| 6/1/1995 12:00:00 AM

Fiebre en las sábanas

Los problemas del país no se resuelven transformando los partidos políticos. Proponer partidos "programáticos, transparentes y democráticos" es una perogrullada.

La idea de reorganizar los partidos políticos colombianos supone que tal reorganización es viable y necesaria. Ello no necesariamente es cierto.

Para empezar, presumo que el objetivo de la propuesta presidencial sería llegar a tener unas organizaciones partidistas programáticas, disciplinadas, transparentes y democráticas. Detrás de este objetivo parece suponerse, además, que un sistema auténticamente democrático requiere tal tipo de partidos. Si se aceptan como razonables estos supuestos, paso a examinar sus implicaciones punto por punto.

¿Partidos programáticos? A estas alturas del siglo XX, no veo cuál concepción de Estado, o cuál programa social o de desarrollo económico, pueda acordar un partido político que le distinga claramente de otros partidos. ¿Será que el partido liberal se convertiría en abanderado de las empresas estatales y el conservador de las privatizaciones? ¿O que aquél buscaría constituirse en defensor de las clases populares, y éste de las adineradas? ¿Los liberales defenderían un Congreso unicameral y los conservadores la fórmula vigente? ¿Acaso dentro de cada partido no conocemos la más amplia diversidad de pareceres sobre el manejo del Estado y sobre las alternativas de desarrolló social y económico? ¿Es sensato, entonces, pretender que se les puede alinear a todos sus miembros detrás de un solo y rígido programa?

Pero a la vez que dentro de cada partido prospera una gama muy amplia de concepciones distintas sobre políticas públicas y sobre la organización del aparato gubernamental, existe paradójicamente un alto grado de consenso sobre lo fundamental, tanto al interior de cada colectividad histórica, como entre las dos: en concreto, está comprobado que la inmensa mayoría de liberales y de conservadores es partidaria de la libre empresa y de la democracia política. En ninguna de las dos toldas se concibe una economía ajena por completo de la intervención estatal; y ninguno de los dos partidos está en plan de dejar a las clases menos favorecidas totalmente a su suerte. ¿Cómo armar diferencias programáticas o ideológicas en semejante contexto?



¿PARTIDOS DISCIPLINADOS?



¿Pero cómo imponer esa disciplina? ¿Expeliendo del partido a quien no vote en una corporación pública según las directivas de su partido? ¿Asumiendo las directivas de los partidos el control total de los dineros destinados a la reposición de los gastos de campaña, de modo que los entreguen sólo a quienes quieran someterse a la disciplina del partido? Si es así, ¿aceptarán semejante disciplina los congresistas y los otros líderes de los partidos tradicionales, acostumbrados, como está cada uno, a votar en las corporaciones tal como les parece, y a tener su propia fundación o tesorería autónoma para el manejo de su respectiva campaña?

¿O aceptarán ellos que la decisión sobre quién se presenta como candidato del partido dependa de unas directivas nacionales o regionales? ¿Es eso democrático? ¿Quién asegura que esas directivas no se parcialicen a favor de unos y en contra de otros? ¿Quién asegura que no se corrompan? Si se pretende que los candidatos por el partido para las corporaciones públicas sean escogidos en consultas internas, ¿será pesimista anticipar que en esas consultas muy pocos participarán y que muchos se quejarán de que fueron amañadas? ¿Por qué no dejar las cosas como están, y que cada liberal o conservador que quiera presentarse a una elección, y que cumpla los requisitos de ley, lo haga libremente?



¿PARTIDOS TRANSPARENTES?



Aquí veo espacio para reformas importantes, pero relacionadas

con la financiación de las campañas y de la actividad partidista, reformas que por cierto no requieren cambio constitucional alguno, sino disposiciones legales o la simple decisión del Consejo Nacional Electoral. Por ejemplo, caben medidas más eficaces contra los narco dineros y se puede ser mucho más exigente en la aceptación de los informes de los candidatos sobre sus ingresos y gastos de campaña.

Por otro lado, la historia de las burocracias partidistas es una historia donde casi inevitablemente, tarde o temprano, aparece la corrupción. Si queremos organizaciones partidistas disciplinadas y fuertes tendremos que crear las correspondientes burocracias. Pero si las creamos, ¿será que nuestras burocracias sí estarán libres de corrupción?



¿PARTIDOS DEMOCRÁTICOS?



