| 1/24/2003 12:00:00 AM

Economía y Finanzas 2003

Este es un año decisivo para la economía. Habrá volatilidad e incertidumbre, pero Colombia tiene excelentes cartas en sus manos para iniciar un nuevo período de crecimiento.

Tanto para la economía mundial como para la colombiana, el 2003 será un año de transición. Definitivamente, estará lejos de ser un año bandera y el mejor escenario de crecimiento será apenas mediocre. Pero es, tanto en nuestro país como en el mundo, un período decisivo, pues aquí se definirá si las tendencias positivas se afianzan, abriendo paso a un período de crecimiento, o si, por el contrario, los factores negativos crecen en influencia hasta dominar el panorama.



Lo más difícil de manejar, tanto en el entorno internacional como en Colombia, es la incertidumbre de naturaleza política. En Estados Unidos, la perspectiva de una guerra contra Iraq amplía radicalmente la distancia que separa los escenarios económicos positivos de los negativos. En Colombia, aunque el año empieza con optimismo tras la aprobación de las reformas estructurales en el Congreso, varias incógnitas sustanciales deberán ser despejadas para recuperar la confianza. Habrá que ver si se aprueba el referendo (o si funciona el plan B, en caso de no ser aprobado), si el gobierno Uribe cumple los compromisos pactados con el Fondo Monetario Internacional, FMI, en medio de una fuerte presión política hacia el gasto, y si la percepción de seguridad en el país mejora en el curso del año.



Aparte de estas fuentes de incertidumbre política, las variables económicas se mueven en direcciones contradictorias y podrían llevar a resultados muy diferentes. En Estados Unidos, los extraordinarios avances en productividad son hoy incuestionables y esa fortaleza de las empresas debería reflejarse tarde o temprano en mayores utilidades y en una recuperación de la inversión. Al mismo tiempo, la confianza de los consumidores comienza a flaquear, el mercado de trabajo se debilita y la esperada recuperación no llega. En Colombia, el 2002 cerró con optimismo en varios sectores, la confianza de los consumidores ha aumentado y el acuerdo firmado con el FMI permitiría lograr la financiación internacional necesaria para pasar el año. Sin embargo, el desempleo se mantiene, las exportaciones flaquean, el crecimiento es muy bajo y el modelo es altamente vulnerable a las influencias negativas externas.



En la gama de posibilidades, hay escenarios mucho mejores que el pasado y otros mucho peores. Mientras las cosas se aclaran, es previsible una fuerte volatilidad en los mercados financieros. Los inversionistas necesitarán mantener calma y sangre fría para distinguir el momento en que se definirán las verdaderas tendencias de largo alcance, en medio del ruido y la volatilidad del corto plazo.



La economía internacional



Estados Unidos es el motor de la economía mundial. Europa no logra encontrar su camino y los conflictos políticos le impiden introducir las reformas indispensables para crecer. Japón sigue atrapado en la recesión y la deflación. La esperanza se concentra en Estados Unidos, pero este país tampoco logra salir definitivamente de la desaceleración.



La evidencia de las primeras semanas del año, sin embargo, no es positiva. El 15 de enero, la Reserva Federal de Estados Unidos (el equivalente del Banco de la República en Colombia) presentó un informe en el cual calificó el estado de la economía de ese país como "anémico". La producción industrial cayó 0,2% en diciembre; el déficit comercial aumentó a un nivel récord que supera los US$40.100 millones (muy por encima de las predicciones de los analistas); el principal indicador de la confianza de los consumidores presentó una recaída; y el empleo cayó en 101.000 personas en diciembre. El plan de estímulo anunciado por el presidente Bush, basado en la eliminación de la doble tributación sobre los dividendos, tendrá poco impacto en la reactivación de la economía en el corto plazo, pues sus efectos se concentran en pocos beneficiarios y se dispersan durante un horizonte de una década. Por su parte, el anuncio de varias empresas, entre ellas Microsoft, en el sentido de que sus perspectivas de utilidades son inferiores a lo esperado previamente, motivó una caída en el mercado de acciones en la semana que terminó el 17 de enero. Y el descubrimiento de unos misiles para el lanzamiento de armas químicas en Iraq, con lo cual empiezan a aparecer evidencias concretas en contra de Sadam Hussein, ha acentuado la percepción de que la guerra de Estados Unidos contra Iraq es inevitable y está a punto de comenzar.



