| 3/1/1997 12:00:00 AM

Con el puño en alto

El matrimonio del ministro de Trabajo Orlando Obregón con el gobierno Samper radicalizó las posiciones en la CUT. La izquierda se tomó el comité directivo.

Orlando Obregón logró el año pasado lo que siempre quiso: llegar al poder. Después de veinte años de lucha sindical, entró en primera fila al Palacio de Nariño. Y no de cualquier manera. Primero, como gran negociador del Pacto Social a finales de 1994 y un año después como ministro de Trabajo.



Pero mientras Obregón tomaba asiento en el Consejo de Ministros, la fuerza política que lo había llevado hasta allá, la CUT -Central Unitaria de Trabajadores- entraba en una profunda crisis que se resolvió sólo diez meses después con el nombramiento de Luis Eduardo Garzón, militante del Partido Comunista, en la presidencia de la Central. La llegada de Garzón a la presidencia de la CUT, la central más grande del país, con 600.000 afiliados (65% del sector público y 35% del privado), más de la mitad de los sindicalizados del país,marcó un cambio de - A Orlando Obregón se le acabó la luna de miel rumbo y de tono político de la organización obrera.Su prueba de fuego era, después de casi diez años de desmovilización sindical, el paro estatal del pasado 11 de febrero. Y la pasó.



La firmeza del gobierno de César Gaviria frente a la apertura y la modernización de la economía llevaba implícito un duro y claro manejo del tema sindical. Tanto Gaviria como su ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, tuvieron siempre claro que las decisiones de fondo no se concertaban. Y, en efecto, durante sus cuatro años de gobierno sólo en una ocasión entraron los directivos de la CUT al Palacio de Nariño. El Presidente recibió a Orlando Obregón y compañía la víspera del paro del 18 de noviembre de 1990, citado para protestar contra la Ley 50, que defendía el entonces senador Alvaro Uribe Vélez y que se conoció como la de flexibilización del empleo.



Con ese gesto, Gaviria logró su cometido: confundir. La reunión se presentó como la antesala de un acuerdo y por ello, la convocatoria a la movilización resultó un rotundo fracaso. Nada detuvo el proceso de apertura a la globalización de la economía con sus efectos sobre el empleo -se dice que en el cuatrienio Gaviria se suprimieron 150.000 puestos de trabajo- ni la implementación de los decretos ejecutivos para la modernización del Estado ni el impulso a la Ley 100 de Seguridad Social que, en su trámite por el Congreso a finales de 1993, ahogó otro conato de paro laboral. En ese cuatrienio, la CUT no tuvo aliento para nada distinto a realizar sus tradicionales marchas -lánguidas y efímeras- por la carrera séptima de Bogotá. El movimiento sindical, con Orlando Obregón a la cabeza, terminó el período de César Gaviria en un claro debilitamiento.



Por esto, cuando Ernesto Samper, con el efímero vigor de sus primeros cuatro meses de gobierno, a finales de 1994 abrió el espacio para adelantar una política de concertación de productividad, precios y salarios, Obregón no titubéo. Concertación era la palabra mágica que él y su grupo, identificado como el del sindicalismo democrático, esperaban oír. "Desde el poder se trabaja mejor por la dignificación de los trabajadores", dijo. Y fue así como con una débil mayoría de 16 votos contra 14 provenientes de los sectores de izquierda, Obregón llevó a la CUT a comprometerse con el Pacto Social, el programa estrella del primer año de Samper.

