| 8/1/1997 12:00:00 AM

La conquista del azúcar

Tierras e industria: la saga de Hernando Caicedo.

Hernando Caicedo quería convertirse en una leyenda. Y lo logró. Leyenda de riqueza, poder y reconocimiento. Cuando murió era el hombre más rico del Valle del Cauca, fundador y propietario de los Ingenios Riopaila y Central Castilla, de la Fábrica de Dulces Colombina, adicionados con una respetable fortuna en tierras y ganados y un gran peso e influencia en la vida política y social del país.



Las esquelas, notas periodísticas, condecoraciones y mensajes de condolencia que la familia recibió en los días siguientes al 8 de marzo de 1966, a raíz de la muerte de Hernando Caicedo, dieron para editar dos volúmenes de más de quinientas páginas cada uno. Se manifestaron las entidades públicas y privadas del país, personalidades y dirigentes de Bogotá, de las distintas capitales de departamentos y los amigos y las gentes del común, de las poblaciones del Valle del Cauca y en especial de Palmira, su tierra natal, que lo habían acompañado en la gran saga.



A los veintiocho años de edad, en 1918, tomó posesión de las 415 fanegadas que había comprado, en la margen izquierdo del río La Paila, en el municipio de Zarzal, norte del Valle del Cauca. En ésta que sería la primera de sus numerosas propiedades, Riopaila, empezó la realización de un sueño y de un propósito. Este predio era parte de las grandes extensiones de tierras que desde el siglo XVIII habían estado, de alguna forma en posesión de la familia Caicedo, por la vía de don Nicolás Caicedo de Hinestrosa, el Alférez Real de Cali, dueño de las haciendas de Cañasgordas, Tapias, Alisal, Piedechinche, Coronado, Papagayeros, Mulaló, El Overo y Bugalagrande. El volver a poseer esas tierras tenía para Hernando Caicedo, un hombre conservador -de tradiciones y principios arraigados-, además de un claro significado económico, un valor sentimental, que le daba fuerza y entusiasmo adicional para adelantar sus proyectos.



Como buen vallecaucano, la caña de azúcar no le resultaba extraña. Desde el siglo XVI habían llegado el trapiche y la caña a la región y desde principios del presente siglo se realizaron las primeras plantaciones organizadas en La Manuelita, por don Santiago Eder. Eran tierras que Hernando Caicedo recorría semanalmente cuando se desplazaba desde Palmira, su ciudad natal, hasta Riopaila. Eran 120 kilómetros que recorría solo, en su coche tirado por un caballo, en largas jornadas que le implicaban cambio de bestia en el camino. Sin embargo, el destino inicial de las tierras de Riopaila sería el de la ganadería.



Además del pasado familiar, su proximidad al agro se afianzó, curiosamente, a través del ejercicio profesional del derecho. De regreso de Popayán, donde muy joven obtuvo su título de abogado en la Universidad del Cauca, su primera clientela eran básicamente pequeños y medianos finqueros. Se familiarizó entonces con el negocio de las tierras y con la posibilidad de su adquisición, bien a través de la compra o en algunos casos como pago de honorarios, al ser incluido como beneficiario en las sucesiones, como pago a sus asesorías profesionales. Si bien Hernando Caicedo nunca disimuló su interés por el derecho, la política -concejal en Palmira y Zarzal, diputado, representante a la Cámara y senador- y por el periodismo -fundó los periódicos El Heraldo, El Progreso, El Pacífico-, su pulsión vital tenía un norte claro: los negocios.



La gran empresa



Con esa claridad entendió que su nuevo lugar de residencia debía ser Cali, que aunque pastoril, era ya el centro de los negocios del Occidente colombiano. En 1921, casado con Cecilia González Reuter y con su familia en formación -Belisario, Alvaro H., Jaime e Irma-, alquiló una casa en las proximidades de la Plaza de Caycedo, contigua a la de Sebastián Ospina, quien a la postre se convertiría en su socio en Maderas de Occidente, uno de los tantos negocios que emprendió. Ospina tenía una finca en las montañas de Bitaco, y Caicedo en las tierras altas de Riopaila y juntos se proponían abrir agencias para la explotación de maderas. Fundó también, con su cuñado Rafael González, la Compañía de Tabaco Vallecaucano, que siete años después se incorporaría a la Compañía Colombiana de Tabaco (Coltabaco), una fábrica de fósforos y la de dulces que sería el germen de la futura Colombina. En la lista está también la Cervecería Andes de la cual fue incluso su gerente.



