| 12/1/1995 12:00:00 AM

1996: Nada fácil

La crisis política y la falta de coherencia de este gobierno están llevando a la economía al borde de un ataque de nervios.

La desaceleración que se había proyectado para este año ya es un hecho, por más que el gobierno la desmienta. Aunque hay unos sectores que les está yendo bien, para la mayor parte la bonanza de 1993-94 es historia pasada. Se ha presentado una combinación de factores que han enrarecido el clima de inversión y que están llevando al desánimo en varios frentes de la actividad privada. Pero la desaceleración y el desánimo no es solamente en el sector privado. El sector público también aqueja desaceleración y desánimo, pero además una dosis bastante anormal de clientelismo e ineficacia.

En el caso del sector privado el desánimo es apenas natural. No se sabe si el próximo año habrá cambio de gobierno. Ese solo interrogante paraliza algunos negocios privados. Para el inversionista privado lo natural, cuando p hay incertidumbre política, es la prudencia y la selectividad en sus decisiones. Aguardar, a ver qué pasa. Ello, en Colombia siempre ha significado diversificar portafolio hacia el exterior.

Sin embargo, no todo el desánimo económico se genera en la incertidumbre política. La junta Directiva del Banco de la República desde el año pasado viene con la tesis de que hay que bajar la inflación a niveles inferiores al 20% con una política monetaria de corte contraccionista. Visto de otra manera, la junta consideraba que la economía estaba recalentada. Debido al excesivo gasto y al poco ahorro, era imposible seguir creciendo a tasas cercanas al 6% y simultáneamente bajar la inflación.

Era hasta cierto punto inevitable una desaceleración, más aún en sectores particularmente cíclicos como el de la construcción. Actualmente la magnitud de la desaceleración está dependiendo del sector externo y muy especialmente de los flujos de capital. Es decir, está dependiendo de qué otra inversión extranjera llegará al país además de Cusiana, de qué préstamos externos adicionales se van a contratar, de qué proyectos impulsará el gobierno con el sector privado y de qué negocios continuarán realizándose con el exterior. Infortunadamente en todos estos campos se ha presentado un retroceso.

Este gobierno ha acentuado la incertidumbre ocasionada por la crisis política, con un manejo económico donde la retórica no con cuerda con los hechos. Nunca ha señalado el ministro de Hacienda un rumbo claro. Una multiplicidad de objetivos contradictorios le ha dado a la gente la sensación de que se trata de un gobierno pusilánime, sin prioridades, que busca darle gusto a todo el mundo. Mejor dicho, un gobierno que se deja "mangonear", que no le dice al país la verdad sobre sus desequilibrios financieros y sobre sus posibilidades reales de gasto.

a confusión sobre el camino a seguir está afectando a temas como el de la apertura económica. En este tema el gobierno ha sido ambivalente. Samper en persona la ha criticado, mientras algunos de sus ministros alegan que no han hecho nada para acabar con el proceso. Pues bien, el problema es que la apertura es una política activa de reformas. La apertura no es un proceso de sólo tres años. Necesita de privatizaciones, de modernización de la infraestructura presumiblemente con una gran participación del sector privado, de estímulos adicionales a la inversión privada nacional y extranjera, de eliminación de regulaciones anacrónicas, y de reformas de fondo al gobierno especialmente en los sistemas de educación y salud públicas.

Este gobierno no ha frenado la apertura, es cierto, pero sí dejó de impulsarla. El resultado es que la apertura ya no es un norte para los colombianos. Nada la ha sustituido como propósito nacional. No hay intentos para continuar modernizando al sector público. Además, todos los grupos que se sintieron perjudicados con la liberalización comercial, ahora quieren echarla para atrás. El gobierno no ha podido frenarla más rápido por los acuerdos internacionales de comercio, especialmente con Venezuela y México, que lo tienen maniatado en materia arancelaria.

INCERTIDUMBRES EXTERNAS as expectativas de devaluación hacen que los inversionistas se alejen del país. De devaluaciones inferiores al 10% anual se pasó a una superior al 20% anual. Pero lo grave no es el salto cambiario, sino la incertidumbre hacia adelante ante un gobierno que no inspira la suficiente confianza. Los flujos de capital hacia Colombia, ya sea de inversionistas nacionales o de extranjeros, pueden detenerse o postergarse mientras perduren esas expectativas.

Una de esas expectativas surge de la amenaza de una "descertificación" por parte de Estados Unidos. Y no solamente de una descertificación sino también de sanciones directas del gobierno de ese país, tal como se explica en el artículo siguiente. Esas amenazas por parte del gobierno más poderoso del planeta, que se han vuelto permanentes con Samper, atemoriza tanto a inversionistas nacionales como extranjeros.

