| 5/1/1995 12:00:00 AM

"¿Recuerdo Juana?" "El rey de Honka Monka"

Dos libros reconfortan el reencuentro con la literatura colombiana.

Salvo las contadas y conocidas excepciones, la literatura colombiana configura un pequeño y desolado universo de mediocridad y lugares comunes, donde siempre está ausente la ambición temática, el aliento poético, el talento silencioso y disciplinado donde la creación literaria se consolida y construye sus verdaderas posibilidades para recrear y narrar un mundo. Quizás por eso nuestra artificial y artificiosa fiesta literaria se regodea en la nostalgia de un supuesto y deslumbrante pasado, donde la sociedad colombiana se reconcilia con la significación de lo literario, celebrando con frenesí y ditirambo extenuante las cuatro o cinco gotas de poesía que hay en un José Asunción Silva, o las muchas lágrimas y melancolías románticas que palpitan en "María" de Jorge Isaacs:

Por eso resulta tan reconfortante y tan gratificarte encontrar de pronto una novela o un libro de cuentos donde la creación literaria denuncia talento, pulcritud narrativa, conocimiento del oficio y sinceridad existencial y expresiva para dar muestra y testimonio de ese bello y sagrado oficio de la creación literaria, que siempre será todo, pero que nunca podrá ser vulgar, frívolo o intrascendente oficio desvirtuado por escritores y poetisas de salón.

Dos libros, uno recientemente publicado por el Grupo Editorial Planeta de México en 1993 del escritor antioqueño Tomás González

Gutiérrez, y otro, la novela de Helena Iriarte titulada "¿Recuerdas Juana?" y publicado en 1989 por Carlos Valencia Editores, pero sólo conocida) en estos días por el autor de este comentario, nos permite modificar un poco ese concepto sobre la esterilidad y la mediocridad literaria en Colombia. Y también nos permiten reconciliarnos con la posibilidad y la esperanza de que quizás en el silencio esté fructificando un valioso y sugestivo esfuerzo creador.

L a breve novela de Helena Iriarte es una novela hermosa y concisa. Una obra que denuncia una evidente pulcritud y una rigurosa elegancia constructiva. Una novela donde siempre está de manifiesto un conocimiento sólido y seguro del oficio de escribir. Una novela que sabe transmitir una delicada e intimista atmósfera personal, que nos convierte la aventura vital de una niña, la protagonista, con sus temores y sus "viajes" interiores, sus emociones y sus recuerdos, en un bello y muy bien logrado juego de imágenes y metáforas que a veces estremecen y que a veces son también punto de desciframiento poético de nuestras muchas infancias y de nuestras muchas memorias. Una novela que sin duda merece mucho más reconocimiento y mucha más divulgación de la que hasta el momento ha tenido.

Tomás González, sobrino del inefable maestro Fernando González -el "De otra parte"-, es un talentoso narrador nacido en 1950 y de quien se conoce ya algo de su trabajo, pues publicó una breve y sugerente novela llamada "Primero estaba el mar" y posteriormente fue galardonado con el Premio Nacional de Novela que convocó la Editorial Plaza y Janés, con su libro "Para antes del olvido".

González, quien reside en Nueva York, publica ahora un libro de cuentos, "El rey de Honka Monka". Son cuatro relatos que logran perfilar con nitidez y seguridad los perfiles sicológicos y emocionales de personajes que viven, existiendo sus vidas entre ciertos asomos de rutina y normalidad, y ciertos atisbos de drama y disolución. Personajes que logran intensidad y que adquieren, a través de un manejo depurado del lenguaje, una gran verosimilitud y realidad humana. González no trabaja fetiches ni estereotipos, indaga vivencias y complejas situaciones existenciales con esa madura sobriedad que su evidente talento de escritor le permite.

Estos dos pequeños y hermosos libros nos posibilitan insistir en la esperanza de que se clarifique ese universo de mediocridad al que aludimos en el comienzo de esta nota. Esperemos que el libro de Tomás González pueda ser pronto difundido en Colombia, y también aconsejamos a quienes han perdido la fe en el proceso creativo de los escritores colombianos que lean la pequeña novela de Helena Iriarte. Pues sólo una gran reflexión y una sucesiva confrontación crítica de nuestro proceso literario puede abrir nuevas posibilidades a la ampliación de un firmamento creativo, donde para bien o para mal, donde con certidumbre o desmesura, donde con verdad o artificio, sólo parece brillar y conocerse una estrella.
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