Colombia: se alarga la transición

| 5/2/2003 12:00:00 AM

Colombia: se alarga la transición

En 2003 el crecimiento será apenas superior que en 2002. La tarea de ordenar la casa no ha concluido y cualquier equivocación en este frente sería desastrosa.

Hace mucho tiempo no ocurría algo similar. Colombia atraviesa un buen momento desde la perspectiva internacional. Frente a tanto desorden en la región, Colombia sobresale como país serio, capaz de manejarse a sí mismo y con grandes expectativas sobre su crecimiento. Los mercados financieros han recogido esta percepción positiva, y los spreads de los bonos de deuda colombiana con respecto a los bonos del Tesoro de Estados Unidos se han reducido.

Estos desarrollos, fundamentalmente positivos, podrían tener una consecuencia funesta, y es que podrían llevarnos a perder el norte en la discusión y a permitir que quede de lado el consenso que se había logrado respecto a las tareas indispensables para enderezar el rumbo de la economía.

Las señales de este mal están a la vista. El tema fiscal y de deuda pública, que hace solo ocho meses era prioridad ante el desastre económico que se veía venir, pasó a un segundo plano, como si el problema ya hubiera quedado resuelto. Y ahora surge un debate sobre tasas de interés, en el que algunos líderes gremiales piden que el Banco de la República no suba sus tasas de intervención y terminan defendiendo unas posiciones que realmente los perjudican. Cuando las tasas reales de intervención son negativas, como ahora, simplemente ocurre una transferencia de recursos a los bancos cuyo uso no suele pasar de facilitarles a estos últimos la compra de TES, sin inducir un aumento de los préstamos al sector productivo. Lo grave es que si este desorden en el debate público persiste, el país podría extraviarse y abandonar el camino de la recuperación.



La economía sigue débil

La economía colombiana aún no levanta cabeza y está enfrentada a grandes vulnerabilidades. Por cuenta de la baja demanda mundial y la crisis política de Venezuela, las exportaciones están deprimidas y posiblemente sigan cayendo este año frente a 2002. La demanda interna, por su parte, no tiene cómo crecer mientras el desempleo siga en niveles tan altos, por encima del 17,6%, y mientras la gente que tiene empleo siga agobiada por el temor a perderlo en el corto plazo. Solo cuando esas condiciones cambien, la gente podrá consumir e invertir tranquilamente.

Es cierto que la confianza de los consumidores es mayor ahora que en 2002. Pero este sentimiento comienza a debilitarse, como lo muestra la encuesta de Fedesarrollo. En febrero y marzo, la gente perdió el optimismo que tenía cuando empezó el año. De acuerdo con la Encuesta de Opinión Empresarial de esta misma entidad, las expectativas de mediano plazo de los empresarios empezaron a mostrar un deterioro. En últimas, el sector de la construcción es el que jalona la actividad productiva en esta coyuntura, gracias a que el gobierno ha ideado diversos mecanismos para estimular la adquisición de vivienda en todos los estratos.

De acuerdo con estimaciones preliminares del gobierno, la economía podría haber crecido algo menos de 3% en los primeros tres meses de este año frente al mismo trimestre del año anterior. Aunque esta cifra suene llamativa, no es ni mucho menos para cantar victoria, pues se trata de un crecimiento nulo en relación con el último trimestre de 2002. En este sentido, no es prudente aún -como, según se ha anunciado, hará el gobierno en los próximos días- cambiar hacia arriba la proyección de crecimiento para 2003. Este año, el PIB crecerá más que en 2002, difícilmente encima del 2,2%, estimado por Dinero, el cual de todos modos es insuficiente para recuperar el ingreso por habitante y disminuir de manera drástica el desempleo.



La tarea sigue pendiente

En los primeros días del gobierno Uribe quedó clara la necesidad de hacer el ajuste fiscal, por tanto tiempo pospuesto, así como la urgencia de estabilizar la deuda pública en niveles que fueran sostenibles en el mediano plazo. Para tal fin, y para garantizar la financiación externa de 2003, el gobierno firmó un acuerdo con el FMI en el que se comprometía a lograr la aprobación de una serie de reformas antes de finalizar 2002, así como a sacar adelante un referendo en el cual se incluiría una propuesta definitiva para corregir la tendencia explosiva del gasto público.

La primera parte se cumplió y el Congreso aprobó las reformas tributaria, laboral y pensional. La segunda está pendiente y es precisamente sobre este punto que tanto las multilaterales como Wall Street y las calificadoras de riesgo tienen puestos sus ojos. Si el referendo no prospera y no se aprueban sus puntos económicos, más le vale al gobierno salir con una muy buena alternativa para compensar el hueco fiscal que quedaría abierto.

