| 3/26/1999 12:00:00 AM

¿Para dónde va Colombia?

Colombia tiene un modelo de sociedad que hizo crisis y el cambio es urgente. Entrevista con Hernando Gómez Buendía sobre su teoría del Almendrón.

En medio de las angustias por la crisis cotidiana, todavía quedan colombianos que piensan en grande, en largo plazo y en causas profundas de nuestra realidad diaria. Hernando Gómez Buendía dirige desde hace tres aos un proyecto de Colciencias orientado a forjar un pensamiento estratégico y prospectivo para preparar un agenda de país para el siglo XXI, en el cual participan 22 de los más destacados intelectuales, provenientes de las más diversas disciplinas académicas. El 26 de marzo aparecerá ¿Para dónde va Colombia? Este libro, cuyo prólogo firman Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur, reúne los resultados de este esfuerzo y será un elemento indispensable en la tarea colectiva de construcción del país que los colombianos deberán asumir en la próxima década.



Gómez Buendía es al mismo tiempo economista, abogado, sociólogo y filósofo y uno de los intelectuales colombianos más reconocidos internacionalmente. Dinero dialogó extensamente con él sobre el Almendrón, el término con el cual el equipo de pensadores ha denominado a esa elusiva raíz de nuestra problemática nacional. A la creatividad de los colombianos para sobrevivir, pero a la vez al exceso de individualismo que impide acuerdos colectivos. El Almendrón es el modelo de sociedad de Colombia, que está haciendo crisis desde hace rato.



¿Cómo hacer prospectiva en un país donde reinan el desorden y la indisciplina social y donde lo único cierto es la incertidumbre?



Quisimos hacer prospectiva por fuera de los métodos convencionales que extrapolan tendencias, estiman modelos estadísticos o parten de un futuro más o menos deseable. Logramos caracterizar un núcleo generador de una amplia gama de comportamientos individuales y agregados de la sociedad colombiana. Ese núcleo interpretativo, o si se quiere, ese paradigma, creemos que da cuenta de la peculiaridad de Colombia en el pasado, en el presente y, con alta probabilidad, en el futuro, de una manera más profunda y sistemática que cualquiera de los tres otros métodos convencionales.



¿Y cuál es ese núcleo?



El mejor sociólogo colombiano, que no era sociólogo ni era colombiano, ha sido el profesor Takeushi, que enseñaba matemáticas avanzadas en la Universidad Nacional. Una vez le preguntaron por qué Japón, que hace 50 años era tan pobre como Colombia, ahora nos llevaba tanta ventaja. Tras pensarlo, el profesor dijo "un colombiano es mucho más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son mucho más eficaces que dos colombianos".



Esta es una forma simple de describir lo que hemos denominado "el Almendrón". Detrás de los síntomas que todos vemos está la esencia: el núcleo que, por supuesto, muchos no ven. Llamamos Almendrón a lo que parece estar debajo de estos síntomas. De los buenos y los malos. Es un tipo de organización que trata de explicar las dos cosas.



Es un modo de organización social: la forma como los colombianos convivimos o al menos vivimos juntos, nuestro código de interacción, las reglas de juego social que practicamos. Esta sociedad está organizada de tal manera que logramos el máximo de bienestar individual a costa del bien colectivo, o el bien general.



¿Entonces es un problema de exagerado individualismo?



Es nuestra forma de organizarnos. Tenemos una notable creatividad individual con una indisciplina social no menos notable. Las racionalidades individuales ahogan la racionalidad colectiva. Esto hace que la capacidad para generar bienes públicos sea muy limitada.



Por razones históricas, geográficas y regionales, Colombia ha tendido hacia una organización social en la que cada uno se las arregla. Esa especie de ilegalidad o paralegalidad, como se quiera llamar, tiene muchas raíces.



Nuestra forma de organización tiene ventajas: la alta creatividad individual, la gran movilidad social, la enorme diversidad regional, la pluralidad que ha impedido la dictadura. Pero tiene una cara negativa: la dificultad de hacer cosas colectivas, que genera costos de corrupción, clientelismo, narcotráfico y todos los grandes males colombianos. Esto ha impedido construir un proyecto colectivo de país, como sí lo han hecho Japón o Costa Rica.



