El frenazo

| 5/11/2001 12:00:00 AM

El frenazo

¿Será inmune Colombia al desplome de la economía mundial? Las autoridades económicas deberían replantear sus metas y el manejo de sus instrumentos. Y los empresarios, abrir los ojos...

La economía se está poniendo oscura para lo que queda del año 2001. Apenas en febrero pasado, Juan Manuel Santos, el ministro de Hacienda, daba parte de tranquilidad a los mercados y mostraba cómo el crecimiento repuntaba, el ajuste fiscal marchaba según el cronograma y la financiación del año estaba prácticamente asegurada.
 
Los indicios apuntaban a que podríamos volver a crecer. Sin embargo, la recesión internacional, que en febrero era un escenario pesimista dentro de un abanico de posibilidades, se está convirtiendo hoy en realidad. Estados Unidos cae, Japón no levanta vuelo, Europa no compensa y las economías en desarrollo resienten los efectos de las crisis de Turquía y Argentina. La pregunta en la economía mundial ya no es si va a haber problemas, sino qué tanto se van a prolongar y si los gobiernos aún pueden evitar sus peores efectos.

Este desenlace no es culpa del ministro Santos; de hecho, de no ser por su iniciativa de acelerar la consecución de la financiación externa del gobierno para el 2001, el panorama luciría mucho peor. Pero su previsión no logra compensar los peores efectos. El Banco Mundial estima que por cada punto de reducción del crecimiento de Estados Unidos, el crecimiento colombiano se reduciría 0,21%. El crecimiento estadounidense, que fue de 4,8% en el 2000, podría reducirse al 1,5% o al 0% este año, dependiendo del tipo de aterrizaje, según prevé el FMI. La desaceleración gringa podría representar, entonces, un menor crecimiento del PIB para Colombia en el 2001 entre medio y un punto.
 
El deterioro sobre los indicadores de actividad industrial y comercial ya se siente y los balances de las empresas indican una situación delicada: las utilidades operacionales han caído durante dos trimestres sucesivos y las utilidades netas, que se habían recuperado desde mediados del 99, dejaron de ser positivas en el cuarto trimestre del 2000 y fueron negativas en el primer trimestre del 2001.

Los empresarios se hacen varias preguntas. ¿Cuánto se prolongará el frenazo? ¿Qué tan fuerte va a ser? ¿Qué deberían hacer distinto las autoridades? ¿Cómo replantear las estrategias empresariales? Dinero analiza el nuevo mapa de navegación empresarial para lo que queda del año y encuentra un mensaje inevitable: ante la incertidumbre, hay que duplicar el esfuerzo tanto público como privado para incrementar la productividad y ajustar la inserción internacional de la economía. Esta etapa no va a ser fácil, pero estamos mejor preparados que en ocasiones anteriores. Lo vital es no desviarse del camino acertado.


Choque externo
La economía de Estados Unidos se descolgó en el 2001, después de crecer en la última década al 4% anual. Mientras en septiembre del año anterior el consenso de las expectativas era de un crecimiento del 3,5% para este año, ahora la predicción de consenso es apenas de 1,4%. El FMI ha incorporado en su informe de mayo un escenario de aterrizaje forzoso, en el cual el crecimiento sería casi cero. La descolgada se ha sentido no solo en el mercado de valores, que ha caído 16%, sino en las empresas. Los ingresos de las compañías en el índice S&P 500 cayeron 21% en el primer trimestre frente al año pasado. También en este trimestre las empresas han realizado un drástico ajuste de inventarios, recortaron gastos de capital y comenzaron un ajuste de personal y de importaciones. La inversión se redujo 15%, el desempleo aumentó 3 décimas y las importaciones bajaron en 5,5%.

La Junta de la Reserva Federal, encabezada por Alan Greenspan, ha tomado la iniciativa frente a los acontecimientos al aplicar la más drástica reducción de tasas de interés en muchos años. Sin embargo, la desaceleración estadounidense ha arrastrado consigo al resto del mundo. El mayor impacto se ha sentido en la vulnerable economía japonesa, que ha abortado su recuperación y otra vez podría tener este año crecimiento negativo. El crecimiento europeo, que será el más alto del mundo desarrollado, se reducirá este año entre uno y dos puntos, especialmente en Alemania.

