| 6/11/2004 12:00:00 AM

Cadenas de valor en el TLC

En la negociación del Tratado de Libre Comercio no podemos limitarnos a los aranceles. Hay que usar toda la agenda negociadora para que Colombia gane su sitio en la masiva redefinición de cadenas de valor que está ocurriendo en el mundo.

No podemos ir a la negociación del Tratado de Libre Comercio con una óptica defensiva y a hablar únicamente de aranceles. Colombia debe usar toda la agenda negociadora para buscar el lugar que le corresponde en las cadenas globales de valor.

En la negociación del TLC con Estados Unidos es previsible que la mayor parte de la atención se enfoque en los aranceles. Esto es natural, dada la magnitud del cambio que vamos a enfrentar en este aspecto. Para tener una idea de lo que viene, basta mirar el antecedente de Chile, que se comprometió a liberar el 90,4% de sus posiciones arancelarias inmediatamente tras la firma del TLC, o del tratado entre Estados Unidos y Centroamérica, donde se liberó en forma inmediata el 80% del universo arancelario. En comparación, y a pesar de la apertura de hace más de una década, Colombia tiene hoy cerca del 50% de sus posiciones arancelarias en niveles de protección superiores al 15%. Habrá una transformación de marca mayor.

Sin embargo -y sin pretender negar la importancia de la negociación de aranceles-, si los empresarios colombianos limitan su análisis al tema arancelario, perderán de vista una perspectiva fundamental sobre la naturaleza de la competencia que van a enfrentar. Mirar la situación usando solo el arancel como lente es perder la perspectiva de los cambios gigantescos que la globalización moderna tiene sobre las relaciones económicas entre los países. El arancel fue inventado en una época en que el comercio de bienes era el principal terreno de la competencia económica entre países y se le asignó una función esencialmente defensiva. Hoy esa competencia se expresa cada vez más por medio del comercio de servicios (o bienes cuya ventaja competitiva está atada a servicios) y de la inversión extranjera. En Colombia, el sector servicios ya supera el 60% del Producto Interno Bruto. En este nuevo escenario, el arancel es solo uno más entre los instrumentos de las relaciones económicas internacionales.

Este cambio de perspectiva se entiende mejor al observar la negociación de los textiles y confecciones del TLC entre Centroamérica y Estados Unidos. Los productores centroamericanos son más competitivos que los de Estados Unidos. Dentro del CAFTA, los aranceles sobre las confecciones caen. Sin embargo, el propósito de esta reducción no es simplemente abaratar los productos de Centroamérica, sino que hace parte de una estrategia más compleja que involucra a estos países en la construcción de un nuevo sistema de producción. La negociación permite exportar confecciones a Estados Unidos fabricadas con insumos provenientes de los países miembros del Nafta. El objetivo final es dar tiempo a Centroamérica para que desarrolle una base productiva mucho más sofisticada, en la cual los confeccionistas se encargarán no solamente de producir prendas, sino de coordinar procesos complejos entre diferentes unidades, responderán por los servicios logísticos y podrían llegar incluso hasta el diseño. Las empresas de Estados Unidos, entre tanto, se concentrarán en el conocimiento del consumidor.

Este esquema tiene grandes diferencias frente a la lógica del pasado. Si Centroamérica no hubiera negociado, enfrentaría un futuro oscuro para sus confecciones, pues en este momento, de acuerdo con The Economist, China tiene una ventaja de costo de casi 20%. Con la negociación, los centroamericanos aspiran a ahorrar 28% en costos, ganancia que les abriría una ventana de oportunidad. Hacia el futuro, sin embargo, ni siquiera esta diferencia de costos será una defensa. Incluso después de las ventajas que logró en la negociación con Estados Unidos, la industria de las confecciones en Centroamérica corre el riesgo de desaparecer si no logra transformarse y ganar un nuevo lugar en la reconfiguración de esta cadena en el hemisferio occidental, a partir de una nueva generación de valor que abarque diferentes eslabones en la cadena.

El futuro no está simplemente en la producción de bienes, sino de bienes asociados a servicios que añaden valor. En este contexto, el TLC con Estados Unidos no puede ser mirado simplemente como una amenaza. Hay peligros, sin duda, pero la amenaza más profunda es quedarse por fuera de la acelerada reconfiguración global de las cadenas de valor que está ocurriendo en toda la base productiva mundial, en la cual los países en desarrollo compiten por atraer sectores completos para que se instalen en su territorio. China, los países de Europa del Este que acaban de ingresar a la Unión Europea, los países asiáticos y también África han entrado en una competencia a muerte por ganar posiciones en este proceso. Por su nivel de desarrollo, a América Latina le correspondería un papel decisivo en esta transformación mundial y Colombia tiene la oportunidad de ser líder en esta parte del continente. Ante la parálisis del ALCA, esa oportunidad no existe por fuera de un TLC con Estados Unidos.

Las nuevas cadenas

La relocalización de la producción en el mundo es una carrera que ha entrado en una nueva fase de aceleración. No es casual que este tema se haya convertido en uno de los más candentes en el escenario político en Estados Unidos, donde la "exportación de empleos" es uno de los argumentos más populares entre quienes se oponen al libre comercio, cuya fuerza es tan grande que incluso podrían bloquear la firma del TLC con Centroamérica en el Congreso. La exportación de empleos, que es vista como una amenaza en el país del norte, claramente presenta un potencial positivo para países como Colombia.