Con la ganadería de Riopaila se propuso hacer algo excepcional y por esto al poco tiempo de haber comenzado a trabajar la tierra en 1923, importó de Holanda los primeros sementales Holstein que se trajeron al país. Si bien el negocio iba por muy buen camino, con una propiedad en crecimiento permanente porque Hernando Caicedo no perdía oportunidad para comprar cuanta tierra, le ofrecieran y ensanchar su pertenencia, los vientos de modernidad que soplaban en Colombia y el mundo no le resultaron ajenos. Era la hora de los visionarios.



Con un presidente sin-tonizado con la época, Pedro Nel Ospina, amigo del progreso y del desarrollo, el país alcanzaba un importante crecimiento y transformación de su economía, con capacidad de endeudamiento externo ampliado y con una disponibilidad de divisas adicionales gracias al pago de indemnización por la pérdida de Panamá, que había sido acordado en el tratado Urrutia-Thomson. Las inversiones en infraestructura eran más que evidentes en puertos, carreteras y rieles, la locomotora del Ferrocarril del Pacífico con los motores encendidos y el Canal de Panamá operando para garantizar la conexión con el Atlántico, las circunstancias sin duda transmitían entusiasmo empresarial. Los exportadores de café, quina, caucho, cacao, cueros y añil renovaron sus compromisos, mientras el país apostaba al petróleo con la construcción del oleoducto Barracabermeja-Cartagena, obra adelantada por la Andean National Corporation.



Si bien Hernando Caicedo había dado los primeros pasos en su propósito de combinar la actividad ganadera con la producción industrial, y había instalado tempranamente un trapiche Delta de tres masas movido por un motor de gasolina para la producción de panela, el viaje de vacaciones que realizó con su esposa a Cuba y las Antillas en 1922 le cambió por completo sus proyectos.



Después de visitar cultivos de cañamiel y enormes factorías, regresó con renovado entusiasmo y convencido de la vocación industrial de sus tierras en Zarzal. Con un patrimonio consolidado no sólo por sus propiedades agrícolas sino por la participación que había logrado en empresas exitosas como las ya mencionadas, la Cervecería Andes y en Coltabaco, logró respaldar los créditos con los bancos del Pacífico, Alemán-Antioqueño y The Royal of Canada para la importación de la maquinaria para el nuevo ingenio desde Buffalo (Estados Unidos) y la reconversión de pastos a caña. En 1927 tenía ya 100 fanegadas sembradas y tan claro el objetivo, que no dudó en adquirir la hacienda Castilla, sembrada en arroz pero muy pronto vuelta panelera. En ese mismo año arrancó el montaje del Ingenio azucarero de Riopaila bajo la dirección del químico español Juan Bilbao. El 24 de septiembre de 1928 se inauguró la factoría.



Los resultados iniciales no fueron halagüeños ni por el volumen de la producción ni por la calidad del producto. El color oscuro del azúcar la colocaba en desigualdad de condiciones frente a la producida por La Manuelita, de los Eder y la Central Azucarera de Providencia del grupo de inversionistas bugueños reunido en torno a Modesto Cabal Galindo, además de la que los comerciantes nacionales importaban desde Cuba.



Los esfuerzos de Caicedo por superar las dificultades en la producción coincidieron con el arribo de la misión Chardon en mayo de 1929. Se trataba de una asesoría agrícola de origen puertorriqueño dirigida por el científico norteamericano Carlos E. Chardon, que por iniciativa del secretario de Agricultura del departamento, Ciro Molina, solicitó el gobernador del Valle con el objeto de analizar las condiciones geográficas de la región y la calidad de los cultivos de la caña. Las recomendaciones fueron de gran utilidad para los tres grupos que habían emprendido el desafío industrial; Hernando Caicedo puso en práctica la totalidad de las recomendaciones referentes a los sistemas de riego y a las condiciones de siembra. La misión Chardon dio el impulso que la industria de la caña de azúcar requería para consolidar su naciente vocación en el centro y norte del departamento.



Bombones y bananas



Aun edificio recién construido en teja y ladrillo, en los extramuros de Cali, en un sector de emigrantes conocido como el Barrio Chino, llegaron los sabores de las bananas y los bombones producidas por H. Kohnstran Co., Magnus Mabol and Reynar y White Star Imp. Corp. de Estados Unidos para competir con las colaciones, las melcochas, las chancacas, las cocadas y los caramelos criollos.



