| 12/1/1995 12:00:00 AM

FIBRAS HEROICAS

LA REPUTACIÓN TEXTIL COLOMBIANA TIENE UN SINÓNIMO: COLTEJER, EMPRESA QUE SE DEBE A LA VISIÓN Y EMPUJE DE UNA TRADICIONAL FAMILIA PAISA.

Más que circunstancias, fueron hombres quienes forjaron la industrialización colombiana. Y lo hicieron contra todos los pronósticos y realidades.

Como patriarca rector de una dinastía emprendedora reina en la memoria el nombre de Alejandro Echavarría Isaza, descendiente de una familia colonial, establecida en la población de Barbosa, al noroccidente de Medellín. Sus padres, Rudesindo Echavarría Muñoz y Rosa Isaza López, se mudaron a la todavía modesta Medellín cuando Alejandro era un niño, y allí continuaron ganándose la vida en las lides del comercio.

Alejandro, nacido en julio de 1859, creía tener especiales aptitudes para transformar materias primas en productos, y, en parte por eso, estudió ebanistería en el Instituto de Artes y Oficios de Medellín. Pero pronto comprendió que ahí no estaba su futuro.

Aceptó entonces la invitación de su hermano mayor, Rudesindo, para vincularse a un nuevo almacén familiar como colaborador y socio, y en esas bregas sí desarrolló rápidamente habilidades como hombre de empresa. Rudesindo y Alejandro aprendieron mucho de su padre, quien, para tratar de romper el cerco de los cuatro o cinco intermediarios de mercancía importada, escribió y envió un giro monetario a una dirección en Inglaterra, pidiendo "una ancheta de mercancías semejante a las que le despachan a Lisandro Uribe". Medio año después llegó el pedido, acompañado de una comunicación que anticipaba nexos de largo aliento. El hecho enseñó a los Echavarría a vencer los obstáculos por ellos mismos, sin importar cuán difíciles parecieran.

Para principios de siglo, Alejandro abrió su propio almacén, localizado en la antigua Calle del Comercio (hoy calle 50 o Calle Colombia), con el escueto nombre de Alejandro Echavarría e hijo. Allí se dedicaba, principalmente, a la importación de telas europeas y a la exportación de café. Junto con la empresa R. Echavaría & Cía., fundada por Rudesindo, las dos firmas manejaban una trilladora, que se destacó entre las más antiguas casas vinculadas al procesamiento del grano poco sospechaba lo que el nuevo siglo le depararía.

De aproximadamente 1.70 m de estatura, Alejandro era un hombre madrugador enérgico, adusto y poseedor de una gran capacidad de trabajo. No se distinguía por lo sociable, y todos sabían de su oposición a las fiestas donde los invitados se sobrepasaban en el uso del licor y exageraban en el baile. Prefería quedarse en casa, con una buena copa de coñac y un tabaco habanero, dos gustos que satisfizo con frecuencia, pero sin exageración. De tez blanca rojiza, se caracterizaba por un lunar en el pómulo derecho, que le daba un aire de autoritaria formalidad, aunque de vez en cuando, hacia gala de un humor fino, breve e irónico.

Como es tradicional en Antioquia, toda su vida manejó con cordura el producto de su fortuna y nunca sacó en cara las bondades de sus apellidos. En verdad, era más dado a reconocer el trabajo arduo que el origen de cuna, y, sin duda por eso, siempre exigió gran esfuerzo y dedicación a los suyos. Casó, a los 23 años, con Ana Josefa Misas, integrante de una prestigiosa familia medellinense, y con quien tuvo diez hijos: Gabriel, Sofía, Luisa, Guillermo, Margarita, Alejandro, Germán, Diego, Rosa y Carlos J.

Consciente de la importancia del aprendizaje, Alejandro procuró que todos sus hijos y descendientes se educaran en el exterior. Carlos J., el menor, y quien años más tarde fue clave en la orientación de sus empresas, se graduó en la Universidad de Columbia. Y su nieto, Rodrigo Uribe Echavarría, hijo de Rosa, y también esencial en los asuntos familiares, egresó del Massachussets Institute of Technology, MIT, como ingeniero químico.

En aquellos días de finales del siglo XIX, la vida industrial de Medellín era prácticamente inexistente. En textiles, los pueblos indígenas colombianos tuvieron alguna figuración productiva, aunque en ningún caso como la inca o la azteca. En las tiendas de mercancía de pueblos y ciudades predominaban las telas importadas de Europa, que, naturalmente, sólo podían comprar algunas pocas personas. En realidad, los primeros telares modernos llegaron a la ciudad a mediados del siglo XIX, traídos por el médico y científico José Vicente de la Roche.

Jesús María Montoya, un joven precoz que frecuentaba la casa de los De la Roche y que sucumbía ante los encantos de las máquinas, copió cada detalle de los aparatos hasta llegar a fabricar su primer telar de madera, en el que tejió algunos sobrecamas. Años después, la pequeña producción de su tallerescuela no duraba en estantes ni vitrinas.

