| 10/1/1995 12:00:00 AM

Tres escenarios presidenciales

La permanencia de Samper en la Presidencia estaría opacada por la falta de credibilidad. ¿Quién lo reemplaza?

Cómo pueden incidir sobre el ejercicio de la Presidencia los procesos de investigación hoy en marcha relacionados con el financiamiento de las pasadas campañas presidenciales? Para responder es útil visualizar tres escenarios, y examinar algunos de los rasgos positivos y negativos que mejor pueden caracterizar cada uno de ellos. El primer escenario asume que Ernesto Samper permanece en la Presidencia hasta 1998. El segundo, que es reemplazado por Humberto De la Calle, y el tercero, que alguien distinto a Samper y De la Calle, pero de conformidad con normas constitucionales, entra a ocupar el solio presidenvial.



1. SAMPER TERMINA SU PERÍODO



Las denuncias y otras evidencias (cheques, documentos, grabaciones, etc.), conocidas por la opinión pública hasta el presente sugieren serias irregularidades en los informes oficiales sobre ingresos y egresos de dinero, rendidos por la campaña de Samper ante las autoridades electorales. Esas mismas denuncias y evidencias apuntan con fuerza hacia la presencia de narcodineros en esa misma campaña, en cuantía aún no bien precisada. Las tres personas más directamente implicadas en estos hechos se encuentran en la cárcel en condición preventiva. Pero hasta el presente, no se ven evidencias técnicamente valederas que impliquen en forma directa al presidente. De continuar esta situación es, entonces, probable que Samper sea exonerado de toda responsabilidad por la Comisión de Acusaciones o por la Cámara en pleno.

Así, pues, en este escenario encontramos un presidente, señalado sospechosamente por varios indicios, pero a quien no se le ha podido comprobar nada irregular. A la vez, habría evidencias claras de que su campaña presidencial desconoció las normas legales que fijan un límite al gasto, utilizó recursos ilegales para ocultar ingresos, recibió dineros derivados del narcotráfico, y entregó informes falsos a las autoridades oficiales. Así el presiden

te sea declarado exento de culpa por la autoridad competente, de todos modos habría quedado enlodado. ¿Qué exactamente quiere decir esto?

Sabemos por las encuestas realizadas que cerca de la mitad de los colombianos (a juzgar por las respuestas de los habitantes de las grandes ciudades) cree que el presidente está mintiendo cuando dice que no sabía de los ingresos irregulares a su campaña. Esto hace pensar que ellos en el futuro tenderán a desconfiar de cualquier cosa que diga el presidente. En otras palabras, el presidente carecerá de credibilidad ante la mitad de sus compatriotas.

Pero los problemas no son sólo de credibilidad recortada, sino también de desconfianza experimentada por amplios sectores de la población hacia su presidente, y por parte de éste, de débil capacidad de convocatoria, carencia de autoridad moral, y vulnerabilidad ante presiones internas y externas.

Tener confianza en alguien implica asumir que el otro va a comportarse de una manera gratificante para uno. Es decir, está uno seguro de que el otro no le va a traicionar o a crear dolores de cabeza. Pues bien, ¿cómo tener confianza en un presidente que conquistó

la primera designatura con fraude, cuyos hombres de confianza, según parece, desconocieron olímpicamente las leyes de la nación con tal de lograr la victoria?

Si aceptamos que uno de los problemas más graves y delicados que enfrenta el país es el de la corrupción de muchos políticos y funcionarios públicos, y que urge combatir a fondo ese problema, ¿qué poder de convocatoria para luchar contra el mismo tiene un presidente, cuya victoria fue obtenida con respaldo en hechos corruptos? ¿Cómo liderar una cruzada contra la evasión de impuestos quien llegó cabalgando sobre engaños y subterfugios para evadir las normas sobre gastos electorales?

