Un desastre anunciado

| 5/26/2000 12:00:00 AM

Un desastre anunciado

Nuestras exportaciones de confecciones a Estados Unidos podrían desaparecer a causa de las preferencias obtenidas por los competidores del Caribe. La amenaza era conocida, pero hicimos poco por evitarla.

Con una sola decisión del Congreso de Estados Unidos, la industria de confecciones de exportación de Colombia quedó expuesta a la situación más difícil de su historia. El 11 de mayo pasado, el Congreso de ese país aprobó la Ley de Comercio y Desarrollo del año 2000, que ofrece a las confecciones de los países de la Cuenca del Caribe (CBI) los mismos beneficios arancelarios que tienen los miembros del Nafta. En consecuencia, las confecciones caribeñas van a tener una ventaja arancelaria de 17% en promedio frente a las colombianas. En una actividad donde los negocios se ganan o se pierden por centavos de dólar, esto podría significar la desaparición de nuestra industria como jugador internacional.

Las confecciones están entre los renglones más dinámicos de nuestro comercio exterior, con US$371 millones exportados a Estados Unidos en 1999, de acuerdo con las cifras del Departamento de Comercio de ese país. Según cálculos del Ministerio de Comercio Exterior, de no recuperarse la competitividad perdida por cuenta de la ley, podrían desaparecer US$250 millones al año en exportaciones. Cerca de 50.000 empleos directos, 120.000 empleos indirectos y 240 plantas de producción entran en riesgo de perderse en el corto plazo. El impacto social en ciudades como Medellín podría ser devastador.



¿Cómo pudo suceder algo así? Tanto la existencia de este proyecto de ley, como su impacto potencial sobre la industria, eran conocidos desde hace años. De hecho, los países del CBI comenzaron su tarea de lobby en Estados Unidos hace 6 años, tan pronto como vieron que el contenido del Nafta (Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte) los perjudicaba. Entre tanto, si bien el gobierno colombiano estaba atento al proceso, su esfuerzo fue mucho menor. Por una parte, nunca ha existido una estrategia a largo plazo de lobby oficial y, por otra, el gobierno actual, en medio de las preocupaciones de la paz y del Plan Colombia, no pudo dedicarle a este tema específico de comercio exterior el esfuerzo que se merecía. Para completar, los textileros colombianos solo contrataron una firma de lobby en Estados Unidos hace tres meses. Las consecuencias están hoy a la vista.



El acceso es la clave




En un producto intensivo en mano de obra como las confecciones, cualquier ventaja arancelaria al entrar a Estados Unidos puede ser decisiva. Basta ver los datos para entender la importancia de este factor.



Como parte de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (CBI), Estados Unidos ha permitido desde los años 80 el acceso de las confecciones de esos países sin pago de aranceles sobre la materia prima, siempre y cuando los productos hayan sido manufacturados con telas fabricadas y cortadas en Estados Unidos (en otras palabras, solo pagaban arancel sobre el valor agregado, que está dado fundamentalmente por la mano de obra). También les otorgó acceso prácticamente ilimitado, por fuera de las restricciones cuantitativas del Acuerdo Multifibras. Esto permitió que la región tomara un fuerte impulso como exportador hacia Estados Unidos. Para 1994, los países del Caribe exportaban casi US$3.200 millones en confecciones a Estados Unidos.



Sin embargo, en 1994 un nuevo cambio legislativo alteró el balance de competitividad. Con la firma del Nafta, las confecciones de México comenzaron a entrar a Estados Unidos totalmente libres de aranceles, mientras que las del CBI aún pagaban el impuesto sobre el valor agregado. A partir de ese momento, las ventas mexicanas al vecino del norte se dispararon y México se convirtió en pocos años en un jugador de importancia similar a la de los países del CBI. En 1999, México vendió US$7.700 millones en confecciones a Estados Unidos, mientras que el CBI exportó US$8.820 millones.



¿Y Colombia, qué? Aunque nuestras ventas de confecciones a Estados Unidos y nuestra dependencia frente a ese mercado aumentaron en los 90, la bonanza creada por el aumento de las importaciones de Estados Unidos (que casi se duplicaron entre 1992 y 1999) fue aprovechada por otros proveedores. Colombia, que vendía US$293 millones en confecciones a Estados Unidos en 1992, pasó a vender US$371 millones en 1999, pero su participación en el total bajó de 1% a 0,7%. Entre tanto, México aumentó su participación de 3,9% a casi 15%.



Lo que viene



¿Qué se puede hacer? Lo primero es buscar la aprobación de un acceso similar para Colombia en alguna ley que vaya a ser considerada pronto por el Congreso de Estados Unidos. No son muchas las opciones.



La Embajada de Colombia en Estados Unidos y el Ministerio de Comercio Exterior están buscando un vehículo legislativo que permita revivir el acceso de las confecciones colombianas (en lenguaje local se diría que están tratando de meter un mico en alguna ley gringa). A pesar de la derrota, Colombia había creado una actitud positiva entre los senadores y representantes que tienen la mayor influencia sobre estos asuntos. No se logró el objetivo porque el cronograma de los debates se retrasó y, para poder cumplir los objetivos legislativos que vienen (incluyendo la legislación sobre el status de China en materia comercial, necesaria para que ese país entre en la Organización Mundial del Comercio), los líderes de los dos partidos acordaron que la discusión se limitaría al texto original de la ley, el cual no incluía el tema de Colombia.



