| 7/1/1995 12:00:00 AM

De joya a utensilio

El tiempo es oro. Esta expresión, que resume tan bien al capitalismo, está íntimamente ligada al reloj.

La historia más antigua del reloj de pulso se remonta generalmente a un modelo cuadrado con pulsera y piedras preciosas, hecho en 1868 por Patek Philippe para la condesa Kocevics de Hungría. Sin embargo, antes de esto, las leyendas existentes están envueltas en el misterio, como la que sostiene que el padre de este invento fue el relojero suizo Jaccquot Droz. La idea de hacer relojes de pulso en lugar de relojes de bolsillo le vino cuando observaba a una enfermera en el parque de una casa. Con el fin de controlar el paso del tiempo y a la vez vigilar el inquieto bebé, había atado su pequeño reloj de colgar a su muñeca con una cinta de terciopelo.

Por otra parte, existe una nutrida documentación histórica y artística acerca de las preciosas pulseras creadas por los grandes joyeros

para damas de la aristocracia, desde principios del siglo XIX en adelante. Sabemos, por ejemplo, que la hijastra de la emperatriz Josefina, Augusta Maglia, recibió dos pulseras con un reloj montado en joyas, como regalo de bodas cuando se casó con Eugene Beauharnais en 1806.

Pero como ocurre con tanta frecuencia con muchos de los descubrimientos del hombre, el verdadero comienzo y aceptación del reloj de pulso como lo conocemos ahora llegó por resultado de la pura necesidad, y debido a cambios precisos en las técnicas y las costumbres. Así como había sido lógico que el tiempo tuviera una importancia relativa en las vidas doradas, vidas de las cortes y la aristocracia, también era igualmente lógico que la puntualidad pronto se convirtiera en una necesidad para todos en una sociedad industrializada.

El primer golpe al dominio absoluto del reloj de bolsillo sobre la humanidad se debió a exigencias militares. Sabemos por los registros de la corte que ya en 1880 Girard Perregaúx proveía de relojes a los oficiales de la Marina Imperial de Austria. Los ejércitos de los otros grandes poderes que se enfrentarían más adelante en una serie de conflictos, coloniales y de otro tipo, también pronto adoptaron los relojes de pulso. Estos obviamente eran más prácticos para ver la hora en cualquier tipo de circunstancia, especialmente al calor de la batalla.

En el mundo femenino, las modas de manga larga de principios de siglo fácilmente se prestaban para el reloj-accesorio, el cual era menos complicado y más práctico que el reloj-joya. Ya no era la gran dama de los salones de moda quien se podía permitir la novedad de un reloj de pulso, sino también la mujer de clase media y la que trabajaba. No todo el mundo podía cumplir su sueño de poseer un Cartier, pero uno de los relojes producidos en masa que algunas compañías empezaron a fabricar fue suficiente para que la mujer hiciera alarde con este símbolo de emancipación. Las estadísticas nos dicen que se vendieron 93.000 relojes de pulso en Alemania en 1902; en 1907 la cifra había aumentado a 400.000.

Incluso el deporte, una revolución en las costumbres sociales de la época y cuyas varias ramas atraían un creciente número de aficionados, contribuyó a la popularidad del reloj de pulso: ciclistas, motociclistas y los primeros choferes de automóviles encontraron una solución a su problema de contar el tiempo, para carreras o simplemente por placer. Ya no había el riesgo de chocarse contra un árbol mientras se trataba de hacer la delicada operación de sacar el reloj del bolsillo, mirarlo y ponerlo de nuevo sin detenerse.

Dos personajes aventureros y aristocráticos dejaron su marca en la historia. De su trabajo conjunto nació un modelo original que se convirtió en una de las marcas legendarias en la historia del reloj de pulso, al punto de que todavía se repite en diversas formas, aun en los años noventa. Estos dos hombres fueron Santos Dumont y Louis Cartier.

