| 5/1/1995 12:00:00 AM

No hay varita mágica

Las soluciones a los problemas de Bogotá implican cambios de fondo, que tocan intereses de particulares y politiqueros.

Han pasado apenas tres meses del gobierno Mockus, y ya importantes voceros de la opinión pública le están reclamando la falta de soluciones a problemas como los de la inseguridad, o los trancones. Pero hay que reconocerlo: no hay soluciones mágicas a los problemas de las ciudades. Es posible construir la Bogotá que queremos y que Colombia requiere; pero ese proceso tomará varias décadas. Y exigirá cambios incómodos y aun dolorosos. No se cura un cáncer con aspirina. Veamos algunos de los posibles tratamientos a los males de nuestra capital e imaginemos los oponentes que se lleven a cabo.

Casi ninguna de las ciudades del mundo fue bien diseñada y construida desde un comienzo. Se han requerido demoliciones masivas para abrirle paso a las grandes avenidas y proyectos de renovación urbana. Para adelantar esos grandes proyectos en Bogotá, se requieren reformas legales que hagan mucho más expeditos los procedimientos de expropiación. Hoy se convierte en drama incluso la adquisición de un pequeño lote para hacer la oreja de un puente. Hasta en los Estados Unidos, donde la propiedad privada es sacrosanta, se tienen procedimientos de expropiación mucho más expeditos que en Colombia. De otra manera no habrían

podido construir los 8.000 kilómetros de autopistas urbanas que abrieron entre 1960 y 1980, demoliendo miles de edificaciones. Los bogotanos que claman por soluciones mágicas, por supuesto se opondrían.

Las autopistas urbanas en los Estados Unidos, así como los metros allá y en todos los países del mundo, además de otros proyectos como teatros y museos, han sido pagados por el gobierno nacional. En Colombia, Bogotá no recibe del gobierno nacional una sola inversión que merezca ese nombre desde hace 25 años. Por el contrario, la ciudad es la vaca de ordeño fiscal de la Nación y es severamente maltratada en el reparto de las transferencias. En 1995 Bogotá recibirá el 9% de las transferencias nacionales para educación, sin importar el hecho de que en la ciudad vive el 18% de los niños colombianos. Aunque hay buena voluntad de parte del actual gobierno, darle a Bogotá un tratamiento fiscal equitativo va a exigir mucho tiempo y muchas batallas.

Apenas comienza a prosperar un proyecto, surgen los opositores de oficio, como maleza. La indispensable autopista periférica de occidente, que debería conectar a Soacha con Tocancipá, con unos 8 carriles en cada dirección, cuenta con estudios e incluso apoyo del gobierno nacional. Se enfrenta a algunos terratenientes y políticos

locales de los municipios que serían los principales beneficiados. El problema es que, como todo lo importante que se puede hacer por una ciudad, los principales beneficios sólo se verían en 30 o 40 años, cuando la metrópolis tenga 25.000 hectáreas más y 3 millones de vehículos adicionales.

Otra vía indispensable, que podría autofinanciarse con peajes, es una verdadera circunvalar de oriente, con unos 4 carriles en cada dirección, por encima de la que hoy existe, con los puentes túneles que requiera. Pero también surgen los enemigos, que no quieren tocar la montaña. Aunque es indispensable abrir avenidas y autopistas, la realidad es que una ciudad tan densa como Bogotá no podrá funcionar con base en el automóvil privado. Tendrá que moverse como transporte público y eso significa metro y buses. Es indispensable comenzar a desestimular el uso del automóvil privado, por lo menos restringiendo severamente el estacionamiento en vías y andenes. Eso es incómodo para muchos y por lo tanto inaceptable. No es mágico.

