| 3/19/2004 12:00:00 AM

Proyecto inteligente: ¿ingenuidad o engaño?

El Proyecto Inteligente era el programa bandera de capacitación en tecnologías de informática del Estado. Este pretendía formar 25.000 programadores. Sin embargo, las frustraciones son mucho mayores que los resultados.

A mediados de 2001, el gobierno colombiano y el sector privado se embarcaron en lo que prometía ser uno de los más ambiciosos programas de capacitación en el área de tecnologías de informática jamás vistos en el país. El Proyecto Inteligente (PI) era uno de los pilares de la Agenda de Conectividad (AC), por medio del cual Colombia aspiraba a contar con 25.000 programadores de software certificados internacionalmente.

Pero la promesa ha mostrado pocos resultados, por lo menos hasta hoy. En lugar de contar con cientos de programadores certificados o en proceso de serlo, a marzo de 2004 hay poco más de cien. El proyecto está congelado desde junio de 2003. La Nación ya enfrenta demandas por incumplimiento y puede esperar otras en un futuro cercano. Estudiantes frustrados en todas partes del país están reuniendo pruebas para formalizarlas.

El objetivo del Proyecto Inteligente (PI) es suplir la falta de programadores en el país. Se diseñó con un subsidio a la demanda, gracias al cual el estudiante usa un crédito del Estado que puede ser condonable en 60% al recibir una certificación internacional en alguna de las plataformas tecnológicas. El PI quiso utilizar el modelo de franquicias para asegurar que los estudiantes recibieran la mejor educación de parte de quienes ya tienen experiencia. En septiembre de 2001, 11 entidades capacitadoras entre institutos de educación no formal y universidades comenzaron a recibir estudiantes en el marco del PI. Todas ellas debían contar con un asociado internacional con experiencia en capacitación en Tecnologías de la Información, TI. Algunas entidades colombianas escogieron socios estadounidenses como IBM o Microsoft, mientras que otras eligieron entidades de educación no formal internacionales como las firmas indias, TATA y Pentasoft, entre otras.

Miles de jóvenes vieron en el programa una oportunidad única de conseguir financiación, estudiar y trabajar en uno de los campos laborales más promisorios. "Estudiar primero, pagar después, recibir una condonación de hasta el 60% de mi deuda y todo para certificarme en herramientas del futuro, es una oportunidad que no se puede dejar pasar", dice Luis Alberto Soto, estudiante de la capacitadora Arquimedex.

El PI era teóricamente sólido y seguramente habría sido un paso fundamental para que Colombia cerrara su brecha digital. Pero ¿qué lo llevó a este estado? Las respuestas son muchas, difíciles y tocan a todos los actores involucrados: entidades capacitadoras, Estado y estudiantes.

En primera instancia, las entidades capacitadoras rápidamente enfrentaron problemas financieros. Para algunas de ellas, la demanda de estudiantes sencillamente no fue la que esperaron. Para la Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, la idea era "bajar al programador de su taxi", dice Oscar Alvera, director del CETI de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Sin embargo, eso no se dio. "Estas instalaciones necesitan una demanda permanente", dice. Cuando en junio de 2003 Colciencias decidió no otorgar más créditos para nuevos estudiantes, todas las entidades por igual, grandes y pequeñas, entraron en dificultades.

Para Alberto López, director de la AC hasta mediados de 2003, el problema consistió en que no se estaba cumpliendo el espíritu de abaratar los costos para el estudiante. Las tasas de los préstamos eran demasiado onerosas y los plazos demasiados cortos. Para Germán Barriga, ex consultor de la AC, el problema estuvo en que el PI debió haber hecho un estudio sobre la capacidad de pago de los estudiantes objetivo, que nunca hizo.

Las entidades creadas a raíz del PI sufrieron más que las ya existentes en el mercado y que las universidades. De las primeras, unas quebraron y otras enfrentaron serios problemas de flujo de caja. Y lo que debió ser una competencia sana entre ellas por atraer estudiantes, rápidamente se convirtió en lo que se puede calificar como una "guerra del centavo" por capturar estudiantes. Algunas entidades convencieron a los jóvenes con promesas de empleo en fábricas de software colombianas y de incluir sus hojas de vida en exclusivas bases de datos internacionales. Promesas que hasta ahora nadie ha cumplido.

