Economía mundial, sin motor

| 5/2/2003 12:00:00 AM

Economía mundial, sin motor

El fin de la guerra de Iraq no anuncia una nueva alborada. Estados Unidos sufre graves problemas estructurales que se oponen a una rápida reactivación. La paz mundial no está garantizada.

Antes de finalizada la fase militar del conflicto en Iraq, la atención se centró en la duración de la guerra. El escenario de un período de hostilidades largo y sangriento era el del desastre: dispararía el precio del petróleo, agudizaría la situación fiscal de Estados Unidos y echaría por tierra la ya debilitada confianza de consumidores e inversionistas. Guerra larga y recesión eran una misma cosa.

El escenario optimista -una guerra corta, certera, con "pocas" bajas civiles y daños colaterales- sugería que el precio del petróleo subiría solo un poco y que Estados Unidos retomaría en el corto plazo una senda sostenida de crecimiento estimulado por una renovada confianza y el fin de las incertidumbres. Se estimó, incluso, que al finalizar el año llegaría a crecer al respetable ritmo de 3,5%.

Los analistas tendieron a exagerar el peso del conflicto en la construcción de sus estimaciones sobre el futuro. La guerra fue corta y el precio del petróleo, en vez de trepar, se desplomó durante y después de la guerra. Pero las incertidumbres no se despejaron del todo y surgen otras nuevas.

Por eso, las perspectivas de crecimiento no han mejorado. Pocos le apuestan para 2003 a una expansión mundial superior a 3,0% y 2,4% en Estados Unidos. Pasado el ruido de la guerra, la atención vuelve sobre los "fundamentales" de la economía. Los simultáneos déficits fiscal y externo son un lastre que impide a Estados Unidos crecer más rápido, al tiempo que Europa y Japón no logran reemplazarlo en la tarea de jalonar la economía mundial.



¿Qué esperar de Estados Unidos?

Aun cuando varios de los indicadores más usuales para tomarle el pulso a la economía cambien la tendencia bajista que ahora muestran, como de hecho está sucediendo, esto no quiere decir que esté lista para iniciar una recuperación rápida y agresiva. Con todo, está más lejos de una recesión de lo que estuvo al final de 2001, pero hay desequilibrios estructurales que impiden que el cambio en las expectativas la saque del letargo en que se encuentra. De nuevo coexisten los déficits fiscal y externo.

Ahora, cuando el motor de la dinámica mundial anda a media marcha, los "déficits gemelos" son un gran problema, como se mostró a comienzos de la década del 90, porque le estrechan el margen de maniobra a la política económica.

El déficit corriente actual, equivalente a 5,3% del PIB, no tiene precedentes. Mientras Estados Unidos sea la plaza mundial más atractiva para invertir y el dólar juegue un papel estelar como moneda mundial, el déficit no es un problema. En circunstancias normales, la rentabilidad del mercado estadounidense atrae a los inversionistas fortaleciendo -de paso- al dólar frente a otras monedas duras. Así, el ahorro del mundo financia el déficit de Estados Unidos. Pero este proceso no puede continuar indefinidamente porque, como en cualquier economía, el peso de la deuda con el resto del mundo se torna inmanejable.

El abultado déficit presupuestal de la economía estadounidense atenta contra la política de la administración Bush, quien había cifrado en el recorte de los impuestos su esperanza de estimular la actividad económica en el corto plazo. Asimismo, es una presión de origen fiscal sobre las tasas de interés nada despreciable.

Al desbalance fiscal se suma el déficit en la cuenta corriente estadounidense. Su magnitud ya no es un dato anecdótico del poderío económico de Estados Unidos. Es un problema grave. En marzo pasado, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, hizo una advertencia sutil: "la acumulación neta de derechos contra una economía que implica persistentes déficits en cuenta corriente tiene límites. El costo de atender los servicios de esos derechos se suma al déficit de cuenta corriente y, bajo ciertas circunstancias, puede ser desestabilizador". Poca atención se puso a este mensaje.