Alguien que siguió con interés las andanzas artesanales de Montoya fue Alejandro Echavarría Isaza, cuyo almacén vendía al joven genio las hilazas extranjeras que demandaba su actividad. En 1904, Montoya y otros socios montaron la Fábrica de Textiles de los Andes, Fa telares, y, por la misma época, el general Pedro Nel Ospina hizo lo propio con la Fábrica de Tejidos de Medellín, en Bello (municipio conocido antes como Hatoviejo). Según Ospina, la textil era una actividad laboral prometedora para su región, porque, "en lugar de hambre y pobreza", los telares dan "paz y progreso". Ante estos hechos, y en su condición de comerciante de géneros, Alejandro Echavarría intuyó que algo grande estaba gestándose.

A diferencia del joven Jesús María Montoya, Alejandro ingresó en la actividad textil ya muy pasados los cuarenta. Su primer paso fue contactar a Gustavo Merizalde, cuñado de Ramón, su sobrino, quien poseía dos telares de madera manuales, con los que fabricaba medias y algunas camisas rústicas. Alejandro ofreció comprárselos porque estaba seguro que la producción textil podía industrializarse rápidamente. Y no se equivocó.

Con mil pesos oro, y en compañía de su hijo mayor y seis sobrinos, fundó la Compañía Colombiana de Tejidos, el 22 de octubre de 1907. Nombró como primer gerente a Ramón, su sobrino, quien lo acompañarla en la difícil empresa por otros trece años. La sede de la nueva factoría era un viejo salón, donde, con diez telares y doce trabajadores, los Echavarría iniciaron labores.

La época no era la mejor. Colombia acababa de salir de un violento período de guerras civiles, ensombrecido por la separación de Panamá. La desestabilización había impedido el despegue económico de la nación, y, como resultado, las cuatro quintas partes de la población eran analfabetas. Con tan poca cultura y educación era difícil saborear las mieles del avance económico y humano. Tal vez como reacción a lo que podría sucederle a Colombia, de no encauzarla por los caminos del orden y la estabilidad, la llamada Generación del Centenario tomó un camino más civilista para facilitar el avance de la empresa privada y la generación de riqueza y empleo.

Seis meses después, en abril de 1908, la nueva compañía inauguró su primer edificio en el barrio la Toma, oriente de Medellín, cerca de la quebrada de Santa Elena. Gradualmente se importaron nuevas máquinas, pero seguía sin superarse la escasez de mano de obra calificada en la ciudad.

Convencido -como siempre lo estuvo- del valor del esfuerzo

personal, Alejandro ordenó a uno de sus hijos estudiar el funcionamiento de los telares, primero como operario, y luego como instructor de los obreros. Y como en ese primer decenio del nuevo siglo no había energía eléctrica en Medellín, el trabajo se realizaba de noche. También, una de sus hijas llegó a dominar el idioma alemán para comunicarse con los técnicos de esa nacionalidad que atendían pedidos de maquinaria e insumos de la nueva fábrica.

Al lado de los géneros extranjeros, las primeras telas producidas por los Echavarría parecían demasiado rústicas. En verdad, el primer articulo fue una camisa de franela que, en opinión de un obrero que participó en su confección, era "tan fuerte y de boca tan grande" que parecía "una ruana". La comercialización de productos, hecha a través del almacén Alejandro Echavarría e Hijo, registró, el 14 de abril de 1908, el primer ingreso de 230 pesos por venta de mercancía elaborada en la factoría.

Pese a las dificultades, un año más tarde -en 1909- se celebró la inauguración oficial de la Compañía Colombiana de Tejidos S.A., en una forma que todavía produce asombro. Para la memorable jomada, quince de las obreras hicieron fila frente a sus máquinas y se uniformaron con delantal blanco listado de negro y una gorrita adomada con una borla blanca. En la zona más amplia de la planta, otras operarias, impecablemente arregladas, parecían montar guardia frente a un centenar de relucientes telares. Con ojo inquisidor, el nutrido grupo de invitados especiales pasaba revista al lugar, entre ellos el gobernador, el vicario de la arquidiócesis, el alcalde, el concejo municipal, los rectores del seminario y de la universidad, periodistas y otras personalidades.

Mientras tanto, en el Palacio de la Carrera, en Bogotá, el presidente Rafael Reyes encabezaba otro grupo de honor, que momentos después asistiría a la puesta en marcha de una distante factoría, ¡por control remoto! El séquito capitalino estaba integrado por empresarios y diplomáticos, con copas de champaña en mano. La comunicación entre las dos ciudades y el montaje de los controles fueron obra de Vicente B. Villa, antiguo gerente de Electricidad de Medellín, quien exhibía una sonrisilla de orgullo.

Carlos Salcedo, un padre jesuita que escribía en la popular revista "La Familia Cristiana", de amplia circulación local por aquellos días, narró vívidamente la histórica fecha.

