| 9/1/1994 12:00:00 AM

Desierto rojo

Arizona es un mundo por descubrir para los colombianos. La belleza de sus paisajes es única.

Juan Arbeláez, gerente de Continental Airlines, junto con María Victoria Sáiz, de Expreso Viajes y Turismo, invitan a 28 colombianos a Arizona por seis días. La mayor parte del grupo está conformada por golfistas. En Arizona hay más de 120 campos de golf.

DÍA 1

LOS INVITADOS colman la cabina de primera clase del avión de Continental. Son las 8:00 a.m. El avión decola y el servicio de Continental comienza a servir el abundante desayuno. Al cabo de cuatro horas y media el avión llega a Houston. La inmigración es similar a la del aeropuerto de Miami, sólo que la vestimenta del público es más extravagante. Se ven algunos vaqueros. Después de inmigración se hace la conexión a Phoenix, Arizona. El avión de Continental está repleto. El vuelo está programado para las 2:30 p.m. Comienza el vuelo y chequeamos el

itinerario. La llegada está programada para las 3:00 p.m. Son las tres y el avión sigue volando. Las 3:30 y no da muestras de querer aterrizar. Después de dos horas aterriza. Los relojes colombianos marcan las 5:00 p.m. En Phoenix son las 3:00 p.m. Hay dos horas de diferencia con Colombia. Recorremos las calles de Phoenix y Scottsdale. Las montañas rojas se recortan contra el horizonte. El calor es de 40 grados. Hay cactus y palmeras colocados como en una maqueta. No hay edificios, sino enormes casas. No hay basuras, ni huecos, ni mendigos. Efectivamente, estamos en Estados Unidos.

Al llegar a The Phoenician todos quedamos con la boca abierta. Esta se abre más al llegar a las habitaciones. "El baño es más grande que la sala de mi casa", comenta Alberto. Por la noche hay una comida de bienvenida. Nos reciben con margaritas y vino blanco. Al sentarnos a comer, cada uno con dos margaritas

encima o más, no mira el plato. El chef decidió impresionar a la visita colombiana y se esmeró preparando gazpacho de sandía. "Is it hot?", pregunta Julieta. "No, it's cold", contesta el mesero. La primera cucharada quema la boca. El picante llega hasta los ojos. Luego viene el "second course", que consiste en carne de cangrejo enrollada en un cilindro vertical de hojas de naturaleza desértica. Está realmente picante, pero todos se lo comen porque tienen hambre. Cuando esperamos el postre llega el "third course", que consiste en carne de antílope. Si, antílope. Tiene un sabor dulzón que nos recuerda al hígado. El postre todos se lo comen porque la boca es fuego. Nadie sabe qué es pero está excelente.



DÍA 2

LOS GOLFISTAS madrugan a jugar golf en el campo. Los tenistas salen a la cancha de tenis. Las mujeres alquilan bicicletas todo terreno y salen a montar a las 10 a.m. con una temperatura de 35 grados. El calor es seco. Bordeamos el campo de golf más espectacular que hayamos visto nunca. Más tarde explica Linares, un golfista handicap uno, que la gracia del campo es que en todos los campos de golf del mundo lo artificial es la arena. "Aquí lo artificial es lo verde". Efectivamente, Phoenix está en medio del desierto de Arizona, tiene un clima seco y es caliente prácticamente todo el año. En los greens del campo de golf hay enormes ventiladores verdes, que pensamos son para los golfistas. Linares nos explica que son para el pasto. Los gringos no caminan durante el juego de golf. Van en carritos por un camino que bordea todo el campo. En los carritos hay termos enormes con agua, hielo, limonada y Gatorade. Cada media hora pasa una rubia espectacular en un carrito reemplazando el hielo y vendiendo trago. Por todas partes hay avisos alertando contra las serpientes, especialmente la cascabel. Linares hace hoyo en uno en el cinco, que tiene par tres. Agobiadas por el calor algunas mujeres devuelven la bicicleta. Otras subimos a la montaña que rodea el hotel. Después, a la piscina. Hay siete piscinas en el hotel y un tobogán en espiral, controlado arriba y abajo por dos piscineros. Las niñas pasan el día en el tobogán. Los adultos se sientan debajo de un ventilador de agua, que refresca el ambiente. En la piscina no se ven gordos. Tampoco latinos. Todos están cuidadosamente bronceados y las mujeres exhiben unos cuerpos de película.

