| 9/10/1999 12:00:00 AM

Para un ajuste expansivo

El más respetado economista chileno realiza paralelos entre la economía colombiana y la de su país y propone centrar la atención del acuerdo con el FMI en los incentivos para el sector empresarial.

Vittorio Corbo es hoy el economista chileno más respetado en su país y en el ámbito latinoamericano. En la reciente reunión de la Asociación Internacional de Economistas que se llevó a cabo en Buenos Aires, Corbo, que compartió el podio con premios Nobel como Solow, Arrow y Sen, presentó la conferencia magistral de un economista latinoamericano, sobre "políticas de desarrollo más allá del desarrollo exportador", que provocó una intensa polémica.



Corbo plantea que el factor determinante del crecimiento de largo plazo es la inversión en capital físico y humano y el progreso tecnológico, y que ése debe ser el centro de toda discusión económica en la región. Dinero conversó con Corbo sobre los paralelos entre las economías de Chile y Colombia, las lecciones del ajuste latinoamericano y los retos que enfrenta la región.



La economía chilena parece estar registrando un ciclo económico muy parecido al colombiano. ¿Cómo evalúa usted estas semejanzas?



Cuando llegó el choque externo, en 1997-98, Chile estaba creciendo muy por encima de su capacidad. El gasto interno crecía entre el 15 y el 20% reales. Tras diez años de crecimiento cercanos al 7% se generó un boom de expectativas de inversionistas y consumidores que permitió mejorar los recaudos del sector público, y a éste gastar más, lo cual generó un gran déficit en cuenta corriente que llegó al 8% del PIB, y algunas presiones inflacionarias.



En el primer semestre de 1998, ante las presiones cambiarias, el banco central decidió defender la tasa de cambio con una política monetaria restrictiva, que llevó la tasa interbancaria a un altísimo nivel del 14% real, y redujo la amplitud de la banda cambiaria para cimentar su credibilidad. La reputación del Banco le permitió la defensa cambiaria, pero la economía comenzó a desacelerarse. Por su parte, el sector público se demoró en reaccionar ante la evidencia del choque externo y siguió con un crecimiento muy fuerte del gasto hasta casi finales del 98. A partir de entonces reaccionó con una reducción grande del gasto, pero lo hizo en el peor momento, lo cual alimentó la desaceleración de la economía.



Con una caída del gasto total cercana al 15% en el primer semestre del 99, la economía ha ido tocando fondo, con un crecimiento negativo durante el primer semestre. Esto ayudó a reducir el déficit externo pero elevó el desempleo, que pronto llegará al 13%.



Finalmente, la economía chilena ha comenzado a recuperarse. La flexibilización de la política cambiaria me lleva a ser optimista. Inicialmente, la banda cambiaria se amplió en forma de cono. Ahora se ha anunciado una tasa de cambio flexible que tendrá intervención muy esporádica del banco central, sólo cuando se presenten cambios muy bruscos (managed float).



Mi optimismo también proviene de los grandes acuerdos que percibo en los programas económicos de los candidatos que se disputarán la presidencia el próximo diciembre. Los candidatos anunciados a ministro de Economía son de lujo: Nicolás Izaguirre, Jaime Pérez o Roberto Zahler, con Ricardo Lagos; o Hernán Buchi, Christian Larroulet o Rodrigo Vergara en el caso de Joaquín Lavín. Todos valoran la estabilidad cambiaria, la inflación en niveles bajos y la necesidad de reducir el déficit corriente hasta niveles sostenibles en el largo plazo. Y todos coinciden en centrar la acción del Estado en soluciones para la educación, la capacitación, la salud y, sobre todo, la pobreza. Las diferencias entre los candidatos son más de valores que de economía, lo cual está bien.



Después de este traumático ajuste, ¿cuáles lecciones de Chile son transferibles a otros países?



Hay que avanzar en la discusión de programas de desarrollo que trasciendan el llamado Export-Led Growth, el crecimiento liderado por las exportaciones. Hoy es obvio que el potencial de crecimiento proviene de una situación macro ordenada, que permita pensar en el mediano plazo. También es evidente que abrirse al comercio, con aranceles bajos e incentivos parejos, es demasiado importante. Pero más allá de estas precondiciones, el crecimiento de largo plazo depende del crecimiento por el lado de la oferta, derivado de la inversión en capital físico y humano y del progreso técnico. Tenemos que crear economías con la capacidad de aumentar en forma importante la productividad en los años que vienen.



