| 4/1/1995 12:00:00 AM

Salto al vacío

La experiencia de lanzarse en paracaídas compensa todos los temores que genera este deporte.

Los zancudos hierven en mi frente sudorosa, pero los espanto para poder mirar el monstruoso pájaro plateado frente a mí. Es un DC3 y hasta su sombra es amenazantemente voluminosa. Sigo repasando en mi mente los siete pasos: cuente, agarre los mandos, verifique la cúpula, observe la posición de los otros paracaidistas, localice la zona de salto, determine la dirección del viento y prepárese para aterrizar a 50 metros. Todo parece tan fácil, pero ¿cómo saberlo si nunca lo he hecho antes? Los riesgos de responder a esa pregunta podrían ser fatales. Mi último pensamiento al abordar es que esta será la primera vez que saldré del avión de una manera distinta a como entré...

L os historiadores con frecuencia señalan los dibujos de lo que Leonardo da Vinci llamó el "tejado de carpa", como el primer estudio serio sobre el paracaidismo. El primer vuelo conocido fue realizado por el físico francés Sebastián Lenormand desde una torre en 1783 y fue seguido por el primer salto desde un globo en 1797. Fue sólo en este siglo cuando los paracaidistas empezaron a saltar desde aviones, lo que por primera vez se convirtió en una práctica común con los pilotos alemanes en la Primera Guerra Mundial.

La historia del paracaidismo en Colombia es un poco más vaga. El paracaidismo es una práctica militar que ha existido por décadas, pero como deporte ha sido una actividad poco organizada. Polo Merchán fue el primer instructor colombiano que enseñó paracaidismo a principios de los años 70. Trabajó como instructor en el Aeroclub de Colombia y posteriormente en Aero Centro. En esos días no existía una infraestructura sólida y los paracaidistas con frecuencia tenían que usar los paracaídas de los pilotos de la Segunda Guerra Mundial, perforando el material para darles alguna maniobrabilidad. Tanto la Fuerza Aérea como el Ejército permitieron el paracaidismo recreativo durante varios años, pero prohibieron el acceso a los civiles. El Club Civil de Paracaidismo fue fundado después de separarse de los militares y lleva cinco años funcionando. Durante muchos años el único club de paracaidismo con alguna infraestructura fue Águilas Doradas con sede en Bogotá, el cual fue cerrado después de un accidente fatal.

François Latorre, quien estuvo en el ejército francés durante 24 años, es la primera persona en traer a Colombia el paracaidismo como un deporte seguro y bien organizado. En Francia, país considerado como uno de los precursores en técnica y precaución del paracaidismo, François tiene certificación en los más altos niveles de entrenamiento civil y militar. Vino a Colombia primero hace cinco años con la Embajada de Francia y decidió abrir un club aquí. Sus motivaciones no son, como podía pensarse, hacer dinero con el deporte. Más bien espera darle a los colombianos la posibilidad de descubrir y aprender el deporte. François ha saltado más de 4.000 veces, lo que significa que si sólo hubiese saltado una vez al día para lograr esa cifra, hubiera tenido que pasar 10 años seguidos saltando desde los aviones. Si el paracaidismo es una adicción, la razón para fundar el club es simplemente la búsqueda de más adictos.

Miro a los que están a mi alrededor, no a los alumnos como yo que pueden estar paralizados de terror, sino a los paracaidistas más experimentados. Uno está parado en la puerta y el viento le acaricia la cara como a la vela de un barco. Otro abre una ventana a su lado y mira hacia abajo. Otra le manda un beso al novio. Pero luego capto la mirada del hombre que está sentado a mi lado. Tiene los ojos cerrados y no sé si está rezando, meditando, o si está fatigado después de la larga manejada desde Bogotá, pero lo interpreto como temor y su temor se vuelve el mío. Cada vez que el avión asciende, siento como si el corazón fuera jalado hacia la tierra. Repito las mismas palabras una y otra vez: "El miedo es un estado de la mente", pero cuando se hace la señal a los alumnos para levantarse, me doy cuenta de que es precisamente ese estado de la mente el que me hace temblar las rodillas. Alguien me dice que voy a experimentar el mejor momento de mi vida y le devuelvo mi mejor sonrisa. Sé que no es convincente.

n los tres años de existencia del Club Saint Michel, François calcula que más de mil alumnos han recibido su curso, 300 siguen saltando periódicamente y 150 lo hacen constantemente. Según la Aeronáutica Civil, para convertirse en instructor se requieren 20 saltos libres y la enseñanza de un instructor de paracaidismo. Esto equivaldría a recibir una instrucción de vuelo de una hora antes de empezar a volar. François requiere 4 meses de entrenamiento, y un mínimo de 100 saltos para ser instructor en su club. Y como dice él, enseñar el deporte es complicado: además de los métodos pedagógicos y sistemáticos, se debe comprender la sicología del deporte, conocer los temores del alumno con el fin de contrarrestar el pánico y el comportamiento irracional en el aire.

Hay dos elementos asustadores en el aprendizaje del paracaidismo: (1) casi la mitad de lo que se aprende en clase se refiere a la manera de reaccionar si algo sale mal, y (2) nada de lo que se aprende en clase se puede aplicar hasta no saltar realmente desde el avión. Pero usted debe preguntarse: ¿Si el deporte fuera tan difícil, entonces por qué alguien puede lograr que usted entre al avión después de sólo día y medio de entrenamiento? Franoois cree que un buen alumno también será un buen paracaidista.

