| 7/2/1999 12:00:00 AM

El segundo aire... y tal vez el último

Con el desplazamiento de la banda cambiaria, el gobierno se ganó un tiempo precioso para demostrar que puede conducir la economía. Es su última oportunidad.

La decisión de desplazar la banda cambiaria tomada por la Junta del Banco de la República el pasado 27 de junio fue, al menos en el muy corto plazo, una jugada iluminada: castigó a los especuladores, ganó un compás de espera del Fondo Monetario Internacional, creó un escenario en el que la economía colombiana puede volver a crecer en el curso de los próximos 12 meses y, ante todo, les devolvió a los empresarios la sensación de que el gobierno puede tener la capacidad de retomar las riendas y sacarnos de una dinámica que parecía dirigirse inevitablemente al desastre.



El desplazamiento de la banda no es el único componente en esta nueva ventana de oportunidad que se ha abierto para la economía colombiana en los últimos días. Las otras son la flexibilización de las condiciones de acceso para los bancos a los recursos de Fogafin para capitalización; la apertura de líneas de crédito para capitalización empresarial; y la anunciada austeridad fiscal que ha prometido el Ministro de Hacienda en el presupuesto del año 2000. La suma de los tres elementos mejora la probabilidad de volver a tener crecimiento económico en esta economía. Como efecto de la devaluación que vendrá tras el movimiento de la banda, la estimación de Dinero de crecimiento económico para el año 2000 ha aumentado de 0 a 2,1%. Algunos analistas creen que puede llegar a 4%.



Todo esto supone, por supuesto, que el Gobierno es capaz de hacer lo más importante, que es darles solidez a las condiciones macroeconómicas que permitirán llegar hasta la salida del túnel. Si fracasa en este intento, la caída libre del aparato económico podría ser más profunda de lo que se ha estimado hasta ahora en los peores escenarios de los analistas. Como dijo a Dinero un colombiano que sabe dónde ponen las garzas en Washington: "A Colombia la salvó la campana. Es cierto que se trata de un segundo aire para la economía, pero también es el último. La próxima vez, nos espera un acuerdo con el FMI".



Menos mal se acabó junio



Se trata, sin duda, de lo que los deportistas al borde de un colapso llaman un "segundo aire". El viraje se ha dado en medio de uno de los momentos más difíciles que haya tenido el país. La verdad es que junio del 99 fue uno de los meses más oscuros de los que se tenga memoria en materia económica.



El deterioro de los negocios, que fue agudo durante el primer cuatrimestre, pareció tener un respiro durante el mes de mayo. Pero a comienzos de junio tuvo una recaída enorme, que comenzó en el frente político y de orden público, con la renuncia de Rodrigo Lloreda como Ministro de Defensa, que remarcó el malestar de los militares ante el proceso de paz y fue rápidamente seguida por el salvaje secuestro del ELN a los feligreses de Cali. Luego, la no aprobación de la reforma política por parte del Congreso fue un estruendoso fracaso para el gobierno, pues si bien la gente nunca comprendió su contenido, sí vio una señal inequívoca de la falta de capacidad del Ejecutivo para mover sus iniciativas más vitales.



La intervención de entidades financieras, con gran impacto sobre los ahorradores; el debilitamiento de la situación financiera de las empresas ante la prolongación de la recesión, la infortunada intervención de la Corte Constitucional en materia financiera y, para rematar, las dudas expresadas en público por agencias calificadoras internacionales sobre las posibilidades de la economía colombiana redondearon un panorama que difícilmente podía ser peor. El pesimismo empresarial llegó a su punto más alto y la percepción de que se estaba cocinando un ataque cambiario era cada vez más extendida.



En este ambiente, las decisiones de la última semana de junio tienen la mayor importancia. La aprobación de la reforma financiera, el inicio del ajuste de la banca pública, la flexibilización del ortodoxo programa de fortalecimiento patrimonial de la banca privada, la flexibilización de la legislación para acuerdos concordatarios y el nuevo marco para la refinanciación de empresas son piezas que marcan un derrotero coherente. Como pieza final, la flexibilización de la banda cambiaria, acompañada del esbozo de un programa fiscal consistente con los principios de programación del Fondo Monetario Internacional, rompió la onda especulativa. Este podría ser el punto de quiebre en el lento y tortuoso diseño de políticas que registró el gobierno durante sus primeros 11 meses.



Los efectos deberían comenzar a verse pronto, tanto en las finanzas de las empresas como en la macroeconomía. La combinación del estímulo de la devaluación que vendrá, el alivio en flujo de caja por reestructuración de deuda y la confianza en una macroeconomía viable indicaría la puerta de salida. Esto, si el gobierno es capaz de apuntalar con hechos sus anuncios.



La fragilidad que han alcanzado las finanzas de las empresas en Colombia puede juzgarse al compararlas con las del sudeste asiático, una región del mundo donde las entidades internacionales han desplegado toda su atención para evitar que el stress financiero impida la recuperación de la economía.