En el mundo contemporáneo, se emplea con una ligereza enorme el término democrático. Lo que nos disgusta lo tachamos de poco democrático y defendemos nuestras preferencias asegurando que son democráticas. ¿Qué caracteriza, entonces, a un partido democrático? Mucho depende de si el partido cuenta con una organización centralizada y claramente jerarquizada, o si es del tipo federal -como de hecho es la de nuestros partidos históricos-, con enorme autonomía de las organizaciones locales y regionales. Depende de las atribuciones que se les asignen a las directivas. Depende de los hábitos participativos o no de la población. No hay una respuesta nítida.

¿Por qué no considerar como democrático un sistema en donde todo el que quiere representar al partido en una elección, y cumple las normas legales, puede hacerlo? ¿Qué es precisamente lo que tenemos? Para la elección presidencial el partido liberal desde el año 90 optó por la consulta, una práctica muy democrática, y el conservador está muy inclinado a hacerlo. ¿Son, entonces, realmente tan antidemocráticos nuestros partidos liberal y conservador?



¿NECESITA LA DEMOCRACIA PARTIDOS FUERTES?



Tomo el adjetivo "fuerte" como equivalente a "programático, disciplinado, transparente y democrático". Si uno examina a los clásicos de la teoría democrática -Aristóteles, Rousseau, James Mill, John S. Mill, los federalistas, entre otros- no encuentra a los partidos como pieza central dé la democracia política. Los partidos, tal como los conocemos hoy, nacen apenas en el siglo pasado y en un contexto muy distinto del nuestro.

Cuando no se conocían, o eran muy escasos, los sindicatos, los gremios, las asociaciones comunitarias -tipo juntas de acción comunal-, las organizaciones no gubernamentales, los movimientos cívicos, etc.,

los partidos políticos cumplieron un papel fundamental en la consolidación de las democracias occidentales. Actuaban como voceros de diversos sectores de la población, eran prácticamente los únicos que ejercían una función de control político sobre las autoridades, educaban a la población y servían de medio de comunicación de doble vía, del pueblo hacia sus autoridades y de éstas hacia aquél.

Pero hoy esas funciones las están desempeñando otras instituciones -como las mencionadas- y lo hacen igual o mejor que los partidos. Y además, los medios de comunicación masiva -TV, radio, prensa y revistas-, independientemente de los partidos, cumplen hoy una eficaz tarea de información y de control político.

En ese contexto, los partidos políticos "fuertes" ya no son necesarios. Por cierto, esos partidos nunca han prosperado en una democracia como la estadounidense. Y de hecho, nosotros, muy a pesar de la llamada "crisis de los partidos", hemos hecho progresos considerables a través de las últimas décadas -hemos aprobado una nueva Constitución Política, importantes leyes sobre descentralización, planes de desarrollo, reformas tributarias, políticas educativas, de salud, de seguridad social y normas importantes sobre otros temas. El país ha incrementado su PIB y ha mejorado su calidad de vida. ¿Por qué alegar que la verdadera democracia no funciona sin partidos "fuertes"?

Por último, se dice que sin partidos "fuertes" no puede haber oposición política seria. De nuevo, ¿será que en los Estados Unidos, donde no se ha desarrollado ese tipo de partidos, no hay oposición? ¿Cómo saber si se ejerce o no oposición política en un país? La respuesta me parece simple: allí donde los ciudadanos puedan expresar su insatisfacción con alguna política pública o con alguna autoridad, puedan organizarse para hacer que su insatisfacción sea tenida en cuenta, y lo hagan, allí hay oposición política.

No se requiere que haya partidos para que la gente pueda oponerse a las políticas gubernamentales. ¿Acaso lo que hoy hace FECODE no es oposición a una política pública? ¿O las críticas de los congresistas a las propuestas recientes del presidente, no es oposición? ¿Y lo que dice el diario La Prensa no denota oposición? ¿Y las críticas de la ANDI, FENALCO y otros gremios, no constituyen oposición? Creo que es hora de abandonar el mito de que para que haya oposición en Colombia tenemos que imitar el sistema parlamentario inglés, con un partido de gobierno y otro de oposición. Colombia no es Inglaterra. Y la inmensa mayoría de las democracias del mundo no siguen el modelo inglés. Si examinamos desprejuiciadamente las cosas, lo que Colombia experimenta es un ejercicio intenso y multifacético de la oposición, para algunos excesivo, pero jamás escaso.

Resumiendo, en el mundo de hoy la democracia política puede funcionar a cabalidad sin partidos "fuertes". Estos son instituciones de otra época, y por ende no se justifica gastar tiempo y energías en insuflarles vida artificial. Tenemos problemas mucho mayores para ocupar nuestra atención, tales como los de la impunidad rampante, la calidad de la educación o la corrupción administrativa.
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