Rodrigo llega del Spa, diciendo que es como estar en el cielo. Hay música de la nueva era, toda clase de saunas, masajes, hierbas, mascarillas, aeróbicos, pesas, aromoterapia y tratamientos chinos, japoneses, mexicanos y gringos. Por la noche recorremos el centro turístico de Scottsdale, que está dedicado exclusivamente a "memorabilia" y parafernalia del oeste. Botas, sombreros, coyotes, serpientes, correcaminos, pañoletas, artesanías mexicanas e indígenas. Comemos en un restaurante, "Black Angus", una carne de res que parece mantequilla. Alberto jura que vio al Pibe Valderrama porque lo confundió con un cactus redondo, lleno de espinas. Linares paga el trago porque hizo hoyo en uno. Le sale barato: US$ 50.



DÍA 3

SHOPPING. El Mall es enorme, están todos los almacenes, los paquetes pesan, los niños se cansan. Las compras no terminan, la tarjeta de crédito se sobrecarga, empieza el sentimiento de culpa. Nos presentan un desfile de modas en Dilliards, con almuerzo incluido. Proseguimos con las compras y agotamos el presupuesto. Al llegar al hotel vemos que todo lo que cargamos eran sólo empaques, nos gastamos un montón de plata, las cosas no caben en la maleta. Es mejor dormir y olvidar.



DÍA 4

SALIMOS TEMPRANO a Sedona, un pueblo que queda a mitad de camino del Gran Cañón. El desierto es reemplazado por bosques de pinos, venados, conejos y ardillas. El aire es fresco. Mucho turismo, almacenes de artesanías, reservas indígenas. Llegamos a un hotel situado ' lado de un río. Se llama L' Auberge. "Las mujeres deben estar felices", dice Rodrigo. "Esto parece de Hansel y Gretel". Efectivamente, las cabañas y el hotel son de madera, el decorado es francés, o sea lleno de boleros, cortinas y velos. Las camas tienen techo, hay cafetera en las habitaciones, chimenea, pero no hay televisión. La cabaña da al río donde graznan toda clase de patos. Chillan las orugas atrayendo la lluvia. Los zorrillos se pasean campantes por el prado. Está colmado de manzanos, perales y melocotones. Hay un camino alrededor del río. Este sí es el paraíso, Rodrigo. Salimos en jeep a recorrer las montañas, que son rojas y desérticas. Nuestro guía se llama Jim. Está vestido de vaquero, carga una pistola con mango de nácar y un cuchillo. Subimos por un camino destapado y Jim nos cuenta cómo se formaron las montañas. Antes estaban bajo el océano. Son de piedra caliza, pero se han oxidado. De ahí el extraordinario color rojo.. Al regreso Jim frena el jeep en seco. Hay una enorme tarántula en medio de la carretera. Jim la recoge, se quita los guantes, y la hace caminar por su brazo. La tarántula pasa a manos de Alberto y a las nuestras. Se siente como terciopelo. De regreso al hotel Jim se gana veinte dólares de propina. Por la noche comemos en René's. Los platos son venado o pescado. Muy pocos escogen el venado, después de la experiencia del antílope. Felipe come venado y dice que está bueno. De nuevo el postre es espectacular. Por la noche nadie duerme. Las cobijas son de plumas, las camas son muy blandas, hace mucho calor. Rodrigo dice que podrá ser muy bonito pero que no durmió nada. Sólo que lo dice con otras palabras.



DÍA 5

SALIMOS TEMPRANO al Gran Cañón. El paisaje es cada vez más verde. Después de dos horas de viaje finalmente se divisa el monstruo, el Gran Cañón. Rodrigo quiere alquilar avioneta, Linares quiere helicóptero, Juan dice que él baja pero en burro. Camila le da de comer a una ardilla y le muerde el dedo. Almorzamos en "El Tovar", un hotel situado a la orilla del cañón, que data del siglo pasado. Comemos steak con vino rojo californiano. María Victoria decide por todos democráticamente, que no hay tiempo para bajar al Cañón. Más tarde descubrimos que hay que hacer reservaciones con un año de anticipación. María Victoria dice que es suficiente y emprendemos el regreso a Scottsdale. Por la noche es la cena de despedida. Esta vez el chef está advertido y la comida no tiene picante. La carne es de res pero no nos ofrecen margaritas. Por variar el

postre es excelente.



Al día siguiente cada uno se va por su lado. Unos regresamos a Colombia, otros van a Houston, otros a Las Vegas y otros a Los Ángeles. Llegamos a Bogotá y Samper ya se posesionó. Lo mismo que antes. Añoramos el calor seco y los paisajes de Arizona.
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