"Ha llegado el momento sensacional, señores, acercaos a observar el fenómeno; el general Reyes tiene en sus manos un botón eléctrico... se pasan dos minutos... de repente, un electroimán, activo por la corriente que viene de Bogotá por los hilos telegráficos, atrae una palanca; ésta deja libre un peso que, al caer, cierra el switch que da entrada a la electricidad procedente de la instalación medellinense, la cual, poniendo en ejercicio los dinamos cuyos ejes están en conexión con los de la maquinaria, produce un vertiginoso movimiento".

Amigo de todo suceso tecnológico, Reyes puso a funcionar así, oficialmente, la que, años después, se convertiría no sólo en la primera textilera colombiana, sino en la más importante y prestigiosa de América Latina. "Los ruidos y los aplausos y las voces de felicitación a los señores Echavarría competían con el ruido de las máquinas que saludaban el avance industrial de los hijos de la montaña", remató el escrito del padre Salcedo.

Para 1914, la empresa había llegado a 130 telares manuales, accionados con contra ejes y poleas movidas por energía eléctrica. Disponía, asimismo, de un equipo de máquinas circulares para tejidos de punto y de otros aparatos para hilar, y cada adelanto significaba nuevas complicaciones. Tal vez en memoria de su nacimiento telegráfico, la empresa comenzó, a partir de ese mismo año, a llamarse Coltejer, con un logo que representaba la caligrafía del fundador.

En 1920, y coincidiendo con la llegada de los primeros telares automáticos, los sobrinos de Alejandro -encabezados por Ramón, el primer gerente de Coltejer- decidieron separarse y fundar la Fábrica de Tejidos e Hilados del Hato, Fabricato, que comenzó a producir en 1923. "Para ambas empresas, fue un empezar muy duro, caracterizado por lo rudimentario del país y el atraso que se vivía en casi todo", recuerda hoy un sobrino de Ramón, el músico Jaime R. Echavarría.

El algodón, que antes de producirse en Colombia se importaba desde las Antillas, desembarcaba en Barranquilla y luego atravesaba medio país por el río Magdalena. Al llegar a Puerto Berrío se embarcaba entren, por una vía empinada y angosta. El proceso podía demorar hasta dos meses. Fueron días difíciles que obligaron a los Echavarría a entregar lápices nuevos a sus empleados sólo si estos devolvían los gajos que les quedaban.

Según recuerda el conocido compositor, el despertar industrial de Coltejer y Fabricato activó la competencia entre productores de insumos de Alemania, Inglaterra y Francia, partida que ganaron los germanos, porque introdujeron el sistema de consignación, mediante el cual, al final de mes, sólo se pagaba lo utilizado, sin tener que sacrificar capital en la acumulación de existencias.

Jaime R. Echavarría, sobrino - nieto del fundador de Coltejer y sobrino e hijo de los creadores de Fabricato, vivió el despegue de estas empresas con la llegada de la guerra europea de 1939, que potenció la actividad de las textileras locales, al punto de que ambas empresas, al terminar el conflicto, habían multiplicado por seis su fuerza laboral. "Quien quiera que hacía una cosita, la vendía, y la vendía bien", dice Echavarría.

En las siguientes décadas, el ascenso de Coltejer y sus empresas fue incontenible. En los cuarenta empezó su primera gran expansión con la compra de las fábricas RoseIlón, Sedeco y Fatesa. Asimismo, inició un flujo de exportaciones, que hoy se mantiene. En los cincuenta, construyó nuevas factorías como la planta de acabados, en Itagüí, Textiles Doña María y la Hilandería Coltehilos, y tomó parte en el establecimiento de la Distribuidora de Algodón Nacional, Diagonal. En los sesenta introdujo un ambicioso plan de diversificación que incluyó la creación de nuevas factorías como Textiles Rionegro, Coltepunto, Polímeros Colombianos, Prodiversos y Telaraña, en el campo textil; y Fundiciones Técnicas (Futec), Furesa y Derivados del Maíz, actividades orientadas a elaborar algunos insumos para la producción de telas. Durante los setenta se construyó el simbólico edificio Coltejer y se formaron nuevas sociedades como Agrourabá y Coltefinanciera. La mayoría de estos desarrollos fueron impulsados por Carlos J. Echavarría y Rodrigo Uribe Echavarría, dos descendientes del fundador. La visión de estos dos hombres también asoció a Coltejer al nacimiento de la Asociación Nacional de industriales, Andi, y de las empresas Suramericana de Seguros, el Banco Industrial Colombiano y la Cadena Radial Colombiana, Caracol.

E n 1978, la Organización Ardila Lülle asumió el control accionario, hecho que coincidió con el desenlace de la crisis textil. Fue necesario introducir medidas de austeridad, pero sin detener los procesos de modernización tecnológica y administrativa, y de apertura comercial, que han buscado mantener a la empresa en un alto nivel de competitividad nacional e internacional.

Pero nuevamente agobiada por el contrabando y las prácticas desleales; Coltejer intenta hoy sobreponerse a otro momento difícil. Dentro de la compañía, el empeño de salir adelante obedece al peso de una tradición industrial ejemplar y a las expectativas en el porvenir. Secretamente, tal vez hace eco esa postura firme de los fundadores de que, en el espíritu de Coltejer, no cabe la derrota.
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