Sin embargo, es prácticamente imposible proyectar un escenario de rompimiento abrupto en las relaciones comerciales con Estados Unidos por sus consecuencias realmente catastróficas. Si se deja a un lado este escenario se puede decir que el otro aspecto negativo es la incapacidad del gobierno para sacar adelante concesiones, privatizaciones y licitaciones de los grandes proyectos en sectores como la infraestructura vial y la generación de energía eléctrica. Los proyectos públicos que atraen capital externo están todos demorados o entrabados.

ero no todo es negativo en el caso del sector externo de la economía. Existen dos factores positivos que le deben traer un mínimo de tranquilidad a los inversionistas. Uno es la independencia de la junta Directiva del Banco de la República que ha sido en varias oportunidades cuestionada por Samper, pero que no ha podido ser desmontada. Mientras dure esa independencia la junta establecerá una banda cambiaria a la cual se ajustará la devaluación. Es difícil que con la banda cambiaría el banco permita, al menos por ahora, una devaluación superior al 14% anual para 1996.

El segundo elemento de tranquilidad para los inversionistas es la explotación del pozo petrolero Cusiana-Cupiagua con la British Petroleum. Aunque con algunos retrasos (de casi un año), el proyecto va para adelante, y 1996 está programado como el año de máxima inversión (US$2.200 millones). Y posteriormente comenzará hacia 1998 la producción plena de Cusiana. Además se habla de pozos adicionales (Coporo y Floreña), que eventualmente requerirán de una cuantiosa inversión. La bonanza petrolera que se avecina hace que las expectivas de mediano plazo del país sean favorables.

Para 1996 se pronostica una leve disminución de los desequilibrios externos, con un café cayendo, unas exportaciones de hidrocarburos aumentando, unas exportaciones no tradicionales relativamente dinámicas y unas importaciones que pierden fuerza por la mayor devaluación y por la desaceleración de la economía. Esos desequilibrios se financiarán ante todo con ingresos de capital por concepto de inversión extranjera directa (Cusiana especialmente) y con préstamos externos para el gobierno (Ecopetrol y colocación de bonos en el exterior).

Si se llegaren a paralizar los ingresos de capital externo por una u otra razón, entonces el actual desequilibrio externo llevaría a una modificación de las bandas cambiarlas por parte del Banco de la República para permitir una mayor devaluación.

ENTORNO CONTRACCIONISTA

n los actuales momentos los medios de pago no tienen una fuente clara de expansión. Las reservas internacionales están relativamente estabilizadas, ya se redimieron todos los certificados de cambio y la redención de títulos de participación por parte del Banco de la República -las llamadas OMA's- marcha pausadamente. Para 1996 no se esperan grandes fuentes de expansión, a menos que el sector público se comprometa en un frenesí de gasto y logre financiar un creciente déficit fiscal.

No va ser tan fácil para el gobierno darse gusto en sus impulsos de gasto. Son limitadas sus posibilidades de financiación en el estrecho mercado interno de capitales colocando papeles de la Tesorería. Por otro lado, el acceso al crédito externo en las cuantías que aspira tampoco será fácil, no solamente por la mala imagen exterior sino porque el mercado latinoamericano sigue convaleciente después del golpe de México.

Bajo tales circunstancias el gobierno continuará estrellándose contra las paredes, programando niveles irreales de gasto público y teniendo después que recortar las promesas incumplidas. Eso es normal, además, con gobiernos débiles: el divorcio entre la retórica y los hechos.

Si al final de cuentas el gobierno no puede incrementar sustancialmente el gasto público, entonces el Banco de la República tendrá margen de maniobra para administrar las variables macroeconómicas. A la larga ello es positivo porque lo más importante en las actuales circunstancias políticas es la estabilidad macroeconómica. Es en lo único en lo que el país tiene credibilidad en el exterior. Sería una señal de madurez, un manejo serio de la economía en medio de una crisis política como la que padecemos.

na economía desacelerada y desanimada trae como consecuencia una menor demanda de crédito, lo que presiona a la baja las tasas de interés. Al mismo tiempo, la mayor devaluación y la ¡liquidez (la falta de expansión monetaria) presiona las tasas en dirección opuesta. Si se parte del supuesto de que la inflación continuará cayendo es previsible durante 1996 tasas nominales de interés ligeramente inferiores a las actuales.

En esta área, como en otras, la estabilidad dependerá de que el gobierno no se pueda endeudar masivamente en el exterior o de que no acuda también masivamente al mercado de capitales interno.

De todas maneras, una economía creciendo menos, con un crédito contrayéndose puede entrar en un ciclo recesivo, que es mayor al esperado cuando las perspectivas son inciertas. El pesimismo acentúa la caída. Sobre todo se sacrifica inversión y crecimiento futuro. Por eso el costo para un país relativamente pobre como Colombia es muy alto. La incertidumbre política, aquí y en otras latitudes, siempre ha sido una de las razones por las cuales unos países crecen menos rápido que otros más exitosos.

