| 10/12/2001 12:00:00 AM

Diana Obregón, Bogotá

Diana Obregón, Bogotá
Máster en historia, Universidad Nacional



Doctorado en historia de la ciencia, Virginia Tech, Estados Unidos



Profesora asociada de la Universidad Nacional



Premio Ciencias Sociales y Humanas



Trabajo: Batallas contra la lepra. Estado, medicina y ciencia en Colombia.



¿Usted sabía que en el siglo XIX hubo un colombiano llamado Juan de Dios Carrasquilla que hacía investigación de punta en el área de la bacteriología, que participó en el Primer Congreso Internacional de la Lepra en Berlín y que fue mundialmente reconocido por sus investigaciones? Esto y mucho más se puede descubrir al leer la investigación de Diana Obregón sobre una enfermedad que marcó la profesionalización de la medicina en Colombia: la lepra.



-¿Y por qué la lepra?



"Antes de esta investigación había hecho otra sobre sociedades científicas en Colombia y, al leer las revistas médicas desde 1873, me di cuenta de que los médicos tenían mucho interés en la lepra y que los principales investigadores en bacteriología habían trabajado bastante sobre el tema". Eso le causó curiosidad y, saciándola, se le han ido ya 10 años.



Varios hallazgos la han sorprendido:



Uno es el de Juan de Dios Carrasquilla, quien en el siglo XIX lanzó la teoría de la transmisión de la lepra por las pulgas, la cual fue rechazada por la comunidad internacional. La sorpresa está en que hoy, 120 años después, se han empezado a aceptar a los insectos como transmisores de la enfermedad...



Otro fue el de la necesidad de los médicos de "medicalizar" la lepra, para lo cual se exageraron las cifras de contagio en Colombia y, con el temor que lograron infundir, consiguieron que el gobierno estableciera un régimen para los enfermos de lepra y los pusiera en aislamiento común cercados de "cordones sanitarios", que no eran más que alambre de púas. Incluso, hasta mediados del siglo XX, hubo una legislación para denunciar a quienes padecían lepra.



Es más, Diana Obregón encontró que a mediados de los años 1930 el gobierno gastaba el 80% de presupuesto de higiene pública en una sola enfermedad, descuidando así, por ejemplo, la fiebre amarilla y la tuberculosis.
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