| 2/18/2005 12:00:00 AM

Qué pasa con el empleo

En 2004 se retiraron 508.000 personas del mercado laboral. Qué están haciendo estas personas es el gran interrogante que nadie ha podido responder.

Cuando el DANE reportó la cifra de desempleo de diciembre de 2004, todo parecía indicar que se trataba de una excelente noticia. Al parecer, la tasa de desempleo seguía su tendencia descendente, al pasar de 12,3% en diciembre de 2003 a 12,1% al finalizar 2004. No obstante, una mirada más a fondo de las cifras muestra que la situación del empleo más que alentadora es preocupante, pues la economía colombiana no está generando nuevos puestos de trabajo.

La reducción del desempleo en 2004 no fue resultado de un aumento en el empleo como cabría esperar, sino, por el contrario, de una reducción en la tasa global de participación que pasó de 62,5% a 59,7%, pues la población económicamente activa (PEA) pasó de 20,7 millones a 20,2 millones en los 12 meses. Es decir, 508.000 personas se retiraron del mercado laboral. De otra parte, el número de personas ocupadas se redujo en 408.000, lo cual significa que ese mismo número de empleos se perdió en el año.

Ante esta situación surgen dos interrogantes. Primero, cómo puede explicarse que en una economía en expansión caiga la demanda de trabajo, sobre todo cuando el sector que está impulsando el crecimiento, la construcción, es uno de los más intensivos en mano de obra.

Segundo, si la generación de empleo está cayendo -como lo muestran las cifras del DANE-, cuál fue realmente el crecimiento de la economía en 2004 y cuál será en 2005.

En cuanto al primer interrogante, el gobierno atribuye la reducción de la tasa de participación al hecho de que dadas las mejores perspectivas económicas de los hogares, muchos jóvenes abandonaron el mercado de trabajo para reingresar a la universidad y para incorporarse a las fuerzas militares.

Esto a su vez podría tener una explicación en el mejoramiento en la calidad del empleo y, por tanto, de los ingresos que de acuerdo con los expertos se han venido dando en la economía colombiana. De hecho, mientras que en 2003 había 6,6 millones de subempleados, en 2004 esta cifra se redujo a 6,2 millones, o sea, en diciembre de 2004 había 413.000 subempleados menos. Esto es, sin duda, una buena noticia pues implica que la economía se está formalizando, pero difícilmente puede aceptarse como una explicación a la reducción en la generación de empleo.

Muy posiblemente, la economía se desaceleró al ritmo que lo hizo el empleo.

De hecho, esto tiene qué ver con el segundo interrogante, el crecimiento de la economía. Para que el PIB crezca, se requiere el crecimiento de los factores de producción, esto es el empleo, la productividad y/o el capital físico. Si bien, según estimativos de Fedesarrollo, la productividad aumentó en 2004 y lo hizo también el capital, contribuyendo cada uno de estos factores en 1,7% y 1,5%, respectivamente, el lunar estuvo en la contribución del empleo que fue apenas de 0,8%.

El consumo es otro punto relacionado con el empleo que está afectando el crecimiento. De hecho, el consumo -que representa el 83% del PIB- está estancado, en tanto que el consumo per cápita es apenas comparable al de hace 11 años. Lo grave es que si no aumenta el número de empleos en la economía, difícilmente podrá darse el crecimiento en el consumo que se requiere para que la economía crezca.

Qué puede hacerse entonces para que aumente la generación de empleo. La reforma laboral, Ley 789 de 2002, buscaba precisamente esto mediante una mayor flexibilización del mercado laboral. La ley amplió la jornada diurna, eliminó los recargos, redujo los costos de despido y redujo además los aportes parafiscales para los nuevos empleos. Con estas modificaciones, el gobierno esperaba la creación de 480.000 empleos nuevos, el 48% de los cuales debía lograrse en el primer año.

El economista Hugo López, de la corporación CIDE, y los investigadores Remberto Rhenals y Elkin Castaño hicieron una evaluación del impacto real de la reforma mediante un modelo estadístico, en el cual la demanda de trabajo era la variable dependiente y el PIB urbano, los salarios mínimo calificado y no calificado y tres períodos de cambio estructural 1991-1993; 1994-2002 y 2003-2004 las variables independientes.

Estos economistas, mediante la aplicación de su modelo, establecieron que la reforma y otros cambios estructurales del mercado laboral explican la creación de 260.000 empleos en 2003. Es decir, la generación de empleo esperada por la reforma estaba sobrestimada.

De acuerdo con una encuesta realizada por el Ministerio de Protección Social entre 200 empresarios, la mayor parte de los efectos se dio por la extensión de la jornada diurna y la disminución de los recargos dominicales y festivos. La disminución de los costos de despido y la reducción de los costos parafiscales tuvieron poco impacto en la creación de nuevos empleos.

A pesar de que el efecto de la reforma fue inferior al esperado, los economistas del CIDE consideran que fue positiva ya que si no se hubiera hecho, la situación del empleo sería peor. Adicionalmente, gracias a la reforma, la calidad del empleo es mejor, particularmente en las grandes ciudades.

No obstante, a juicio de Hugo López y su equipo, si se quiere seguir avanzando en el tema del empleo es necesario hacer algunos ajustes a la Ley 789 de 2002.

Estos ajustes comprenden una buena reglamentación del contrato de aprendizaje para hacerlo extensivo a la educación media y una revisión de los programas de apoyo al desempleado y los subsidios para la creación de nuevas plazas de trabajo que no están funcionando adecuadamente.

Es fundamental avanzar en el tema del empleo, pues si se mantiene estancado, difícilmente se logrará el aumento en el consumo que se necesita para que la economía crezca. En este sentido es indispensable hacer las reformas que se requieren desde el punto de vista de la ley, pero -más importante aún- es indispensable que el país atraiga inversión privada tanto interna como externa, así como inversión pública. Esto, sin embargo, no será posible si el gobierno no hace el ajuste fiscal pendiente que finalmente es lo que da la seguridad de que las reglas del juego no cambiarán cada vez que se requieran recursos para financiar el déficit.
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