La preocupación en este momento es su lento avance y los logros de la oposición. Es cierto que el referendo implica costos para algunos sectores, como el de los empleados públicos, a quienes se les congelarían los salarios por dos años. Además, se afectaría al grupo de colombianos privilegiados con acceso a pensiones por encima de los 25 salarios mínimos con cargo al Estado. Estos costos, sin embargo, deben ser considerados en perspectiva, pues en los años 90, mientras que el sector privado redujo sus salarios en términos reales para ajustarse y poder sobrevivir, el Estado los elevó en un 75% en términos reales. Respecto al tema de pensiones, además, es bueno recordar que el desequilibrio fiscal hacia adelante corre por cuenta de un número muy limitado de colombianos con acceso a los regímenes especiales.

Los mercados siguen apostándole al éxito del programa de ajuste. Si este no ocurre, el costo sería enorme, pues está en juego la credibilidad del país y con ella, la financiación hacia adelante. De hecho, hay plata solo hasta este año. El año entrante está pendiente de los avances que se logren en el frente fiscal. Si no se hace nada, el mercado será el que haga el ajuste, pues con una deuda pública que ya supera el 53% del PIB y unos compromisos de pago muy por encima de la capacidad del Estado para generar los recursos necesarios para atenderlos, la única alternativa posible sería un ajuste cambiario al estilo del que ocurrió en Argentina.



El debate de los intereses

Mientras que el tema del ajuste fiscal se va volviendo difuso ante el público con el paso de los meses, otro debate se ha tomado las primeras planas en los últimos días. Voces muy importantes de analistas y dirigentes gremiales se han levantado para pedir que el Emisor no suba sus tasas de intervención, aunque esto represente un aumento de la inflación. En los términos en que ha sido planteado, el debate -más que aclarar las cosas- las está enredando.

La tendencia de la inflación muestra una aceleración, y el Banco de la República ha comenzado a subir gradualmente sus tasas de interés. Por cuenta precisamente de los desequilibrios que aún existen en la economía colombiana, el peso se devaluó en un 30% en el último año, con un impacto importante sobre el índice de precios al consumidor (IPC). De hecho, en 2002 la inflación terminó el año casi un punto por encima de la meta del Banco de la República y, en 2003, en lo corrido del año, la inflación en 12 meses está casi dos puntos por encima de la meta fijada para este año.

Tal como ha sido planteado el debate, al elevar la tasa de intervención (la tasa a la cual el Emisor presta recursos al sector financiero), los sectores productivos terminarían estrangulados por un alza en los costos generales del crédito. Pero ese punto de vista omite actualmente un hecho muy importante en el esquema de intervención. Por cuenta de la mayor inflación, la tasa de intervención del Banco de la República es hoy negativa en términos reales. Una buena parte de los recursos baratos que coloca el Banco termina financiando la compra de TES, en lugar de dirigirse al crédito hacia el sector productivo.

Por otro lado, por cuenta de la poca confianza del mercado en la política monetaria y más exactamente en la capacidad de la Junta del Banco de la República para llevar la inflación a la meta de 3% a la vuelta de unos años, las expectativas de mediano y largo plazo de la inflación tienden al alza. Esto lleva a que cada vez que el gobierno quiere colocar TES a largo plazo, los agentes demandan tasas de interés excesivamente altas, encareciendo ostensiblemente el costo de la deuda futura. Este tema no es nada despreciable, más aún cuando el gobierno requiere captar $12 billones este año y hacer un nuevo canje de deuda que posponga los pagos.

Si el Banco de la República logra disminuir las expectativas de inflación mediante alzas controladas de las tasas de interés, aportará más al crecimiento -por medio de la estabilidad fiscal- que el dudoso estímulo que se les adjudica a las bajas tasas de interés sobre la actividad real. De hecho, a pesar de que durante todo 2002 las tasas de intervención ya estaban bajas, el PIB apenas pudo "acelerar" su ritmo de crecimiento en 0,1 puntos porcentuales.

Los recientes movimientos de la tasa de intervención del Banco de la República deberían responder la siguiente pregunta: ¿ubicar las tasas reales de intervención del Banco en un nivel real cercano a cero, se traduciría en un incremento en todas las tasas hasta elevar las del crédito al público? La evidencia apunta a una respuesta negativa. Primero, menos del 40% de las colocaciones de liquidez del Banco son realizadas por el mecanismo de los repos, es decir, los créditos a corto plazo que le concede al sistema financiero. En segundo lugar, porque la economía cuenta con abundante liquidez, al punto de que el alza de 100 puntos básicos de enero no encareció otras fuentes de recursos de crédito del sistema financiero, como las captaciones del público. Hay tanta liquidez, que los intermediarios financieros ni siquiera agotan el cupo de dinero que les ofrece el Banco ni compiten entre sí ofreciendo tasas positivas y crecientes para atraer el dinero del público, como lo demuestra el hecho de que la tasa de captación promedio (la DTF) es apenas superior a cero. Hay dinero de sobra: reducir los excedentes no sería sinónimo de contracción.

En síntesis, el debate relevante sigue siendo el de siempre: el ajuste estructural de la economía colombiana. Las tasas de interés no pasan de ser, en este momento, un tema menor y de escasas consecuencias. Como en los deportes, para ganar hay que mantener la mirada en la meta. Las distracciones solo restan energía que es necesaria para lograr el objetivo final.
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