La Fábrica de Dulces Colombina era el nuevo proyecto de Hernando Caicedo en sociedad con Alfonso Vallejo, la firma Reyes y Buenaventura y Jorge Koppenhague. El original nombre lo había inspirado la ópera de Los Payasos de Leoncavallo y sus graciosos personajes Pierrot y Colombina, que se había presentado en Cali en 1921 en un montaje de la compañía Bracale, que visitaba todos los años a Colombia. La irrupción al mercado de los confites de colores implicó una revolución en los gustos y costumbres de los caleños acostumbrados a los dulces derivados de la panela, con el agravante de que se creían estos últimos alimenticios y los primeros dañinos. Colombina operó en Cali hasta la crisis del 30, cuando además de reconstituirse la sociedad se planteó su traslado a Zarzal, a las vecindades de Riopaila, donde los salarios eran más bajos y podían aprovecharse los insumos de la hacienda y de la fábrica: la leche, el azúcar, el agua y la electricidad. Ventaja adicional era la proximidad a los mercados de Medellín y Bogotá y a los de las nuevas poblaciones cafeteras, hijas de la colonización antioqueña.



Carrera de obstáculos



La crisis del 30, con la parálisis de la producción industrial, el desempleo galopante, el frenazo al comercio, la caída de los precios y las reservas de oro, el cierre de las fuentes de crédito externo y el bajonazo en los precios del café y la caña lo cogieron bien colocado. El azúcar se arrumaba en bodegas y almacenaba en las tiendas sin venderse, pero Hernando Caicedo poseía tierras, carecía de deudas mayores y disponía de acreencias. El escenario político trepidaba con la llegada del primer presidente liberal en el siglo, Enrique Olaya Herrera, después de cuarenta y cinco años de hegemonía conservadora. Caicedo tomó una decisión de fondo para enfrentar la difícil coyuntura: cerró su oficina de abogado en Cali y se trasladó a vivir a Riopaila. Vestido de blanco, de sombrero jipijapa o corcho caqui, de botas y polainas, montaba su caballo para inspeccionar metódicamente las faenas de siembra, corte y transporte de caña. Almorzaba sencillamente con sus colaboradores, no perdonaba la misa de los domingos en Zarzal o Bugalagrande y desde entonces adquirió una obsesión que lo acompañaría por el resto de su vida: recibir el informe diario de producción del ingenio. En ese momento su atención se centraba en Riopaila, después vendría Central Castilla.



Hernando Caicedo no concebía empezar el día sin tener frente a sus ojos la información al detalle de la molienda y el tiempo perdido con sus respectivos causales y correctivos exigidos al superintendente de fábrica porque se había propuesto hacer de Riopaila el mejor ingenio del país. Una misión que trascendía su propia vida y que debían continuar sin tregua sus descendientes. Así escribió el 29 de mayo de 1939: A mis hijos: no olviden que su padre dedicó la mayor parte de su existencia al Ingenio Riopaila, desde descuajar la selva. Quiero que ustedes consagren su vida al ideal a que no consagré la mía. Levantar en Riopaila el mejor ingenio azucarero de Colombia. Ustedes deben continuar mi tarea hasta completar la obra. Una obra que no más en extensión de tierra, triplicó en veinte años, alcanzando las 1.200 plazas sólo en Riopaila.



Pesares y empuje



Hernando Caicedo no delega-ba fácil. Aunque sencillo en su trato, tenía la arrogancia del hombre exitoso, acertado en sus decisiones. Preside la Sala de Juntas de la empresa en el edificio Belmonte en Cali, construido a raíz de la explosión del 7 de agosto de 1956, un cuadro completamente revelador. Se trataba de una gran fotografía elaborada, que gracias a un espejo reproduce cinco veces la imagen de Hernando Caicedo. Los cinco hipotéticos miembros de la junta directiva encarnados en un solo hombre: el fundador y propietario hasta su muerte. Queda entonces más que claro que cuando de decidir se trataba, una sola voluntad reinaba: la de Hernando Caicedo.



Al regreso de sus hijos de Cali-fornia a donde los envió a estudiar y a prepararse para asumir el manejo de sus empresas, les fue entregando responsabilidades, pero siempre bajo su ojo avizor. Los mayores Belisario y Enrique González -su sobrino adoptivo- entraron a la administración de Riopaila; Jaime H. a Colombina, Alvaro H. a Castilla y quien tuvo mayor interés en la ganadería que se consolidó con el mismo vigor que el negocio del azúcar, fueron Irma y su esposo Douglas Botero Boshell.



