| 10/1/1993 12:00:00 AM

PARQUES y otras calamidades

El Instituto Distrital de Recreación y Deporte debería llamarse Solofútbol. Un ente burocratizado es incapaz de mantener los parques de la ciudad.

Desde tiempos inmemoriales los hombres dedican parte de su tiempo al ocio, siguiendo el ejemplo del Señor que seis días después de hacer la luz descansó. La recreación, que cumple una función muy importante para los individuos y las familias, por lo general sólo está al alcance de los que tienen recursos económicos y pocos se dan cuenta de que es una de las más sentidas carencias ole los pobres.

En nuestro medio, los del jet set tienen islas y casas en Cartagena; los ricos sabaneros venidos a menos aún conservan sus casonas de hacienda, ahora rodeadas ole invernaderos plásticos, y otros se van a tina carísima parcela club en Girardot o Anapoima donde quedan tan cerca de sus vecinos como en las casetas de un centro vacacional; los de clase media se apretujan en su carro popular con niños, suegros, amigos y perro y se van a algún piqueteadero; los empleados tienen el club de su empresa o las cajas de compensación. Pero los pobres, los de Ciudad Bolívar, Bosa o Patio Bonito, no tienen más remedio que quedarse contemplando su propia pobreza.

Son escasas las opciones de los pobres los fines de semana: Los niños se ven forzados a salir de su casa cuando no rancho o inquilinato a buscar su distracción en la calle. Proliferan los partidos de fútbol en las calzadas, donde el riesgo menor es perder la pelota en una alcantarilla sin tapa, el billar con trago y trasnochada desde temprana edad y las borracheras con tejo para los hombres, con las conocidas consecuencias en las familias. Cuando ni siquiera tienen eso, aprenden a fingir defectos para pedir limosna, deambulan en pandillas rompiendo vidrios, roban por diversión y necesidad y de ahí a las ollas de droga, al crimen y al sicariato no hay sino un paso.

No se necesita ser muy perspicaz para intuir que el Estado debe brindar a los más necesitados una opción de recreación digna, no sólo como una oportunidad de descanso, sino porque la recreación organizada para la familia, que debe incluir también actividades culturales, tiene efectos insospechados en el desarrollo de las personas y de las comunidades y es quizá la acción más efectiva y barata para prevenir esas patologías sociales. Aunque en otras ciudades del país, especialmente en Cali, hay buenos programas de ese tipo, en Bogotá la situación es lamentable; sólo hay algunos esfuerzos privados, muy entusiastas pero insuficientes y sin el apoyo de las autoridades municipales. Pero lo importante, lo que debe corresponder al Estado, salvo las ciclovías y el apoyo al deporte organizado, brilla por su ausencia. Y no por falta de recursos.

El Instituto Distrital de Recreación y Deporte está burocratizado. Tiene cerca de 500 empleados y un presupuesto anual que asciende a la bicoca de $8.000 millones. ¿Y qué hace con tanta plata? Pues autosostenerse, porque no ofrece en parte alguna programas de recreación organizada y los parques recreativos a su cuidado están en un estado lamentable. Si algún osado se atreve a montar en los juegos mecánicos del Parque El Salitre, lo hace a riesgo de su propia vida y basta asomarse a El Tunal, a Montes o a Timiza para apreciar que los recursos para su mantenimiento se quedaron enredados en los escritorios del Instituto. La plata que le sobra de su funcionamiento la gasta en fútbol y en la construcción de coliseos deportivos que, según ha revelado un diario capitalino, poco se usan porque los coloca donde producen votos y no donde la gente los necesita. Le sentaría mejor el nombre de Instituto Solo fútbol, porque de recreación para las familias pobres: ¡nada!. Ante la incapacidad del Instituto, acertadamente decidió el alcalde entregarle algunos parques a las cajas de compensación, para que los mantengan con los dineros que ahorran por la exención del impuesto de industria y comercio. Pero lo que debería hacer el alcalde, si se lo permitieran los políticos locales, es cerrar el Instituto y canalizar esos recursos a programas de recreación popular y al cuidado de los parques. Y tiene los instrumentos, pues el nuevo Estatuto de Bogotá le permite reorganizar los' entes parásitos de la administración y contratar la recreación con particulares; ojalá haga pronto, en forma transparente en beneficio de la recreación de 1 s pobres.

Porque en esto de la recreación también al alcalde se le fueron luces, pues en vez de arreglar el Parque de la Florida, que aún en el estado de abandono en que se encuentra se llena de gente los fines de semana, decidió despresarlo: parte para un hipódromo y parte para el círculo de cronistas deportivos. El hipódromo en sí es bueno porque genera empleos y algo de recreación, siempre que la comunidad esté de acuerdo (es de suponer que el alcalde ya hizo la consulta a los vecinos que exige la Ley 9 de reforma urbana), pero ¿se justifica construir un hipódromo nuevo, existiendo uno moderno, .,bando nado y pudriéndose a la vista de todos, porque ni los alcaldes, ni los gobernadores, ni los criadores de caballos, ni los aficionados han logrado ponerse de acuerdo con los dueños del elefante (¿caballo?) blanco?

El panorama es lamentable y una muestra más de la necesidad de darle un revolcón a la administración de esta ciudad. No podemos seguir con fortines burocráticos sin otra función que ofrecer puestos a los dueños de los votos, con alcaldes y concejales que sólo están planeando la próxima el y con una comunidad indiferente y resignada a que cada día que pasa todo esto.
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