| 2/2/2007 12:00:00 AM

El as bajo la manga

El as bajo la manga

El carbón enfrenta un futuro extraordinario ante el crecimiento de la demanda mundial de energía. Los jugadores en Colombia están listos para aprovechar el momento. Vea también el especial multimedia sobre cómo se obtiene el carbón.

En 1980, cuando León Teicher era vicepresidente de mercadeo y ventas de Carbocol, el carbón era la cenicienta de los minerales en Colombia. El país producía 5 millones de toneladas en 1.500 minas y apenas exportaba 300.000 toneladas. Se acababa de declarar la comercialidad del megaproyecto del Cerrejón, en la Guajira, el primer complejo carbonero del país, y el tamaño de la inversión, US$3.300 millones a partes iguales entre la Nación por intermedio de Carbocol y ExxonMobil por intermedio de Intercor, era el centro de agitados debates políticos. "Los compradores mundiales no imaginaban que había carbón en Colombia ni que un proyecto de esta magnitud impactaría el mercado internacional. Teníamos que hacer un esfuerzo enorme para que la gente en el mundo reconociera a Colombia como un posible proveedor", explica Teicher.

Cómo cambian las cosas. Para entender la diferencia con la época actual, Teicher hace una comparación: "sería como haber tratado de vender un teléfono celular en 1986 y compararlo con venderlo hoy", explica. "La presencia de Colombia en el mercado internacional en la actualidad es muy importante y Cerrejón es uno de los grandes jugadores en el mercado mundial. El año pasado, participamos con el 12% de las ventas del mercado del Atlántico", afirma.

Pasados 27 años desde su primera experiencia con el carbón, Teicher está de nuevo en el sector como presidente de Cerrejón y este producto, la cenicienta de los años 80, es la joya de la corona de las exportaciones colombianas. El país exportó el año pasado 60 millones de toneladas, el carbón es el segundo producto de exportación del país (le quitó el puesto al café) y es el tercer generador de divisas después del petróleo y las remesas. En él están puestas las expectativas del gobierno para compensar el esperado detrimento de las divisas del petróleo.

Desde el año 2000, la cotización del carbón en los mercados internacionales se ha movido en rangos de US$50-US$60 por tonelada (en contraste, en los años 80 se transaba entre US$20 y US$30 por tonelada). La rentabilidad del negocio mejoró y esto ha motivado a los inversionistas extranjeros a desarrollar planes de inversión con la mira puesta en los mercados internacionales. "Los ojos del mundo carbonero están en Colombia. Las grandes empresas y también otras de menor tamaño están mirando el mercado colombiano. En todos los foros mundiales se muestra a Colombia como una potencia exportadora de carbón", explica Augusto Jiménez, presidente de Drummond.

No todo el panorama está despejado. Si bien el uso del carbón es creciente en el mundo, debido a los altos precios del petróleo, al mismo tiempo que aumenta su uso, también hay una creciente polémica por sus implicaciones ambientales, debido al alto contenido de CO2 que produce el carbón. En Estados Unidos, se anticipa que la nueva mayoría demócrata en el Congreso impondrá pronto cambios sustanciales en la legislación ambiental de ese país, los cuales tendrán consecuencias importantes para el mercado del carbón. De la misma manera, las consideraciones ambientales en Colombia son un factor crítico para el desarrollo de la industria. El carbón colombiano tiene que prepararse para estos cambios en el entorno, si quiere hacer realidad todo su potencial de generación de divisas.

Tierra de gigantes

En el carbón, todo es enorme. El visitante que llega por aire solo siente gradualmente la extraordinaria magnitud de la explotación de carbón. Al sobrevolar la zona carbonífera del Cesar, primero el azul del cielo y el verde de los cultivos se combinan con el color plateado de las minas, pero poco a poco el haz plateado domina el paisaje. En el Cesar se divisa la gran mina de Drummond, rodeada por pequeñas islas como La Francia, de Coalcorp, y la Jagua de Glencore, así como otras minas pequeñas. La mina de la Guajira es incluso más grande. Desde un avión no es posible divisar sus límites; se necesita una foto satelital para ver sus fronteras al mismo tiempo.

