| 6/16/1998 12:00:00 AM

Indonesia y el FMI

La actuación del FMI en Indonesia debería servirle de lección para aconsejar cambios en países donde los gobiernos sí se comprometan con los ajustes.

Las imágenes televisivas de 500 cuerpos quemados y miles de chinos y extranjeros huyendo de Indonesia impresionan al mundo. Las imágenes luego se remontan a la firma del acuerdo entre el director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus y el ex presidente de Indonesia, Suharto, a comienzos de este año. Un periodista entonces explica que los disturbios son consecuencia de los aumentos en los precios del petróleo y de los combustibles que resultaron de ese acuerdo. Mientras tanto, el televidente se pregunta si estos terribles sucesos podrían haberse evitado. Estoy seguro de que la intención de Michel Camdessus era ayudar a Indonesia y reducir el sufrimiento de su gente. Sin embargo, la información difundida dio una impresión totalmente opuesta a la audiencia.



El FMI no debería pagar estos altos costos de reputación para cumplir su papel global. Este es exactamente el problema que advertí en mi columna de la edición 59 de Dinero, en la cual recomendaba un esquema diferente para el FMI. Como escribí entonces: "Un liderazgo idóneo no se puede imponer desde afuera. Cualquier caso exitoso de contención de una crisis depende de la calidad de liderazgo local. Si ello no existe, el FMI debería quedarse afuera en vez de intentar forzar a un gobierno a implementar un plan en el cual no cree".



El FMI debería permanecer afuera de los países donde cree que las autoridades no están comprometidas con las reformas.



En Indonesia, cuando el FMI entró en escena, la devaluación de la rupia aún no había sido acompañada por un aumento equivalente en el nivel de precios. Eso implica que parte de la devaluación surgió de expectativas inflacionarias y del ataque de pánico sobre los activos financieros, y no solamente por problemas en el lado real de la economía. El gobierno indonesio estaba reacio a eliminar los subsidios a los combustibles y dejar que los precios se ajusten al nivel consistente con la rupia extremadamente devaluada. Pero fue exhortado por el FMI para hacerlo: ése fue un gran error.



No me malinterpreten. No estoy diciendo que tras la masiva devaluación de la rupia, el precio de un commodity como la gasolina no deba ser alineado con los precios internacionales. Lo que quiero decir es que un plan económico diseñado para paliar una profunda crisis debe ser desarrollado por los líderes locales a cargo de implementarlo. El gobierno de Suharto sabía que la prioridad era revertir la extrema devaluación de la rupia. Si hubiesen encontrado una manera creíble de hacerlo, la comunidad internacional debería haber prestado su apoyo. De lo contrario, el FMI debería haber permanecido fuera del juego. No debería haber propuesto un programa que destruiría el apoyo popular del gobierno.



El punto central es que el FMI debería entrar en escena sólo cuando los líderes políticos locales hayan desarrollado y acordado un plan creíble. Si el FMI está de acuerdo con el plan, entonces debería proveer el apoyo necesario.



Pero en Indonesia, en vez de intentar estabilizar la rupia, el FMI impuso un programa que comenzaba con repentinos y drásticos aumentos en el precio de los combustibles y esperaba que fuera implementado por un gobierno renuente. Un programa con estas características está destinado a fracasar, sin importar quién dirija el país. Incrementar algunos precios en un 70% a desgano, al tiempo que se muestran pocos indicios de otras reformas, es pésima medicina. Los indonesios interpretaron el aumento en el precio de los combustibles como un estallido de la inflación y una fuerte caída en el poder adquisitivo de los salarios. Ganar apoyo popular para semejante programa es prácticamente imposible. Por el contrario, recortar los salarios reales debilita la legitimidad de cualquier gobierno y en este caso particular contribuyó a la caída de Suharto. De igual manera, tampoco aumentará la legitimidad de su sucesor.



Indonesia no es el primer caso donde ocurre algo así. También ocurrió en América Latina en los 80 y en Venezuela a principio de los 90. En Venezuela, las reformas de Carlos Andrés Pérez eran similares a las que implementaron con éxito Carlos Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Fernando Cardoso en Brasil en 1991, 1992 y 1994, respectivamente. La diferencia fundamental era que las reformas argentina, peruana y brasileña fueron organizadas alrededor de programas diseñados para contener los precios y anclar las expectativas inflacionarias. Por eso, se produjo desinflación y aumentó el nivel de vida. Pero en Venezuela, las reformas de Pérez generaron de inmediato grandes aumentos en el precio de los alimentos y los combustibles. Los venezolanos vieron esto como un disparador de la inflación. A ello le siguieron disturbios.



Es sorprendente que la lección no haya sido aprendida. El FMI debería permanecer afuera de los países donde cree que las autoridades no están comprometidas con las reformas. Así la gente de esos países sufrirá menos y el FMI tendrá la oportunidad de mejorar su reputación y ponerse a trabajar en aquellos países en los cuales tenga posibilidades de éxito.
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