Veo tres prioridades en la agenda de desarrollo: promover la competencia en los bienes no transables, reformar la operación de los servicios de educación y salud y generar instituciones fiscales mucho más creíbles que las que hoy tenemos.



Más allá de los estímulos para atraer inversión extranjera, hay que desarrollar competitividad en los sectores productores de bienes no transables. Con la ayuda de legislación y, sobre todo, de regulación, hay que promover activamente la competencia en energía eléctrica, en telecomunicaciones, en aeropuertos y puertos. La capacidad de movilizar físicamente recursos en forma eficiente es ahora demasiado importante.



Los servicios de educación y la salud de la gran mayoría de los latinoamericanos siguen siendo bajos para casi todos nuestros países. Unas instituciones más eficaces podrían contribuir mucho al crecimiento de la expansión y el mejoramiento de la calidad.



El siguiente punto prioritario es el diseño de instituciones fiscales creíbles, como la convertibilidad fiscal y la coparticipación regional.



Chile, Argentina y Brasil han coincidido en la necesidad de encontrar modalidades para ponerle límites creíbles al crecimiento del gasto, y así lo han desarrollado recientemente en sus respectivos congresos. La convertibilidad fiscal tiene como principios limitar el nivel de gasto --la regla es que debe crecer a una tasa igual o menor que la del PIB--, cambiar la responsabilidad por el nivel del gasto y disminuir su dependencia de los ingresos corrientes. Las decisiones sobre el nivel de gasto serían tomadas por el Ejecutivo en forma autónoma y el Congreso no tendría facultad para modificar el nivel de gasto, sino su composición por programas. En Argentina y Chile, y quizás en Brasil, va a ser ilegal tener déficit después del año 2003. De otra parte, para evitar que los booms económicos terminen en mayores niveles de gasto permanente, se proponen fondos de estabilización fiscal, que se financiarían con una contribución del presupuesto e ingresos de privatizaciones. Los argentinos han previsto invertir estos recursos en bonos líquidos del mercado internacional, para tenerlos disponibles para eventuales shocks futuros. La política fiscal debe estar pensada como un nivel de gasto sostenible, con ajustes cíclicos sostenibles y predecibles.



El siguiente punto es el fortalecimiento de la regulación financiera. Ante el choque externo, Taiwan, Hong Kong y Chile resistieron relativamente mejor debido a la buena regulación en esta materia. En Chile, a pesar de la recesión, no se ha presentado ninguna quiebra de bancos en los últimos 12 años y la cartera vencida hoy es apenas del 1,6%. Un mercado de deuda subordinada obliga a las entidades a enfrentar sus riesgos directamente en el mercado. Más que de un exceso de normas, en Chile la superintendencia bancaria lleva muy bien la radiografía de los bancos con simulaciones de situaciones extremas e interviene con anticipación las entidades que podrían presentar problemas.



Hablemos ahora de Colombia. ¿Cómo entiende usted la difícil situación que atraviesa este país, que durante años fue considerado como la estrella de América Latina, junto con Chile?



El deterioro fiscal tan grande que ustedes tuvieron en los últimos cinco años es un elemento central del problema. La combinación de política fiscal expansiva con altas tasas de interés terminó por debilitar el sector financiero y a sus clientes. Ahora, ante la restricción de financiamiento externo, ha habido un ajuste drástico en el sector privado, y en parte en el público, que desaceleró rápidamente la economía.



En este período de choques externos, Colombia ha registrado dos debilidades. La primera, el hecho de tener una banca especializada que resintió más que proporcionalmente los choques sectoriales, como en vivienda y café. Ese esquema ya no existe en ninguna parte del mundo y estoy seguro de que nunca será buen negocio. La segunda debilidad es la violencia que, sin duda, ha ahuyentado la inversión y el financiamiento externo.



Después de una caída del 6,2% del PIB y un desempleo casi del 20%, ¿qué hacer entonces hacia adelante?



Se debe restablecer un equilibrio macroeconómico ordenado, que cambie la mezcla de políticas: un esfuerzo grande en la parte fiscal y una política monetaria que permita tasas de interés más bajas. El mayor esfuerzo en el corto plazo debe ser levantar el sector financiero, con bancos verdaderamente diversificados y capitalizados.