Una vez en tierra, la inmensidad del trabajo minero se revela en las grandes avenidas de tierra apisonada, de más de 20 metros de ancho, donde las camionetas de doble cabina parecen escarabajos al lado de los gigantescos camiones que recorren el área. A pesar de la gran cantidad de gente que trabaja en estas minas, el visitante difícilmente encuentra en el recorrido una persona de carne y hueso. Desde una camioneta es muy difícil divisar a los conductores de camiones, palas y buldózeres. Tan solo las llantas de estos vehículos alcanzan los 3,40 metros de altura y no hay contacto visual con ellos. Gonzalo Darío Zabaleta, quien opera uno de estos gigantescos camiones para Drummond, que tiene 8 metros de ancho y 12,9 metros de largo, con capacidad para cargar 200 toneladas, dice que "a este equipo lo llamamos la oficina. Tiene buen aire acondicionado. Son camiones suaves, de 6 cambios hacia adelante, hidráulicos. Hay que tener cuidado con el ancho, y el mayor riesgo es reversando", explica.

El visitante sigue avanzando y pronto las proporciones que había logrado acomodar en su cabeza vuelven a ser superadas. Al llegar a los miradores de las minas, los enormes camiones que se veían en la carretera lucen diminutos, ya que los huecos que se abren para sacar carbón superan los 164 metros de profundidad bajo el nivel del mar. Es difícil asimilar las proporciones de estas gigantescas excavaciones. Tal vez se entienden mejor cuando alguien explica que, cada seis meses, Cerrejón mueve tanto material como el que se movió en la construcción del Canal de Panamá. Dependiendo de la tecnología y del tipo de suelo, por cada tonelada de carbón es necesario extraer entre 6,5 y 15 toneladas de suelo estéril. "Este balde mueve 90 m3 en 45 segundos", explica Hugues Ortega, quien supervisa el manejo de la dragalínea más grande que hay en América Latina y que es propiedad de Drummond.

El tamaño de estas explotaciones se refleja en la magnitud de las inversiones. El 32% de la inversión extranjera directa en Colombia a septiembre de 2006 correspondió a la industria minera y casi la totalidad de esta suma va a proyectos carboneros. Cerrejón ha invertido US$500 millones en los últimos tres años y para 2007 tiene inversiones programadas por US$350 millones. Drummond invertirá en los próximos dos años cerca de US$1.100 millones en la apertura de las minas de El Descanso, Rinconhondo, Similoa y la Jagua; en la ampliación del puerto a 70 millones de toneladas y en la construcción de la segunda línea férrea de Fenoco, donde es socio mayoritario.

Coalcorp, el recién llegado, tiene un presupuesto de US$400 millones para empezar a explorar y hacer crecer la producción en La Francia y la Caypa. Además, este año hizo una alianza con BHP Billiton para explorar nuevas zonas en Boyacá, Cesar y Santander. BHP Billiton va a invertir US$15 millones en los próximos tres años para la exploración de esas minas.

Ante el crecimiento de la demanda mundial, las compañías mineras tienen ambiciosos planes de crecimiento. Cerrejón, que produjo 27,5 millones de toneladas el año pasado, va a producir 31,5 millones este año, y 32 millones en 2008. Drummond, por su parte, pasará de 22 millones de toneladas a 26 ó 28 millones este año, dependiendo de si es posible iniciar las obras en la mina de El Descanso, que está pendiente de recibir la licencia ambiental. Glencore espera mover 11,5 millones de toneladas en 2009 y 14,4 millones en 2010, entre su producción directa y la comercialización de otras minas.

