| 8/1/1995 12:00:00 AM

Vivir en las afueras

Vuelve la moda de refugiarse en los suburbios de las grandes ciudades, para desestresarse, sentir el aire fresco y evitar los pitos, las moles de cemento y la histeria de las ciudades.

El mundo moderno plantea a los habitantes del campo y de la ciudad una gran paradoja. Mientras el hombre de la gran urbe quiere desintoxicarse del cemento y vivir en medio de la naturaleza, por el contrario el hombre de campo quiere irse a la ciudad, porque entre otras cosas piensa que allí puede estar su sueño dorado, no tanto de vivir, sino de sobrevivir.

Por eso quienes quieren sentir a diario el aroma de lo verde, pero al mismo tiempo deben estar al lado de sus lugares de trabajo, se han ido desplazando del centro de las grandes ciudades hacia sus suburbios. Alrededor de las metrópolis, en todos los rincones del mundo, se han desarrollado satélites de vivienda semi rural en los que especialmente habitan familias adineradas.

Con el paso del tiempo esa tendencia de huida de la ciudad se estrelló con la corriente de ingreso de los habitantes del campo a la zona urbana. Los satélites fueron absorbidos rápidamente por el proceso de construcción de vías y de soluciones de vivienda, y en la mayoría de los casos, los grandes cinturones de miseria terminaron apretando esos antiguos pulmones contra las edificaciones.

Por eso vivir en los suburbios, que en una época fue símbolo de prestigio, adquirió en tiempos recientes un sello de problemas. Quienes hicieron casas de campo como vivienda diaria, se vieron rodeados por quienes huyeron despavoridos por la misma desaparición del trabajo en el campo. Las casa-quintas perdieron el encanto de sus paisajes verdes, por cuenta del consumismo urbanístico.

Sin embargo, hoy existe una corriente que quiere revivir el encanto de trabajar en el día en la ciudad (porque toca), y descansar la noche y ver la madrugada en un sitio con agradable aspecto campestre. En las principales ciudades del país hay todo un movimiento de conjuntos campestres, lotes, parcelaciones y conjuntos cerrados ofrecidos para quienes quieren deshacerse de la ciudad.

Para la muestra un botón. La publicidad de una de esas ofertas es bien diciente: "Para curar de una vez el estrés... más servicios... sanas, amables, naturales, diseñadas para desarrollar los sentidos. Casas con mucha independencia exterior para abrir los brazos, bailar, correr, respirar y gritar a todo pulmón: amo esta libertad, esta independencia".

Es una tendencia universal abandonar el asfixiante pavimento y habitar en un medio ecológico y visualmente mucho mejor. Eso tiene cosas buenas y malas. Lo positivo es que la colonización de nuevas tierras ha creado polos de desarrollo muy importantes, que con el paso de los días se incorporan a la economía e infraestructura vial de las ciudades principales. En ocasiones también contribuye a reducir la congestión urbana.

Pero su aporte negativo tiene que ver con que deterioran en muchos casos los sectores "vírgenes" situados alrededor de las grandes metrópolis y, en otros casos, se realizan en medio de condiciones que no aseguran el suministro adecuado de los servicios básicos de luz, agua y teléfono.

CIUDADES INHUMANAS

El escape hacia los suburbios o cercanías de las grandes ciudades se inició cuando las zonas céntricas de las grandes ciudades se volvieron invivibles. Nadie quiere saber nada del centro de Barranquilla, por ejemplo, y los esfuerzos de los alcaldes bogotanos por dotar a la capital de un centro decente, fuera de resultar onerosos, no han gozado de la debida continuidad. Lo contrario sucede con Cali, en donde hay quienes disputan el privilegio de quedarse en el corazón de la capital valluna. Cuando en los cuarenta los suburbios de Bogotá estaban situados en lo que hoy es la calle 72, las casa quintas abundaban y grandes haciendas llegaban hasta Usaquén. Sin embargo, un día el tranvía llegó hasta allí y después, la fuerza de los autos y los trazados de las vías acercaron acelerada (y peligrosamente) la ciudad.