Cuando estaba en esta tarea de reorganización de la empresa, un duro golpe le resquebrajó su sueño del gran emporio familiar. Su primogénito, Belisario, le había heredado además de sus intereses empresariales su gusto por la política. Con la intención de participar por el Partido Conservador en las elecciones parlamentarias, se unió a las listas encabezadas por Gilberto Alzate Avendaño, cuando al mando de su propio avión Cessna y en compañía de Alzate, se accidentó muy cerca de Riopaila y murió casi al instante.



El duelo familiar fue grande, pero nada detuvo el empuje de Hernando Caicedo. Con un segundo aliento se embarcó en el segundo gran esfuerzo empresarial por la conquista del mercado del azúcar: el montaje y posterior ensanche del Central Castilla, el ingenio más moderno y con la mayor capacidad de producción. Aunque éste había comenzado a operar como una pequeña fábrica en 1945, bajo la dirección de Francisco Sintes importaron en 1951 dos molinos de gran capacidad. En 1955 el propio Caicedo dirigió el negocio de la compra del Ingenio Sincerín en el departamento de Bolívar, el que había sido el más importante ingenio del país en los años cuarenta, pero que dadas las limitaciones climáticas que enfrentaba para garantizar la zafra había entrado en barrena. La maquinaria llegó por cabotaje -vía el Canal de Panamá- a Buenaventura y de allí por tren hasta Pradera, la localidad más cercana a Castilla.



Entre los elementos recién adquiridos a la empresa costeña llegaron un par de autofiltros que significaron la posibilidad de lograr una azúcar tan refinada como la que estaba produciendo Manuelita desde 1953. Caicedo se había propuesto hacer de Castilla, con excelentes tierras y mejor localización que Riopaila, una central azucarera como las que había visitado en Cuba treinta años antes. Y lo logró. Era tal la capacidad instalada para la molienda que desde 1958 fue necesario alquilar tierras para sembrarlas de caña, lo que significó una revolución en el negocio de la caña en la región, la cual se expandió a todos los ingenios y que ha resultado una cómoda solución para ingenios y propietarios de tierras, que durante décadas han podido vivir de la renta de sus tierras. En 1966, el mismo año en que murió Hernando Caicedo se realizó el último ensanche de Castilla, aunque su enfermedad no le permitió participar de éste.



Filosofía de vida



Sin ser un viajero impenitente, a finales de la década de los cincuenta, Hernando Caicedo empieza a robarle tiempo al trabajo en el campo. Poco amigo de los largos viajes, sin embargo realiza visitas al sur de Francia, despacha desde sus oficinas en el edificio Belmonte, dicta periódicamente sus columnas de prensa y siembra la semilla de la fundación Caicedo González, para apoyar obras sociales y de carácter religioso.



Ya en Cali, había hecho del Hotel Alférez Real, que junto al Granada de Bogotá y El Prado de Barranquilla, eran los centros de la vida política y social del país, un verdadero lugar de encuentro. Le había llegado a sus manos, como en tantos otros casos, por la vía indirecta del ejercicio de su profesión. El edificio había sido concluido en el año 29, y la crisis lo arrebató de las manos de sus primeros propietarios, los hermanos Enrique y Ricardo Lalinde, que debieron entregarlo al Banco de Colombia, y ante las dificultades del Banco para operarlo, Caicedo asumió el desafío, convirtiéndose posteriormente en su accionista mayoritario. El edificio y el hotel se convirtieron en uno de los hitos de Cali que lamentablemente fue derruido en 1971, decisión a la que muy seguramente se hubiera opuesto Hernando Caicedo, porque aunque era un hombre no sólo capaz de asumir riesgos y tenía muy claro el sentido del negocio y el valor del dinero, sus sentimientos y convicciones conservadoras le regían la vida. Lograba eso sí combinar lo uno con lo otro y sacarle jugo a las tradiciones.



Hernando Caicedo fue siempre un convencido de que "fuera de los negocios y con los productos de ellos se puede regalar el dinero, se puede jugar, se puede hacer caridad, se puede hacer una cría de elefantes blancos; dentro de los negocios, hay que pelear hasta el último centavo. No he dudado en gastar grandes sumas en litigios, para reivindicar mínimas cantidades; y lo he hecho por un principio de orden. La primera condición del industrial está en no desmoralizarse a sí mismo ...Porque por una puerta chiquita entran los centavos y los pesos se van por una grande. Al fin y al cabo las pequeñas austeridades hacen las grandes fortunas". Y con esta filosofía, cumpliéndola al pie de la letra hizo de su vida una leyenda. La leyenda del Valle del Cauca.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?