| 8/1/1995 12:00:00 AM

Capital humano en Washington

La fuga de cerebros domésticos está a orillas del Potomac. Para hacerlos volver se requiere más de un revolcón.

En Washington se está señalando de nuevo la falta de capital humano como nuestro principal obstáculo al desarrollo. La economía colombiana está abierta, revolcada, modernizada, descentralizada, atenta a las señales de precios, sin infraestructura, con corrupción y violencia... pero, al parecer, no crece como toca porque no estamos suficientemente educados. Los funcionarios latinos que viajan diariamente entre los suburbios y el DC a tratar de orientar nuestro desarrollo no han incorporado a los modelos explicativos su experiencia personal de sobre-educados-que-emigraron-en-busca-de oportunidades e insisten en que la inversión en capital humano tiene, por principio, excelentes rendimientos en estas latitudes. El hecho de que un vendedor de Sanandresito gane en el país varias veces lo que gana un profesional recién egresado, o un ministro, y que un buen número de nuestros neo-billonarios apenas sepa leer, parecen ser fenómenos de interés sólo para los periodistas.

Washington es probablemente la ciudad con mayor cantidad de capital humano colombiano en el exilio. En forma consistente con estas teorías que identifican este factor como la pieza que falta para alcanzar una senda superior de crecimiento, un buen propósito sería tratar de repatriar ese inmenso acervo de neuronas educadas, entrenadas y leídas. Vale la pena, ahora que la Fiscalía está mermando los beneficios relativos de la "avidez de rentas", evaluar la posibilidad de jalonar nuestro desarrollo con este capital humano "premium".

Sería poco elegante pretender traer el Capital Humano En Washington (CHEW) a punta de decretos, sin recurrir a los incentivos. Parece por lo tanto pertinente un esfuerzo por identificar los factores que han determinado sus decisiones de localización. La estrategia para reacomodarlo entre nosotros deberá tener en cuenta varios factores.

A pesar de que el CHEW es bastante variado -hay especialistas en todo- se puede, simplificando un poco, dividirlo en dos grandes grupos: los que se levantan a leer el Post, desayunan con cereal y ven a Peter Jennings, y los que se acuestan leyendo recortes de El Tiempo, siguen desayunando con pericos y no se pierden a Jorge Ramos por Univision. El CHEW Amañado y el CHE W Que Suena.

Para repatriar las cohortes jóvenes del CHEW Amañado habría que hacer algunos ajustes a la economía colombiana: aumentar el gasto público, agravar las fallas de mercado, exacerbar las externalidades, dejar deteriorar los bienes públicos y desajustar algunas variables macro en forma tal que los beneficios sociales de su "expertise" se cotizaran, en el margen, alrededor de los U$80.000 al año. Buena parte de estas acciones parecen consistentes con el actual programa económico.

Para atraer al CHEW Que Suena, el que considera Washington como un simple trampolín, habría que hacer ajustes más institucionales, como ampliar el número de ministerios, abrir el actual Ministerio de Hacienda en cinco, cotizar otras rectorías y, eventualmente, pensar en varias vicepresidencias.

Dentro del CHEW Que Suena hay un subgrupo que sólo volvería al país para un segundo revolcón, lo cual también exigiría algunos retoques a la Constitución. Recordando que dentro de estas filas la modestia es tan escasa como la castidad en los círculos cercanos a Madonna, el país tendría que readaptarse al estilito arrogante en Palacio, o resucitar a Nemesis, la diosa griega que castigaba la "hubris".

Por el lado de la economía doméstica hay otro criterio que parece relevante para clasificar el CHEW y definir los incentivos necesarios para su regreso, y es el de su situación dentro del ciclo de vida. Al respecto, las categorías relevantes serían la soltería, las familias con "pre-teens" y los senior. Las dos primeras requieren para su eventual retorno, y en forma adicional a los incentivos laborales, de importantes cambios en las condiciones urbanísticas del altiplano.