GANADORES Y PERDEDORES

Es una discusión bizantina la de si el producto interno bruto crecerá durante 1996 un poco más o un poco menos que 4%. La verdad es que las industrias dependientes del sector de la construcción empezarán a sentir con dureza el impacto de una contracción en el área construida. El sector financiero experimentará menores rentabilidades primordialmente por un aumento en la cartera de dudoso recaudo. El comercio y la industria se afectarán con una menor demanda o menor crecimiento en el consumo de hogares. No se ve que el contrabando ceda. Y la agricultura tendrá que enfrentar la inseguridad y la destorcida del café, aunque los productos de exportación como flores y banano y el mismo café tendrán un respiro en sus ingresos por la mayor devaluación.

Habrá unos sectores dinámicos. Hidrocarburos, por ejemplo, en lo que respecta a la zona de Cusiana y sus alrededores, que será como un magneto de actividad. El sector de las telecomunicaciones también puede ser movido si se llevan a cabo -¿sí será capaz este gobierno?- proyectos como la privatización de la larga distancia y de los canales de televisión.

Pero en general la mayoría de los sectores tendrán que superar una situación de menor expansión, incluso de contracción. Ahí es donde vienen los concordatos: la incapacidad o la inflexibilidad para reducir costos y endeudamiento ante un crecimiento más lento de las ventas. Sin embargo, como todo es relativo hay que tener en cuenta otros elementos que ayudarán a determinar quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores de 1996:

Se espera que la tendencia descendente toque fondo en 1996, año en el cual se ha estimado un crecimiento del PIB alrededor del 4%. A partir de 1997 la economía puede retomar un sendero de mayor dinamismo, obviamente bajo el supuesto de un acertado manejo macroeconómico y si no se presentan problemas políticos importantes.

Los sectores impulsadores del crecimiento serán aquellos relacionados con hidrocarburos (Cusiana), telecomunicaciones, y algunas actividades industriales y agropecuarias que ganarán en competitividad tanto en los mercados internos como en los externos debido a la mayor devaluación.

Visto el PIB desde el punto de vista de la demanda, las fuentes de crecimiento serán, entonces, las exportaciones, la sustitución de importaciones y la inversión privada (especialmente en hidrocarburos y telecomunicaciones). El consumo de hogares que en los años anteriores aumentó a altas tasas, experimentará un menor dinamismo.

El mantenimiento de altos niveles de inversión dependerá de una recuperación del ahorro interno privado, lo cual solamente es factible en un entorno de "buenas" tasas de interés y de menores aumentos en los niveles de consumo de hogares. Es decir, una "apretada del cinturón", como de hecho ya viene sucediendo.

La desaceleración del crecimiento económico traerá como consecuencia una tendencia al aumento del desempleo abierto, especialmente durante 1996-97. Sin embargo, no se espera, al menos por ahora, que este aumento sea dramático: pasaría de 9% en promedio a niveles cercanos al 10%.

Después de tres años de reevaluación del peso, de un elevado dinamismo del consumo privado y público, de una amplia disponibilidad de crédito y bajas tasas de interés, de un flujo creciente de capital externo, se produjo en 1995 un cambio en estas tendencias, acelerado por la crisis política. Esta reversión de las tendencias se prolongará durante 1996 y posiblemente el primer semestre de 1997.

La única forma como se puede mantener el dinamismo de la economía es a través de una acción muy decidida del sector público en matería de privatizaciones, concesiones y ejecuciones de grandes proyectos de infraestructura física, lo cual hubiera atraído masivamente inversión privada externa y local. Pero estas áreas se encuentran todas paralizadas ante todo por la ineficacia del gobierno en promoverlas.

En un entorno de mayor devaluación y de menores aumentos de la demanda interna, la fuente principal de crecimiento estará en las exportaciones y/o en la sustitución de importaciones. De todas maneras, llegó a su fin, por lo menos durante los próximos dos años, la bonanza de los bienes no transables internacionalmente, dentro de los cuales se incluye la construcción y algunos servicios. También se verá afectado el comercio global de los bienes de consumo durable (automóviles y electrodomésticos).

Mientras se mantenga la actual independencia del Banco de la República, con lo cual no está de acuerdo el gobierno, es de esperar que la inflación registrará una tendencia decreciente. Si el gobierno acude a medidas proteccionistas o aumenta de manera descontrolada el gasto público, las políticas restrictivas sobre la actividad del sector privado se acentuarán. El frente de las relaciones banco central-gobierno seguirá siendo clave desde el punto de vista de las proyecciones macroeconómicas.

Bajo condiciones restrictivas como las que se prevén lo fundamental para cada empresa o negocio es ganar participación de mercado, ya sea a costa de importaciones o por medio de agresividad comercial frente a competidores. También es impostergable seguir actuando en el frente de los costos y las reestructuraciones administrativas, puesto que se trata de un futuro más exigente. La inversión en tecnología es clave.

En general, con un gobierno donde el clima de la inversión cuenta poco, sin rumbo definido, caracterizado por una retórica antimercado (o antineoliberal) pero que no ofrece alternativas viables, lo razonable es "vivir al día", sacarle ventaja al cono plazo antes que al largo plazo y no creer en "pajaritos de oro" hasta verlos.
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