| 3/1/1995 12:00:00 AM

El emperador desnudo

La ceguera corto placista de los colombianos ha permitido que incluso Cuba le coja ventaja al país en materia turística.

Los colombianos nos parecemos a la fábula del emperador desnudo, quien convencido por su pícaro sastre de estar portando un elegante atuendo, se paseaba por las calles de su imperio en pelota y aunque todo el mundo así lo percibía, nadie se atrevía a decirlo para no quedar como el único imbécil.

Todos sabemos lo que ocurre dentro del país; las masacres con motosierra; los crímenes por el porte de pelo corto o el asesinato perpetrado por el presidente de la Comisión de Paz contra un viejo enemigo suyo. No obstante lo anterior, no decimos nada de puertas para adentro, indignándonos sólo cuando el mundo exterior nos censura por bárbaros, corruptos e incompetentes, al no poder poner a buen recaudo a la mayoría de los protagonistas de estas atrocidades. Entonces salta a la palestra el patriotismo fariseico que nos lleva a declarar que todo corresponde a un montaje armado por los corresponsales extranjeros o al mangoneo a que periódicamente nos somete el Congreso americano; o sea nos comportamos como el emperador desnudo, aparentando no estar enterados de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor.

El mismo trato le damos a otros aspectos de la vida nacional. Miremos si no un caso específico: el de la ausencia de proyectos turísticos -a lo largo de los últimos 20 años, cuando Colombia allá por los años 70 ha podido liderar el concepto de turismo ecológico tan en boga hoy en día. Lo anterior, desarrollando proyectos discretos y sensatos como el propuesto en ese entonces para Barú, donde las autoridades públicas se atravesaron como mulas muertas, echando por tierra estos impulsos empresariales y forzando el abandono dé los programas. Mientras tanto países como Malasia, Tailandia o las Islas Fidji desarrollaron este tipo de programas consistentes en bungalows de paja y edificios de pocos pisos, mimetizados entre la naturaleza y ajustados a su entorno, en vez de los desapacibles desarrollos verticales propios de Cancún y otros resorts latinoamericanos.

Nosotros seguimos como el emperador del cuento, creyendo que somos los únicos bien vestidos del continente y que los inversionistas vendrán a implorarnos de rodillas que los dejemos trabajar en medio de

la inseguridad, corrupción administrativa e improvisación jurídica en que nos movemos, sin mirar que Cuba se convertirá por muchas décadas en la niña mimada del turismo internacional, ya que reúne los elementos de exotismo político, patrimonio histórico y decisión gubernativa necesarios para triunfar en este tipo de cruzada.

Una última consideración: la pobreza nunca ha sido una buena aliada de la ecología. Los problemas de subsistencia económica en que vive el grueso de la población costera, como es la de Barú, no le permite percibir a los mangles o a los corales como sus aliados, ni mucho menos entender que éstos son patrimonio nacional. Por lo tanto, no será fácil acabar por decreto las invasiones de las playas, ni la pesca con dinamita, ni la tala indiscriminada de los bosques No nos confundamos a este respecto bajo el falso concepto de que el «no desarrollo» es equivalente a la preservación de la naturaleza, ya que mucho me temo que cuando hayamos adquirido uso de razón y madurez gubernamental para adelantar como Dios manda estos proyectos, tengamos que enfrentarnos a que no quedan playas vírgenes, ni la exótica vegetación que respaldaba paisajísticamente estos enclaves turísticos.
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