| 9/1/1993 12:00:00 AM

Santafé de Macondo

Un país tropical merece una capital tropical. Aracataca sería el sitio ideal. Conocida a nivel mundial, con un clima cálido, cerca del mar.

Bogotá ha sido siempre la capital del país. No sé si algún bogotano ha puesto en duda la conveniencia de este, a mi modo .de ver, dudoso honor y ha cuestionado sus beneficios, pero otras ciudades de Colombia claman contra el centralismo, palabra mágica que compendia todas las prerrogativas y ventajas que, se supone, la ciudad capital tiene sobre todas las demás. Yo me permito poner en duda las ventajas y me propongo analizar qué tan costoso es el honor.

Del total del presupuesto nacional, más del 50% lo aporta Bogotá y recibe de vuelta menos del 20%. El gobierno nacional ocupa más de 800 mil m2 de edificios y no paga un centavo de impuesto predial ni de valorización, y así la nación usa gratuitamente la deteriorada infraestructura de nuestra ciudad. Las entidades nacionales, emulando a los que hacen conexiones clandestinas o adulteran los contadores, no pagan agua, luz ni teléfono; deben, sí, pero no lo pagan. Hoy adeudan más de 8 mil millones de pesos en cuentas atrasadas en servicios. Los vehículos oficiales no pagan impuestos y mucho menos multas por sus frecuentes infracciones, cuando los policías se atreven a imponerlas. El Aeropuerto El dorado, que ya no da abasto, contribuye con el 80% del recaudo de la tasa aeroportuaria del país, y así todo ese dinero, cerca de $16.000 millones anuales, lo invierte la Aerocivil en los demás aeropuertos.

Bogotá acoge anualmente cerca de 400.000 colombianos que huyen de todas las regiones del país por falta de protección del gobierno nacional, pero el costo de la infraestructura adicional requerida lo asumen los bogotanos, porque los pobres campesinos llegan a Bogotá en la inopia total. El resto del país contempla este fenómeno con total indiferencia.

Seguramente, pensaría uno, esta colosal contribución a la marcha del país se compensa con maravillas sin cuento. Pues no: cuando Bogotá, al borde del colapso financiero, le pidió un aval al gobierno nacional para conseguir un préstamo del Banco Mundial, los jóvenes burócratas de Planeación Nacional, con la arrogancia que los caracteriza, lo negaron mientras la ciudad no arreglara sus finanzas. De ñapa, la Nación, que pagaba el mantenimiento del Parque Nacional y del Simón Bolívar, ha resuelto entregárselos a Bogotá sin contraprestación alguna y también el Hospital San Juan de Dios, con un cuantioso déficit que acabaremos asumiendo los bogotanos. Y mientras tanto Medellín se embarca, con recursos de la Nación, en el faraónico proyecto del metro.

Hay mil ejemplos más del dudoso y costoso honor de ser ciudad capital: ¿Cuánto contribuyen las embajadas?, ¿hace algo en Bogotá el Fondo Vial Nacional con nuestro impuesto a la gasolina?, ¿cuántos edificios nacionales se construyen con licencia y según las normas?, ¿si no fuéramos capital nos regalarían metro? etc., etc.

Colombia es un país tropical. Muchas de nuestras instituciones nacionales están marcadas, en su concepción o en su funcionamiento, por el espíritu tropical del país: Por ejemplo: ¿qué Parlamento nórdico puede contar entre sus miembros con brujas, pastores, guerrilleros, periodistas, burgueses y caciques de verdad y de los otros? Luego, si tenemos un Estado tropical, ¿por qué no trasladar la capital a una ciudad que se ajuste mejor a la idiosincrasia del país y de sus poderes públicos?

Barranquilla, por ejemplo, podría postularse -y no sólo por tener un cura de alcalde-, y también Riohacha, Valledupar o Tumaco. Pero para captar la esencia del trópico, ¿qué tal Aracataca? Podríamos cambiarle el nombre a Macondo - así se conoce en el resto del mundo-, o, según el ejemplo tropical de nuestros constituyentes, podríamos llamarla Santafé de Macondo. To- dos estaríamos más contentos Si y desaparecería el centralismo, - porque una capital en la costa ¡ ' ', sería marginal o periférica, mas no central. Brasil, que era un imperio, trasladó su capital, pero al revés: la sacó de Río, a , la orilla del mar y la instaló e r el centro del país. Y desde entonces entró en una profunda crisis de la que no ha podido salir.

El cambio tendría además muchas ventajas: El presidente podría bucear sin el riesgo semanal de montar en el destartalado avión presidencial. El Consejo de Estado se libraría de la sombra tutelar de los cachacos y dejaría de fallar "en gramática". Los burócratas abandonarían a Bogotá, con el regocijo de los que nos quedamos, y en Macondo podrían dedicarse al ocio remunerado, sin el reato de conciencia que los puede aquejar en el altiplano.

Bogotá daría los primeros pasos para volverse un paraíso, pues las hordas de emigrantes de todo el país irían a buscar puestos públicos a otra parte; desaparecerían los escoltas y los tramitadores de máquina de escribir y banquito, y los delegados de las superintendencias, por quedarse tomando el sol en la costa, no estorbarían la marcha normal de las empresas. El Capitolio podría convertirse en museo para exhibir las leyes absurdas o inútiles que de allí han salido, y los buenos proyectos que yacen sepultados por el tropicalísimo de nuestros padres de la patria. Adquiriría Bogotá un grato ambiente de provincia y de ciudad civilizada, como Cali o Medellín, pues con los recursos ahorrados se resolverían muchos de sus graves problemas. Y tendríamos alcaldes bogotanos comprometidos con su ciudad y sin ambiciones presidenciales, pues boyacenses, vallunos y costeños preferirían irse a conquistar la capital.

Con el gobierno en Macondo, hasta se uniría de nuevo Panamá.
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