La carrera por el crecimiento se aprecia en los múltiples cambios de propiedad en el sector desde que se inició la explotación en gran escala en Colombia. Ninguno de los socios que empezaron el negocio carbonero en el país permanece. El consorcio conformado por las tres compañías mineras más grandes del mundo —la australiano-inglesa BHP Billiton, la sudafricana Angloamerican y la suiza Glencore (que en 2006 fue sustituida por la también suiza Xtrata)— compró Carbocol en 2000 e Intercor en 2002. Además, se desarrolló la minería a cielo abierto en el Cesar, donde la estadounidense Drummond entró en 1989 y la suiza Glencore abrió la mina de Calenturitas en 2004. Glencore compró en 2005 en el Cesar la mina de la Jagua de Ibirico por US$110 millones al Grupo Empresarial Antioqueño, y en 2006 adquirió la mina Consorcio Mineros Unidos. Por su parte, el grupo canadiense Americoal adquirió a finales de ese año Carbones del Cesar, y el también canadiense Coalcorp compró el 7 de febrero de 2006 la mina La Francia en el Cesar, y la Caypa en la Guajira.

Los márgenes del negocio dependen del tipo de minería, la constitución del yacimiento, el tipo de tecnología y la eficiencia y productividad que se logren. Uno de los factores que más afecta la competitividad es el costo del transporte. La tonelada de carbón puesta en puerto colombiano puede costar US$50, pero puesta en Rotterdam alcanza los US$70 por el transporte marítimo. Internamente, el costo de movilización puede estar entre US$10 y US$15 por tonelada, lo que significa que casi la mitad del costo se lo está llevando el transporte.

La pelea por los compradores es a muerte y en ella, el precio es decisivo. Las compañías están en una carrera permanente por aumentar la productividad y la eficiencia en todo el proceso.

La demanda internacional

Esta acelerada expansión ocurre en respuesta a las tendencias del mercado internacional. La nueva dinámica de los países en desarrollo se refleja en la fuerte expansión esperada de la demanda de energía hacia el mediano y largo plazo. El carbón se beneficia de esta tendencia, pues es competitivo frente al petróleo por los altos precios de este último y por las políticas que buscan diversificar el origen de los energéticos en los países desarrollados. Y también tiene ventajas frente al gas, porque es un combustible más eficiente y porque hay importantes restricciones logísticas para llegar con el gas hasta los sitios de consumo en muchos países. La demanda de carbón tiene un crecimiento acelerado. De acuerdo con la Energy Information Agency, de Estados Unidos, mientras que la demanda global creció 12% entre 1990 y el año 2003, se estima que el crecimiento será de 44% entre 2003 y 2015. Para el año 2030, el consumo de carbón en el mundo será el doble del de hoy.

El principal factor que explica el actual dinamismo de precios es la fuerte demanda de los países asiáticos. El comercio internacional de carbón movió unos 550 millones de toneladas el año pasado, un crecimiento de 19,5% frente a 2005, según las empresas del sector. De esta suma, los países asiáticos demandaron 340 millones de toneladas, 17% más de lo que compraban dos años atrás. Tan solo Japón importó 110 millones de toneladas.

Por otra parte, el mercado de Estados Unidos se ha dinamizado recientemente, porque las plantas de generación de energía, que estaban usando gas, se han volcado al carbón. Aunque este país es un gran productor de carbón, tiene problemas logísticos para conectar sus centros de producción con los de demanda. Colombia se ha beneficiado de ese nuevo mercado. Este año, por ejemplo, el 20% de las ventas totales de Cerrejón se dirigió a Estados Unidos, mientras que hace 5 años le vendían menos del 5%. Y la compañía estima que en 2 ó 3 años, Estados Unidos será el destino de cerca del 30% de sus ventas.

El gran obstáculo para consolidar las posibilidades del carbón en el mercado global en el largo plazo es su impacto sobre el ambiente. Las plantas eléctricas de carbón producen casi el doble de las emisiones de CO2 que las plantas de gas natural. A medida que aumenten las presiones en el mundo para limitar el calentamiento global, será necesario introducir tecnologías que limiten las emisiones de CO2. Estas tecnologías van desde el lavado del carbón antes de utilizarlo en la planta hasta la captura y almacenamiento del CO2 para impedir que se mezcle con el aire del ambiente. Estas tecnologías implican incrementos en costos que podrían reducir la ventaja del carbón frente a otros combustibles.