Después de dos años de crisis aguda, en el conjunto de Asia, un 61% de las empresas están ilíquidas, es decir, sus ingresos no alcanzan a cubrir los costos operativos y financieros. Tras un año de seria crisis, Colombia tiene hoy el 59% de sus empresas ilíquidas, porcentaje superior al de un país como Corea. Ahora bien, la profundidad y la duración de la crisis asiática explica que la insolvencia de empresas tenga hoy una incidencia tres veces mayor que en Colombia.



El análisis del estado de resultados de las 9.000 principales empresas del país que reportan información a la Superintendencia de Sociedades indica que, si la economía continuara con la trayectoria que traía el primer trimestre, el sector privado podría perder en 1999 casi $2 billones. Esto llevaría a la quiebra a un elevadísimo número de empresas.



En este escenario, el paquete de medidas podría representar un decisivo cambio de dirección. Los efectos de la devaluación serán predominantemente positivos. Si bien ella implica un costo alto por el aumento de la deuda en dólares, la deuda está altamente concentrada en empresas grandes que tienen acceso a los mercados internacionales de capital. El impacto sobre estas empresas será fuerte, en particular si, como el Metro de Medellín y las empresas de telecomunicaciones, generan sus ingresos en pesos. Sin embargo, para el grueso de las firmas del país, la devaluación mejora la competitividad frente a las importaciones y ayuda a vender exportaciones.



La macro: compás de espera



Con el desplazamiento de la banda, el Banco de la República optó por no llevar a la economía a pagar de nuevo los monstruosos costos en que incurrimos el año pasado al intentar defender la banda cambiaria a punta de mayores tasas de interés. Y el Gobierno se ha ganado un tiempo precioso para demostrar que sí puede alinear las variables básicas de la economía para llevarla de nuevo a una senda de crecimiento.



Pero no se puede olvidar que, al mismo tiempo, este movimiento eleva el valor de las apuestas en juego. Si el gobierno no aprovecha este espacio que se ha ganado, su credibilidad llegaría a un punto demasiado bajo. La nueva banda no resistiría por mucho tiempo y las posibilidades de recuperación se esfumarían. Colombia podría sumirse en una crisis de una duración cercana a una década, similar a la que afectó a Perú en los años 80.

Esto puede ocurrir fácilmente. El aval que el gobierno obtuvo del FMI para poner en marcha este esquema no implica que la comunidad financiera internacional le haya dado su visto bueno. De hecho, las dudas siguen ahí: el desplazamiento de la banda aumentó de todas formas la percepción de riesgo sobre la economía colombiana, como lo demuestra el hecho de que a partir de esta decisión el spread sobre los papeles de Colombia aumentó 70 puntos básicos en promedio, lo cual colocó la deuda de nuestro país en una posición menos favorable incluso que la de Argentina y Brasil, economías que son percibidas como las más frágiles del continente.



Lo fundamental, entonces, es que el Gobierno haya entendido el alto costo que implica perder el tiempo y perder la credibilidad en Wall Street. La verdad es que en materia económica, la situación en que nos estamos hoy es muy parecida a la que encontró el gobierno Pastrana en agosto del año pasado. Basta decir que el déficit fiscal cerrará el 99, si se tiene suerte, en un nivel similar al del 98 y, además, no se han presentado al Congreso, o no tienen ponencia, las reformas estructurales indispensables para poner la casa en orden.



El costo de la pérdida de tiempo se entiende al ver que a los desequilibrios fiscal y externo de hace un año se suman ahora los problemas del sector financiero y de las empresas. Los costos para poner la casa en orden han aumentando considerablemente y lo seguirían haciendo, si no hay acción. En septiembre del 98 había que financiar un déficit del gobierno de un 5% del PIB. En julio del 99, a estos 5 puntos hay que sumarle $7,3 billones, que es lo que se necesita para reestructurar al sector financiero y a las empresas.



Es posible definir tres escenarios de manejo fiscal y de las reformas estructurales en el curso de los próximos meses, los cuales definirán si la economía colombiana despegará finalmente hacia comienzos del segundo trimestre del año 2000 o podría estancarse e incluso sumergirse en una profunda depresión. Estos escenarios se describen a continuación.



Así la están viendo los economistas



La decisión de mover la banda cambiaria llevó a los expertos a cambiar sus expectativas de crecimiento para la economía. Una encuesta hecha por Dinero en la cuarta semana de junio entre los principales economistas colombianos por fuera del gobierno arrojaba predicciones bien sombrías.



El crecimiento esperado para la economía durante 1999 era de -1,2% y para el año 2000 no se esperaba crecimiento diferente de cero. Una encuesta similar realizada entre el mismo grupo después de las medidas de finales de junio arrojó un impacto pequeño sobre el crecimiento durante 1999 (el crecimiento pasa a -1,0%), pero muy considerable sobre el año 2000, cuando llegaría al 2,1%. La varianza de opiniones para el año entrante todavía es grande, pues las proyecciones de crecimiento varían entre 0,5% y 4,0%.