Cada vez es más difícil financiar el déficit corriente con capitales externos. Por eso, la economía estadounidense tendrá que ajustarse para cubrirlo con ahorro interno. Esto solo se logra mediante una contracción y una devaluación de su moneda para estimular las exportaciones y reducir las importaciones. Ya hay algo de esto tras la actual debilidad del dólar frente al euro. El impacto sobre las tasas de interés no se haría esperar: deben subir para atraer o retener capitales. El precio de las acciones seguiría cayendo y el consumo interno se debilitaría como efecto de la pérdida de riqueza.

Dos déficits simultáneos -fiscal y externo- y la percepción que toma fuerza de que es probable una menor disposición del ahorro externo a financiarlos, aumenta la probabilidad de un ajuste interno de corte recesivo o, en el mejor de los casos, de estancamiento. Este es el escenario que estamos viendo.

Otro factor negativo es el exceso de capacidad ociosa que acumuló Estados Unidos en dos años de bajo crecimiento. La inversión en las empresas no ha dejado de contraerse desde el segundo trimestre de 2001 y el índice de utilización de la capacidad instalada perdió un décimo en 18 meses. El desempleo no cede de 5,8% -tasa que no veía desde 1994-, y es la otra cara de la subocupación de factores productivos. Mientras sigan subutilizados, si llega a ocurrir la esperada recuperación del gasto de consumo, los empresarios responderán con ajustes marginales en sus inventarios. El efecto multiplicador del consumo sobre la inversión y el crecimiento no está a la vuelta de la esquina. Además de lo anterior, el balance político tras la guerra de Iraq aún no está resuelto. No aparecen las armas de destrucción masiva, lo cual pone en duda ante la opinión internacional la legitimidad de la guerra. Tampoco aparece el derrocado líder iraquí, quien desde el exilio, en caso de estar vivo, se convertiría en un fantasma que no dejaría de rondar al nuevo gobierno que se instaure en Iraq. Estados Unidos ha puesto en la mira a Siria e Irán y el inesperado grado de organización de grupos religiosos integristas islámicos iraquíes, que abogan por la creación de un estado islámico sobre las ruinas de la dictadura de Hussein, amenaza con nuevas tensiones locales.

La decisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos de excluir a Francia, Alemania y Rusia de los contratos de reconstrucción de Iraq mantiene las relaciones entre Estados Unidos y Europa en una tensión tan alta como la que vimos durante la guerra diplomática previa a la militar. Sin un disparo en su territorio, la Unión Europea quedó partida en dos: Francia y Alemania solas frente al resto de la Comunidad que apoyó a Estados Unidos.



¿Y en el resto del mundo?

Sin excepción, los principales motores de la economía orbital andan a media marcha. Es más, el diagnóstico para todas las latitudes del mundo desarrollado las muestra más débiles de lo que se percibía unos pocos meses atrás. Al informe del FMI sobre perspectivas de la economía mundial, se sumaron el de la OCDE y el de la Comisión Europea. Los tres redujeron su estimativo de crecimiento para este año.

Y si el clima en el mundo desarrollado no se despeja, en el vecindario las cosas no andan mejor. Venezuela está sumida en una profunda depresión y para este año se espera que por lo menos registre una contracción de 12% del PIB. La reanudación de la producción petrolera tras la huelga de comienzos de año no compensa dos efectos negativos sobre el ritmo de actividad: la caída del precio internacional del crudo y el shock de oferta que sobre el sector no petrolero está ejerciendo el control de cambios que ha restringido el intercambio comercial en una economía donde alrededor del 60% del consumo intermedio es de origen importado.

Ecuador -nuestro tercer socio comercial- aún es una incógnita. El acuerdo stand by con el FMI a comienzos de año despejó en lo inmediato las amenazas fiscales que atentaban contra la sostenibilidad de su modelo de dolarización y las relativamente elevadas tasas de crecimiento que había registrado en los dos últimos años. La calificadora Fitch reconoció este hecho y modificó de "estable" a "positiva" la perspectiva de Ecuador y los mercados internacionales han vuelto a comprar sus bonos soberanos. La alianza gobernante, sin embargo, es muy débil, no cuenta con el apoyo del Congreso y en ella no hay consenso en torno a las reformas acordadas con el Fondo Monetario y por esto peligran. Por lo pronto, el rezago cambiario a favor de Colombia permitirá sostener esa fuente de demanda, a pesar de que este año Ecuador volverá a tasas de crecimientos cercanas al bajo promedio de la región.
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