La perspectiva de guerra lleva a dilatar las decisiones de inversión y consumo. La evaluación de la situación se complica, pues la diferencia que separa al mejor escenario del peor es muy grande. En el primer caso, la guerra sería breve y Estados Unidos lograría una victoria rápida, activando la recuperación económica. En el segundo, la confrontación sería larga, ocurriría una sangrienta toma de Bagdad calle por calle, habría múltiples retaliaciones terroristas en todo el mundo y el precio del petróleo se dispararía.



Lo anterior no significa que el panorama sea exclusivamente pesimista. Hay también señales muy positivas. En su conjunto, las ganancias de las empresas muestran una tendencia saludable. Las 95 compañías incluidas en el índice bursátil S&P 500 que habían presentado sus informes hasta el 17 de enero mostraron un crecimiento en sus ganancias del último trimestre de 9,8% en comparación con el año precedente, y superaron las expectativas de los analistas en 3,7%. La baja en el pronóstico que hicieron algunas empresas no le puede restar importancia a este avance.



Si se consolida una tendencia de crecimiento en ganancias que reafirme la confianza y estimule la inversión, la economía de Estados Unidos podría encontrar su camino de salida de la recesión. Este evento podría estar cerca, ya que la larga crisis ha depurado el terreno, ha separado a las empresas ganadoras de las perdedoras y además llevó a fuertes recortes en costos, de modo que un repunte se reflejaría rápidamente en la línea de las utilidades en los estados financieros. En conjunto, los analistas esperan un crecimiento de la economía de Estados Unidos de 2,8% en el presente año, con un dinamismo creciente que permitiría tasas de crecimiento cercanas a 3,5% en el último trimestre.



Además, el crecimiento de la productividad le otorga una ventaja fundamental a la economía de Estados Unidos. La productividad en los sectores no agrícolas está creciendo a las tasas más rápidas en 30 años. El crecimiento anual en el tercer trimestre del año pasado superó el 5% y se estima que la tasa estructural de crecimiento de la productividad se acerca a 2,5% anual. Esto no solamente se traduce en un crecimiento permanente de la competitividad, sino que ha permitido incrementar salarios a pesar del aumento en el desempleo, lo que a su vez contribuye a sostener el consumo.



Aparte de una guerra prolongada en Iraq, la mayor amenaza para la recuperación en Estados Unidos parece ser el estallido de la burbuja de precios de la propiedad raíz. Hasta ahora, la recesión no ha sido más grave porque la inflación de precios de la vivienda ha incrementado la riqueza de las personas. Los precios de las propiedades aumentaron al mismo tiempo que cayeron las tasas de interés y los dueños lograron refinanciar sus hipotecas pagando menos costos. Esto les permitió incrementar su capacidad de consumo; un estudio del Federal Reserve encontró que la capacidad de refinanciar vivienda a menores tasas aumentó el poder de compra de los dueños en US$100 en promedio mensuales y que el volumen de efectivo que en promedio quedó disponible para consumo tras una refinanciación se acercaba a US$26.700 en total en el año 2001.



Sin embargo, la burbuja de precios de la finca raíz no puede prolongarse eternamente y muchos temen que su fin esté cerca. Si los precios caen drásticamente, los hogares se verían atrapados en deudas que estarían respaldadas por unos activos cuyo valor se habría desplomado. El peso de la deuda los obligaría a reducir el consumo y a aumentar el ahorro. Existe, incluso, el riesgo de una crisis financiera en el segmento hipotecario del sector financiero de Estados Unidos.



