| 6/1/1993 12:00:00 AM

EL VIEJO ARTE DE FALSIFICAR

Hasta Christies se puede equivocar. Le metieron gato por Botero.

Una noticia ha puesto el tema de los fraudes artísticos sobre el tapete: en Nueva York, nada menos que en la casa Christies, apareció una obra falsa de Fernando Botero. Y al respecto, no hay ojo que valga, porque hasta la propia galería, una de las más prestigiosas del mundo, se pifió y eligió el cuadro para la portada de un catálogo.

Sin duda, las artes plásticas constituyen una de las inversiones más atractivas de nuestro tiempo. No sólo dan prestigio, placer estético y hasta un refinado halo de

poder, sino que en función de un poco de suerte y de alguna pispicia, pueden llegar a representar pingües utilidades. Pero para cualquiera que se enfrente con seriedad a este mercado, surge el riesgo de la falsedad, que aunque suele afectar sobre todo a obras antiguas, no deja de lado al arte contemporáneo ni perdona a los más expertos, como lo comprueba el caso de Botero.

El tema de ninguna manera es nuevo. En Grecia, Apeles y Fidias solían firmar obras de sus discípulos, Protógenes y Agorácrito, para que estos obtuvieran mejores precios. Los cruzados llevaron a Europa, numerosas reliquias, cuya veracidad ha sido puesta en tela de juicio: ¿Quién garantizaría la originalidad del Grial que se venera en Valencia, o de la flecha de San Sebastián de San Isidoro de León? ¿No demostró un informe de la Nasa que el lino del Santo Sudario de Turín, había sido cosechado hacia el 1300?

La época de oro de los falsificadores comenzó cuando el arte empezó a convertirse en objeto del deseo de la alta burguesía, y en particular a finales del siglo XIX, cuando la joven aristocracia norteamericana convirtió el arte europeo en símbolo de poder económico; los Mellon, Vanderbilt y otros apellidos multimillonarios, empezaron a adquirir arte para sus palacetes de cemento Pórtland, o para inmortalizarse en las salas de los museos. Tal vez la obra de los impresionistas franceses, verdaderos best séllers en los Estados Unidos, ha sido la más falsificada. Sólo en Norteamérica, para citar un ejemplo, hay más de 5.000 Corots. Sin embargo, los especialistas coinciden en asegurar que Corot no pinto más de 3.000 cuadros.

En un sonado juicio a Fernando Legros, uno de los grandes falsificadores del siglo, sus clientes eran los más interesados en callar el escándalo, puesto que existía el riesgo de un ridículo sin precedentes. Y hasta los curadores de algunos museos, negaron aquella actuación de Legros cuando cargado de Renoires, Monets, Modiglianis y obras de otros maestros, se dirigía a Nueva York en el Ile de France y envió un telegrama anónimo donde denunciaba el contrabando. Los aduaneros retuvieron las obras, exigieron los impuestos correspondientes, el falsificador pagó sin discutir y los cuadros la mayoría de ellos falsos quedaron inmediatamente autenticados.

Pero en este tema, las gradaciones entre originales y falsificaciones, son de diversa índole. La obra de arte cuenta con la colaboración de ayudantes o discípulos del autor. Los talleres eran frecuentes y una obra de un pupilo tenía a menudo una intervención del maestro. Están las obras pintadas en lienzos y con técnicas similares a la original; la copia burda, que engaña a ingenuos; la copia imposible de distinguir, la creación nueva a partir del estilo de un maestro, y cientos de variables más. Para el objeto antiguo existen posibilidades de análisis físicos y químicos, que permiten determinar una correspondencia de tiempo, de estilo y de materiales; pero sobre la obra contemporánea a veces tan sólo el pintor puede dar un veredicto.

A propósito de veredictos, se dice que en el matrimonio de un conocido personaje colombiano, al calor de dos o tres whiskys, Alejandro Obregón descolgó un cuadro supuestamente suyo, y en el reverso escribió: este cuadro no es mío. En otra ocasión, en el apartamento de otro ilustre bogotano, Fernando Botero, ante un carboncillo de enormes dimensiones y que exhibía su firma, exclamó:

Si no fuera porque jamás corto las cabezas, hubiera pensado que pinté ese dibujo.

Tal vez el problema de las falsificaciones sólo se resuelve en la estética, como la certeza de las reliquias se concreta en la fe que suscitan. Claro está, que esta posición no deja demasiado satisfechos a quienes buscan en el arte un buen negocio, a los inversionistas...
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