¿Hay que atacar entonces el individualismo?



No necesariamente. En realidad, históricamente, la construcción de lo público no ha sido lo normal, sino lo raro. El orden público es un invento de la modernidad europea. Fueron ellos los que crearon el concepto de lo público, del Estado de Derecho y toda esta sociedad organizada y aburridora. Este es un invento excepcional. Lo que hay que explicar es por qué se llega a este orden.



Hay sociedades que se organizan mucho para el bien público y nada para el bien privado. Son sociedades insoportables para vivir. Como dice Gabo, Berna es tan lindo que dan ganas de vomitar. Hay otros sistemas que tratan de forzar lo público, como el socialismo, pero que han mostrado su inviabilidad. La organización social que nosotros tenemos está al otro extremo: la máxima satisfacción está en la racionalidad individual. Lo que hay es campo para el rebusque. Pero es complicadísimo cuando tratamos de hacer una cosa colectiva. Como en el fútbol: Colombia tiene jugadores que son estrellas, pero el equipo es malo. Hay que mantener la creatividad y el individualismo pero con más énfasis en lo colectivo.



¿Cómo hacer prospectiva a partir del Almendrón?



El futuro del país depende, más que de ninguna otra cosa, de la forma como evolucione este Almendrón. La gran pregunta es hasta qué punto podemos seguir aguantando nuestro Almendrón o adaptándonos a él; hasta dónde esta crisis nos va a obligar a cambiar. La hipótesis que hemos desarrollado es que el Almendrón es cada vez menos viable y más disfuncional en el mercado global, por lo que se ha hecho insostenible. Ha dejado de ser viable en el mundo posmoderno. Los comportamientos que existen en Colombia ya no son aceptables en el mundo.



La expresión más completa de esta situación es el narcotráfico, que llegó a nuestro país precisamente porque Colombia tiene un Almendrón. Con el narcotráfico, el Almendrón se intensifica y Colombia se hace internacionalmente no viable. Hoy se siente con angustia esta crisis internacional. Colombia, que era un país formalmente modelo en medio de las dictaduras, de 5 en conducta en manejo económico, se convierte en un narcopaís con violación de derechos humanos, con una tragedia ecológica, con la pérdida de la estabilidad económica. Mejor dicho, se raja en todo. El Almendrón deja de ser viable.



En su opinión, ¿cuáles serán los escenarios que enfrentará el país en el futuro de mediano plazo?



Podríamos visualizar tres escenarios. El primero es el del cliento-populo-narco-nacionalismo, al que tanto se acercó el gobierno pasado y hacia donde jalan muchas fuerzas reales. Este escenario nos marginaría crecientemente de la aldea global.



El segundo escenario es uno en el cual la aldea global arrastra la civilización del país, como en México. Colombia se integra a la aldea mundial y se acaba el Almendrón. Entran unas nuevas reglas de juego que tenemos que seguir: no se usa asesinar a la gente ni robarse las cosas públicas y hay que respetar los derechos humanos y de propiedad. Como en Costa Rica, en Chile y en los países asiáticos.



En este escenario, el país sería más moralista frente al narcotráfico, más democrático, más abierto al mundo. Afortunadamente, también hay fuerzas muy importantes que pelean por esta opción. Es el round de Pastrana, el abanderado del otro país.



Un tercer escenario sería el modelo de la diáspora, lo que ha pasado en China o en El Salvador. La gente talentosa se va del país voluntariamente, física o anímicamente. Y puede ser exitoso para los colombianos -está confirmado que los colombianos somos los más vivos, aun entre los latinos- pero no para Colombia. Sería el Almendrón globalizado.



Colombia se saltó de la premodernidad a la posmodernidad, sin nunca haber sido moderno, porque no tuvo un proyecto colectivo. Esto es lo que le da mucha fuerza al escenario de las fugas.



Los tres escenarios están vivos hacia el futuro. La disputa entre ellos, y por ellos, seguirá por mucho tiempo.