Con el paso de los años, el desarrollo vial posterior permitió conquistar muchas extensiones hacia el norte, preferiblemente entre Usaquén y Sopó, o hacia el occidente, como Suba, o mucho más allá por Guaymaral, Chía y cercanías.

Hubo suficientes espacios que permitieron incluso combinar la vivienda diaria con los desarrollos rurales. En zona de La Caro, al norte de la capital de Colombia, muchas fueron las construcciones individuales y particulares que surgieron en la última década. Sindamanoy de Pedro Gómez y Cía. (en el kilómetro 23 de la carretera del norte), que vende soluciones de vivienda de 370 metros cuadrados y parcelas con áreas desde 10 mil metros cuadrados por $630 millones cada una, y Los Altos de Yerbabuena, son los mejores ejemplos de que la tendencia persiste. Y en Sopó, proyectos como Altos de Potosí siguen jalonando la tendencia a escapar del smog.

Sin embargo hacia el occidente, por Chía, Cajicá y los límites con

Pacho, a dos horas de la ciudad, existen decenas de casas suburbiales que cada día que pasa son alcanzadas por el crecimiento arrollador de la zona metropolitana de Bogotá. El condominio residencial Río Frío en Chía trata de rescatar el ambiente campestre (casas desde $103 millones). Pero hay quienes se han ido más allá y se han asentado en el valle de Ubaté y sus cercanías.

Suba, que hace unos años era un verdadero suburbio, conserva el encanto de vivir en medio de reservas naturales. Allí hoy Monticello de Cusezar ofrece casas en un área de 360 metros cuadrados en plenas colinas, desde donde hay una buena vista sobre la ciudad. Las Quintas de Torre ladera, desde $330 millones cada una, también ofrecen un ambiente netamente campestre.

Por La Calera, al norte de la capital, los Altos de Teusacá tratan de rescatar una zona que desde hace unos años fue sitio habitual de vivienda de muchos bogotanos. Hacia el sur occidente, el polo de desarrollo generado por Quintas de Serrezuela ha dado un atractivo especial a vivir en zonas planas, desestimadas desde hace mucho años por su connotación sureña.

Un caso de impacto negativo y no planificado tiene que ver con lo que está sucediendo en Chía. Allí las urbanizaciones están consumiendo los pocos servicios que podían disponer antes los 80 mil pobladores del municipio.

VOLVIÓ LA PRIMAVERA

Medellín volvió a ser la ciudad de la eterna primavera desde hace unos tres años, cuando tras la muerte de Pablo Escobar Gaviria, el alcalde Luis Alfredo Ramos convocó un gran baile en la Avenida Oriental con La Playa. Llevó cinco orquestas y la rumba fue hasta el amanecer. Muchos apostaron que la audacia de Ramos no vería el otro día, pero se quedaron con los crespos hechos.

Ese suceso fue como el Arca de Noé para la ciudad. Desde allí la construcción despegó de una de sus más agudas crisis de la historia y a pesar de que todavía hay muchos problemas sociales por resolver, a partir de allí Medellín es otra. Por eso hubo quienes pensaron en volver a los suburbios.

Hace 50 años la gente "in" de Medellín vivía en Junín y tenía sus fincas en El Poblado, primer centro moderno de desplazamiento de vivienda, que por años fue sitio de merienda dominical o zona de fincas de recreo. Sin embargo, en el último lustro la avenida de El Poblado se transformó en centro de oficinas y bancos, lo que de alguna manera le quitó el encanto de antaño.