Las quejas comenzaron a llegar de inmediato, recuerda Barriga, y rápidamente fue evidente la falta de preparación de muchas entidades. En la medida en que necesitaban captar más estudiantes, ablandaron sus criterios de selección. Así, los cursos se volvieron demasiado heterogéneos, lo cual entrabó la capacitación. "Había personas que no sabían usar ni el mouse", dice un ingeniero de sistemas alumno del PI. La Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, ACAC, ONG encargada de administrar el programa, concluía en una evaluación, que "los procedimientos de selección no funcionan adecuadamente, dado que muchos estudiantes se quejan de la falta de conocimiento del área". Peor aún, un buen número de quejas se referían a la deficiente calidad de los docentes, elemento esencial de una entidad capacitadora.

Para muchas entidades, el problema radicaba en que el modelo de educación de sus socios internacionales no había sido adaptado para Colombia. Por ejemplo, con los socios de India surgían problemas culturales. Mientras que la feroz competencia en India obliga a los estudiantes a preparar hasta 100 páginas de material al día, en Colombia esas condiciones no se cumplen. Más aún, la formación académica y, sobre todo, matemática en India es más fuerte que en Colombia, lo que también dificultó la adaptación del modelo, dice Alvear.

Las capacitadoras colombianas se vieron abocadas a trabajar con algo imprevisto: la pedagogía con estudiantes de múltiples perfiles. La mayoría de las entidades existentes antes del PI ofrecía cursos de educación en TI para un mercado objetivo dominado por ingenieros de sistemas o técnicos. Como comenta Rogger Rodríguez, de New Horizon, "no sabíamos cómo enseñarle a un abogado o a un diseñador".

Pero había una falla mayor en toda la concepción del PI. Para René Sarmiento, director académico de Arquimedex, era iluso pretender que un profesional sin conocimiento en TI pudiera certificarse internacionalmente en alguna plataforma. "Un ingeniero de sistemas necesita nueve meses de estudio para lograr una certificación. Es improbable que un no ingeniero de sistemas lo logre en ese tiempo también", dice. Sin sorpresa, según la evaluación de la ACAC, los ingenieros de sistemas, electrónicos o personas con amplia experiencia en TI son los más exitosos del PI. No obstante, hay excepciones de biólogos y literatos que se han certificado. Eran las excepciones a la regla. El modelo indio de capacitación en TI no funciona como se planteó en Colombia. Allá los cursos para un estudiante de cualquier profesión se limitan a familiarizarlo con el mundo de la informática, no hay pretensión de certificación internacional. Esta etapa vendría después, solo si el estudiante cree que tiene la madera. Colombia ha pretendido saltarse la fase introductoria.



as dificultades de "colombianizar" el modelo estaban previstas, dice Marta Rodríguez, antigua directora de la AC. La figura del asociado internacional era para que ambos trabajaran sobre la mejor manera de hacer funcionar el modelo en Colombia. "De eso se trata una alianza y, por ello, la figura de la franquicia", dice.

Sin embargo, esto a veces era más fácil de decir que de hacer. Varias entidades colombianas tuvieron problemas con su asociado internacional. Por ejemplo, los asociados indios a veces enviaban materiales obsoletos. Por otra parte, hasta los programas de capacitación diseñados por empresas multinacionales no existían para la fecha de comienzo de los cursos o no incluían todo el material necesario. A esto se sumó la velocidad con que cambiaban los currículos en el mundo de TI, cambios que a veces son imposibles de incorporar en las capacitaciones. Así, la improvisación de ciertos asociados internacionales fue necesariamente trasladada a los estudiantes. Muchas entidades se vieron obligadas a descontinuar o alterar las rutas de certificación de ciertos programas con el consecuente descontento. "La exigencia del asociado internacional como respaldo a los programas de capacitación no obtuvo los resultados esperados, ya que el aporte en la gran mayoría fue mínimo", dice María del Rosario Guerra, directora de Colciencias.