¿De qué dependerá la evolución hacia uno u otro escenario?



Toda organización social tiene desafíos por resolver: la inserción internacional, la convivencia y representación de sus ciudadanos, el desarrollo y la distribución de sus frutos y la sostenibilidad de sus recursos. Hay que enfrentar la prospectiva sobre el país y sus escenarios analizando la dinámica posible del narcotráfico, la violencia o no matarse, la legitimidad o el Estado de Derecho, la inserción de la economía o el crecimiento, la pobreza o la distribución, la integración nacional o la autoridad y el medio ambiente.



Estos son los siete desafíos prácticos o los procesos causales que hay que abordar para predecir argumentadamente el futuro del país. Son los hechos que producen consecuencias. Para entrar a la modernidad, con un proyecto colectivo, un país debe ser capaz de resolver estos desafíos.



Mirémoslos uno por uno. Empecemos por el narcotráfico. ¿Cuáles son los principales cambios que se anticipan?



El narcotráfico precipita la crisis. El narcotráfico es una manifestación del Almendrón, más que la causa del problema. El narcotráfico requiere una organización social muy específica, que no se encuentra, por ejemplo, en Venezuela o Ecuador.



Se presentarán cambios importantes en los mercados, la tecnología y los actores. El mercado internacional será menos dinámico, básicamente porque el boom del consumo en Estados Unidos ya pasó. Colombia disminuirá su participación en el mismo, porque México podrá jugar un papel creciente. Ambos elementos apuntan a que el ingreso ilegal para Colombia tenderá a disminuir, y con ello probablemente disminuya la demonización del país. Por supuesto, es posible que se presenten cambios tecnológicos notables, como la coca sintética o el hongo que destruye la coca. Este tipo de cambios son muy difíciles de predecir. Creo que tenemos unas redes capaces de negociar con cualquier cosa prohibida. Pero, sin duda, los carteles serán cada vez más pequeños y más multinacionales.



Todo lo anterior probablemente conduzca a que el poder del narcoterrorismo puede haber pasado, pero que la guerra seguirá con sus secuelas de ilegalidad, corrupción y violencia.



¿Qué prevé entonces en materia de violencia?



Hay varios tipos de violencia: la narco, la política y la ordinaria.



La violencia narco va a cambiar de apariencia: aunque disminuirá la violencia pública, la violencia privada -por las disputas de poder entre carteles- probablemente continúe.



En la violencia política, la guerrilla se ha convertido en un actor internacional muy importante, pues se ha vuelto crítica para los temas vitales de Estados Unidos en Colombia. Pasa por la coca, por el medio ambiente, por la frontera y por la inversión extranjera. La guerrilla, que nunca ha sido un actor político importante -por eso, no puede amenazar con una revolución a lo Nicaragua-, ha terminado por ser un actor militar con implicaciones internacionales. Y si el proceso de paz funciona, sobre lo que hay una posibilidad, es por motivos internacionales, porque se acabó la Guerra Fría y la agenda de Estados Unidos ya no es matar comunistas.



Aunque creo que las dos violencias más visibles van a disminuir, soy más pesimista en la violencia ordinaria, para la cual las perspectivas son más pesimistas, porque los niveles y tendencias del desempleo y la pobreza son preocupantes. La violencia ordinaria cada vez más va a ser un elemento mayor. La policía, crecientemente comprometida en los problemas relevantes para la agenda internacional, tiene poco que ofrecer en este campo. El cambio en la policía ha sido inducido por los gringos y para los gringos. Soy pesimista porque creo que en este campo habrá mucho ruido pero no muchos actos eficaces.



¿Y cómo evolucionará el déficit de legitimidad política en Colombia?



Colombia tiene una democracia. La gente no la valora lo suficiente porque no sabe qué es una dictadura. Esto puede ser lo que quieran, pero es una democracia. La disfuncionalidad es que esa democracia funciona a cambio de que no represente los conflictos sociales. El déficit de legitimidad se presenta porque hay elecciones pero no representación. Hay elecciones pero no tienen importancia. Cambia el titular del gobierno pero no cambian las políticas sociales y económicas. Los partidos políticos están por fuera de la política pues, por ser estrictamente electorales, no representan los conflictos sociales.