Existen dos métodos para aprender a saltar. El primero es usar un cable estático. El cable está atado al punto más alto del paracaídas y cuando éste se empaca, el cable se dobla en la parte que tiene cosidos unos flaps duros. Estos flaps se insertan en las lazadas correspondientes que mantienen el paquete cerrado. Cuando se sube al avión para saltar, el cable estático se engancha a una cuerda fija. Cuando se da la señal y el paracaidista abandona el avión, el cable se tensiona y los flaps, al ser jalados del paquete, abren el paracaídas. La caída debe durar aproximadamente seis segundos antes de que el paracaídas se desprenda del cable estático. Si el paracaídas no abre, usted tiene uno de emergencia que debe jalar antes de 20 segundos después de haber salido del avión.

El segundo método se llama Accelerated Free Fall (caída libre acelerada), en el cual se aprenden los fundamentos de la caída libre (cuando se salta del avión sin cable estático y uno tiene entre 8 segundos y 1 minuto 40 segundos para abrir el paracaídas, dependiendo de sus habilidades), en la cual el arco del cuerpo y el movimiento de los brazos y piernas controlan el movimiento y dan la sensación de estar volando. En el curso AFF, uno va a una altura de 3.000 metros en el primer salto y salta del avión con dos instructores certificados. Ellos lo vigilan desde el aire para verificar que las formas del cuerpo estén bien y que uno abra el paracaídas antes de estar demasiado cerca a la tierra.

Empleando cualquiera de los dos métodos, François insiste en que usted empaque su propio paracaídas bajo la cuidadosa supervisión de

varios instructores. Es un ejercicio de concentración y cuidado (su vida está literalmente en, sus manos) y ciertamente una parte muy importante de la preparación mental para el salto, el cual, después de 12 a 14 horas de instrucción total y ensayos, dura apenas unos minutos.

El avión se nivela a 1.000 metros y nos hacen la señal de pararnos. Nos dirigimos al frente del avión en donde nuestros cables estáticos, conectados a la parte trasera del paracaídas, son conectados al cable en el avión. Álvaro está de primero en la puerta. Ha saltado antes y no titubea: cuando le dan la señal se arroja desde la puerta y veo que su cuerpo no tiene el arco apropiado. Antes de perderse de vista su cuerpo se retuerce bruscamente. El corazón me late violentamente. Sigue Mauricio, quien sólo espera la señal de François para lanzarse del avión. Harden salta en seguida sin perder tiempo. Me preparo en la puerta y me niego a mirar hacia abajo. Siento la adrenalina que me pasa como un corrientaza. Fijo mis ojos en François y clavamos la mirada en lo que se siente como una eternidad, quizás dos. Como en cámara lenta, asiente con la cabeza. Me volteo para afrontar los fuertes vientos.

Si usted le pregunta a cualquier colombiano lo que piensa del paracaidismo, probablemente le recordará 'el incidente de hace algunos años, cuando los noticieros mostraron la imagen de un niño de doce años que saltó de un avión y no le abrió el paracaídas. El paracaídas en realidad no tenía fallas. El accidente fue un descuido. El primer error fue que nadie inspeccionó el paracaídas del niño cuando se empacó. Por error él había enganchado las bandas elásticas, usadas para asegurar que el paracaídas abra rápidamente, a los dos flaps del paracaídas, enlazando los flaps. El segundo error fue dejar

que alguien tan joven saltara de un avión. Nunca le enseñaron a usar el paracaídas de emergencia.

A pesar de esto, hay miles de aterrizajes seguros cada año. Aunque François es el primero en admitir que existen peligros en el paracaidismo y accidentes inexplicables ocasionalmente, en sus más de 4.000 saltos nunca ha usado su paracaídas de emergencia (él dice que como estadística, cerca de 1 de cada 300 saltos requiere el de reserva). En todos los países que practican paracaidismo la tasa de mortalidad es de .001%. Como comentó un miembro del club cuando oyó a François por casualidad: "La parte más peligrosa del paracaidismo es el trayecto de Bogotá a Girardot a salí de la puerta, mantengo mis ojos abiertos en contra del instinto de cerrarlos, y siento que la gravedad me agarra como una bestia salvaje, arrastrándome hacia abajo, y todo esto está ocurriendo en instantáneas borrosas: el ala, la puerta abierta con el instructor y su mirada preocupada, el avión más pequeño ahora, una unidad visible y ningún lugar a dónde regresar... y luego se abre el paracaídas y todo se hace más lento. El mundo gradualmente se vuelve más y más familiar. Repaso los pasos sorprendido ante la simplicidad del proceso, aferrándome de los mandos para descubrir que son tan fáciles de usar como me habían dicho. Miro hacia abajo al mundo en pequeña escala, Girardot, colocado como una maqueta con sus pequeñas y brillantes piscinas y sus prados bien cuidados. Aumenta mi confianza, empiezo a jugar con el paracaídas, empujándolo cada vez un poco más, hasta que me estoy meciendo como un péndulo, fijando la vista en el aeropuerto donde quiero aterrizar.

A medida que me aproximo, calculo que estoy a 50 metros del suelo, y me coloco en posición, de aterrizaje. Cuando el mundo es pequeño desde arriba, el movimiento parece inocuamente lento, pero ahora, estando tan cerca, veo que estoy cayendo rápidamente. Pies juntos, rodillas tocándose, toque la tierra extendido y ruede. Pies juntos, rodillas tocándose, toque tierra extendido y ruede. Antes de tener una tercera oportunidad de repasarlo en mi mente, ya estoy en tierra y la toco con una fuerza tremenda. Estoy acostado de espaldas, en un seguro nido de pasto alto y miro el avioncito que esparce paracaídas de juguete por el cielo... quiero volver a estar allá arriba.
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