| 3/18/2005 12:00:00 AM

Educación<br>El pilar de las transformaciones

El acceso a la educación es talvez el fenómeno que más cambió la condición de las mujeres en Colombia. Facilitó su inserción en la economía urbana, mejoró sus ingresos y por esa vía transformó las formas tradicionales de familia, de producción y de país.

Si hubiera que escoger un solo cambio para explicar la acelerada aparición de las mujeres en todos los campos de la producción nacional, sería el de la educación. En un siglo, pasaron de un virtual analfabetismo, a ser la mayoría en las universidades del país. En términos históricos, es un proceso rápido, que se benefició de la urbanización y la creación de puestos de trabajo femenino y que se consolidó por una espiral virtuosa en la cual las mujeres se educaron para conseguir mejores puestos de trabajo, pero también los alcanzaron por cuenta de su mejor formación.

Haber roto con la discriminación entre hombres y mujeres en las aulas de clase fue, junto con el desarrollo de los derechos patrimoniales, uno de los avances más importantes para la economía del país.



Obligatoria y gratuita

Desde la Colonia hasta la década de 1940, el papel que la mujer de estratos medio y alto desempeñaba en la sociedad colombiana era básicamente el de ama de casa, con contadas excepciones que se dedicaban a los negocios. La educación que estas mujeres recibían estaba enfocada hacia la formación de administradoras de casa con valores y amplio conocimiento de las "ciencias" del hogar. Las mujeres de estratos populares, trabajadoras del campo, de fábricas y como empleadas domésticas, no tenían acceso a la educación. Hasta 1870, la educación de la mujer fue monopolio de la Iglesia católica, que incursionó en este campo con la creación de La Enseñanza, dirigido por madres de la Compañía de María, en 1783. Este colegio, al igual que su contraparte masculina, estaba destinado a jóvenes de los estratos altos que buscaban una educación que incluyera el aprendizaje de la lectura y la escritura.

Hasta ese momento, la educación primaria de las mujeres, a diferencia de la de los hombres, debía ser financiada con aportes voluntarios de los habitantes del lugar que quisiera ofrecer educación femenina. Muy pocas niñas asistían a la escuela, lo cual se traducía en un analfabetismo casi total de las mujeres de los estratos económicos más bajos.

Esta situación cambió el 1 de noviembre de 1870. El gobierno decretó por primera vez el carácter obligatorio, gratuito y de neutralidad religiosa de la educación pública. Con esa norma, las escuelas primarias se abrieron a las niñas, que empezaron a recibir clases de lectura, escritura, aritmética, costura y bordado. Incluso con las nuevas medidas, el analfabetismo, particularmente en las mujeres, era muy alto.

Las escuelas públicas, masculinas o femeninas eran en su mayoría atendidas por mujeres. La docencia era un oficio prácticamente femenino, aunque paradójicamente, como se señaló, las maestras no eran calificadas. Durante los gobiernos liberales del siglo XIX, bajo el ideal de que educar a todos los miembros de la sociedad traería un progreso económico, social y cultural enorme al país, se hicieron grandes esfuerzos en la preparación de estas mujeres que se dedicarían a la enseñanza. Siguiendo esta línea, y con la clara intención de mejorar la calidad de la educación pública, el gobierno central liberal contrató una misión educativa proveniente de Alemania, país que estaba a la vanguardia en educación. Esta misión se concentró en la creación de escuelas normales dirigidas básicamente a mujeres de estrato medio que buscaran una carrera en la educación. Las mujeres que ingresaban a las normales se dedicaban por completo a este oficio; vivían en ellas y la gran mayoría se quedaba soltera.

De ahí en adelante, la educación escolar en todos los niveles sería un gremio femenino y las reformas llevadas a cabo en las normales serían un termómetro de lo que pasaba en el país con la educación femenina. La formación de las maestras para niños y niñas era la misma, pero el enfoque de las clases era totalmente diferente. Las niñas seguían tomando clases que fueran útiles para el hogar mientras que los muchachos se preparaban para la vida práctica.