Hacia el futuro, los partidos políticos seguirán existiendo, representando, por razones de aritmética electoral, cada vez más al país atrasado. La votación electoral está hecha para conseguir votos por docenas más que votos de opinión. Entonces, los partidos representarán cada vez menos al país moderno y por ello tenderán a debilitarse.



Pero habrá un capital político flotante que será creciente: el país educado, moderno y más costoso de clientelizar. El país moderno hará una presencia creciente. El hecho político fundamental de los próximos años será la disputa por este gran capital político.



¿Cuáles serán los cambios más importantes en materia económica?



El escenario básico es moderadamente pesimista: si el Almendrón persiste, habrá más de lo mismo. Colombia, a pesar de cualquier gobierno, es muy difícil de desbaratar. Así como es muy difícil de gobernar, por la diversificación y por el rebusque del país, es muy difícil cometer errores tan grandes. Esto le da al país un colchón. El famoso nadadito de perro tiende a mantenerse. Con la suma de pequeños motores locales de diversidad y pequeño crecimiento, la economía crecerá a ritmos menores que en los últimos 20 años, alrededor del 3% anual, lo cual es malo.



El mayor dilema es el sector externo, que tendrá grandes modificaciones. Los problemas de seguridad e inestabilidad terminarán por hacer menos atractivo el país para la inversión extranjera. Si no quiere que esto ocurra, Colombia tendrá que aconductarse. Pero, además, la importancia relativa de la droga, del petróleo y del café tenderá a descender, y la probabilidad de continuar creciendo a punta de bonanzas desaparecerá. Sin embargo, la economía en un proceso de inserción internacional dependerá crecientemente del sector externo. El modelo hacia adentro está descartado. Para lograr un mejor nivel de crecimiento habría que desarrollar sectores industriales y agroindustriales intensivos en el conocimiento y la educación, que aprovechen la creatividad e inteligencia del colombiano, y con clara vocación de exportaciones.



Estoy seguro de que el problema más grave del país es el problema externo. Y es particularmente grave porque ni siquiera se ha empezado a discutir en serio. Hoy estamos tratando de reducir el déficit fiscal con la esperanza que bajen las tasas de interés, pero el déficit externo es enorme. Y sería mejor que se ajustara para elevar otro tipo de exportaciones que ayudaran a generar un crecimiento sustancial de la economía. Pero no lo estoy viendo.



¿Qué va a pasar en materia de pobreza?



Es justo decir que en Colombia el progreso social y de la política social ha sido notable. Y ha sido acompañado con un componente importante del Almendrón, la movilidad social, elemento que los analistas poco destacan. Con movilidad social, las esperanzas individuales siempre son grandes y el rebusque social puede ser rentable. El narcotráfico y el acceso a los puestos del Estado por la burocracia pudo haber contribuido a ello.



Sin embargo, la perspectiva de la pobreza no es buena. Veo un crecimiento de la pobreza atizado por el desempleo y el inevitable recorte del gasto público. La educación podría convertirse rápidamente en un cuello de botella y la salud encontrar límites a la universalización de la cobertura, si no se reducen la capitación y los planes de servicios. El desbalance de las pensiones se ampliará hasta estallar.



¿Y cuál es el panorama de integración nacional?



La peculiaridad colombiana, en comparación con América Latina, es que tenemos una diversidad regional mucho más grande que en cualquier otra parte. Aquí nunca ha habido un proyecto suficientemente grande de nación y por razones de geografía, hay muchas partes del país sin presencia del Estado.



El cambio más notable será la revalorización de las fronteras, que se volvieron importantes por las crisis, ya que todas están allí: el petróleo, los indios, los guerrilleros, el medio ambiente y la coca. Esto cambia el equilibrio regional de una manera importante.



Los espacios de poder local serán crecientes. como habría dicho Hegel, Colombia es más geografía que historia. La descentralización avanzará inevitablemente, así siempre esté acompañada de desequilibrios fiscales. La tendencia inevitable es hacia una mayor fragmentación.



