| 6/1/1997 12:00:00 AM

El premio Atila

Antología de adefesios en las calles bogotanas.

Los argentinos es- tablecieron el premio Atila hace algunos años para destacar la obra arquitectónica que más afecte su entorno y que contribuya menos a la belleza y al funcionamiento de la ciudad; es algo así como las orejas de burro que le ponían a los niños en las escuelas de antes. El tema se ha prestado a recientes debates, ya que algunos arquitectos han candidatizado edificios en Bogotá, y como a los autores les hace poca gracia, los descalifican argumentando que no son de buen recibo las críticas entre colegas. Débil defensa, ya que, como alguien escribió recientemente, no sería sensato que quienes evalúen las obras arquitectónicas sean sólo los químicos o los veterinarios. Todos los ciudadanos tenemos derecho a opinar, y los que saben del tema, más.

La cosa es compleja porque la arquitectura puede ser a la vez manifestación artística abstracta y realización concreta para satisfacer una necesidad. Una obra arquitectónica puede evaluarse con varios criterios, uno es si cumple cabalmente el propósito para el cual fue diseñada, trátese de una casa, de un estadio o de un centro comercial.



En otro plano se puede discutir si contribuye a su entorno, a la ciudad donde se contruye, y finalmente si es bella, o no lo es. Y este último aspecto es el más delicado, pues la belleza es un concepto esencialmente subjetivo, y a pesar de que la humanidad ha establecido algunas pautas para evaluarla, finalmente, como dice el aforismo inglés "Beauty in the eyes of the beholder".

Y volviendo al premio Atila, éste no debe calificar qué tan bien satisface una obra las necesidades de sus usuarios, pues, mal que bien, sólo ellos tienen los elementos de juicio para hacerlo y, por los motivos expuestos arriba, creo que tampoco su belleza, pues aun los más espantosos moscorrofios le deben de gustar a alguien, al menos a sus autores. Así que lo que se debe "premiar" es la relación de un edificio con la ciudad, con su entorno inmediato, con los edificios vecinos; cómo hace sentir al pobre peatón, qué tanta congestión vehicular causa, en fin, qué tanto contribuye al mejoramiento -o al deterioro- de la ciudad y al bienestar de sus habitantes.



Me atrevo a opinar sobre algu- nos edificios que han sido postulados al premio, y sobre otros de más vieja data que son candidatos permanentes a ser demolidos para beneficio de la ciudad. Empecemos por los últimos: el antiguo edificio de "Sendas" -no sé cómo se llama ahora- que doña María Eugenia Rojas hizo construir, en sus épocas de "delfina", en la esquina de la 7 con 7. No sólo me parece feísimo, sino que es una permanente agresión contra todos los que lo rodean, San Agustín, la Casa de Nariño, las modestas y dilapidadas casitas coloniales, y todo el resto del entorno. Y en la categoría de los que destruyeron la ciudad colonial, hay muchos: la Biblioteca Luis Angel Arango, el Banco del Comercio en Cartagena, que resalta como dedo maltrecho dentro del Corralito de Piedra, la torre de Avianca en el Parque de Santander, que con incendio y todo, sigue ahí, y que parece una pieza de un "Lego" de Gulliver. Y muchos otros.



Y entre los de reciente factura, hay varios de la misma familia: la mole negra y naranja de la Avenida de Chile, que aunque dejó una placita amable para los peatones y su factura es excelente, parece diseñada con una escala "zoom" y recuerda los pesebres donde los niños colocábamos, junto a las ovejas, unas gigantescas palomas de algodón y unas gallinas que parecían elefantes junto al buey del Niño Dios. Todos los edificios de la 100 con 7 (la fila de torrecitas inconexas, el World Trade Center, la pared de ladrillo, techo verde y brasieres de cobre, y todos los demás) que aplastaron las callejuelas de ese barrio residencial y hoy, a mañana y tarde, devoran y luego vomitan centenares de carros que no caben en las vías, y las destruyen, y destruyen también la paz de los pobres ciudadanos que aún viven ahí. Y el transatlántico de Teleport en Santa Bárbara, un larguero interminable con acabados exteriores de baño fino -mármol crema y espejos-, que cuando uno se acerca, descubre que aún le faltaba ver la otra mitad.



Y todos ellos, arrogantes, creyendo que la ciudad es para ellos y no al revés, se encierran en su lote sin dejar conexión petonal con los edificios de su misma manzana. Y hay otros candidatos que, a pesar de su excelencia arquitectónica, como el Edificio Liévano, sede de la Alcaldía, también contribuyen al caos urbano porque de sus entrañas salen todas las barbaridades que han acabado con la ciudad. Pero esa es harina de otro costal.



Y sin que tenga que ver con el premio Atila, voy a opinar sobre la "belleza" de unos edificios que son un atentado contra la estética (mi estética): los edificios verdes que ahora pululan y cuyo color no sé si obedece a una convicción política foránea -los verdes europeos- o que emulan un acuario para peces gordos. Otros de espejo rosado, probablemente para ver desde adentro la vida de color ídem y que parecen un caramelo de Zipaquirá.



Un esperpento en la carrera 11 con 86, con tapa de bronce brillante cual botella de champaña (¿Brut?). Otro en la 7 con 58 que, como un insecto en mitad de metamorfosis, es abajo gusano de pañete del que brota una polilla de vidrio. La nueva embajada americana, mezcla de motel gringo y prisión neonazi. Y, peor que todos, la nueva Gobernación de Cundinamarca; más allá de preguntar por qué doña Leonor se gastó la plata de la Beneficencia en oficinas para ella, cuando debería, por la ley y por la razón, dedicarla a los menesterosos, locos y bobos, el edificio es un horror. Arrogante y de corte fascista, su fachada principal es un ranchito paturro -uno esperaría un techo de paja-, cuyas proporciones recuerdan a los enanitos de Blancanieves con su cucurucho encima, que aquí es una piramide "a la Pei", de vidrio verde, con la insólita característica de que no es transparente, pues está encima de un techo de concreto. Seguramente su mérito es estrictamente electoral.



En buena medida la culpa de que se sigan construyendo atentados contra la ciudad es de los ciudadanos que no protestamos con suficiente vigor, tal vez porque en estas épocas de huecos y trancones, de violencia y de corrupción,de narcos y de elefantes, nos parece irrelevante ocuparnos de los edificios que agreden al ciudadano. viva el premio Atila!



Se requiere que los que conocen sobre el tema opinen y protesten contra ese deterioro urbano causado, en este caso no por la desidia de los gobernantes, sino por la mediocridad de los arquitectos y la angurria de quienes los contratan, y que el resto de los mortales nos sintamos con el derecho y con el deber de oponernos a la destrucción de nuestras ciudades. Y en ese contexto, ¡qué
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