La desaceleración se sentirá sobre los países en desarrollo, dependiendo de la fuerza de sus interconexiones comerciales y financieras. Los países más dependientes de exportaciones y de financiamiento externo serán los más afectados. Los tigres asiáticos podrían tener una reducción del crecimiento a la tercera parte. Por su parte, las grandes y cerradas economías de China e India, así como las economías de Europa Oriental, son las más inmunes.

América Latina está en un punto intermedio y su crecimiento podría reducirse al 3,7% o 3,2% este año. Los países más afectados están en los extremos geográficos: México, por su dependencia comercial, y Argentina, por su vulnerabilidad financiera.

Para América Latina, los efectos financieros de la desaceleración tienen signos diversos. Por el lado positivo, la reducción de las tasas de interés de Estados Unidos alivia la carga del servicio de la deuda externa y reduce los estímulos a la salida de capitales. Por el negativo, el contagio, que se transmite financieramente, hace que una situación volátil como la de Argentina termine afectando a países relativamente lejanos, incluyendo a Colombia. El nerviosismo frente a una posible cesación de pagos de la deuda pública argentina (que sigue siendo una amenaza, aunque el acuerdo del 4 de mayo con el FMI le da un nuevo aire a ese país) afecta los precios y los spreads de la deuda en todos los mercados emergentes. Mientras que el índice de los bonos de los mercados emergentes cayó 3,5% en el último mes, el de los bonos latinoamericanos cayó 5,0%, el de Ecuador 8,8%, el de Argentina 10% y el de Perú 14%.

La turbulencia financiera afecta los flujos de capital. El Banco Mundial estima que durante el primer trimestre el financiamiento para Latinoamérica se redujo de US$7.600 millones a US$5.200 millones mensuales. Aquí se cierra la tenaza sobre las economías más vulnerables. Ante el menor financiamiento, los países ajustan su desequilibrio externo con mayor devaluación, menor inversión y menor actividad económica. Los países con mayores desequilibrios fiscales y externos son los más amenazados.

El choque sobre Colombia
Estos choques externos cogen a Colombia en una situación de gran vulnerabilidad. Aunque el acuerdo con el FMI ha reducido las presiones fiscales y facilitado el acceso del gobierno a los mercados internacionales, la vulnerabilidad del sector externo privado y los desequilibrios de financiamiento siguen siendo demasiado grandes, tanto para el gobierno como para el sector privado.

La reducción de las importaciones mundiales por la caída de la demanda tiene un doble efecto sobre Colombia. De una parte, se deterioran los precios de sus productos básicos, especialmente el café. Este año, los términos de intercambio se han deteriorado más en Colombia que en ningún otro país de América Latina. De otra parte, se debilitan las exportaciones no tradicionales, cuya elasticidad a la demanda es de 3,8. La reducción del gasto estadounidense, hacia adonde se dirige el 49% de nuestras exportaciones, tendrá gran impacto. En los primeros dos meses del año, las exportaciones a Estados Unidos se redujeron 11%, a Europa 2% y al resto de destinos tan solo crecieron 4,4%.

La escasez del financiamiento afecta al gobierno y las empresas. El Ministerio de Hacienda, con habilidad, prácticamente aseguró el financiamiento externo antes de que la crisis golpeara. El aval del Banco Mundial a los bonos colombianos y el recurso oportuno a los mercados europeo y japonés permitió conseguir los recursos necesarios, así hayan sido obtenidos a un muy alto costo, 500 puntos de spread sobre los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Así, el riesgo para las finanzas públicas se pospuso para el 2002, cuando no es probable un nuevo aval del Banco Mundial y el acceso al financiamiento externo será difícil y costoso.
 
Los inversionistas europeos, las entidades que más han ayudado recientemente a Colombia, son precisamente quienes se están viendo más afectados con la crisis argentina. Colombia, después de la pérdida del grado de calificación de su deuda externa, está ahora en manos de inversionistas de riesgo, que exigen primas o spreads extraordinariamente altos para entregar sus recursos.