¿Y qué prevé en el medio ambiente?



El problema del medio ambiente todavía se percibe como algo lejano y relativamente retórico, por lo cual creo que será sobre todo una variable pasiva, con creciente presión internacional. Excepto en el caso del agua, cuya escasez sí nos va a tocar muy rápido. Es un problema inmediato, grave, que va a empezar a crear serios problemas económicos y sociales.



¿La agenda alrededor del proceso de paz coincide con estas prioridades?



El proceso de paz está ocurriendo por cuenta de Estados Unidos. Es entre la DEA y las Farc. Y por esto, paradójicamente, puede haber paz. Si fuera por los colombianos, nos la tiraríamos. En Colombia, la historia ordena la paz y todos los actores tratan de acabar con ella.



Por ello, en la agenda sólo hay dos puntos claves: narcotráfico y derechos humanos. El resto es paja. Los estadounidenses están dispuestos a que las Farc colaboren para sustituir cultivos, respeten las fronteras y no secuestren ingenieros. A cambio, lograr que el gobierno les haga algún caso. Que Pastrana y Julio Mario los tomen en serio. Ojalá en este proceso hagan algo útil e importante para el país y no vayan a acabar con la agricultura con una reforma agraria pasada de moda o con la minería con el nacionalismo de los años cincuenta. A veces, parece que al gobierno lo dominara el síndrome de Estocolmo y olvidara desarrollar una agenda, no para los temas de interés de Estados Unidos, sino del país.



El problema de la guerrilla es que, aunque lleva muchos años como poder militar, no tiene poder político. Lo que no ha logrado Tirofijo es que lo tomen en serio. Cuando quieren tener en cuenta a Tirofijo, dice una cantidad de cosas tan confusas como las que dice cualquier político. Ojalá la guerrilla fuera una fuerza progresista, pero no: es una fuerza retardataria.



¿Y ahora qué sigue?



Lo primero que nos parece importante es llevar a la discusión pública estos problemas. Tratamos de convocar a los intelectuales para llevar a cabo la discusión.



No es fácil encontrar el espacio para la discusión intelectual en Colombia. No tenemos los intelectuales del caso francés ni los Think Tanks de Estados Unidos ni la Intelligentsia judía. Aquí hay consultores que ganan plata, tecnócratas que quieren ser ministros e ideólogos que trabajan en burocracia o en la izquierda. La gente educada está demasiado cerca de los intereses reales. No podemos seguir perdiendo el diálogo sobre los problemas capitales. El espacio de reflexión para el interés público es muy escaso y hay que ampliarlo. Hay que volver a pensar en grandes dimensiones. Y pensar en lo esencial. Detrás de las noticias está el Almendrón.



La obsesión latinoamericana de llegar a la meta sin hacer el camino es algo de antología. Vivimos de atajos. Cada 20 años se inventan un atajo nuevo, en especial los economistas y los políticos. En atajos somos infinitos. Ahora Tirofijo, como Hugo Chávez, está pidiendo una nueva Constitución para acabar con el hambre. Y los intelectuales vuelven a creer que los problemas institucionales se resuelven con el atajo de los decretos, las leyes y las constituciones. Y en Washington, con el cuento de la segunda generación de reformas también se han inventado nuevos atajos. El problema es mucho más complicado. Hay que pensar más seriamente en la forma como la gente interactúa.



Más que de leyes, la organización es el resultado de la cultura y de procesos de aprendizaje y adaptación en las relaciones entre la gente. En el Almendrón, los colombianos hemos desarrollado una ética, la ética del rebusque. La primera ley es no dar papaya. La segunda es la lealtad local: cuando no hay instituciones impersonales hay que tener amigos. Aplaudimos al exitoso y al leal. Y también hemos desarrollado una sicología: la vida de repuesto. Todo colombiano tiene una vida de verdad y una imaginaria. A pesar de lo mal que esté, siempre está a punto de que algo le salga mejor. Siempre algo va a resultar. Y la ilusión nos mantiene vivos y activos.



http://prospectiva.colombia-siglo21.net
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