Aunque 4 de los economistas consultados prevén el comienzo de una recuperación durante el segundo semestre de este año, la mayoría predice que la recuperación se dará en el año 2000, a partir del segundo trimestre. El crecimiento promedio durante el bienio 1999-2000 previsto por los economistas privados es, de todas formas, menos de la mitad del previsto por el gobierno.



Las agendas



Ante la dinámica depresiva que había adquirido la economía colombiana en el primer semestre del año, el paquete de decisiones conducentes a "reflacionar" la economía sirve para darles un nuevo aire a las empresas. Pero ni el gobierno ni las empresas pueden cantar victoria.



Las autoridades económicas tienen que dar pasos consistentes para desandar el tiempo perdido durante el primer año de esta administración y recuperar la confianza internacional. El gobierno debe aprovechar mejor las facultades de reorganización permanente que le ha dado el Congreso y debe procurar presentar y aprobar un presupuesto para el año 2000, cuyos gastos de funcionamiento no crezcan más del 5% nominal. Pero sin reformas estructurales al nivel de gasto y a la estructura del Estado, el margen de acción puede desaparecer rápidamente.



La tarea urgente es enfrentar en el Congreso las dos grandes vulnerabilidades del campo fiscal: la descentralización y el manejo de los distintos tipos de deuda. En materia de descentralización, por supuesto es buena, como lo ha anunciado el Ministro de Hacienda, una restricción al gasto de los entes territoriales y una organización de sus obligaciones pensionales. Pero también es importante, aunque el gobierno parezca desdeñarla o temerle, una ley orgánica que prevea la reorganización integral del sistema de competencias y recursos de la Nación, los departamentos y municipios, en reemplazo de la ley 60 del 93 y sus reglas fiscales. En materia de deuda, la prioridad es precisar y limitar las obligaciones laborales -de cesantías y pensionales- de todos aquellos regímenes que quedaron por fuera de la ley 100, en especial en las empresas del Estado, así como crear las condiciones fiscales y de mercado de capitales que permitan financiar con más holgura y a más largo plazo las obligaciones del Estado.



El gobierno también debía ponerse la meta de lograr reformas estructurales en los mercados de los tres insumos básicos para las empresas: el laboral, el de capitales y el externo. El gobierno, el Congreso y el país están pasados de tiempo para presentar iniciativas de modernización laboral, que incluyan la generalización de la seguridad social y la flexibilización de las condiciones de contratación y pago, incluyendo la posible capitalización de las deudas laborales.



Hay que buscar unos estímulos y regulaciones financieras que, en lugar de seguir subiendo la carga tributaria, faciliten el ahorro y la capitalización de las empresas. Parte esencial del mismo será la apertura empresarial a la transparencia informativa, el empoderamiento de los accionistas minoritarios y la creciente responsabilidad de los grupos directivos. Una vez obtenido un moderno equilibrio en la tasa de cambio, generalizar paulatinamente las transacciones en dólares para crear condiciones hacia una posterior dolarización de la economía o adopción de monedas comunes con países o regiones vecinas.



Este conjunto de acciones deberían constituir la esencia de la agenda económica durante el segundo semestre del año y no quedaría mal que, una vez presentados los proyectos, el gobierno diera al Congreso mensaje de urgencia, para llegar a decisiones antes de finalizar el crítico tercer trimestre.



¿Qué esperar?



Con sus movidas de los últimos días de junio, las autoridades económicas ganaron, ante todo, un tiempo para desatrasarse frente a lo que perdieron en el primer año de esta administración.



Este segundo aire se manifestará en una situación financiera y cambiaria más tranquila durante julio, cuando la tasa de cambio no estará muy lejos del punto medio de la banda. La situación puede comenzar a modificarse desde agosto, cuando las demandas por dólares aumentarán y bajarán las probabilidades de que el (¿nuevo?) equipo económico saque adelante las difíciles reformas. Nuestras exectativas son que, a partir de septiembre y quizá hasta que haya concluido el proceso de decisiones, el dólar se ubicará en la parte alta de la nueva banda.



La agenda empresarial podría combinar el aumento de las probabilidades de sobrevivir a corto plazo mejorando los flujos de caja, con la búsqueda de decisiones que garanticen el éxito en el largo plazo. De acuerdo con la reciente encuesta de Gallup para Dinero, ésta parece ser la orientación de nuestros empresarios, que creen más allá de los economistas que la recuperación comenzará bien entrado el año entrante y para posicionarse mejor en aquel momento más que seguir botando personal a diestra y siniestra tiene que haber pagado deudas en dólares, capitalizarse, exportar y mejorar su productividad.
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