La economía colombiana



En Colombia, entre tanto, el año 2003 empezó con percepciones encontradas. Por un lado, hay abundantes señales de que los planes del gobierno se están cumpliendo, al menos en esta etapa inicial. Por otro, hay nerviosismo en el mercado del dólar y no se ve con claridad cuáles van a ser las fuentes de crecimiento para la economía.



El planteamiento económico del gobierno es sencillo y todo el mundo lo entiende. Primero, el objetivo es asegurar la viabilidad fiscal del país gracias a las reformas, a un referendo exitoso y a la reforma del Estado. Segundo, se busca mejorar la seguridad ciudadana con un redoblado esfuerzo en el frente militar. Esos dos elementos deberían recuperar la confianza, lo que se traducirá en un retorno de la inversión y el consumo. El cronograma anunciado, cuya primera etapa era la aprobación de las reformas, se ha cumplido sin falta, incluyendo la aprobación de las reformas económicas y la respuesta casi inmediata de parte de las multilaterales, con la firma de un acuerdo con el FMI y la aprobación de un préstamo del Banco Mundial por US$3.300 millones hasta el año 2006.



Todo esto ha ayudado a mejorar el clima de confianza, lo que se percibe tanto en la respuesta de los consumidores (el Indice de Confianza del Consumidor muestra un crecimiento constante en los últimos meses del año 2002), como en los mercados financieros internacionales, donde los spreads de la deuda colombiana han descendido sustancialmente y los informes de los bancos de inversión destacan hoy a Colombia por el buen manejo de la economía.



Sin embargo, aunque estos son logros sustanciales, el panorama no acaba de aclararse. El problema está en que si bien la percepción de confianza ha mejorado, las fuentes de crecimiento para la economía colombiana están drásticamente restringidas. El gasto público no será fuente de crecimiento, sino todo lo contrario, en medio del apretón fiscal. El gasto privado será castigado fuertemente por la cascada tributaria y tendrá un crecimiento limitado, a pesar de la mejoría en el estado de ánimo de los consumidores. Las exportaciones están afectadas por la situación de Venezuela, el bajo crecimiento de la demanda internacional y el descenso de los volúmenes exportados de petróleo. Solamente quedaría la inversión, pero la del sector público está afectada por la restricción fiscal. En últimas, el futuro de la economía está en manos de la inversión privada. De hecho, en las proyecciones del Consejo de Política Económica y Social (Conpes), la inversión privada crece 3,3% en el año 2003, mientras que cayó en 0,7% en el 2002. Ese crecimiento podría ocurrir, pues la encuesta industrial de Fedesarrollo muestra que la percepción de las condiciones para la inversión por parte de los empresarios están en un nivel similar al de 1992. Sin embargo, el ambiente de incertidumbre no ayuda a que esas percepciones se conviertan en hechos concretos.



Por este motivo, el año 2003 es un punto de inflexión crítico para el futuro del país. Para que Colombia vuelva a ser un país creíble, tiene que haber inversión privada. Para que la inversión privada vuelva, se necesita seguridad, como lo piensa el gobierno. También se necesita solidez macroeconómica, apuntalada en un planteamiento fiscal coherente y en una situación de balanza de pagos sólida. Pero, además, los empresarios necesitan sentido de dirección y estabilidad en las reglas del juego. La firma de un acuerdo bilateral con Estados Unidos, que fue solicitada por el presidente Uribe al Representante de Comercio de ese país en una carta que ha recibido muy poca difusión, debería aportar este último elemento.



No obstante, aún falta despejar varias fuentes de incertidumbre en todos estos frentes. La persistente alza del dólar en lo corrido del año, más allá de la confusión normativa causada por la aplicación de algunos aspectos de la reforma tributaria, se explica por este motivo.



