| 8/1/1993 12:00:00 AM

Las virtudes del trópico

El contraflujo vehicular reemplazó al metro en Bogotá. El pragmatismo tercermundista nos reconcilia con el caos de la capital.

Nos hemos convertido en usuarios refunfuñones de Bogotá a causa del colapso del orden público, de las vías, del tráfico y de los servicios, pero deberíamos detenernos a pensar si todo ese "desmadre" no podría atenuarse con un enfoque diferente de la vida, que mitigue parte de la ansiedad e incertidumbre en que vivimos.

Hay incidentes de la vida diaria que nos invitan a recapacitar sobre las virtudes de vivir en una ciudad tercermundista y tropical.

El primer incidente tiene que ver con la medida idiosincrática de reversar tres veces al día el tráfico de la carrera séptima, con la cual debería producirse un sinnúmero de muertos, cosa que no ha ocurrido, por lo menos en esas proporciones apocalípticas. El cuento va a que un amigo extranjero estaba invitado al norte de la ciudad, razón por la cual lo recogí en el Hotel Tequendama a las 4:55 de la tarde. A medio camino y habiendo optado por tomar la calzada occidental de la citada avenida, ya que mi reloj marcaba las cinco pasadas, me preguntó mi amigo, con la discreción propia de los nórdicos, cómo era que funcionaba el tráfico de Bogotá, ya que durante los últimos minutos habíamos cruzado varios automóviles que venían en sentido contrario con las luces encendidas. Naturalmente yo le expliqué la razón de ser de esta situación aparentemente insólita: exactamente a la hora del té inglesa se cambia el sentido del tráfico de la calzada occidental y los carros que viajan hacia el sur deben salirse precipitadamente y buscar su camino por vías alternas; pero como en el trópico es difícil hacer coincidir la hora en todos los relojes, existe un período -the twilight zone-, cuando cada uno hace lo que más le conviene y todos comparten amigablemente la vía en ambos sentidos, con la única consigna de encender las luces del automóvil. Más aún, le conté que este mecanismo ha dado tan buenos resultados, que ahora se aplica también en las carreteras nacionales, donde buses y camiones, en su impaciencia, optan por viajar en contravía, avisándole con las luces a los carros pequeños que viajan por su carril en sentido contrario que deben quitarse de en medio o ser espachurrados.

Cuál no sería mi sorpresa cuando el inglés, sin pestañear, me confesó que consideraba que este tipo de convivencia informal reflejaba un alto grado de civilización, pues si esta medida se implantara en países como el suyo, no habría suficientes hospitales para atender a los heridos ni clínicas de reposo donde calmar a los conductores, ya que sería imposible lograr este grado de elasticidad en un sistema tan rígido y preciso como debe ser el tráfico.

El segundo incidente corresponde también a la visita de otro anglosajón, que con motivo de la apertura económica vino a estudiar la posibilidad de que su empresa invirtiera en el país. Desafortunadamente su presencia coincidió con el racionamiento energético y con la huelga telefónica. Esas vicisitudes, junto con las que se originan en que algunas carreteras están tomadas por la guerrilla, que los puertos marítimos funcionan en forma intermitente y que los aeropuertos carecen de ayudas de navegación y los aviones llegan con las luces encendidas, esquivándose unos a otros, como los carros de marras, y sin mencionar la incertidumbre legislativa causada por el estreno de la tutela, hicieron tambalear las simpatías de mi amigo.

De ahí mi sorpresa cuando en la siguiente ocasión en que lo encontré, estaba enamorado del país y pregonaba su determinación de venirse a vivir a Bogotá. Ante mi escepticismo sobre el funcionamiento de su sistema mental, me hizo la siguiente reflexión: la vida en los países civilizados transcurre, por lo general, dentro de parámetros monótonos: los trenes son cumplidos, las calles están pavimentadas y mantenidas, los policías capturan a los malhechores, la justicia los condena, etc., etc.; todo lo cual lleva a que uno menosprecie lo grato que es llegar vivo a la casa al final de cada día, proeza que se constituye en motivo de celebración cotidiana.

La tercera experiencia me ocurrió durante un viaje a Suiza. Esperaba el tren en un pequeño pueblo alpino de ese país donde todo funciona literalmente como un reloj, cuando anunciaron, en cinco idiomas, que el tren de las 3:28 pasaría con cuatro minutos de retraso. Mientras pensaba en la perfección del sistema ferroviario europeo y lo comparaba con nuestro caótico transporte público, un viejo campesino, enrojecido de la ira y al borde de un ataque de apoplejía, increpaba a gritos al pobre encargado de la estación por el deplorable servicio. Estaba mucho más alterado que cualquier conductor bogotano en la mitad de un trancón.

Debo reconocer que ante las dos lecciones de "buscarle la comba al palo" y al ver la angustia irracional que produce vivir en un país perfecto, he resuelto pensar más juiciosamente sobre la actitud de mis dos amigos ingleses, ya que, aunque no llegue a compartirla, probablemente me ayude a mantenerme alejado del tratamiento siquiátrico al que estoy abocado si sigo maldiciendo cada día por el grado de contaminación, congestión e inseguridad en que vivimos.
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