Para el sector privado, las dificultades de financiamiento pueden ser mayores y presentarse más rápido. La inversión extranjera se reduce en momentos en que las empresas requieren aportes de capital. Esta se redujo 15% frente al primer trimestre del año anterior según cifras preliminares de la balanza cambiaria. Si el apretón financiero internacional se hace más pronunciado, incluso la renovación (el roll-over) del crédito del comercio externo podría verse afectado. Todo esto puede darse justo cuando las tensiones del proceso de paz llegan a su máximo nivel.

El efecto del choque externo será generar mayor presión sobre la inversión privada. Si el recaudo de impuestos cae, con el menor crecimiento; el gasto se mantiene, con el financiamiento externo; y las exportaciones caen, desbalanceando la cuenta corriente, el ajuste terminará dándose por donde siempre: ahogando las posibilidades de financiación de la inversión.

¿Y la recuperación?
La actividad ha comenzado a debilitarse. Al finalizar el primer trimestre, y comparado con el año anterior, las ventas del comercio crecieron 1,4%, la industria creció 3,7% y el empleo de las 13 ciudades creció apenas 1,7%. Sin embargo, frente al último trimestre del año, debidamente desestacionalizado, el crecimiento no fue positivo. Es el segundo trimestre de caída consecutiva.

En el comercio, las ventas de todos los productos, con excepción de libros y papelería, cayeron en los primeros meses del 2001. En la industria, que fue la estrella del 2000, la desaceleración es evidente, especialmente en alimentos, bebidas, madera, y hierro y acero, que muestran crecimientos negativos. La construcción, a pesar del dinamismo de la Vivienda de Interés Social, aún no muestra síntomas significativos de recuperación. El crecimiento de las importaciones de bienes de capital no refleja inversiones distintas a las de helicópteros y equipos para TransMilenio. Por último, el crecimiento de la demanda de energía fue inferior en el primer trimestre al registrado el año pasado.

El descuelgue de la recuperación se ha sentido en las finanzas. El crédito privado, que es el indicador más claro de la contundencia de la recuperación, cayó 8% (21% en dólares) el año anterior, y se mantiene en dólares en un nivel menor al de 1994. La cartera vencida no ha mostrado signos de recuperación, pero su deterioro, que estuvo controlado en el segundo semestre, ha vuelto a dispararse.

El descuelgue también se evidencia en los balances de las empresas registradas en la Supervalores. El impulso de las ventas se detuvo, la cartera se deterioró, la utilidad operativa de los últimos 6 meses cayó 24,4% frente a los 6 meses anteriores, la rotación de los activos se hizo lenta, las pérdidas no operativas se duplicaron, y las utilidades, después de estar en negro por cuatro trimestres, volvieron al rojo.

Las cifras del mercado de trabajo apuntan en la misma dirección. La tasa de empleo alcanzó su máximo en el cuarto trimestre del 2000 y desde entonces ha caído significativamente. Aunque la estacionalidad de la nueva metodología del DANE tardará años en descubrirse, es claro que el desempleo urbano aumentó 2,9% frente al mismo período del año anterior, el empleo total en marzo aumentó apenas a un ritmo de 1,7%, y el 85% fue en empleos marginales (por cuenta propia y de trabajadores familiares), pues solo hubo 49.000 nuevos asalariados en el año.

Qué nos espera
Por cuarta vez, Dinero publica las proyecciones macroeconómicas de una muestra de analistas de alto prestigio, diversos orígenes regionales y filiaciones políticas.

Aunque el FMI mantiene la expectativa de crecimiento acordada con el gobierno, de 3,6%, los analistas internacionales han reducido sustancialmente sus predicciones de crecimiento: de 3,8% en septiembre del año anterior, a 3,6% en diciembre, a 3,3% en febrero y a 2,8% en nuestra más reciente encuesta. Es decir, la banca internacional le ha atribuido a Colombia un menor crecimiento de 0,8 puntos, similar al del promedio de América Latina.
 
Esto contrasta con las expectativas de los analistas colombianos, quienes en promedio se mantienen con predicciones estables. Solo Fabio Sánchez, quien en el pasado ha resultado el más acertado, ha reducido sus expectativas de crecimiento en 1,2 puntos desde finales del año pasado.

Así, en materia de crecimiento, el resultado principal es la convergencia de proyecciones. Hace unos meses, en este tema eran más optimistas los extranjeros que los colombianos. Ahora parece haber un consenso mayor, ya que en promedio para los extranjeros el crecimiento en el 2001 estará en el 2,9%, mientras que para los colombianos estará en 2,8%.