El frente fiscal es el que ha recibido mayor atención y parece estar más sólido. El ajuste es drástico y los aportes de la reforma tributaria, el referendo y la reforma del Estado deberían contribuir a un ajuste equivalente al 1,7% del PIB en el año 2003. El déficit fiscal deberá bajar de 4% a 2,5% del PIB en este año. El aumento de los ingresos tributarios y la financiación lograda con las multilaterales abren espacio en el mercado financiero para el sector privado.



A pesar de todas estas evidencias, sin embargo, no deja de haber dudas. Por una parte, está la posibilidad de que el referendo no sea aprobado. El gobierno tiene prevista una estrategia de contingencia en ese caso, que incluye en el corto plazo una congelación adicional del gasto, cambios en las metas de pagos y el uso de los portafolios de las entidades públicas para aumentar la financiación del gobierno mediante TES. Además, volvería al Congreso para promover los cambios constitucionales necesarios para lograr las mismas metas fiscales que se buscan con el referendo y podría haber una nueva reforma tributaria.



En todo caso, estos ajustes por la vía legislativa tomarían tiempo, pues las reformas constitucionales necesitan cuatro vueltas en los debates en el Congreso. Esto afectaría el financiamiento del 2004 y afectarán las expectativas y el dólar. Sin duda, ese escenario sería un severo golpe para el gobierno, que incidiría en pérdida de confianza.



Pero, además, en el frente fiscal subsisten dudas de índole política sobre la forma como se manejará el gasto. Muchos creen que el presidente Uribe terminará por hacer incrementos adicionales a los previstos, y que el reciente anuncio de una iniciativa sobre gasto social prepara el terreno para este hecho. Por lo demás, los rumores sobre lo que ocurrió en el Consejo de Ministros del pasado 11 de enero (que algunos han llamado la "Masacre del Sábado"), donde varios ministros se enfrentaron abiertamente a los viceministros de Hacienda (el ministro Junguito estaba en Washington, D.C.) con solicitudes extraordinarias de gasto, dejan ver que el gobierno está lejos de tener una posición unificada sobre el tema. El problema está en que esas dudas se filtran al mercado e incitan la incertidumbre.



Por otra parte, la balanza de pagos podría presentar problemas. Las proyecciones de balanza de pagos muestran que las exportaciones tradicionales están en problemas y que el dinamismo provendrá de un crecimiento de 10% en las exportaciones no tradicionales. Sin embargo, la situación de Venezuela podría implicar una caída de ingresos mayor a la calculada y una guerra entre Estados Unidos e Iraq podría frenar la demanda en ese país durante un período relativamente largo. Además, la proyección incluye una caída de las importaciones que podría no ser consistente con el crecimiento esperado de la inversión y el consumo privado.



Falta estrategia



En síntesis, si bien los planteamientos fiscal y de balanza de pagos tienen mucho a su favor, aún son vulnerables en un escenario negativo cuya probabilidad no es despreciable. Buena parte de la duda es de índole política, y por ese motivo una reafirmación en este sentido podría ser una contribución decisiva para apuntalar el modelo. Si se llegara rápidamente a un acuerdo preliminar con Estados Unidos sobre la realización de un acuerdo bilateral de comercio e inversión, y si el gobierno Uribe se compromete completamente con la meta, esa sería la señal de largo plazo que la inversión necesita. Más allá de las sumas y restas de corto plazo en los indicadores económicos, un acuerdo bilateral establecería un compromiso absoluto de este gobierno con la internacionalización y la estabilidad en las reglas del juego. Sumado al Atpa, crearía una dinámica capaz de volver a unir los esfuerzos de los sectores público y privado y mover de nuevo la economía del país. Esa es la decisión más importante que puede tomar el presidente Uribe este año.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 530

PORTADA

Empresarios se enfrentan a la incertidumbre del proceso de paz

Aunque el Gobierno ha desestimado los riesgos, los empresarios han manifestado inquietudes en la implementación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Además, hay tensión en el sector empresarial.