Incluso la finca de la familia Londoño Mesa fue hasta hace escasos meses la referencia del límite de Medellín. Sin embargo a todo su

frente se construye El Poblado Country Club, que estará concluido en 1996, y que creó todo un polo de desarrollo. El club jalonó la densificación del sector y sus tierras se parcelaron en tal forma que ya fueron consumidas por el ladrillo y el cemento. Se consiguen casas y apartamentos de $130 a $260 millones (en este último rango las casas de Persia de Optima o las casa quintas de Conhabitat).

Luego el turno le correspondió a Envigado hasta que se saturó y más hacia el sur al municipio de Sabaneta, colonizado por gentes de estratos altos debido a que conserva aún cierto aire pueblerino. Pero la moda tiene que ver con el desplazamiento de los planes puramente residenciales hacia el oriente.

En los sectores conocidos como Fizebad, Los Chagualos y Llanogrande, se creó un polo de desarrollo de vivienda muy definido. Se trata de la vía por el Alto Las Palmas que conduce del Valle de Aburrá hacia Ríonegro. Son las tierras más caras de Antioquia hoy. La zona franca que se construye cerca al Aeropuerto José María Córdova, jalonó la valorización, lo que no logró hace unos años la construcción del aeródromo.

La falta de adecuado suministro de servicios públicos malogró los planes de desarrollar la región, pero las Empresas Públicas de Medellín cederán agua proveniente de la represa de La Fe. Por eso en meses recientes los colegios y universidades (Católica de Oriente, Eafit y Bolivariana) han ido adquiriendo sus nuevas sedes en esa zona, especialmente por los lados del Alto de Las Palmas, para ubicarse en una "tierra más fresca". Una casa con lote independiente en Aldea de Palma verde cuesta entre $254 y $274 millones.

El presidente de la Lonja de Propiedad Raíz, Fabio Góez, advirtió a DINERO que "el nuevo fenómeno no hace sino confirmar que Rionegro es el segundo piso de Medellín". Entre el Alto de Las Palmas y el municipio de El Retiro, ya hay unas cinco urbanizaciones entre los sitios conocidos como Fizebad y Los Chagualos, las que tratan de guardar los parámetros de conjuntos campestres (como el de Los Pórticos de Carlos Vásquez y Cía.).

Desde hace unos doce años muchos habitantes de Medellín hicieron su hogar allá. Un poco más lejos, en La Ceja, la constructora Optima desarrollará un conjunto cerrado. "La única limitación tiene que ver con que en la zona se autorizan sólo bajas densidades", aclara José Alonso González, presidente de Promotores S.A. y de la junta directiva de la Lonja de Propiedad Raíz de Medellín.

También hubo desplazamientos hace unos 10 años hacia la zona

norte del Valle de Aburrá, y asentamientos en Bello, Copacabana, Girardota y Barbosa. El mejor ejemplo es el de El Limonar, en unidades semi campestres. Esa tendencia se ha reforzado especialmente gracias al abastecimiento de buen acueducto por la entrada en operación de Riogrande II. Recientemente, debido a la construcción de la línea del tren metropolitano, la densificación fue mayor, especialmente en viviendas de clase media y baja.

Pero en el futuro, a mediano plazo, el milagro del túnel de San Jerónimo va a abrir otras zonas de desplazamiento de vivienda suburbana. La vía que conduce a San Jerónimo en un viaje de hora y media, reducirá el desplazamiento a 40 o 45 minutos a través de la que podría convertirse en una calle urbana de Medellín. Si con Rionegro, Medellín quedó con segundo piso, éste será el sótano de la ciudad.

Hacia el suroeste, en la zona cafetera, los municipios de Caldas, Amagá y Fredonia, tienen parcelaciones situadas a una escasa hora de Medellín, en lugares en donde pueden encontrarse todos los climas. Sus moradores se dan el lujo de realizar cabalgatas de vecinos, que se han hecho famosas los fines de semana. Y por los lados de La Estrella, Ramón H. Londoño inicia a fines de este año casas de campo de gran tamaño.

DEL PUENTE PARA ACÁ...

