salario mínimo en Colombia no es de $515.000, como lo dice la norma. Cuando se incluyen aportes, impuestos, subsidios y dotaciones, sube 76,22% y llega a $907.000 (ver tabla). La carga extrasalarial colombiana es la tercera más alta de la región. En Venezuela es de 91% y en Brasil de 84%, de acuerdo con la gerente de la firma de recursos humanos Manpower, Rosalba Montoya.

Pero cuando se divide el salario mínimo por el ingreso per cápita de cada país, resulta que en Colombia este indicador es más alto que en países como Portugal, Irlanda, España y Corea (ver gráfica).

Tener costos de trabajo tan altos, en un contexto global de alta presión por la competitividad, dificulta la formalización del empleo y no ayuda a reducir la pobreza.

"Hay que insistir en esto: el mínimo no les llega a los pobres. Los pobres no viven de él porque no son asalariados formales", dice el economista laboral y gerente del Banco de la República de Medellín, Hugo López. "Creyendo que les ayudamos a los pobres, logramos uno de los salarios mínimos más altos de América Latina y la tasa de desempleo más alta", añade.

Frente a esto, la recomendación de la mayoría de los economistas es fijar salarios menores para jóvenes, para trabajadores del campo y para aprendices. El economista laboral Jairo Núñez propone fijarlo en 75% del mínimo para jóvenes y 85% para el sector rural. En el caso de los aprendices, recibirían 50% del salario mínimo mientras estudian y 75% mientras ganan experiencia.

Algunos creen que la velocidad de aumento del salario mínimo en los últimos años ha sido muy alta y es indispensable reducirla para comenzar a manejar el problema del desempleo. Núñez plantea que los aumentos anuales podrán parecer pequeños, pero cada tres años acumulamos un aumento de nueve puntos reales en el salario mínimo. "Es como si cada tres años pusiéramos una carga parafiscal nueva", dice.

En comparación con el crecimiento del mínimo, se ha reducido la importancia de los parafiscales sobre el costo laboral total. Hoy, esos aportes valen nueve puntos porcentuales de los 76,22 del sobrecosto. "El énfasis debe estar en no subir el mínimo más allá de la inflación", afirma Núñez. Esto es particularmente importante en épocas de revaluación del peso.

Por su parte, los sindicatos de trabajadores se oponen a la idea de tocar el salario mínimo. "Hemos dicho que cuando se mejora el salario mínimo, se mejora el poder de compra del país, crece la producción y el empleo", afirma Tarsicio Mora, presidente de la CUT.

Otras propuestas han planteado introducir flexibilidad en el salario mínimo, para que operen diferentes niveles en el país. Planeación Nacional propuso diferenciar el salario mínimo por regiones. Sin embargo, el investigador de Fedesarrollo, Mauricio Olivera, plantea que ese esquema tiene problemas administrativos complejos, pues generaría migraciones innecesarias, dificultades para las empresas que tengan oficinas en varias zonas del país y complicaciones para su control.

También se podría pensar en una cifra menor para situaciones de emergencia laboral. En Colombia, a diferencia de otros países, los municipios no pueden montar programas rápidos y baratos de empleo porque tienen que pagar cuanto menos el mínimo, dice Olga Lucía Acosta, representante de la Cepal en Colombia.

Buenas intenciones, malos resultados

La economía es un gran sistema donde una variable clave como el empleo puede verse afectada por causas que se originan en lugares aparentemente lejanos. El empleo en Colombia se ha visto perjudicado por políticas que tienen que ver con otros temas.

Por ejemplo, se ha construido un entramado de subsidios que terminan atentando contra el empleo. Para mantener un número de registro en el Sisbén (que permite el acceso a servicios de salud), una persona no puede estar empleada en el sector formal. Esto lleva a muchos a mantenerse en el desempleo, en lugar de aceptar trabajos que pueden ser formales pero inestables. En Pereira, un plan de choque de generación de empleo temporal fracasó rotundamente porque muchas de las personas empleables decidieron no ocupar las vacantes. El temor a perder el registro en Sisbén fue una de las principales causas.

Algo similar ocurre con esquemas de subsidios condicionados, como Familias en Acción, o los programas para desplazados. El Gobierno ha documentado que en muchos casos las personas prefieren no emplearse en tareas formales para no quedar por fuera de los programas que les permiten tener acceso a educación para sus hijos. Así, el éxito en una política de alimentación infantil subsidiada, por ejemplo, se ha convertido en forma inesperada en un obstáculo para el incremento del empleo formal. En estos casos, es necesario revisar los mecanismos actuales para mantener el acceso a los beneficios de estos programas para quienes obtienen empleos temporales.

Un subsidio que ha tenido un efecto fuertemente contrario al empleo es la deducción de impuestos de renta del 40% que beneficia a aquellas empresas que reinvierten sus utilidades en maquinaria y bienes de capital. Debido a este subsidio, para los empresarios resulta sustancialmente más barato comprar una nueva máquina en lugar de generar puestos de trabajo adicionales. Sin duda, el incentivo ha tenido un efecto negativo sobre el empleo. Para el economista Jairo Núñez, este subsidio al capital no solo reduce la cantidad de empleo formal, sino que baja la calidad del informal, porque les quita capacidad de competir a los informales frente a las empresas formales bien capitalizadas y productivas. "Es la política más regresiva implementada en los últimos años", dice.