Para la categoría de los solteros, que incluye por supuesto a las parejas sin hijos, habría que fortalecer la Corporación La Candelaria, animar el Parque Central Bavaria, pulir culturalmente los traders y bolsistas santafereños, recuperar la Cinemateca Distrital, promover una fusión de la Caseta Beatles de la 19 con Tower Records, bajarle aún más los aranceles a Oma-Libros y dar incentivos tributarios para un Pomona al sur de la Jiménez. Como ventajas locales se puede mencionar que la distancia, física y lógica, entre La Candelaria y Palacio es varios órdenes de magnitud inferior a la que existe entre Georgetown y la Casa Blanca y que las posibilidades de descrestar periodistas, y aun editorialistas, son por acá enormes.

Dentro de los miembros de la segunda categoría existe un claro denominador común y es la respuesta a la pregunta acerca de qué tal es vivir en Washington: "Los niños están felices". Tiene sentido. La racionalidad económica llega mucho antes que el uso de razón. Sin exámenes de admisión para entrar al pre-kinder; sin jornadas de transporte al colegio tan largas como el tiempo frente al tablero; con una malla vial infinita y de veras arborizada como pista de patinaje y de bicicleta, con MacDonalds no congestionados, las diferencias en nivel de vida entre Washington y Bogotá para los niños son tan palpables como las que existen entre FAO Schwartz y la Gran Piñata.

Es sin lugar a dudas en este grupo donde habría que hacer los mayores esfuerzos para encontrar incentivos suficientes para la repatriación. Las arandelas extrasalariales deberán incluir la eliminación de impuestos para todos los elementos del menaje doméstico, incluyendo las camionetas 4WD, vans, minivans y similares; garantía de cupo y pago del bono en cualquier colegio bilingüe y que Pedro Gómez no sólo amplíe las zonas verdes de sus

conjuntos residenciales sino que incorpore por fin en sus diseños la idea del family-room. De todas maneras, habría que destinar recursos para subsidiar las negociaciones intrafamiliares que serán muy duras. Como medida complementaria, y bastante más económica, estaría el lobby ante el Departamento de Estado para eliminar las visas al servicio doméstico.

Los cambios suburbanísticos necesarios para atraer estos hogares, como limpiar y dotar de marinas el río Bogotá, llevar autopistas

de ocho carriles, réplicas ampliadas del Centro Andino y buenos colegios a todas las poblaciones sabaneras, son de tal magnitud que, de pronto, parecería más eficiente y económica como estrategia para repatriarlos, la espera de unos cuantos años, hasta que se calme el sonajero, los aportes pensionales ya sean de una magnitud respetable y llegue la temida adolescencia al hogar.

El shock producido por el acné y el "driver's license" de los hijos y, más tarde, su partida para el college, se mezcla con el olor de la guayaba y la "midlife crisis" y surge, entre los senior, y en forma casi natural, un extraño impulso por volver al terruño. Súbitamente las matrículas, los bonos, la inseguridad y el tráfico bogotanos parecen caja menor al lado de la "tuition", el peligro de la droga y el desarraigo cultural. Por esta época, los que sonaban dejaron de sonar, los amañados se van a pensionar, y lo que quieren todos es recapitular, escribir artículos de opinión cortos, amonestar en privado a sus ex alumnos del equipo económico, volver a dictar algún curso y sentarse al lado de una chimenea sabanera a leerse todo lo que compraron en Sidney Kramer. Son básicamente los únicos que, con perspectiva e independencia de Palacio, pueden decir algo pertinente acerca de nuestro despelote. Son claramente los menos costosos de repatriar y, definitivamente, los que más nos ayudarían a entender por qué diablos no crecemos al 8%.

Tal vez valga la pena hacer votos porque los que actualmente suenan+ sigan tan sólo sonando y soñando en Washington con venir a redefinir nuestras instituciones y diseñar, esta vez sí, una estrategia de desarrollo exitosa. Esperemos que madure y se añeje ese impetuoso capital humano a orillas del Potomac.
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