Para varios empresarios, el PI también sufrió por la falta de vigilancia de las entidades encargadas. Para Felipe Botero, gerente de ApTech, y Rodríguez, de New Horizon, uno de los mayores problemas es la ambigüedad en cuanto a quién está al mando. Por ejemplo, aducen que no hay un contrato que obligue a la entidad capacitadora con Colciencias y viceversa. "Hay un compromiso unilateral, mas no un contrato administrativo", dice un abogado de ApTech. "Si no hay relaciones contractuales que obliguen, las partes están libres para hacer lo que quieran", agrega. Para Guerra, de Colciencias, es necesario destacar que la responsabilidad primordial de la educación es de las instituciones de capacitación y, por tanto, a ellas les compete prestar el servicio de manera adecuada.

El PI sí contempla sanciones para las entidades capacitadoras, algunas de las cuales se han aplicado por parte de la ACAC y Colciencias. Eduardo Posada, director de la ACAC, recuerda que otras entidades, como la Secretaría de Educación y el ICFES o el Ministerio de Educación también pueden ejercer control. Sin embargo, para muchos no se hizo suficiente y esto pudo haber distorsionado la competencia entre las entidades capacitadoras, que era la idea del PI cuando nació. "Las entidades malas deben salir del PI, permitir que las buenas continúen y dejar de distorsionar el mercado", dice Botero, "pero esto no ha funcionado así". Para Posada, de la ACAC, la vigilancia y el control se han ejercido, aunque "tal vez falte más experiencia para hacer esto mejor".

A la sinfonía de 'primiparadas' del PI, le llegó su congelamiento en junio de 2003. El Estado colombiano decidió que el programa ya había gastado cerca de $20.000 millones, las quejas eran demasiadas y los certificados sumaban 106. De hecho, ya no se hablaba de 25.000 programadores. El Estado decidió concentrar la tarea en cómo cumplir la meta inicial de 5.000 programadores.

La ACAC dice que si bien los ajustes a este programa bandera son un imperativo, al PI no se le debe medir anticipadamente. Y tal vez con razón. Estos programas de capacitación requieren tiempo, años, no meses. No solo la ACAC y Colciencias, sino las entidades capacitadoras reconocen eso. Además, vale la pena aclarar que varios estudiantes a veces optan por no certificarse. Al fin y al cabo, la certificación es opcional.

Y ¿quién paga los platos rotos? Principalmente, los estudiantes. Varios de ellos adeudan hasta $15 millones y muchos no se sienten en capacidad de certificarse y recibir la condonación. Mientras tanto, los que pertenecían a entidades que han quebrado están en un limbo. Seguramente, hay un elemento de cuidado que debe tener todo comprador, para asegurarse de saber más acerca de qué está comprando. Sin embargo, la pregunta es hasta dónde se puede considerar que a los estudiantes del PI se les permitió perseguir sueños, tal vez, inalcanzables y hasta dónde fueron poco diligentes en su selección de institución o con su educación. El PI, como ha funcionado hasta ahora, ha resultado en insatisfacción y desilusión para los estudiantes. Muchas de sus quejas tienen validez, otras no. La ACAC sostiene que muchas se originan en estudiantes que se dieron cuenta de que la certificación era más difícil de lo que pensaban y quieren evitar pagar lo que deben. De nuevo, esto puede tener validez, pero algunas de las demandas las preparan estudiantes que son ingenieros de sistemas con amplia experiencia en el campo de TI. Y de ellos hay quienes se han certificado.

Lo positivo de lo sucedido con el PI es que se ha aprendido. Para la segunda fase del PI no se admitirán nuevas entidades de educación no formal y se estandarizarán los exámenes de admisión, entre otras. Tras los tropiezos del inicio y por el bien del país y de los estudiantes esperanzados, ojalá el PI pueda cumplir sus promesas, porque si bien su reputación se ha desdibujado no deja de ser un proyecto importante para Colombia.
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