Al mismo tiempo, algunos subsidios extendidos por el actual gobierno han tenido efectos positivos sobre el empleo. Como lo explica el alto Consejero Presidencial para la Política Anticíclica, Mateo Restrepo, los subsidios a la tasa de interés para compra de vivienda de menos de $170 millones, n o solo aumentaron la demanda de sitios de habitación de estratos medios, sino contribuyeron a la generación de empleo formal en el sector de la construcción.

La educación

En el trasfondo del problema siempre estará la educación. Si bien en el corto plazo incrementar los niveles de educación no contribuye a aumentar la ocupación de los trabajadores, en el largo plazo es impensable que Colombia pueda avanzar para lograr una oferta de empleos de alta calidad si no mejora la calidad de la educación y el empate entre los contenidos que se imparten en el bachillerato con las exigencias del mercado laboral.

Colombia tiene hoy las coberturas educativas más altas de su historia, pero no sale del desempleo ni de la informalidad. La solución entonces tiene que incluir un mayor enfoque hacia la educación para el trabajo, de manera que se mejore la empleabilidad de los cesantes y los informales.

"A los muchachos no los contratan porque no saben hacer nada y no tienen experiencia. Es un círculo vicioso", dice el investigador de la Universidad Nacional, Ricardo Bonilla. Con educación técnica, al final del grado once, los muchachos más pobres podrían tener algunas competencias que demanda el sector moderno. "Hoy hay oportunidades de empleo para tecnólogos en administración, contaduría o sistemas", dice la gerente de la firma de empleo temporal AcciónPlus, Airenza Cárdenas. La idea del Sena de ofrecer programas técnicos y aún otros más modernos como animación, medicina nuclear, nanobiotecnología o telemedicina, parece bien enfocada, desde este punto de vista (vea los planes del Sena en Dinero.com).

También son interesantes los programas de aprestamiento laboral. Un ejemplo positivo es el programa Fénix, de Comfama en Medellín, que ha recibido premios internacionales. No enseña oficios, en su lugar prepara a los jóvenes en aspectos personales y laborales para que puedan ser contratados más rápido y en mejores lugares.

Hay que cambiar

¿Qué hacer para conjurar el desempleo? Lo primero, priorizarlo en la agenda del país. "La generación masiva de empleo formal debe convertirse en el objetivo central de la política económica colombiana, no en el subproducto de otro objetivo", proponen dos ex ministros, Rodrigo Botero y el argentino Domingo Cavallo (ver Dinero No.343).

Botero y Cavallo plantean reemplazar el crédito fiscal que se está dando al capital por una deducción de 60% de los impuestos sobre los pagos de nómina cuando se empleen desempleados o informales. Ellos estiman que así se reduciría el costo laboral para estas empresas en 24%. Con esa sustitución se daría un salto enorme en la ocupación.

Para enfrentar el impacto que está teniendo el desempleo sobre los jóvenes será necesario desplegar una variedad de herramientas de política enfocadas en el manejo de este problema. "Hemos aprendido que ningún programa puede resolver todo un problema laboral. No hay un solo programa que lo haga todo y diferentes intervenciones tienen que ser destinadas a diversas causas", dice el economista del BID experto en temas laborales, José Cuesta.

El país necesita muchos más programas contra el desempleo. "Hoy, el continente se mueve hacia políticas activas en el mercado de trabajo", dice Olga Lucía Acosta. En Perú, por ejemplo, hay un programa de empleo para jóvenes que ataca desde muchos ángulos el asunto. El programa tiene una perspectiva amplia y estudia cómo se aproximan los propios jóvenes al mercado de trabajo, qué piensan los empresarios sobre ellos y qué hacen las entidades públicas.

Por otra parte, es necesario entender que las acciones nacionales no sirven sin una buena gestión local.

Algunas políticas que son beneficiosas en apariencia, deben ser examinadas con gran cuidado para identificar si realmente tienen efectos positivos sobre el empleo. La creación de micro-empresas es una de ellas.

"Las microempresas son una solución cuestionable para el desempleo porque son poco rentables, producen servicios de baja calidad y su futuro es muy incierto", dice Mauricio Olivera. Además, tienen pocas probabilidades de sobrevivir y sus gestores tienden a permanecer en la informalidad. Por estos motivos, las microempresas no deben ser consideradas como un puntal importante en la lucha contra el desempleo. Olivera cree que el emprendimiento puede ser usado como una medida temporal para generar ingresos, pero no es una política sostenible de generación de empleo de mediano plazo. "Sin embargo, exceptuaría de esa norma a empresas grandes que reúnan a grupos de desempleados".

Será necesario actuar en diferentes niveles. Para resolver la situación de las personas empleables y que pueden formalizarse, se requiere tomar decisiones de gran calado que modifiquen los costos relativos del capital y el empleo. En otros casos, se requiere actuar en el nivel micro, aplicando programas diferentes para resolver las necesidades de grupos diferentes.

El panorama no es nada halagador. Se necesita una acción coordinada desde el más alto nivel de las decisiones, que intervenga en múltiples puntos al mismo tiempo, para que podamos aspirar a lograr un retroceso del desempleo en Colombia y el punto para comenzar es el costo de la mano de obra. La situación no da espera. Un desempleo de esta magnitud crea una brecha de desigualdad que afecta las bases mismas del contrato social sobre el cual está construida la institucionalidad colombiana. Si no nos comprometemos a fondo para resolverlo, las consecuencias en el mediano plazo serían impredecibles.

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