| 6/1/1994 12:00:00 AM

¿UN MOCKUS en Cartagena?

No tenemos los bogotanos el monopolio de los problemas urbanos. Estos aparecen en muchas ciudades y aunque nuestra capital se ganaría el concurso de la ciudad colombiana más abandonada por sus habitantes y la peor administrada, otras le siguen los pasos, pero con implicaciones diferentes.

Hablemos de Cartagena. Si uno logra superar el deslumbramiento que produce la luz del Caribe y la magia de la ciudad vieja, abstraerse de la cordialidad de los cartageneros y del placer de caminar de noche por el corralito de piedra sin correr riesgo de asalto, y se dedica a analizar la ciudad, descubre que ésta puede fácilmente coger por el mismo camino de deterioro de Bogotá, si no se "ponen las pilas". Y aunque es innegable que los cartageneros han hecho un gran esfuerzo por su ciudad y hoy está mucho mejor que hacer un enorme esfuerzo para resolver ese problema.

¡Y de las vías ni hablar! Claro que junto a Bogotá parece ciudad europea, pero solamente en unos pocos sitios: el centro, Manga, Getsemaní, El Laguito y Castillo Grande. Si uno sale hacia el sur, o recorre los barrios al pie de La Popa, se encuentra con barro, polvo y huecos tamaño Castro, ningún parque que pueda llamarse tal y casi todas las desgracias de Bogotá: trancones, pobreza y abandono. Y aunque no existe en Cartagena una concentración de miseria urbana tan vergonzosa como Ciudad Bolívar, por su dimensión y por el absurdo de que fue "planeada", en Chambacú o en Torices las condiciones de vida son igualmente lamentables.

Obnubilados por la belleza de la topografía no nos damos cuenta de la estupidez del desarrollo urbano de El Laguito. Allí ocurrió lo mismo que en los barrios del norte de Bogotá, como El Retiro, Los Rosales o la Avenida de Chile, donde la infraestructura es absolutamente insuficiente para soportar la densidad actual: ni las calles, ni las alcantarillas, ni el acueducto, que habían sido calculados para casas de una familia, al reemplazarse con edificios de 40 o más apartamentos, tienen capacidad para atenderlas hace algunos años, no pueden todavía cantar victoria.

Para empezar, los servicios públicos son un desastre. Una ciudad que vive del mar y decide botar allí todas sus aguas negras y desperdicios, sin tratamiento alguno, está cometiendo una torpeza mayor que la de los bogotanos que contaminamos nuestro río, pues al fin y al cabo los pocos turistas que vienen a Bogotá no lo hacen para nadar en Alicachín o para pescar capitán o cangrejos

en esa cloaca. ¿Qué tal que la principal actividad económica de la capital fuera el turismo fluvial? La bahía es una porquería (perdón por la rima) y todos los caños y ciénagas están contaminados. Y si Cartagena sigue pretendiendo, con sobrados méritos, convertirse en el más importante centro turístico del país, tiene que HACER UN ENORME ESFUERZO PARA

PARA RESOLVER ESE PROBLEMA.

Si los cartageneros no se "ponen las pilas" podrían terminar con un Mockus

de alcalde, con el problema de que allá el mamagallismo no le permitiría a un

alcalde así tener éxito.

Las nuevas necesidades. Pero en Cartagena es peor porque se ve más feo; algo va de dañar el paisaje urbano de Cartagena con horribles rascacielos, a hacerlo en Bogotá, donde se disimulan entre la mediocridad circundante. Pero el pecado es el mismo.

Y si en el pasado los alcaldes de La Heroica cometieron crímenes urbanos como tumbar pedazos de muralla, permitir rascacielos dentro del corralito y la mole del centro de convenciones en el sitio menos apropiado, el actual se lanzó, contra viento y marea, y contra la opinión de muchos expertos, a "adornar" la vista del Fuerte de San Felipe con un horroroso puente de concreto -el nuevo puente de Heredia- que se vería feo hasta en un suburbio norteamericano, pero que es insultante en Cartagena. Y eso no fue hace 50 años, cuando no había conciencia sobre estos temas, sino ahora mismo. Y como "cada alcalde manda en su año", y más si es costeño, la única consecuencia de esa barbaridad fue una multica de diez mil pesos que le impuso el Consejo de Monumentos Nacionales. Y ¡claro! el argumento para empecinarse en la construcción del adefesio fue defenderse del consabido "centralismo". El desenfado del trópico tiene sus virtudes, pero a veces viene acompañado de la más grande irresponsabilidad.

Es admirable el esfuerzo en la restauración de las mejores casas coloniales y republicanas en el centro, y aunque criticables unas y excelentes otras, la inversión que allí se ha hecho garantizará su permanencia. Sin embargo, uno se pregunta en qué se va a convertir el entorno si todas son de cachacos ricos que sólo van los fines de semana. Cuesta trabajo entender por qué los cartageneros no renovaron para ellos esas maravillosas casas en lugar de cedérselas a los del interior para sus vacaciones. Con el tiempo la ciudad vieja irá perdiendo la vida, pues lo que se cierra entre semana para desempolvarlo los "week-ends", deja de ser ciudad y tiende a volverse artificial y a perder su personalidad y su encanto.

Y en el tema de la intervención de los cachacos en los monumentos de Cartagena, hay varias casas restauradas en estilo "guatavita" por destacados arquitectos del altiplano y no parece que vaya a ser una gran maravilla arquitéctonica el nuevo Hotel Santa Clara. ¿A cuenta de qué les permitieron sacar, muy a la fuerza, cuatro pisos y altillo donde sólo había dos, alterando irremediablemente la proporción del edificio republicano?

En fin, si por aquí llueve, por allá no escampa. Puede ser que en Bogotá nos toque aguantamos un alcalde iconoclasta y poco convencional que, a pesar de su ignorancia sobre la capital, quitándose los calzones y mostrando tarjeticas de colores le dé a la ciudad el vuelco que necesita. Pero no me imagino qué harán los cartageneros si el deterioro de su ciudad los conduce también a un Mockus, porque allá, con el mamagallismo costeño, ese tipo de chistes puede ser fatal.
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