Obregón había tomado las riendas de la CUT a comienzos de 1992, en reemplazo de Jorge Carrillo, quien había ejercido la presidencia desde la fundación de la central, en la sede del sindicato de Bavaria en Bogotá, el 17 de agosto de 1986. Aún no llevaba quince días por fuera del gabinete del presidente Belisario Betancur, cuando Carrillo olvidó sus hábitos de ministro de Trabajo para liderar la formación de una central única de trabajadores. Casi cinco años después, en 1991, Carrillo dejó la militancia sindical para formar parte del equipo de negociación de paz con la guerrilla del gobierno Gaviria; un gobierno que el propio Carrillo no había hecho más que descalificar. Terminó tan bien acomodado que una vez frustrada la posiblidad de paz en Tlaxcala prefirió alejarse del megáfono y el mitin: hoy es el embajador de Colombia en Guatemala. "Así eran los dirigentes de la CUT", comentan sindicalistas de base de la Central.



Amarga miel



Para Obregón, el Pacto Social fue la tabla de salvación. En sus manos, no sólo se estaba desmoronando la Central sino que había sufrido una dolorosa derrota personal al ver fracasada su aspiración de llegar al Congreso. Con Andrés Pastrana había intentado ser constituyente, con las listas de Fabio Valencia había llegado al Concejo de Bogotá y con la Nueva Fuerza Democrática había intentado de nuevo llegar al Congreso. Pero ni siquiera esta aproximación política a Andrés Pastrana, el más férreo crítico del presidente Samper, lo atajó en su carrera hacia el poder. Quizá aterrado de reeditar otros cuatro años de marginalidad política, Obregón prefirió echar por la borda no sólo la frágil unidad de la CUT sino su lealtad política con Andrés Pastrana y después con la línea del Directorio Conservador.



En contraprestación a la primera firma del Pacto por parte de los trabajadores, como mecanismo para controlar la inflación, el gobierno, además de las promesas generales, se comprometió a entregar un espacio de televisión en Señal Colombia ("Chóquelas", dirigido por Beatriz Gómez), a apoyar cursos de capacitación en el Sena y a echar a andar un proyecto de ley sobre el derecho de huelga. Eso fue todo. Por esta razón, el actual presidente de la CUT Luis Eduardo Garzón reinvindica la posición crítica que desde entonces defendió: "no había ninguna propuesta de fondo, no se planteaba discutir el esquema macroeconómico ni tocar otras variables inflacionarias diferentes del salario. Tanto era así que el Pacto no sirvió para frenar el desempleo ni el alza en las tarifas de servicios ni los recortes laborales ni la multiplicación de contratos a término fijo ni la privatización de las empresas del Estado. A la gente le tomó un año entender que todo era una farsa. Pero finalmente lo entendió".



Pero mientras Obregón disfrutaba los gestos de amistad de los ministros de Hacienda y Desarrollo, Guillermo Perry y Rodrigo Marín, y hasta de Sabas Pretelt, como presidente del Consejo Gremial, se fortalecía el grupo que se oponía al Pacto y por consiguiente a Obregón. A su cabeza estaba Garzón, un curtido sindicalista de 45 años con un par de semestres de Derecho en la Universidad Libre, formado en el tesón radical de la USO, sindicato del que llegó a ser secretario general; con experiencia política como dirigente de la Unión Patriótica nada menos que en la áspera arena de Barrancabermeja, enfrentando en la contienda electoral regional con Horacio Serpa Uribe; compañero de luchas y de propuesta política de Bernardo Jaramillo Ossa, es un convencido de que el movimiento sindical no puede entregar sus banderas dejándose enredar en las mieles del poder. Llegó al comité ejecutivo de la CUT en 1990 y con paciencia, trabajó durante los últimos tres años como secretario general al lado de Obregón. Hasta cuando llegó su cuarto de hora en diciembre de1995.



El Pacto Social entraba en su segundo año. El 14 de noviembre, la Asamblea de la CUT, con 1.500 delegados nacionales, había aprobado una propuesta de reformulación del Pacto como condición para cualquier firma. Los nuevos elementos buscaban ir más allá y sacarlo del tema exclusivo del ajuste salarial para tocar asuntos macroeconómicos, como hicieron en el paro del pasado 11 de febrero.



