| 2/1/1995 12:00:00 AM

Apertura e ingresos

No es cierto que la apertura haya empeorado la distribución del ingreso. El verdadero problema radica en el desenfrenado gasto público.

Los procesos de apertura económica suelen desatar conflictos clasistas. Puede o no ser cierto que contribuyan a agudizar la concentración, pero no cabe ninguna lucia que estimulan el consumo suntuario y, con ello, el sentido de frustración de las clases bajas. México el año pasado y Venezuela desde 1989 nos han dado buenos ejemplos de lo que puede ocurrir. De ahí la importancia que reciben los programas de gasto social durante tales procesos y el esfuerzo que hacen los gobiernos por renovar el discurso oficial sobre los objetivos sociales del desarrollo.

Este contexto es terreno fértil para la confusión y para las recomendaciones equivocadas cíe política económica. En este caso el mejor ejemplo es Colombia.



LOS HECHOS



En Colombia la distribución del ingreso mejoró en forma continua y muy apreciable desde la década del sesenta hasta fines de los ochenta. También se redujo fuertemente el porcentaje de población pobre, medido bien por niveles de ingresos como por la metodología de necesidades básicas insatisfechas.

Aunque a un ritmo menos rápido, estas tendencias favorables se mantenían incluso a fines de los ochenta. Pero las cosas cambiaron desde entonces. El porcentaje de población pobre (según ingresos) en las siete mayores ciudades, que llegó a ser inferior al 40% en 1989,

aumentó nuevamente al 42.4% en 1990 y al 43.7% en 1992 (véase gráfico). Entre tanto, la pobreza en el campo se mantuvo en sus acostumbrados y alarmantes niveles del orden del 65-66%.

En materia de distribución del ingreso, el fenómeno más notorio a partir de 1990 fue la ampliación de la brecha rural-urbana. En sólo dos años quedó borrada la mejoría que había tenido este indicador desde 1950. En efecto, entre 1990 y 1992 los ingresos rurales cayeron cerca de 15%, mientras que los urbanos aumentaron 11%. El hecho de que la caída del ingreso rural no hubiera dado lugar a un aumento de la pobreza en el campo se debió en gran parte a que la reducción cíe ingresos afectó fuertemente a los grupos rurales mas pudientes, especialmente los cafeteros y los productores de la agricultura comercial Desde 1992 los ingresos del campo se han recuperado, y es muy posible que superen ya los niveles iniciales de 1990.



LAS DUDAS



Después (le todos estos cambios, no es claro si la distribución del ingreso entre toda la población colombiana es actualmente peor que la que teníamos antes de la apertura

Como en todas las discusiones de los economistas, el debate se ha oscurecido con una nube de detalles técnicos y de confusiones conceptuales, que aquí no vale la pena repetir. En esencia, todo el mundo parece aceptar que el coeficiente de Gini, que es el indicador más corriente de la distribución del ingreso entre individuos o entre familias, no siguió mejorando como en el pasado, pero está en discusión si ha ocurrido o no un empeoramiento sustancial.



LA RESPONSABILIDAD DE LA APERTURA



Pero la discusión más interesante apenas comienza: ¿Cuál es la responsabilidad de la apertura en toda esta historia? Los más acérrimos críticos de la apertura no dudan que la distribución del ingreso ha empeorado y que ello es prueba suficiente del fracaso del nuevo modelo económico. Esto es llevar las cosas demasiado lejos, sin mayor fundamento. Desde 1990 no sólo se abrió la economía. También hubo una serie de reformas tributarias y tuvimos la orgía más impresionante de gasto público que haya conocido el país. También cayeron y luego se recuperaron los precios de numerosos productos agrícolas, y también se revaluó en forma apreciable la tasa de cambio real, para enumerar sólo algunos de los hechos económicos más importantes.

Separar el electo de cada uno de estos acontecimientos sobre la pobreza y la distribución del ingreso es asunto de relojería fina. En Fedesarrollo se ha trabajado ya durante cerca de dos años en este asunto, con conclusiones muy interesantes, que pueden resumirse como sigue.

Ni la apertura ni las reformas tributarias pueden considerarse culpables de los cambios en la distribución del ingreso. Al contrario; de no haber ocurrido nada más, estas dos políticas habrían elevado los niveles de ingreso real de los trabajadores del campo y la ciudad, a costa básicamente de los capitalistas y los terratenientes. Y es obvio: la apertura redujo las rentas que recibían estos grupos por electo de las licencias de importación y los precios de sustentación. Por otro lado, la reforma tributaria aumentó los impuestos de los bienes manufacturados y los gravámenes a las empresas y a las personas de altos ingresos. Aunque podría haber aumentado el desempleo, con electos adversos sobre los pobres, esa tendencia quedó contrarrestada por los nuevos mercados de exportación y, en general, las nuevas posibilidades de producción en numerosos sectores industriales y en algunas producciones agropecuarias que surgieron gracias a la misma apertura.

Los cambios adversos en la distribución del ingreso, especialmente entre el campo y la ciudad, se debieron, ante todo, a los errores de las políticas de estabilización. Los dos culpables fueron el excesivo gasto público y la revaluación.

En Colombia, el gasto público mejora ante todo el ingreso de los trabajadores urbanos, especialmente si son calificados, ya que la burocracia y los programas públicos son intensivos en este tipo de personal Si el mayor gasto público tiene lugar en las áreas de justicia, defensa e incluso, pago de pensiones, es muy poco lo que ayuda al bienestar individual de los pobres de la ciudad. S eso fue lo que ocurrió.

En el campo las cosas suelen ser peores: el mayor gasto público menudo perjudica a los trabajadores y a los campesinos. A menos que estos grupos reciban un beneficie directo con programas muy localizados, lo único que ellos perciben es el encarecimiento de su: canastas de consumo y el deteriore relativo de los precios que reciben como productores, especialmente s están en los sectores de la agricultura, comercial que exportan o que compiten con importaciones.

De esta manera, el aumente del gasto público, que buscaba contrarrestar las frustraciones sociales producidas por la apertura y por si secuela de consumo suntuario, dic origen en realidad a mayores priva ciones, especialmente para las familias del campo.

Por razones semejantes, la re valuación también perjudicó a la familias rurales, mientras que benefició a los grupos urbanos. En electo, la reevaluación redujo los ingresos de los sectores agrícolas exportadores y redujo los precios de los cereales y las oleaginosas debido a las importaciones baratas. Así, mientras que las familias rurales perdieron ingresos, las familias urbanas salieron ganando porque se abarató su canasta de consumo.

Podría discutirse largamente si la reevaluación de los últimos años fue o no responsabilidad de las autoridades económicas. Cuando menos, les cabe una dosis de culpa por haber propiciado el gasto y por lo tanto la reevaluación con una mezcla de bajas tasas de interés, crédito abundante y un alarmante despilfarro fiscal.



CAMBIAR CUÁLES POLÍTICAS



Si no hubiera habido apertura ni reforma tributaria, esta combinación de políticas de estabilización hubiera producido una verdadera catástrofe en términos de reevaluación, aumento de la pobreza rural y deterioro de la distribución del ingreso. Por', consiguiente, echar atrás la apertura con el argumento de que se deterioró la distribución del ingreso sería botar el agua de la bañera, con niño y todo. Más conducente sería recortar de inmediato el gasto público. La mejor manera de ponerle corazón a la apertura es poniéndole. eficiencia al sector público.
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