Por su parte, la presión política para limitar el calentamiento global está aumentando con rapidez. Estados Unidos ha sido el país desarrollado más reacio a asumir el problema del calentamiento global. Sin embargo, el clima político ha cambiado. A finales de enero, se supo que 10 de las más grandes compañías de Estados Unidos, entre las que se encuentran Alcoa, General Electric y Lehman Brothers, han presionado al presidente George W. Bush para que tome acciones más agresivas en el cambio climático. En su discurso del Estado de la Unión, Bush anunció que una de sus banderas iba a ser aumentar la investigación de energías limpias y que haría una mayor inversión en plantas de carbón con cero emisión, energía solar y energía nuclear segura. El propósito es reducir con esas tecnologías la importación de combustibles del Medio Oriente.

En el Congreso de Estados Unidos se espera un buen número de iniciativas destinadas a reducir el calentamiento global. Nancy Pelosi, la nueva líder de la Cámara de Representantes, ha dispuesto la creación de un comité para analizar el calentamiento global. Este semestre, distintos congresistas demócratas presentarán proyectos de ley que incluyen medidas para la reducción de emisiones de CO2. Entre los nombres que respaldan estos proyectos están John McCain, republicano que ha sido candidato a presidencial, y Barack Obama y Hillary Clinton, los dos principales candidatos por el partido Demócrata a la presidencia en 2008. Las propuestas incluyen desde límites a las emisiones que las empresas pueden realizar, hasta impuestos sobre el uso del carbón. Todas estas ideas se reflejarían en reducciones en la demanda en el largo plazo.

Tensión local

En Colombia, la producción de carbón también ha generado varias polémicas en relación con el medio ambiente. Una de ellas se debe al transporte del carbón del Cesar en camiones hasta el puerto de Santa Marta, ya que hasta el año pasado Drummond era la única empresa que podía usar el transporte por vía férrea. "El transporte de carbón se ha convertido en un tremendo problema de inseguridad y de contaminación. La entrada a Santa Marta se ha convertido en un garaje de tractomulas, llanterías, cambio de aceite, todos los negocios que trae ese tipo de operación, lo cual es absurdo para el turismo", afirma Alfredo Diazgranados, presidente de la Cámara de Comercio de Santa Marta.

Esta problemática estaría pronta a resolverse, ya que todas las compañías carboneras del Cesar se hicieron a la conexión férrea hasta el puerto, mediante la compra de Fenoco y están invirtiendo para mejorarla. Por ahora, se aumentó la capacidad de transporte férreo de 22-25 millones toneladas a 35 millones de toneladas. Sin embargo, mientras se termina de ampliar la vía y se construye la segunda línea (que demanda una inversión de US$350 millones), por un tiempo, las compañías diferentes a Drummond continuarán enviando su carbón al puerto en camiones.

El problema candente en este momento, y para el cual no se ha llegado a una solución, es el efecto que sobre el turismo tiene el transporte del carbón en barcazas desde el muelle hasta los buques que lo llevan a los mercados de destino.

Hoy operan tres muelles carboneros; uno en inmediaciones del aeropuerto en Santa Marta (Prodeco), y dos en Ciénaga, el de Drummond y el de Cementos Argos. Como la bahía es poco profunda, los buques tienen que anclar lejos de la costa y el carbón es llevado en barcazas hasta ellos, a diferencia de lo que sucede en la Guajira, donde la profundidad del puerto permite el cargue directo.

Esto genera problemas de contaminación por emisiones y también de contaminación visual. Para contrarrestar la primera, en el momento de verter el carbón sobre estas embarcaciones se riega abundantemente con agua para impedir que el polvillo se escape durante la travesía. "La percepción es que el impacto de la contaminación es más bajo en comparación con el que se tenía hace 4 años", señala Alfredo Diazgranados. En cuanto a la contaminación visual, no hay nada qué hacer: desde la bahía, las barcazas se ven como grandes bloques negros, ya que el carbón va al aire libre. Esto tiene un significativo impacto porque les resta atractivo a las playas de Santa Marta como destino turístico.

