| 7/1/1995 12:00:00 AM

La Posada de don Pedro

En Cucunubá se levanta un agradable hotel construido por Pedro Gómez, con atención y comida comparables a la de Casa Medina.

Realmente lo único que no es amistoso en el pueblo natal de Pedro Gómez, Cucunubá, son los burros. Cuando usted se les acerca caminando, echan las orejas para atrás y lo miran sospechosamente. Un paso más y empiezan a mover sus traseros rápidamente, apuntando. Tóquelos y corren velozmente, lanzándole los cascos. Sus amigos se reirán. Los burros asesinos de Cucunubá.

Bueno, el paraíso siempre tiene una serpiente y mientras usted no se acerque demasiado a los burros, seguramente disfrutará del pequeño pueblo de Cucunubá y de su hotel de primera, La Posada de Don Pedro. Situado en Cundinamarca, a ocho kilómetros de Ubaté y hora y media de Bogotá, Cucunubá significa "el aroma de las flores" en muisca, y la posada es un ejemplo de ello. Rosas silvestres, geranios y helechos colgados, llenan el patio de esta casa colonial de 200 años que Pedro Gómez, urbanizador y propietario de los hoteles La Fontana y Casa Medina, convirtió en un hotel de siete habitaciones hace dos años. Quería devolverle algo al pueblo donde nació.

La idea original de Gómez era atraer al campo a los extranjeros, pero desde entonces los cachacos que quieren escaparse de las presiones de vivir con siete millones de personas, han estado ocupando esta aldea de 1.000 habitantes. Las parejas y los grupos de amigos traen sus jeeps y sus Peugeot y se olvidan de la ciudad que dejaron atrás. La posada y Cucunubá lo llevan a usted a la época colonial.

Las habitaciones con sus techos altos de envejecidas vigas de eucaliptus y las paredes pintadas de blanco con reproducciones de arte, invocan el pasado y el ambiente se complementa con austeros muebles coloniales que llenan los rincones de la habitación, con la suavidad de la madera usada. Para quienes temen encontrar los típicos sanitarios coloniales afuera, tranquilos -los baños rompen el molde- con brillantes baldosines y bastante agua caliente en la ducha.

En La Posada, administrada por Mauricio Muñoz y su esposa Sonia Robayo, usted encontrará el servicio y la clase de Casa Medina. Lo esperan canastas de fruta en cada habitación y el personal subrepticiamente le lleva una jarra de agua y apaga las luces cuando cae la noche.

"Esto no es un hotel frío, tradicional", dice Mauricio. "Tratamos de hacerlo sentir como si estuviera en su casa, pero escapándose de la rutina de la ciudad. Le ofrecemos paz y tranquilidad aquí, este es realmente el sitio para descansar". Y realmente usted descansa. Las camas y las cobijas de lana, así como las almohadas de plumas, lo abrazan y no lo sueltan hasta tarde en la mañana. Sólo el apetito lo hará salir del calor y la oscuridad del cuarto con postigos.

Usted se sentirá agradecido, porque la comida es de igual calidad que el alojamiento. El desayuno incluye caldo con huevos y panes recién hechos que se deshacen en la boca. El almuerzo y la comida constan de tres platos -sopa, plato principal y postre-, todo al estilo casero. Sopa de coliflor, carne cubierta con tomates y cebolla, y fresas también constituyen un menú típico. Las comidas se sirven en mesas de hierro forjado en el patio o en el comedor, con vista a la plaza.

La iglesia con su fachada de piedra domina la plaza y la vida del pueblo, llamando con frecuencia a los niños que llegan tarde al catecismo en un resonante altoparlante. Edificios pintados de verde y blanco rodean la calle empedrada y el parque lleno de árboles. Dos tiendas de artesanías ofrecen el mejor trabajo de este pueblo artesanal, en objetos que van desde ruanas hasta tapetes. El pueblo también tiene uno de los más altos porcentajes de tiendas en el mundo. O al menos así parece. Dos o tres tiendas en cada cuadra y los hombres se paran al lado y beben cerveza mientras que las muchachas charlan y toman gaseosa.

Encima del pueblo, en la punta de una piedra, la Capilla de Lourdes domina el valle de tierra cultivada y de ásperas montañas rocosas. Hay carreteras destapadas que atraviesan la región y, para explorarla, el hotel alquila bicicletas todo terreno. Particularmente popular es la Laguna de Cucunubá, a seis kilómetros del pueblo, en un fácil paseo. Por la carretera, con curvas y traqueteo, se atraviesan campos de vacas lecheras y cerdos parados como estacas, asoleándose. Para los más aventureros, el camino sigue hasta las peñas, pasando por pequeñas fincas y plantaciones de pinos. No olvide llevar el picnic que el hotel le preparará.

Los que tienen carros de doble transmisión pueden aventurarse más adelante y cruzar las colinas hacia la Laguna de Suesca, parando a conocer las minas de carbón que son la base de la economía de la región. Algunas funcionan en grande, mecanizadas, mientras que otras son simples huecos de 100 metros de profundidad. Los que no tienen vehículos apropiados pueden visitar Ubaté, en donde la Basílica Menor se levanta con sus cúspides cubiertas de tallas, y donde las tiendas de quesos los atraerán con su fuerte olor. Recomendamos especialmente el Hato Chips, situado debajo del letrero a la entrada al pueblo. Mientras roe el queso, puede regresar a La Posada, sabiendo que el fin de semana fue bien aprovechado y ya tendrá deseos de volver. Como escribió un huésped en el registro: "Como el buen vino, La Posada sigue mejorando con el tiempo".

Hay tres categorías de precios en La Posada. Por la suite grande, que incluye salón, comedor y es más amplia que muchos apartamentos en Bogotá, el precio por noche es de $80.000. La suite júnior, con salón, tiene una tarifa de $60.000. Todas las habitaciones sencillas tienen baño privado y cuestan $43.000. El costo por persona adicional es de $14.000. Se agrega 14% del IVA a todos los precios. Se pueden hacer reservaciones en Casa Medina, Cra. 7 No. 69A-22, teléfono 2126657.
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