Las transformaciones que este proceso ha traído hasta ahora son significativas, como ha ocurrido con el desarrollo del cluster automotor mexicano, a partir de la firma del NAFTA, o el extraordinario crecimiento de la industria del software en India, en la década del 90.

Sin embargo, esto apenas comienza y veremos movimientos tanto o más significativos en el futuro. De acuerdo con un estudio reciente de McKinsey & Co., los ahorros que se pueden obtener en el sector de automóviles por cuenta de la relocalización y redefinición de la cadena de valor pueden ser equivalentes al 27% de los ingresos de la industria mundial en la actualidad. En un sector acosado por la sobrecapacidad, los bajos márgenes y la presión sobre los precios, esta fuente de rendimientos es la nueva frontera de la rentabilidad.

En una actividad completamente diferente, Procter & Gamble, la mayor empresa de productos de consumo en el mundo, se ha comprometido con un giro hacia un nuevo rumbo, cuya directriz es generar crecimiento a partir de un foco en la innovación y en el conocimiento del cliente. La manufactura y los servicios necesarios para la producción pasarán, al máximo posible, a ser abastecidos por outsourcing. Los servicios de información y tecnología son suministrados hoy por Hewlett Packard. La producción de jabones se desplazó hacia Canadá. Procter ha logrado un crecimiento sostenido en sus márgenes en los últimos años y el precio de su acción se duplicó desde el año 2000. Al mismo tiempo, ha mantenido un desempeño extraordinario en productos innovadores. Como líder en una amplia gama de productos de consumo, su ejemplo es estudiado de cerca por sus competidores hoy y puede desatar una oleada de transformaciones similares en numerosas industrias.

McKinsey ha identificado varias fases en el proceso, donde primero ocurre una reconfiguración de la cadena de valor en el mundo, buscando menores costos de factores; y luego hay una reingeniería de la cadena, en la cual se capturan nuevas eficiencias mediante el rediseño de procesos y la aplicación de diferentes combinaciones de capital y trabajo en el mundo. Finalmente, esto desemboca en la creación de nuevos mercados, donde, después de capturar el valor pleno de la cadena global, las empresas buscan ofrecer nuevos productos con puntos de precio muy inferiores a los conocidos hasta ahora.

La evolución es rápida y las grandes lecciones que debe extraer un país como Colombia se derivan de esta velocidad de los acontecimientos. Atraer inversión extranjera y conseguir un papel en la cadena es tan solo el primer paso. Luego viene una carrera permanente por incrementar la contribución al objetivo final, convirtiéndose en un actor clave en la reingeniería de la cadena y en el esfuerzo de creación de nuevos mercados. El trabajo que están haciendo los confeccionistas centroamericanos (y también los colombianos) por ofrecer paquete completo y servicios logísticos, forma parte de este esfuerzo. Quien empiece tarde, acumulará un retraso insalvable. Para los empresarios en todos los sectores, la tarea urgente es identificar cuál puede ser su papel en las nuevas cadenas de valor partiendo de sus recursos y capacidades, los que tienen hoy y los que pueden desarrollar en el futuro.



La negociación

¿Cómo se relaciona esto con la negociación del TLC? El punto esencial es comprender que si bien el tratado encierra amenazas, también hay oportunidades ligadas a la participación en las cadenas de valor. Por tanto, la negociación debe favorecer el desarrollo de un nuevo papel de Colombia en las cadenas de valor.

Sin duda, esto se relaciona (y mucho) con la negociación de aranceles, en la cual se deben buscar objetivos de cadena, no solo dentro de Colombia sino consolidar el valor de este país en las cadenas internacionales que funcionan con su eje en Estados Unidos, como ocurrió en el caso de Centroamérica y las confecciones. Sin embargo, los factores que afectan el avance de un país dentro de la cadena tienen que ver con la agenda de negociaciones completa y no solamente con los aranceles. El negocio ya no se define como la elaboración de un producto, sino como el suministro de servicios de valor agregado anclados en un producto. Allí es donde está la posibilidad de crear ventaja competitiva. Por tanto, los puntos de la agenda de negociación relacionados con servicios, inversión extranjera, reglas de origen, propiedad intelectual y movimientos de personas, entre otros, son vitales dentro de la estrategia. El país tiene que demostrar que va a jugar en todos estos terrenos de una manera moderna y buscando profundizar sus vínculos con los actores del exterior. De otra forma, los beneficios del TLC no se van a materializar.

Otra condición es dar una prioridad inmediata al desarrollo de la llamada Agenda Interna, que incluye desde el fortalecimiento de la infraestructura hasta la consolidación de reglas de juegos estables para los inversionistas. Esto es indispensable para aumentar el atractivo de las distintas regiones del país para la inversión extranjera y para incrementar la competitividad de las empresas colombianas.

La entrada en un tratado de libre comercio con Estados Unidos le daría a Colombia un sello de modernidad ante el mundo, que le permitiría acelerar la construcción de su posición en unas cadenas de valor globales. Esto no va a ocurrir por accidente; solo ocurrirá si el país se lo propone como un propósito nacional y logra transmitir este mensaje al mundo. El debate sobre el TLC no debería darse desde una perspectiva defensiva. La discusión debería enmarcarse en la búsqueda de la mejor forma de consolidar los elementos de esta postura nacional. El tiempo apremia y no deberíamos perderlo en vacilaciones.
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