A diferencia de Bogotá y el Valle de Aburrá, los principales suburbios de Cal¡ están hoy dentro de la misma ciudad, así pueda sonar raro.

La verdad es que por la conformación misma de la metrópoli y de sus desarrollos urbanísticos, en Ciudad Jardín y Pance quedan aún sectores de características ambientales y de paisaje para vivir como en el campo.

Ciudad jardín está tomando un nuevo aire debido a que los operativos del Bloque de Búsqueda han hecho abandonar muchas de las viviendas que fueron habitadas hasta hace algunos meses por miembros del cartel de las drogas. Como no se han modificado los tamaños de los lotes, allí se consiguen tierras entre $100.000 y $150.000/metro, en lotes que van desde los 1.500 a los 5.000 metros cuadrados. Sin embargo, el principal acceso a Ciudad jardín, la vía Cañas gordas, se está contaminando por la concentración de universidades (Ices¡, San Buenaventura y Javeriana) y colegios, lo mismo que locales comerciales.

En el sector de Pance las parcelaciones prosiguen a pesar de las deficiencias de servicios como alcantarillado, lo que no ha impedido varios proyectos de condominios. Cerca a la vía Cali - Jamundí una parcelación de unos dos mil metros cuadrados vale $140 millones. Hay muchas viviendas particulares aisladas hasta el extremo sur de Cali, que llega a la avenida El Banco en la calle 127.

El sector de Jamundí, a 10 minutos de Cali, tiene una vía ampliada recientemente a doble calzada. Desde tiempo atrás se han ido consolidando algunos condominios allí y familias particulares han edificado sus viviendas. Un lote en bruto cuesta entre $50.000 y $100.000 metro cuadrado. Cuenta con paisaje, ambiente y clima muy parecidos a los de Cali. El sector de Potrerito es apetecido para casas campestres y fincas en promedio de $180 millones.

Al noroccidente de Cali, en El Saladito, exactamente en el kilómetro 12, a unos 20 minutos del centro de Cal¡, en el sitio conocido como López Arriba, se encuentra "La Suiza de Colombia" en donde se destaca un grupo de viviendas con estilos típicos de los alpes europeos. Es un paraíso sólo vulnerado en su tranquilidad porque es atravesado por la vía que conduce a Buenaventura. Un chalet en sus alrededores va de $70 a $200 millones.

En el kilómetro 28 de la antigua vía al mar, está, por ejemplo, el conjunto campestre Ambichinte, de Inversiones Las Mercedes (unos 120 millones vivienda y lote), en medio de reservas de bosques, árboles frutales, naranjales y dos quebradas. Recientemente ha tomado fuerza vivir en los alrededores del Lago Calima gracias al resort que adelanta Holguines (casas campestres desde $130 millones con derecho al club). Muchas parcelaciones han surgido en sus alrededores. Es un tradicional sitio de veraneo y para muchos resulta cómodo trabajar en Cali de día y regresar de noche.

Dapa, un municipio situado por los lados de Jumbo, es otro sitio al que desde hace algunos años han ido a parar muchos caleños. Se llega a él por la prolongación de la Avenida Sexta, tras unos 15 minutos de viaje desde la cabecera urbana. Una casa finca puede costar unos $300 millones. Tiene un paisaje determinado en varios niveles y especialmente llama la atención a quienes les gusta desahogarse del calor caleño e internarse un poco en el frío.

También está La Buitrera, a 10 minutos escasos del Club Campestre. Allí se destacan la parcelación La Riverita, y otros desarrollos, entre ellos los Altos de Lilí, de Holguines. Y muy cerca del centro de Cali, aunque tampoco puede calificarse como suburbio, en Santa Rita y Santa Teresita, hay un sector muy arborizado, que dispone de un clima especial e interesante ambiente por su cercanía al río Cali, que es muy apetecido como pulmón natural y escampadero del agite citadino.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?