El primero provenía de una acaudalada familia brasilera: un atrevido pionero de la aviación, que repartía su tiempo entre las mujeres más hermosas de París y los cielos, en donde continuamente trataba de establecer marcas. Un gran coleccionista y heredero de un nombre mágico en el mundo de la joyería, Louis Cartier, también se dedicaba a un reto personal: combinar el concepto de reloj-joya y su belleza estética, con las nuevas técnicas y exigencias utilitarias impuestas por el estilo de la "edad de la velocidad".

El día en que Santos se quejó a su amigo Louis sobre la dificultad de sacar el reloj del bolsillo de su chaqueta cuando piloteaba un avión, obviamente se quejó a la persona apropiada. Era el año de 1904. El joven Cartier empezó a trabajar y ordenó a los mejores relojeros de su taller que hicieran un objeto que fuera a la vez refinado y revolucionario. La pulsera no era ya el centro de atención y se convirtió en una simple correa de cuero. La caja era cuadrada, para permitir más espacio al mecanismo. El tablero era blanco, con manecillas negras y números romanos para mayor visibilidad. Tal vez por primera vez en un reloj, la caja de oro puro daba mayor importancia a la durabilidad sin restarle elegancia. Todo esto fueron respuestas a requerimientos precisos, pero hechas con creatividad y elegancia. Fue un ejemplo espléndido de lo que hoy se llama diseño industrial. Bautizado sólo posteriormente "Santos", este reloj abrió una senda. En la mítica "Edad de Oro" del reloj de pulso, que muchos consideran se dio desde finales de los años veinte hasta finales de los treinta, esta feliz unión de innovaciones tecnológicas, elegancia estética y gente famosa, lanzó este modelo destinado a convertirse en un hito, aparte de ser un "objeto de deseo" para los coleccionistas.

Mercedes Gletize, la intrépida nadadora que cruzó el Canal de la Mancha en 1927, llevaba un "Rolex Oyster" en su muñeca. Fue el primer reloj a prueba de agua. Rolex prosiguió a comercializar el reloj automático de pulso "Perpetual" en 1931, habiéndose apropiado de la patente registrada en 1926 por Harwood, el inglés que inventó el primer reloj que no necesitaba cuerda. En 1929, Le Coultre ganó una apuesta por el reloj más pequeño del mundo (el tablero mide cuatro por cuatro milímetros).

Duante la misma época, golfistas, tenistas, polistas, deportistas elegantes en general, se mostraron complacidos cuando salió el "Reverso", creado por Jaeger Le Coultre: en lugar de una tapa de vidrio, su caja rotativa de oro o acero también podía usarse para grabar iniciales o una frase sentimental. Llegó a ser uno de los modelos clásicos destinados a no pasar de moda, igual que el reloj de Santos, el reloj de tanque de Cartier (creado para oficiales norteamericanos durante la Primera Guerra Mundial), el Oyster Perpetual de Rolex, y a otro nivel aún más sofisticado de relojería con producción limitada, el "Moon Phase" de Audermars Piguet y Patek Philippe.

Sin embargo, lo mismo ocurrió en el campo de la relojería que en muchos otros sectores industriales: en el preciso momento en que la tecnología alcanza su máximo nivel de perfección en el campo, se hacen descubrimientos que abren nuevos horizontes. Hacia finales de los años sesenta, cuando los relojes mecánicos jamás habían sido tan hermosos ni tan precisos, el novedoso reloj de cuarzo llegó inesperadamente al mercado. La revolución del cuarzo fue un duro golpe para la industria relojera de Suiza: entre 1974 y 1983, la participación Suiza en el mercado mundial del reloj descendió drásticamente del 30% a menos del 10%.

Ginebra todavía seguía siendo el líder en cuanto a mecanismos precisos y relojes costosos, pero arriesgaba ser borrada del todo en las categorías de bajo a mediano precio del mercado, las que precisamente proporcionaban las mayores utilidades. Gracias a una gigantesca renovación tecnológica, y a una estricta política que ha reducido la cantidad de empresas relojeras de 793 en 1981 a 634 en la actualidad (el número de empleados bajó de 45.885 a 30.798 durante el mismo período), la relojería suiza ahora está recuperando el tiempo perdido.