El gobierno, como lo ha expresado el presidente Uribe, tiene como objetivo que las empresas carboneras se trasladen rápidamente al cargue directo. Esto implicaría hacer obras de profundización del calado o construir muelles de unos 5 kilómetros para llegar directamente a los buques. "El gobierno nacional siente que en Santa Marta hay un fuerte deseo de impulsar el turismo en esa región. Los puertos carboneros tienen que coexistir con esa otra vocación. La decisión del gobierno es que tiene que haber cargue directo y se está hablando con los concesionarios para optimizar esos puertos", dice enfáticamente Beatriz Uribe, directora de minas del Ministerio de Minas y Energía. El objetivo es que haya pocos puertos carboneros (ojalá uno solo) más grandes, más eficientes y que tengan menor impacto ambiental y mayor compatibilidad con la industria turística.

Las concesiones que se han entregado para la explotación autorizan el uso de barcazas. En la medida en que las concesiones vencen, sería posible introducir la nueva obligación de construir muelles o profundizar el calado del puerto para llegar directamente a los buques. Sin embargo, las concesiones tienen distintas fechas de vencimiento, de modo que unas empresas enfrentarían la obligación de hacer estas cuantiosas inversiones antes que otras. De hecho, la concesión de Glencore expira en 2009 y tendría que renovarla bajo las nuevas condiciones y asumiendo las inversiones antes que sus competidores. Algunos consideran que, si las demás compañías no van rápidamente a cargue directo, se estaría generando competencia desleal basada en regulaciones gubernamentales. No obstante, funcionarios del gobierno sostienen que esto no es así, porque son dos situaciones distintas, y todas las empresas tendrán que cambiar las condiciones de cargue, tarde o temprano.

El único cargue directo en la zona es en la Sociedad Portuaria de Santa Marta, que junto con Carbosan acaba de invertir US$20 millones en dragado y mejoramiento de muelles, y ya eliminó las barcazas. En noviembre, recibió la certificación ISO14000, por parte de SGS International. Ese puerto mueve 2,4 millones de toneladas de carbón. "Nosotros presentamos un proyecto al Mintransporte de un puerto con capacidad de hasta 30 millones de toneladas, para prestar el servicio de cargue directo", explica Mauricio Suárez, gerente de la Sociedad Portuaria.

Es prioritario llegar a un acuerdo sobre el cargue directo, porque la incertidumbre podría aplazar las decisiones de inversión en los puertos. Si no hay humo blanco sobre el tema este año, se generaría un nuevo cuello de botella para el crecimiento de las exportaciones, que según el gobierno deben rondar los 100 millones de toneladas en 2019. Para algunos analistas, si bien las inversiones que se requieren para el cargue directo son cuantiosas, su viabilidad dependerá de cómo se negocie con el gobierno, ya que un aumento en el período de la concesión podría compensar el esfuerzo actual.

Todavía hay otro punto de polémica regional, alrededor de la ubicación del puerto, pues Santa Marta y Ciénaga se disputan las regalías. El mayor puerto carbonero (el de Drummond) está en Ciénaga, pero si se opta por una sola terminal, ambas ciudades van a pelear por ser las escogidas. De hecho, Santa Marta cree que si se pagan regalías en Ciénaga por el puerto, se deberían pagar regalías en Santa Marta porque el cargue a los buques se hace en aguas territoriales de la ciudad. Santa Marta ya obtuvo una regalía por el paso de los camiones cargados con carbón por su territorio.

Entretanto, en las minas, el trabajo sigue. Las instalaciones funcionan 24 horas, en turnos de 12 horas, de domingo a domingo, incluso los festivos, 362 ó 364 días al año, dependiendo de la compañía. Los descansos para almorzar son de media hora. No se puede parar. El carbón ha convertido a Colombia en un jugador estratégico en uno de los mercados energéticos más importantes del mundo, en un momento de crecimiento acelerado de la economía global.

El potencial está ahí, pero para alcanzarlo se requiere redoblar los esfuerzos y superar retos que nunca se vivieron en el pasado.
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