Este proyecto educativo cayó con la llegada de la Regeneración en 1880. A partir de ese momento, ya no se educaba para dar igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos, sino para contribuir al desarrollo material de la Nación. Según ordenanza de la Asamblea de Antioquia en 1894, se advierte que lo que le conviene al país no es la formación de eruditos ni letrados, "sino de hombres y mujeres dignos y honrados"1 que colaboraran en el desarrollo técnico e industrial de la Nación. La Ley 39 de octubre de 1903, englobada en el catolicismo y el desarrollo industrial de la Regeneración, le dio preeminencia "estatalmente asegurada a la religión católica en la enseñanza, a la aspiración a la unidad nacional y al fomento de la riqueza como una de las metas del sistema escolar"2. En este sentido, la escuela primaria se enfocó más en lo técnico y lo práctico. Los hombres buscaban entrar después de la primaria a escuelas de Artes y Oficios en las que aprendían oficios artesanales. Las mujeres de las ciudades, con el desarrollo de la industria textil, buscaban una plaza de trabajo en ella, mientras que en el campo el panorama seguía siendo el mismo.



Reforma fundamental

La década del 20 trajo un afán de reforma en la educación. Con el fin de la Primera Guerra Mundial y el consecuente auge de la industria y el comercio nacional, hacía falta mano de obra y personal calificado para atender estas nuevas exigencias, y la mujer hizo parte de esta revolución. Nuevamente apoyados por una misión educativa alemana, el gobierno de Pedro Nel Ospina volvió a instaurar la educación primaria obligatoria y eliminó el control que tenía la Iglesia sobre ella. Por primera vez se estableció en Colombia un instituto que pretendía impulsar una formación científica moderna y orientada de la pedagogía en la primaria: el Instituto Pedagógico Femenino. El país vio cómo comenzaban a aparecer instituciones, esencialmente femeninas, con claro énfasis en lo comercial y lo técnico que incluían materias como mecanografía, contabilidad y secretariado. Esta situación abrió a las mujeres colombianas, en especial de estrato medio, la posibilidad de ingresar a trabajos mejor remunerados.

La educación privada femenina también hizo un gran cambio en esta época con el Gimnasio Femenino en 1927, que graduó su primera promoción de bachilleres en 1936. Fundado por Agustín Nieto Caballero, fundador del Gimnasio Moderno, este colegio buscaba integrar las nuevas corrientes europeas en la educación de las niñas bogotanas de estratos altos bajo la dirección de la educadora colombiana Ana Restrepo del Corral. En 1933, y haciendo frente a la creciente mejoría de la mujer en el ámbito laboral, el presidente Enrique Olaya Herrera, expidió un decreto que les permitía a las mujeres graduarse de bachiller y, por tanto, ingresar a la universidad. Este decreto se hizo efectivo en 1936, y "prohibía toda clase de discriminaciones por sexo, raza o religión para ingresar a los establecimientos educativos so pena de sanciones que van desde la destitución del cargo de directores en los establecimientos públicos, hasta la cancelación de la licencia de funcionamiento para los privados".

Dos años antes había entrado el primer grupo de jóvenes a la facultad de Odontología de la Universidad de Antioquia, que las admitió sin ser bachilleres. En 1937 se graduó la primera profesional del país, Mariana Arango Trujillo. La educación primaria adquirió carácter universal, y con la aprobación del bachillerato femenino, el siguiente avance se vio en las aulas de instituciones de educación superior. Pero este proceso fue largo y solo se consolidó en la década del 90, cuando el número de mujeres en estos institutos fue igual o mayor al de hombres.