Todas las inversiones y servicios que desean los ciudadanos requieren recursos; esto es, impuestos. Eso, por supuesto, es intolerable para los amantes de la magia. No importa que más de veinte ciudades colombianas ya estén cobrando una sobre tasa a la gasolina; o que la gasolina colombiana sea una de las más baratas del mundo; más barata incluso que la de países mucho más pobres, o de otros con recursos petroleros muy superiores a los colombianos. Es indispensable hacer una revisión a fondo de la estratificación de la ciudad, porque el mejoramiento a través del tiempo de muchos barrios así lo amerita y porque es necesario arreglar los cambios injustificados de estrato que muchos avivatos de todos los estratos han logrado a través de intrigas y presiones de comunidades gritando en las empresas distritales. Hay que revivir el cobro de la valorización local, con el que se financiaron todas las obras importantes de la ciudad en los años cincuenta y hasta los sesenta, que hoy está muerto, víctima de la politiquería, la ineficiencia y el leguleyismo, al servicio de los amantes de la magia, que querían obras, pero gratis.

La Universidad Distrital tiene un costo por alumno tres veces superior a la Javeriana, los Andes o el Externado. Eso por supuesto no se puede arreglar, porque se afectarían los "estudiantes".

La mayoría de los profesionales en las entidades distritales ganan mucho menos que sus contrapartes en el sector privado. Esto debe remediarse, para volver eficiente una organización que gasta $4 billones anuales. Pero por supuesto esto implicaría una reestructuración a fondo. Sobran entidades. Sobra mucha gente. Numerosas labores realizadas por entidades distritales se podrían hacer mejor y a menor costo contratando con el sector privado. Pero cambios como los que se requieren afectarían a los beneficiarios de la ineficiencia. Y lo que se exige son soluciones que no incomoden a nadie.

No queremos que el espacio público sea invadido, pero tampoco queremos molestar a quienes lo invaden. La capital de Colombia tiene la desgracia de tener un centro histórico mezquino, rodeado de edificaciones en ruinas, que albergan toda clase de degeneramientos e ilegalidades. Lo positivo de esa situación es que brinda la oportunidad de adquirir a muy bajo costo terrenos muy extensos al sur y occidente de la Casa de Nariño, para hacer las enormes plazas, avenidas y edificaciones del centro histórico que merece Colombia. Que además serviría para integrar el norte y el sur de la ciudad. Pero ya se oyen las voces de quienes se oponen a la demolición del sector, defensores de una mítica trama social, o del valor cultural inmenso de unas casas mal copiadas de Europa hace menos de 100 años.

Habría que pensar en reservar los terrenos que requerirá el aeropuerto para la ciudad de 12 millones de habitantes y un ingreso per cápita superior a los US$15.000 que será la Bogotá del 2040; pero eso es engorroso, costoso y sobre todo muy lejano. Que un mago llegue a la alcaldía o al Ministerio de Obras en el 2040, y arregle el problema.

Nada más importante o grave que el problema de la vivienda popular. 300 de las 450 hectáreas que crece anualmente la ciudad corresponden a barrios piratas, con problemas de títulos, de servicios, de vías, de falta de parques. Allí habrán de crecer muchas generaciones de niños colombianos. Si la ciudad construida hasta ahora en buena parte quedó mal hecha, por lo menos se debe hacer bien lo que falta. Pero eso implica planear en grande la ocupación de miles de hectáreas adicionales, llevando el acueducto, las grandes vías, reservando los parques; y cobrando esa infraestructura por valorización. Pero a eso se oponen los propietarios; y se oponen los amantes de la magia que consideran posible frenar el crecimiento de la ciudad.

El censo y cualquier visita a los barrios más pobres de la ciudad, muestran que el excesivo número de hijos en los estratos bajos es un problema al que hay que asignar la máxima prioridad. Pero cualquier intento de adelantar programas masivos para estimular el control de la natalidad, se estrellan contra algunos a quienes preocupa más la próxima vida, que ésta. Campañas masivas contra un mal más grave aún, como es el consumo excesivo de bebidas destiladas y cerveza, se enfrentan a otros intereses, menos esotéricos, pero más poderosos. Que la gente se eduque sola en asuntos como el control de la natalidad y el consumo de alcohol. Como por arte de magia.