Sin embargo, el 9 de diciembre, con una docilidad similar a la del año anterior, Obregón acogió sin cortapisas la propuesta de gobierno y empresarios, liderada por Guillermo Perry y José Antonio Ocampo, el futuro ministro de Hacienda. Y sin grandes discusiones, firmó el Pacto en la Abadía de Monserrate. La satisfacción de los unos se convirtió en el trago amargo de Obregón. El comité ejecutivo lo esperaba a la salida y las fisuras se hicieron más profundas que nunca. Insalvables. Además del malestar verbal, tres de sus principales aliados le quitaron su apoyo: Patricia Buriticá del magisterio, Miguel Angel Pérez de los bancarios y Julio Carrascal de la USO. Los días de Obregón como presidente de la CUT estaban contados cuando apareció el nuevo salvavidas de Samper. La palabra concertación pasó a llamarse Ministerio de Trabajo.



Puño en alto



La salida de Obregón para el Ministerio de Trabajo en enero de 1996 abrió una guerra por sucederlo. Sin ejercer un claro liderazgo, el vicepresidente de la Central, Luis Alejandro Pedraza -de la cuerda de Obregón y presidente del sindicato de Bavaria, hasta hace pocos meses, cuando también fue derrotado por posiciones más radicales-, quiso tomar las riendas. Pero el sector de oposición insistía en la necesidad estaturia de convocar a la elección de un presidente definitivo. La interinidad duró todo el año pasado, hasta finales de octubre cuando Luis Eduardo Garzón se impuso por elección directa, primera en la historia del sindicalismo colombiano, con 160.000 votos. Al presidente, lo acompaña una directiva de 21 miembros dominada por sectores de izquierda, con unos cuantos ultrarradicales incluidos. La representación de llamado sector democrático de Carrillo, Obregón y Jaime Dussán -hoy senador por FECODE- quedó reducida a siete, mientras el solo Partido Comunista tiene seis militantes.



Con la dirección de Garzón, la CUT "aspira a no volver a ser nunca una central de bolsillo y recuperar la credibilidad y legitimidad". Su reto es pasar de un 6% a un 10% de afiliación sindical abriéndole las puertas, con vinculación directa y personal, tanto a los sectores informales que representan el 65% de los 12 millones de trabajadores del país, como a los empleados vinculados por la vía de la contratación temporal. Esta estrategia lleva implícito el impulso a un proyecto de ley que reforme el actual Código Laboral que exclusivamente prevé la formación de sindicatos de empresa, para dar paso a la afiliación individual a la Central. El esquema que Garzón tiene en mente es el de Comisiones Obreras en España y la CGIL italiana, países en donde predomina la negociación sectorial. "Se trata de romper el ritual anual del pliego de peticiones empresa por empresa. La estructura sindical debe resoponder a los cambios macroeconómicos, la reconversión industrial y los nuevos esquemas empresariales, que exigen la apertura y la globalización de la economía, que ya son un hecho que nadie puede negar", explica el presidente de la CUT.



En el pasado paro, las alianzas entre las distintas confederaciones fueron una novedad y contribuyeron también a socavar el poder de Obregón y su Ministerio de Trabajo dentro del movimiento sindical. Lograron establecer un mecanismo de coordinación permanente con las otras dos centrales minoritarias, la CGTD (Confederación General de Trabajadores Democráticos, con clara influencia del MOIR) y la CTC (Confederación de Trabajadores de Colombia, mayoritariamente del Partido Liberal). Esto es "básico para que el movimiento sindical se convierta en un interlocutor en las grandes decisiones del país, en temas como el de la paz, por ejemplo. No podemos dejarnos reducir al salario mínimo y los aumentos anuales".



Lo cierto es que si el Pacto Social es hoy un cadáver insepulto, por cuenta de su demagogia y del fardo de promesas incumplidas del gobierno Samper, el movimiento sindical está resurgiendo, como el ave fénix, de sus propias cenizas.
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