Si las expectativas de crecimiento de todos los analistas, nacionales e internacionales, convergen hacia el 2,8%, ¿deberíamos esperar que este sea el resultado? En Dinero creemos que no.

Como lo demuestra Prakash Loungani en la más reciente edición del Journal of International Forecasting, hay un patrón típico en las predicciones de los analistas cuando la economía registra quiebres: son lentos para ajustar sus proyecciones. En particular, tienden sistemáticamente a errar por exceso al entrar en una recesión. Este sesgo parece afectar a la mayoría de los analistas nacionales, que no han incorporado en sus proyecciones la magnitud del choque externo. Y cuando lo hagan, corrigiendo según la experiencia internacional, el crecimiento esperado estará entre 2,0 y 2,5%. Y algo no muy distinto para el año 2002.

Un estancamiento del ingreso per cápita como este es consistente con una economía que enfrenta dificultades para exportar a los países desarrollados y no logra movilizar la inversión privada. Y es consistente, también, con un aumento del desempleo. Incluso en el favorable escenario de crecimiento del gobierno, el desempleo no disminuiría. Si el crecimiento baja al 2,5% este año y el entrante, el desempleo aumentaría punto y medio. Si el crecimiento es del 2% en ambos años, el desempleo urbano podría subir dos puntos.

Frente a la inflación para el 2001 también hay convergencia de expectativas. En el pasado, los analistas nacionales eran más escépticos que los internacionales. En los últimos meses, los colombianos han reducido sus expectativas de inflación de 10,8 a 9,3%, mientras los extranjeros la redujeron de 9,3 a 8,9%. De todas maneras, ambas proyecciones están lejos de la meta del 8% que se fijó el gobierno, aunque la distancia está dentro del margen de error válido en el nuevo esquema de inflation targeting.

En materia fiscal, hay divergencia de expectativas. Mientras nuestros gurúes creen cada vez más en las metas del gobierno, los internacionales tienen cada vez más desconfianza y proyectan un déficit de 3,3%.

Sobre los intereses, hay convergencia de expectativas a la baja: los analistas externos revisaron hacia arriba sus bajas expectativas y los colombianos la revisaron hacia abajo. Hoy, el margen de variación esperada de los intereses es de más o menos medio punto, con una media de 14,4 para finales del año.

En tasa de cambio, los analistas colombianos han mantenido una expectativa de devaluación similar a la inflación, mientras se observa un cambio de opinión en los internacionales. Estos, que coincidían hace unos meses con el Banco de la República en una tasa de cambio nominal casi estable, ahora se han movido hacia la devaluación. Para finales del año, el consenso prevé una tasa de cambio de $2.475, más o menos $44.

Qué hacer
Un buen recurso para visualizar la agenda de acción de este año es anotar en qué se parece y en qué se diferencia esta situación de la de 1998, la última vez que golpeó el ciclo externo. La comparación ayuda a entender los caminos que debemos seguir y los errores que debemos evitar. En el frente externo ya no tenemos el enorme desequilibrio en cuenta corriente de entonces. La tasa de cambio real ya no está desajustada frente a las necesidades competitivas del sector productivo. Y aunque la carencia del grado de inversión hace difícil atraer inversionistas hacia nuestros papeles de deuda, el acuerdo con el FMI y el apoyo diplomático de Estados Unidos son elementos que generan confianza.
 
En el frente fiscal, se han detenido las explosivas tendencias del gasto, pero el tesoro público sufre las consecuencias de la creciente deuda gestada por los persistentes déficits fiscales. En el frente monetario, el Banco de la República cuenta con un nuevo marco de intervención, en el cual la tasa flotante reemplazó la banda cambiaria y el inflation-targeting reemplazó las metas monetarias del régimen anterior. Las empresas, por su parte, se han quedado a medio camino de la solución de su problema financiero, pues quedaron en una trampa de baja rentabilidad ­debido a los altos impuestos­ y de baja capitalización.