Apto para señoritas

La entrada de mujeres a los centros de educación superior no fue fácil. Aunque universidades como la Nacional y la de Antioquia abrieron rápidamente cupos para mujeres en algunas de sus carreras, las universidades privadas solo dieron ese paso unos años más tarde, manteniendo separadas la educación femenina y la masculina. Había carreras que estaban prácticamente vetadas para las mujeres como las ingenierías, arquitectura y medicina. En el pensamiento colombiano del momento, estas carreras no eran aptas para señoritas. Se empezaron a crear carreras universitarias que serían típicamente femeninas como odontología, bacteriología y enfermería. El número de estas carreras aumentó en 1941 con la fundación de una Sección Femenina en la Universidad Javeriana, que agrupaba las licenciaturas en derecho, filosofía y letras, enfermería, bacteriología, comercio y artes decorativas. A estas licenciaturas se podría agregar la de educación primaria, cuyos estudios se desarrollaban en las escuelas normales. Las carreras o licenciaturas femeninas fueron aumentando con el tiempo e incluyeron otros programas, como fonoaudiología, fisioterapia y psicología.

La Universidad de los Andes, fundada en 1948, primera en el país de carácter laico y privado, le abrió a la mujer el mundo de la academia, cuyas puertas no se le cerraron por su condición de género. Si bien no hubo muchas mujeres matriculadas en un comienzo, los cambios iniciaron una nueva época en la educación femenina en Colombia.



Disciplinas duras

En la década del 60, la mujer comenzó a incorporarse a nuevas carreras universitarias. Si bien hubo casos aislados anteriormente, las mujeres comenzaron a entrar a carreras como arquitectura, que más adelante, en la década del 80, abrió las puertas a las ingenierías. De ahí pasaron a carreras como administración de empresas y economía, estando prácticamente en todas las carreras universitarias.

En la década del 90, las mujeres en la universidad superaron a los hombres. En 1990, de los 487.448 estudiantes universitarios, el 51,4% era femenino. En pregrado, sigue habiendo carreras mayoritariamente femeninas, como la de ciencias de la educación -en la que el porcentaje de mujeres es del 69,4%-. En otras, como economía, administración de empresas y contaduría, el número de hombres y mujeres es casi el mismo. Pero hoy las carreras 'masculinas', como las ingenierías, son más escasas. En ellas hay participación femenina, aunque siguen teniendo una gran mayoría de estudiantes hombres. En 1999, el 35% de los 25.100 egresados de ingeniería correspondió al género femenino3.

En cuanto a estudios de posgrado (especializaciones, maestrías y doctorados), según datos del Ministerio de Educación, en 1999, de los 45.396 estudiantes, el 53,23% correspondió al género femenino. Según datos de la Universidad de los Andes, para 2004, las mujeres están accediendo a programas de posgrado como MBA y doctorados casi en la misma proporción que los hombres.

Con estas cifras es claro que la revolución educativa del siglo XX está en Colombia para quedarse.



NOTAS DE PIE DE PáGINA

1 SILVA OLARTE, Renán. "La educación en Colombia. 1880-1930". En: Nueva Historia de Colombia. Editorial Planeta, Bogotá, 1989. Tomo IV. Pg. 81.

2 Ibid.

3 Cifras del Ministerio de Educación.






Bibliografía

1. "La educación superior en la década 1990-1999 en Colombia".

Ministerio de Educación. 2000.

2. SILVA OLARTE, Renán. "La educación en Colombia. 1880-1930". En: Nueva Historia de Colombia. Editorial Planeta, Bogotá, 1989. Tomo IV.

3. VELÁSQUEZ DE TORO, Magdala. "Condición jurídica y social

de la mujer". En: Nueva Historia de Colombia. Editorial Planeta,

Bogotá, 1989. Tomo IV.

4. JARAMILLO URIBE, Jaime. "La educación durante los gobiernos

liberales. 1930-1946". En: Nueva Historia de Colombia. Editorial

Planeta, Bogotá, 1989. Tomo IV.

5. HELG, Aline. "La educación en Colombia. 1958-1980". En:

Nueva Historia de Colombia. Editorial Planeta, Bogotá, 1989. Tomo IV.

6. COHEN, Lucy. "Colombianas ante la reforma universitaria".

Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1971.
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