| 5/1/1997 12:00:00 AM

Cien años de soledad

Esta columna, afortunadamente, no ha podido escapar al influjo conmemorativo vinculado a los treinta años de la publicación de Cien años de soledad. Pues ese libro singular y mágico, laberíntico y sin duda extraordinario en todos los sentidos, y también libro que soporta todos los adjetivos posibles asociados a la alabanza y el elogio, es mucho más que una novela y se constituye en una obra que encarna y configura la inmensa y plural amalgama de significados que supone la gestación y la existencia de todo un universo. Universo que sólo fragmentariamente había sido intuido por nosotros mismos, y mucho más fragmentariamente aun por quienes desde afuera miraban con descodificado asombro las peripecias y los avatares de una historia que parecía incomprensible: la historia de América Latina. Por eso, y con mucha razón, la más selecta crítica del fenómeno literario ha reiterado para la novela de García Márquez el calificativo de libro bíblico. Libro de revelación de una historia tejida por enigmas y comprensible sólo por medio del desciframiento de sus claves secretas. Al leer y al releer aquella obra mágica uno sabe y siente que en efecto se trata de un libro de gestación y de vida, como también de soledad y de muerte, libro de frenesí lúdico, de agonía sangrienta, de espera e incertidumbre sobre el destino de un pueblo y de una raza de hombres que en la inagotable circularidad del tiempo histórico viven su existencia como una infinita confusión y agobiados por la aplastante certidumbre de que las claves y los hilos ignorados de esa confusión no les pertenecen sino que permanecen salvaguardadas en las escrituras sagradas de un gitano que manipula prodigios.



Difícil y hasta inútil anotar algo más a la abrumadora y ya casi inabarcable serie de comentarios o de estudios que sobre la novela de García Márquez se han hecho a lo largo de estos treinta años. Personalmente me interesa anotar esa especie de hecho también insólito y también incomprensible de constatar cómo una historia social y culturalmente en virtual y profundo proceso de descomposición y degradación, como objetiva y demostrablemente es nuestra historia colombiana, propicia a veces esa eclosión creativa que le permite al arte y al talento de algunos de sus artistas plasmar un universo donde la historia vuelve a tener sentido y dignidad y hasta un poco de esperanza hacia el futuro. Por eso, mucho más que un comentario estrictamente literario sobre los formidables e insuperables logros estéticos y estilísticos de Cien Años de Soledad, uno se siente, al cabo de estos treinta años de su publicación, de alguna manera obligado a rendir homenaje de admiración al talento exquisito de este gran escritor nuestro que ha significado para Colombia que el mundo ejerza una mirada diferente, una mirada que nos enaltece y que mitiga en parte esa mirada de horror que nuestra perpetua y sangrienta barbarie construye para quienes nos observan desde afuera.



Se me ocurre pensar que si en los ya remotos tiempos de la conquista de América nuestras poblaciones aborígenes fueron seducidas y aplastadas con el eficaz instrumento del trueno de los arcabuces y con la fascinación truculenta de los espejitos, Gabo y su obra han hecho otra conquista del universo con el maravilloso espejismo de una nueva y sugerente magia literaria que penetró los secretos territorios que estaban vedados a la razón occidental. Especie de nuevo logo literario, su obra ha hechizado al mundo al conjuro creativo de un talento que sabe construir infinitas historias fantásticas que paradójicamente se alimentan de lo real.
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