En estas condiciones, ¿cuál es el espacio para la agenda pública en el último año, preelectoral, de gobierno? ¿Irá a repetir el país su experiencia de impulsar una política macro procíclica, que magnifique como en 1998 las tendencias recesivas? Este es el primer error que hay que evitar. El primer paso es que Planeación Nacional deje de empeñarse, como en el 98, en no ver las evidencias de la desaceleración. De otra forma, cuando finalmente reconozca el descuadre será difícil no caer en reacciones excesivas.

¿Cuánta política contracíclica vale la pena intentar? En el campo fiscal, no mucha. Mayor gasto público sería como ponerle más mecha a la dinamita, haciendo inviables unas finanzas que todavía son recuperables. Sería, sin duda, el camino hacia una crisis cambiaria el próximo año. Puesto que la reforma de las transferencias prolongó la inercia del gasto territorial, el esfuerzo de recorte de gasto tiene que ser mayor en el gobierno central. Y se debe poner todo el entusiasmo político en sacar adelante una verdadera ley de responsabilidad fiscal que defina reglas fiscales sostenibles.

La responsabilidad de una política anticíclica, más bien, debería recaer en la política monetaria. Con la desaceleración del crecimiento, las presiones inflacionarias podrán seguir cediendo. En esas condiciones, el Banco de la República debe buscar una reducción efectiva de las tasas de interés que pagan las empresas y hogares. En vez de responder a fluctuaciones temporales de la tasa de cambio con mayores tasas de interés interbancarias, la Junta debe atreverse a lo contrario: reducir las tasas dos o tres puntos más.
 
Y a coordinar con el resto de autoridades financieras (superintendencias Bancaria y de Valores, Hacienda y Fogafin) para que los canales de intermediación financiera, por medio del sistema bancario o del mercado de valores, puedan activarse. La mayor devaluación del peso vendrá, qué paradoja, con la devaluación del dolar frente al euro.

Hay que prepararse frente a las grandes dificultades de financiación que tendríamos en el 2002. No es deseable aumentar más la deuda del gobierno, y las posibilidades son cada vez menores. Los avales no se repiten todos los años y el acceso a los mercados tiene límites cada vez mayores por el nerviosismo ante la Argentina, que tiene el 20% de todos los bonos de los países emergentes.

Con un déficit fiscal de US$1.800 millones en el 2002, y US$2.600 millones de amortizaciones, las necesidades brutas de financiamiento externo serán cercanas a US$3.000 millones.

Sin la aprobación de la reforma de la seguridad social, es poco probable que los mercados nos vean con buenos ojos y abran nuevamente las puertas.

En el caso de que los mercados se cerraran, si el gobierno se volcara sobre el financiamiento interno generaría un gran desplazamiento del sector privado, que se quedaría sin financiamiento externo e interno. La inversión se estancaría y el crecimiento podría caer por debajo del 2%. Al reducirse los recursos de financiamiento externo, la tasa de cambio se devaluaría para ajustar las cuentas externas. Las presiones de los sectores público y privado aumentarían la tasa de interés, con un ciclo ya conocido.

Hacia el más largo plazo, lo que importa es volver a crecer. La economía colombiana rebotó del fondo de la recesión, pero no ha comenzado a crecer. Las razones no son macro, sino del orden microeconómico. Los incentivos fiscales están en contra de la capitalización, del empleo y del conocimiento. Los mercados de capital y laboral no están adaptados para aprovechar las oportunidades de una economía abierta. Para volver a crecer, el país tendrá que concentrar su atención en las reformas estructurales a estos mercados.

En los últimos tres años, la prioridad del crecimiento estuvo adecuadamente puesta en las exportaciones. El país debe persistir en construir un modelo de competitividad sobre bases distintas a las del incentivo cambiario. Por su parte, los empresarios tendrán en esta etapa, en la que el choque externo postergó la franca reactivación, una enorme responsabilidad. Acelerar las decisiones individuales y de política pública que permitan la capitalización de las empresas, pues sin ella las utilidades no vendrán. Y, simultáneamente, acelerar las decisiones que profundicen el modelo exportador.

Antes de dos años, la economía mundial estará otra vez al alza y las oportunidades de comercio serán crecientes, alimentadas por el Area del Libre Comercio de las Américas. Ante las adversidades, no retroceder, sino aguantar y avanzar. Estamos mejor preparados para resistir el aguacero que en 1998, pero aún no es tiempo de cosechar, sino de sembrar...
 
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