| 11/1/1995 12:00:00 AM

La desmesura y el humor

Lucky Cheng's en Nueva York es el Village. No se lo pierda.

EL East Village de New York es una especie de Universidad de Berkeley, en donde la inteligencia emocional reemplazó desde hace tiempos al I.Q. Mientras en la universidad californiana se diseñan los futuros posibles y se experimenta con los futuros absurdos, todo en dicho barrio está diseñado dentro de unas normas no hechas ni por ni para espíritus frágiles ni hígados delicados. El East Village no predica nada, no pretende demostrar nada: es la contracultura.

Cuando para ningún neoyor-kino nada es extraño, cuando en medio de esa ciudad de locos distinguirse por lo extravagante es casi imposible, el East Village se encierra como un bastión al borde del abismo constante, indiferente por completo al paso del tiempo, en un escenario donde lo punk violento pero espontáneo convive con la nostalgia de los sesenta, con los poetas benditos y malditos, con la iconografía más beata del mundo y con tal promoción de nuevas drogas que haría ruborizarse a Pablo Escobar. Hasta la nomenclatura es diferente: tienen su avenida A, que es la misma B antes de contorsionarse y hacer una U digna de un bus ejecutivo. La calle S se convierte súbita y temporalmente en San Marcos en el sitio menos santo de la localidad.

Precisamente en St. Mark St.. en la esquina con la Ist St., está uno de los clásicos sitios de encuentro de NY, delicioso para emprender una

jornada gastronómica nocturna que no se podrá olvidar: el St. Mark's Bar. Se podría definir como una olla elegante (sic), como un lugar que

no puede decaer porque no tiene para dónde (no es una alusión política), como el último lugar de la tierra donde podría ir en sano uso de sus facultades, etc. Es así de encantador. Toda la gente bella del mundo, entre los veintidós y los setenta años, la ropa de marca, Tiffany, champaña.

Al fondo, un teatrino sórdido, habitado por un piano de cola cubierto de copas permanentemente llenas y botellas perpetuamente vacías, una batería antigua, un saxofonista nerd y la cantante que repite canciones de Sinatra, Tony Bennett y Nat King Cole, en versiones de cadencia inconcebible y luego pasa un sombrero de copa raído para los tips. Si alguien del sexo débil, de ese que en Antioquia inventó la tusa, llega a oír allí el tema central de Casablanca, comprenderá que "As times goes by" es el equivalente musical a la primera página de La Fugitiva de Proust. Y que esa tonada, que los americanos venden en la sección de "easy listening", en la versión del sitio se convierte en lo mismo que el presidente Betancourt evoca como beberse un despecho, pero reemplazada la música de carrilera por esa especie de aria de angustiosa evocación, para piano, percusión, saxo, vino rojo y gorda.

Asumida o superada la nostalgia de este rincón, se toma hacia el

sur y aparece Lucky's Cheng. Un edificio del barrio, gris, anónimo, rematado por un letrero anodino: nada presagia el banquete, de no ser por algún Lotus o varios Rolls que se detienen un momento a botar pieles y jeans de rockeros conocidos.

La acomodadora, o bueno, el acomodador que pasó a ser acomodadora o ambas cosas a la vez, luce como un o una vietnamita que hubiera sufrido en sus antecesores genéticos las pruebas atómicas de vanidad de Chirac, sonríe desde sus dos metros de musculatura rematados con silicona semioculta por cabellos rubios, y hace alguna broma sobre el clima con voz de bajo profundo y entonación de actriz de telenovela: es el barrio. Y la decoración, a pesar de cierta oscuridad de gran impacto escenográfico, es un marco de curioso buen gusto para el desconcierto que causa. Luego, todo es el paraíso para el paladar; y una de las características de ese paraíso, es que como en el primitivo, las cosas deben ser denominadas, bautizadas, aunque en la carta intenten decir que son: "satay", "bruth", "wakamie", "taro", son algunas de las expresiones más legibles que se encuentran y que realmente son tan fáciles de entender como las explicaciones de

que dijo o no dijo o quiso o no decir el ministro Serpa. Y, a propósito de política y gastronomía, ¿por qué será que al presidente lo estarán llamando, irrespetuosamente, claro está, "pavo"?

Para abrir un apetito cosmopolita, una cerveza vietnamita como la 33 Reserve; o japonesa: Asahi, Sapporo Draft o Kirin Light; o tailandesa, o inglesa o china: Tsing Tao. O los vinos blancos innumerables, entre los cuales se destacan el Stellenryck Chard, muy seco, el Bollini Pinot Grigio y el Bouchard Poully Fuisse que tiene la ventaja de contrastar y armonizar simultáneamente con la mayoría de las salsas de la casa. Los vinos rojos, buenos califomianos en su mayoría, tienen el defecto de venir un poco tibios, al estilo de lo que se consideraba elegante hace unos años en las casas de la aristocracia enológica provinciana. El Beringer White Zinfgandel, única opción de vino rosado, resulta flojo.

Otra posibilidad es confiar en la sabiduría del barman, un gigante hijo de suizos y esquimales o algo similar, que prepara a la perfección los cocteles más difíciles, mientras sus pestañas verdes comentan lo que acontece a su alrededor.

Ya para empezar con la sección sólida de la comida, hay unos crocantes rollos de verduras bañados en salsa de maní; calamares fritos con salsa picante y dulce o un plato de entradas de la casa (Chefs choice Pu-Pu Platter), que ofrecen verdaderas novedades de sabor y textura. Otra posibilidad para el abrebocas son las ensaladas: pollo y fríjoles chinos con vinagreta aromatizada con menta, aguacate con ceviche fresco, verduras matizadas con ginger.

En la parte sustancial, el pato confitado con puré de papas al que le añaden ese pique milagroso del wasabi; halibut en salsa de ajonjolí, para acompañar el cual se sugiere un arroz al vapor de jazmín; o una de las especialidades de la casa, el salmón ligeramente cocido en limoncillo, hojas tiernas de limón y ginger, con su aderezo indescriptible de mango pintón marinado en yogur con hierbas frescas. Si se desea profundizar en un toque aún más oriental, están los platos manejados en el wok: arroz salvaje con pescado y almendras, al cual se le pueden añadir camarones; o trocitos de bambú; o pasta de atroz con lajas de pato horneado a la perfección y esa maravilla que son los tomates secos al sol.

Con sobrada razón los libros sobre cocina neoyorkina califican a Lucky Cheng's como una de las mejores experiencias para el paladar en la ciudad. Y el placer no sólo queda en la boca: los aromas, colores, el servicio, inusitado pero ultra profesional, y los comensales, contribuyen a hacerlo ineludible. Y como curiosidad, la cuenta sin licores no es más grave que la de muchas hamburgueserías venidas a más en. Bogotá.

Lucky Cheng"s, 24 First Avenue, New York, NY, con sucursales en New Orleans, 720 Saint Louis y en Miami, 1412 Ocean Drive, South Beach.
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