| 12/1/1995 12:00:00 AM

Minifimdios urbanos

Bogotá se ha desarrollado por pedacitos. Es indispensable la planeación urbana para el futuro desarrollo de la sabana.

No es posible explicar el crecimiento desordenado de Bogotá con una sola causa. Son muchas y han sido muy comentadas: la inmigración descontrolada, la falta de planeación, el egoísmo de los ciudadanos -que ya no son bogotanos, sino costeños, tolimenses, antioqueños, llaneros y todo lo demás-, el afán de lucro de los propietarios de terrenos y terrenitos y también el afán de lucro de los funcionarios venales, la incapacidad del Estado para hacer cumplir las normas, y al mismo tiempo la confusa y contradictoria proliferación de ellas, lo que fomenta las construcciones ilegales y obliga a constructores serios a lanzarse a la informalidad, el pozo sin fondo de la burocracia distrital, donde se esfuman todos los recursos, sumado a la indiferencia del gobierno nacional -y de todo el país- por su capital. Pero sin quitarle importancia a estos problemas, que son fundamentales, hay un fenómeno que ha sido fatal en las últimas tres décadas de crecimiento de Bogotá y es lo que podríamos llamar el desarrollo por "minifundios urbanos".

Nuestro ordenamiento legal asimila el derecho individual de propiedad al derecho individual de urbanización. Y así, en la medida en que los municipios incorporan nuevas tierras al perímetro urbano, los propietarios adquieren el derecho de urbanizar sus terrenos, sin importar su tamaño y sin contar con los predios vecinos. En la mayoría de los países el Estado establece las normas de desarrollo de las nuevas tierras a partir de un plan de ordenamiento urbano -del que también carecemos en Bogotá- y con diferentes mecanismos hace que los propietarios vecinos se asocien para que las urbanizaciones tengan un tamaño mínimo. Se logran entonces barrios balanceados, con vías locales que tienen continuidad, con parques de buen tamaño y con una adecuada mezcla de usos para atenderlas necesidades de la población de esas zonas. Pero aquí no es así, y es solamente el azar lo que ha determinado que unos barrios de nuestra ciudad hayan resultado buenos y que otros sean un desastre, pues el tamaño de una urbanización nueva depende del tamaño de la finca recién incorporada a la ciudad.

En épocas pasadas, Bogotá estaba rodeada de haciendas relativamente grandes, y como el crecimiento vertiginoso de la ciudad llegó de súbito, doblando su población cada 10 años a partir de 1940, inicialmente los latifundios aledaños no se subdividieron y se urbanizaron con un diseño integral que produjo barrios sensatos. Así ocurrió con haciendas como Montes en el sur o El Chicó en el norte; eran grandes globos de un solo propietario y su desarrollo se encomendó integralmente a las pocas firmas que por entonces se ocupaban de esos menesteres, y así se crearon unos pedazos de ciudad bastante mejores que los nuevos de ahora. Quizá el mejor ejemplo es El Salitre, más de 1.000 hectáreas legadas a la Beneficencia por don José Joaquín Vargas hacia 1930 y que también por azar, por pertenecer a una entidad anquilosada, mantuvo un tamaño sensato a pesar de sucesivas desmembraciones. Recientemente se urbanizó, con todas las de la ley, logrando un barrio que hoy es ejemplo de diseño urbano.

Pero donde las haciendas se habían parcelado, como ocurrió con los sectores de Cedritos y aledaños, al norte de la calle 134 y al oeste de la carrera 7a., se creó una ciudad a partir de minifundios rurales, porque cada propietario urbanizó su pedacito sin contar con los vecinos ni con un plan regulador. Allí las vías no tienen continuidad porque se hicieron sólo para acceder a cada parcela, desprendiéndose del camino principal, cada conjuntico tiene un parque minúsculo porque según las normas los parques públicos deben ser un porcentaje fijó del área urbanizada, lo que es sensato en una extensión grande pero no tiene sentido en los minifundios y, además, las zonas comerciales están donde no caben, porque cada propietario desarrolló su predio cuando los demás eran potreros y no había demanda de almacenes; ésta llegó cuando estaba todo construido y ocurrió lo de siempre, que las casas se volvieron tiendas y talleres y los pocos andenes son estacionamientos.

Y seguimos así, porque el derecho de urbanización por minifundios está vigente y todas las tierras aledañas a la capital se están parcelando, acogiéndose a una norma de la CAR que permite una vivienda por cada 3 hectáreas. Cuando el desarrollo llegue a ellas -o desde ahora, como ya ocurrió en la zona de Guaymaral- cada propietario volverá su finquita un conjunto cerrado y ¡adiós ciudad con trama urbana, parques y vías!

Hoy hay algunas luces: tanto en Planeación Nacional como en el Distrito están buscando fórmulas para propiciar el desarrollo en globos grandes, y ese es el primer paso. Pero ojalá no nos quedemos con la típica solución colombiana, pensando que al cambiar las leyes se arregla el problema. Se necesita, para empezar, que las autoridades caigan en la cuenta de que Bogotá está creciendo y no cabe en el perímetro actual y que los ciudadanos entiendan que, a pesar de que suene bonito, esto de no "urbanizar la sabana" ya no es posible, por lo menos a corto plazo, y si hay que hacerlo, debe hacerse bien. Entonces hace falta señalar las áreas de expansión en los municipios vecinos y establecer criterios sensatos de desarrollo, más que planes específicos, para que esa nueva ciudad sea mejor que la actual. Para eso se necesita un trabajo conjunto del Distrito y la Gobernación y que, por difícil que suene, don Antanas se ponga de acuerdo con doña Leonor, porque eso sí sería verdaderamente "formar ciudad"
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