Posiblemente no hay una ciudad más insegura en el planeta. Pero el leguleyismo hace prácticamente imposible que los bandidos atrapados vayan a la cárcel. Se insiste por ejemplo en que los ciudadanos testifiquen contra los miembros de las bandas del barrio, que saben dónde vive el ciudadano y quiénes son sus familiares. O la legislación da a los jueces la posibilidad de dejar libres a los menores, así tengan diez y siete años y 364 días, y hayan cometido las peores atrocidades. Para la ciudadanía la máxima prioridad es la seguridad. Pero se exige lograrla sin causarle incomodidades a nadie; ni siquiera a los criminales. Para algo está la magia. Con frecuencia la excusa para no tener una legislación que permita condenar de manera más expedita a los delincuentes, es que no habría cárceles para albergar a los condenados. Pero destinarle más recursos a las cárceles implica quitárselos a otros sectores. Y esto es intolerable en el reino de la magia.

Los ciudadanos se quejan de los problemas de su ciudad, pero prácticamente no le prestan atención

a su voto para el Concejo. Y aunque critican intensamente a sus gobernantes y a toda la administración, pocos son los ejecutivos competentes dispuestos a darle unos años de su trabajo al Distrito. Que lo hagan otros, que aparecerán de algún modo, en alguna parte, con sólo repetir cuidadosamente "¡abra-cadabra...!"

La descentralización de Bogotá está mal hecha. Las localidades no tienen recursos ni autoridad para sus funciones más importantes, como el control de las construcciones y el espacio público. Casi todas las localidades son demasiado grandes y están lejos de representar la participación comunitaria para la que supuestamente se crearon; difícilmente el 5% de la población de una localidad conoce el nombre de un edil. No obstante muy valiosas excepciones, la politiquería se ha entronizado a este nivel mucho más aún que al nivel central. Rehacer la descentralización es técnicamente posible. Pero se enfrentará a la oposición de quienes ya han consolidado sus pequeños pero poderosos feudos, muy lejos del control de la prensa, o la opinión en general. Lo ideal es que los concejales, o por lo menos la mayoría de ellos, se eligieran por localidad, para abrirle el paso a líderes cívicos. Pero los políticos profesionales con puchos de votos en diversos rincones de la ciudad no están interesados. Y ya está claro que las propuestas que afecten a alguien, son inaceptables.

Es indispensable organizar la planeación conjunta de Bogotá con su región circundante. Por ejemplo Soacha, cuya población en buena parte trabaja y estudia en Bogotá, que tiene agua, teléfono y electricidad de las empresas bogotanas, tiene la misma relación con el Distrito que el municipio más alejado del Guainía. Pero la nueva Constitución estableció un mecanismo tan engorroso para la creación del área metropolitana, que ésta difícilmente podrá convertirse en realidad. Confiemos en la magia de la planificación espontánea.

El período de sólo tres años, sin reelección inmediata para el alcalde de Bogotá, es un tropicalismo que produce risa en el exterior. Pero extender el período o abrirle paso a la reelección amenazaría a engranajes políticos establecidos y es por lo tanto impensable.

El alcalde Mockus hará una muy buena gestión. Pero él es un filósofo, no un mago; aunque algunos críticos parezcan suponer lo contrario. Sacará adelante proyectos de gran importancia y esbozará rumbos para el futuro. Pero así como los problemas que hoy padece nuestra ciudad son el resultado de las decisiones y sobre todo de las indecisiones de los últimos 30 años, lo verdaderamente importante que se comience a hacer hoy será verdaderamente apreciado después de muchos años. Y es bueno que nos hagamos a la idea que cualquier proyecto de solución afecta intereses, concepciones, implica esfuerzo y aun sacrificio; y toma tiempo.
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