Las categorías de bajo a mediano precio han aumentado en un 13 y un 17% respectivamente en los últimos dos años. Uno de los responsables de esta tendencia es el reloj plástico "Swatch" de Ernst Thomke, cuyos colores y diseños están a la vanguardia de la moda y es, por mucho, el reloj de cuarzo de mayor venta en el mundo; se vendieron siete millones de estos relojes en sólo 1985, y la producción no logra abastecer la demanda del mercado. El 40% de las ventas de relojes suizos corresponden al consorcio Asuag; su volumen de producción es el tercero en el mundo, después de las empresas japonesas Seiko y Citizen.

La crisis producida por la invasión del cuarzo sólo afectó levemente a los relojes más costosos. La relojería suiza ha reafirmado orgullosamente la supremacía tecnológica y estética de las grandes marcas tradicionales como Patek Philippe, Audemars Piguet, Piaget, Vacheron Constantin, Jaeger le Coutre, y la International Watch Company. Han surgido en el mercado nuevas, exclusivas y costosas líneas de modelos de cuarzo. Han salido nombres nuevos que rápidamente han ganado prestigio. Estos descendientes aristocráticos de la revolución del cuarzo están muy lejos de los relojes de cuarzo producidos en serie que nos llegan del Asia; se merecen su lugar en las boutiques y joyerías más sofisticadas (como es el caso de Hublot y Rothschild). Otras firmas, pertenecientes a la aristocracia del reloj-joya, como Cartier, Corum y Van Cleef and Arpels, han instalado mecanismos de cuarzo en algunos de sus modelos. Aun en las categorías de los más altos precios, no se puede negar que los relojes de cuarzo ya están aquí para siempre. Las cifras son suficiente prueba: más del 75% de los relojes suizos que se exportaron al mundo en 1985 eran modelos de cuarzo.

Cómo puede, entonces, quien no ¿es coleccionista escoger un reloj atractivo y confiable, y cómo puede decidir si debe comprar un reloj mecánico o de cuarzo de la misma marca? Nosotros, los coleccionistas, sin duda preferimos el tipo mecánico, pero los expertos de la IWC han presentado el tema en su catálogo con diplomacia y sentido común: "Para escoger el sistema más adecuado a sus necesidades personales, primero decida por qué necesita el reloj, dónde lo va a usar y finalmente, aunque no lo menos importante, cuánto quiere invertir. Si usted quiere un reloj fabricado según los principios clásicos del arte de la relojería, un reloj que le garantice precisión y durabilidad, y un reloj que pueda ser reparado en cualquier lugar donde arreglen relojes en el mundo, entonces tiene todos los argumentos para escoger un reloj mecánico. Si usted desea un reloj excepcionalmente exacto que sólo requiere el reemplazo de su pila cada tres años, entonces considere la compra de un reloj de cuarzo..."

Según Paul Tociapski, experto internacional radicado en Bogotá y propietario de "El Tiempo es Oro", una de las mejores marcas de relojes suizos de colección, especialmente para el pequeño inversionista, es Omega. Este reloj posee toda la belleza y perfección en la mano de obra de otras grandes marcas suizas, pero su precio va desde US$100 hasta US$3.000 por un modelo más exótico.

Entre los nuevos relojeros que están tratando de mantener la tradición, vale la pena mencionar a Alain Silberstein con su original y colorido estilo; Frank Muller y Gerald Genta, quienes fuera de diseñar mecanismos y relojes para firmas como Patek Philippe, Cartier, Vacheron Constantin, etc., fabrican una reducida cantidad de relojes con su propio nombre, por un precio de US$500.000 en su línea más costosa. Entonces, cualquiera que sea su gusto o el precio que pueda pagar, hay un reloj para usted. Y de nuevo, recuerde que los detalles hacen al hombre.
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