| 3/1/1997 12:00:00 AM

Una historia humana

El evangelio según Jesucristo de José Saramago.

El nombre y el reconocimiento general de José Saramago como uno de los más notables escritores de nuestra época no ha sido un hecho estruendoso ni uno de esos hitos publicitarios y escandalosos que artificialmente acaban imponiendo la fugaz luz de alguna estrella literaria. Por el contrario, el "triunfo" y la consolidación de su obra han sido para este escritor portugués, nacido en 1922, un proceso de silenciosa y lenta maduración lograda a partir de novelas espléndidas como "Manual de pintura y caligrafía" (1977), "Alzado del suelo" (1980), "Memorial del convento" (1982) o "La balsa de piedra", novelas todas que cada vez convierten a Saramago en candidato ineludible al premio Nobel de Literatura.



Su novela "El Evangelio según Jesucristo", publicada en español, como la casi totalidad de su magnífica obra, por la editorial Seix Barral en su colección Biblioteca Breve, ha suscitado el unánime aplauso de la crítica universal. Se ha hablado de ella como de un libro deslumbrante. Ha permitido que prestigiosos ensayistas se refieran a Saramago como a un genio literario, como al más destacado escritor vivo en lengua portuguesa. El autor de esta columna, sin embargo, no participa de esa explosión de entusiasmo delirante y de esa exaltación ilimitada de los méritos que adornan y sostienen la arquitectura de esa gran y hermosa novela de Saramago. Pero reconoce, sin duda, la fina y profunda sensibilidad artística que impregna cada una de sus páginas. Se trata de una novela tejida y construida a partir de una intensa y humana comprensión espiritual con los significados esenciales que pretende narrar y que no son otros que la génesis y la conversión de un simple aldeano en un ser supuestamente elegido por la divinidad para ser portavoz de su mensaje y realizador de muchos hechos prodigiosos. Con maestría y sutileza, con una delicada magia de creador antes que de místico o de teólogo, Saramago hace el milagro de convertir en belleza literaria el surgimiento de esa figura de Cristo y el nacimiento de aquellos evangelios que en el principio fueron la palabra simple, limpia y candorosa de un hombre rústico que vivía buscando su destino y su objetivo.



Saramago no deja que su novela, que su bello evangelio contemporáneo, se pervierta con el humo de oscuras disquisiciones teológicas o religiosas sobre la humanidad o la divinidad de Cristo. Elige la sencillez y la transparencia narrativa para contar la vida de un aldeano. Pone siempre énfasis en esa carnalidad y en esa visceralidad del Jesús evangélico y abandona esa visión trascendente, artificiosa y sangrante con la cual el cristianismo edificó su Cristo. Su Jesús ama como los mortales. "Conoció el amor de la carne y en él se reconoció hombre". Por eso el Jesús de estos evangelios de Saramago puede decir: "Soy un hombre: vivo, como, duermo, amo como un hombre. Soy, pues, un hombre y como hombre moriré".



Novela entonces que vuelve, como muchas otras lo han hecho, a resucitar para la sensibilidad y el pensar contemporáneo esas grandes y esenciales claves interrogativas que en la circularidad inagotable del tiempo histórico plantean para el hombre el sentido de su relación con el espíritu y la divinidad. Esa es quizás la mayor virtud del libro del gran escritor portugués: esa capacidad de resucitar para la indagación literaria la profundidad temática, ese reconciliar la literatura con la gran e incomprendida resonancia de los grandes temas espirituales, que la novela moderna en su afán experimentalista ha perdido en forma significativa para naufragar en una estúpida banalidad.
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