| 8/1/1997 12:00:00 AM

Dionisia de Mosquera, amazona de la crueldad De Vicente Pérez Silva.

Los libros que se relacionan con mi ciudad natal de Popayán son, en mi caso, motivo suficiente que justifica su lectura. En días pasados encontré un pequeño libro que, sin mayores pretensiones, carente de todo esfuerzo interpretativo y sin ningún ingrediente que lo haga especialmente sugestivo desde el punto de vista literario o de la simple recreación histórica de los hechos, tiene sin embargo, de excitante y sugerente su tema. Se trata nada menos que del más escandaloso y estremecedor de los crímenes pasionales cometidos en la época colonial y en el cual se vieron comprometidos los apellidos y las familias más aristocráticas de Popayán, apellidos que sólo pocos años después tendrían una fulgurante actuación en las gestas de la independencia colombiana. Ese crimen parece haber tenido una magnética fascinación en algunos destacados historiadores colombianos. Don Cordovez Moure se ocupa de él y seguramente su difusión y conocimiento mucho le debe a ese estilo ameno y sencillo con el cual escribió sus variadas y abundantes crónicas.



En 1770, dentro de los rituales de una crueldad insospechada en aquellos tiempos, es asesinado a golpes de garrote don Pedro López Crespo. Y su muerte se quiere hacer aparecer como producida por un toro bravo. Este Don Pedro era, a su vez, esposo legítimo de doña Dionisia de Mosquera. Así mismo, era socio en negocios de comercio con don Pedro García de Lemos. Hacían largos viajes a Jamaica y el Caribe para importar mercancías que luego vendían en la aletargada Popayán. Los dichos viajes de comercio por su extremada duración los hacían por turnos, una vez iba don Pedro García, otra vez iba don Pedro López. La susodicha Dionisia y el ya mencionado don Pedro García de Lemos entraron en relaciones de comercio sexual. De su calidad de amantes sobrevino un embarazo. Doña Dionisia, auténtica amazona de la crueldad, sabiendo que hasta que la muerte no los separara estaba condenada a compartir su vida con el esposo legítimo, decide ordenar el asesinato de éste y delega ese trabajo en algunos de sus esclavos. Los esclavos, o no tuvieron las "agallas" o la imaginación para comprometerse con esa terrible orden de su ama y fallaron en el intento. Entonces doña Dionisia asume, con la complicidad del amante y otros personajes, el reto de asesinar en las propias calles de Popayán al esposo que regresaba del largo viaje. Lo asesinan y se confabulan para inventar una descabellada historia que pretendía convertir el crimen en insólito accidente. Pero sus tretas fueron precarias. Se establece con toda contundencia su evidente culpa. Se los juzga y se les condena a muerte. Como es de rigor, los señores escapan a la sentencia y sólo los esclavos cómplices son ajusticiados por el procedimiento de descuartizarlos en el potro.



Después viene la leyenda. Que el señor Lemos huyó hacia las lejanas y agresivas tierras de Santander y cambió el apellido de Lemos por el de Lamos. Que doña Dionisia buscó asilo en el norte del Cauca en casa de un pariente que era cura y allá tuvo a su hija, fruto de sus amores prohibidos y criminales. Esa hija sería la madre del general José María Obando. Pero este Obando, a su vez, era hijo de un señor Iragorri. Los Obando simplemente lo adoptaron. Después vendrá otra historia más alucinada y alucinante: la feroz contienda entre el hijo bastardo de una Mosquera y Tomás Cipriano, el heredero legítimo de esa opulenta familia, quien veía en su primo la imagen de una ignominia familiar que no quería y no podía soportar.



Don Vicente Pérez Silva en su pequeño libro se limita a transcribir con virtuosismo y paciencia todos los documentos relacionados con este crimen, sin duda apasionado y apasionante.
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