Lo que están buscando ahora es un proyecto legislativo que tenga origen en la Cámara y trate temas comerciales o de presupuesto. Se ha hablado de incluir este punto como parte del Plan Colombia, pero eso implicaría introducir disposiciones comerciales en una ley de apropiaciones, algo que, simplemente, no se hace. Una posibilidad sería buscar que el tema sea incluido en la renovación de la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas (Atpa), pero este camino tiene varios inconvenientes. Por una parte, esta ley solo sería aprobada a finales del 2001, en el mejor de los casos. Por otro, implicaría que Estados Unidos tendría que dar acceso libre no solo a los textiles de Colombia, sino también a los de las otras naciones andinas. Es poco probable que la medida fuera aprobada en estas condiciones. Queda poco tiempo y son pocos los que ven con optimismo esta perspectiva para el resto del año.



Pelea larga



Más vale que los colombianos nos metamos en la cabeza dos lecciones de esta experiencia. Primero, si aspiramos a tener una iniciativa comercial importante en el mercado de Estados Unidos algún día, tenemos que aprender a manejar el lobby y el sistema de toma de decisiones en el Congreso de Estados Unidos. Y segundo, si decidimos no hacerlo, podemos contar con que alguien más va a tomar la iniciativa y nos va a quitar el terreno.



Es indispensable desarrollar un trabajo conjunto y muy intenso de lobby, con el gobierno y el sector privado operando en paralelo, si queremos entrar y permanecer en el mercado de Estados Unidos. La política comercial de ese país es bombardeada permanentemente por intereses particulares y poderosas fuerzas políticas. El gobierno colombiano tiene que estar atento a su evolución, para diseñar estrategias y mantener la presencia del país en la agenda. Pero a la hora de las decisiones, la gestión del sector privado es vital. En el fondo, es el único que realmente importa.



Esto es así por una razón: cuando un congresista de Estados Unidos da su voto a favor de alguna medida que favorece a Colombia, no lo hace pensando en ayudar a un país subdesarrollado, sino en los votos que va a ganar en su estado o en su distrito electoral. Esos votos solo se materializan después de que los consumidores y las empresas de la localidad se han convencido de que la iniciativa les conviene. Y solo los empresarios colombianos pueden movilizar a los empresarios y consumidores de Estados Unidos para que hagan valer sus intereses comunes. Si los empresarios colombianos no se meten de lleno en el proceso, es imposible obtener resultados.



Mientras que el lobby del CBI empezó hace 6 años (hasta el famoso beisbolista dominicano Samy Sosa fue reclutado para esta tarea), los confeccionistas colombianos solo contrataron una firma especializada en Estados Unidos hace 3 meses. Hay que gastar plata. En los años que precedieron la firma del Nafta, México gastó más de US$5 millones en lobby. Y el sector privado mexicano mantuvo en Washington una oficina paralela a la del gobierno, para adelantar su propia gestión. En la actualidad, contratar a una firma especializada cualquiera puede representar un gasto entre US$10.000 y US$20.000 al mes. Pero los rendimientos son visibles. El incremento en el valor vendido en confecciones por los países del CBI se medirá en miles de millones de dólares adicionales de exportaciones.



Lo que les acaba de ocurrir a los confeccionistas debería dar un campanazo de alerta para todo el sector productivo colombiano y para el Gobierno. En el legislativo de Estados Unidos ya ha calado la idea de que Colombia es importante y hay que ayudarla. Hay que construir sobre esta actitud, no solo para buscar la aprobación del libre acceso para las confecciones, sino para emprender una gran iniciativa comercial entre Colombia y Estados Unidos. Eso solo se logra si los empresarios colombianos se sientan a armar un proyecto en serio y asumen todos los costos necesarios para ir a Estados Unidos a venderlo. Para ello es indispensable aprender a hacer lobby, una materia en la que todavía no llegamos siquiera al kinder. Los empresarios colombianos y, sobre todo, el gobierno de turno deben saber esto: las decisiones que se dejan de tomar hoy pueden representar la desaparición de una industria mañana.



La ministra de Comercio, Martha Lucía Ramírez, impulsó una ofensiva delobby por parte de los confeccionistas colombianos. Pero fue demasiado tarde.



El embajador en Washington, Luis Alberto Moreno, ha logrado un acceso privilegiado en el Congreso de Estados Unidos. Pero el de las confecciones es solo uno de los temas de su agenda.





El problema



Las confecciones de los países del Caribe van a aumentar su participación en el mercado de Estados Unidos, gracias al nuevo acceso privilegiado.



Cerca de US$250 millones de exportaciones colombianas entran en peligro.



Lo que viene



El gobierno buscará otra ley en la que pueda meter una sección sobre acceso privilegiado para Colombia.



Lo que les pasó a las confecciones les puede pasar a otros sectores. La mitad de las guerras comerciales se dan en el lobby ante el Congreso de Estados Unidos.



Hay que hacer lobby, pero esto cuesta. Una campaña cualquiera puede valer US$20.000 mensuales.
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