Si pensamos ahora en urgir el respeto a la moral y a los valores de la honestidad, la transparencia y el acatamiento a la ley, respeto que importa tanto hoy inculcar en todos los frentes y en todas las latitudes de la nación, ¿qué autoridad tiene un presidente para pedir ese respeto si el mismo conquistó la Presidencia mediante el desconocimiento de esos principios?

Por supuesto, un presidente con escasa credibilidad, mirado con desconfianza, desprovisto de poder de convocatoria y de autoridad moral en materias cruciales para el bienestar de la república, va a estar muy inclinado a buscar apoyos donde quiera que pueda encontrarlos, así sea a un costo elevado, y va a sentirse débil para enfrentar a actores poderosos que desafíen la ley o las políticas gubernamentales. Como consecuencia, va a existir mucha inseguridad sobre la continuidad de las políticas económicas y sociales, porque un presidente vulnerable difícilmente puede garantizar perdurabilidad para esas políticas.

No puede negarse que la economía del país va razonablemente bien, que los inversionistas extranjeros demuestran fe en nuestro sistema económico y político, que a los capos del narcotráfico se les han propinado golpes contundentes, que una porción notable de gente aprueba las medidas enérgicas del go

biemo contra las diversas lomas de delincuencia organizada, pero a la vez no creo que se pueda desconocer que, en el escenario bajo consideración, estos logros, así sean duraderos, van a estar acompañados de las graves limitaciones recién mencionadas.



2. DE LA CALLE, PRESIDENTE



Los problemas de gobernabilidad aludidos son tan serios que Samper puede llegar a la conclusión de que debe renunciar. En ese caso, entra a reemplazarlo el vicepresidente. Para eso se creó este cargo. Como persona, De la Calle tiene buena acogida entre muchos sectores políticos y empresariales. Su brillante desempeño durante la Constituyente fue reconocido por tirios y troyanos. Si llega a la Presidencia en la actual coyuntura política, De la Calle probablemente continuaría no sólo con todas las políticas de Samper-salvo retoques marginales-, sino que conservaría a la mayoría del personal que éste ha llevado a los cargos públicos. Por consiguiente, el cambio de Samper a De la Calle no debería generar zozobra o nerviosismo.

Pero buena parte de los problemas arriba señalados afectarían por igual a De la Calle: en particular, ¿qué capacidad de convocatoria y cuál autoridad moral tiene un presidente quien, así no haya tenido nada que ver con la financiación de la campaña de su socio de fórmula, alcanza la máxima dignidad del país con base en las irregularidades y engaños de esa campaña?



3. UN LIBERAL DISTINTO DE SAMPER Y DE DE LA CALLE



Si debido a los problemas recién anotados, tanto Samper como De la Calle deciden renunciar, el Congreso en pleno tiene que entrar a elegir un nuevo vicepresidente, quien ante el supuesto vacío en la Presidencia, entraría a ocupar este cargo. Esto es lo ordenado por la Constitución vigente.

A muchos inquieta esta alternativa. Porque les preocupa quién pueda ser elegido por un Congreso, que en más de una ocasión ha aceptado micos e incisos vergonzosos. Sin embargo, cabe señalar que ese mismo Congreso en muchas ocasiones ha legislado con madurez y ha deshecho lo que algunos de sus miembros indignos habían logrado torcer. Por tanto, el tercer escenario no necesariamente debe generar inseguridad.

Por ejemplo, es posible que, bajo el liderazgo de uno o varios de los ex presidentes se logre un gran consenso para elegir como nuevo vicepresidente a un liberal intachable. Si esto llegare a suceder, ese personaje entraría a gobernar hasta 1995 y lo haría probablemente con las mismas orientaciones de política y con buena parte de los mismos funcionarios que hoy rodean a Samper.

Este nuevo presidente podría entonces entrar a gobernar a nombre del partido que demostró mayoría en las elecciones presidenciales, y lo haca sin los lastres y limitaciones que, al parecer, inevitablemente habrán de acompañar sea a Samper, sea a De la Calle.
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