En el plano fiscal, más que un ajuste de corto plazo violento e insostenible, recomendaría recuperar la responsabilidad fiscal en forma permanente. Lo esencial no es tener un déficit cero el primer año del programa, sino que el valor presente de la situación fiscal futura no sea diferente de cero. Es necesario llegar a un balance en dos o tres años. Si se proyectan bien el gasto y los ingresos, se podría tener un suave aterrizaje en dos o tres años. De Asia hemos aprendido la importancia de graduar la velocidad del ajuste fiscal por los efectos endógenos generados por la recesión. Los escenarios de mediano plazo tienen que ser el eje de la discusión con el Fondo.



Recomendaría complementar este ajuste con más políticas que estimulen el crecimiento económico. Hay que avanzar en la reforma del sector público para lograr la eficiencia. Hay que promover el respeto de los derechos de propiedad para atraer la inversión, extranjera y nacional, en especial en agricultura y energía. Hay que ponerle al sector financiero los estímulos adecuados para que compitan eficientemente por transformar los plazos en el mercado de capitales.



¿Qué hacer con el desempleo?



El deterioro laboral refleja en parte el deterioro macroeconómico, pero también la reducción de la inversión por la incertidumbre económica y de orden público.



La experiencia chilena puede ser interesante para ustedes. La tasa de desempleo llegó al 30% y se redujo al 6% unos años después. Los estudios muestran que el 80% de su reducción se debió al crecimiento económico en medio de pocas distorsiones del mercado laboral. Pero, para romper las tendencias, los programas asistenciales de corto plazo fueron muy importantes. Estos programas, realizados por los municipios con asistencia del gobierno, mitigaron enormemente el problema del alto desempleo en los 80, para desaparecer gradualmente. Y ahora acaban de ser impulsados de nuevo, esta vez por el gobierno, que diez días atrás asignó US$160 millones para llevarlos a cabo en la actual recesión. En el presupuesto fiscal, como parte de un manejo contracíclico, hay que darle un espacio importante al programa de generación de empleo.



Colombia ha insistido en mantener un régimen cambiario que ya Chile abandonó, al costo de una pérdida de credibilidad que genera incertidumbre e impide reducir las tasas de interés. ¿Qué recomendaría usted?



Hemos aprendido que de verdad hay sólo dos esquemas cambiarios. El primero es un tipo de cambio verdaderamente fijo y creíble, como el de la Argentina. El otro es el esquema de tasa de cambio flexible. Los sistemas intermedios, como el de bandas, están a punto de ser un objeto de museo. Veo que los países se están moviendo gradualmente hacia la flexibilidad, ampliando las bandas hasta hacerlas irrelevantes y desarrollando sistemas adecuados de cobertura de riesgo cambiario.



La dolarización argentina es extrema: le ha servido para generar disciplina fiscal, pero la ha puesto en dificultades para ajustarse ante choques externos. Para ese país, el esquema ha sido bueno. Pero sólo para ese país. Para las otras economías de América Latina, sujetas a choques externos tan grandes, la rigidez cambiaria obliga a ajustes demasiado dolorosos en desempleo y quiebras. En países que tienen productos como café, petróleo o cobre es importante el ajuste cambiario, siempre que se mantenga conciencia de la disciplina fiscal como ancla para mantener la competitividad.



Pero con tasas de cambio flexibles se pierde la posibilidad de hacer política monetaria autónoma...



Si hay creciente consenso profesional alrededor de la bondad de la flexibilidad cambiaria, la pregunta es cómo hacer la política monetaria. La vieja moda de tener anclas monetarias (o metas de crecimiento de los agregados) se hace complicada cuando hay saltos en la demanda por dinero y cuando la gente se desplaza hacia otras monedas. Una alternativa mejor es proponer "inflation-targetting", en la cual es la meta de inflación la que guía todas las decisiones monetarias. Esta es la opción que han escogido diversos países industrializados de manera explícita (como Alemania y Canadá) o de forma implícita como Estados Unidos o la Comunidad Europea. En América Latina ya se está usando este esquema en Chile, México y Brasil.



En el caso colombiano, yo hubiera preferido que el Banco de la República hubiese anunciado una meta de inflación con una banda entre el 5 y el 10%, aprovechando la oportunidad de la desinflación temporal que ustedes han tenido para sacar la inflación del sistema.



¿Qué se ha aprendido de los mecanismos de transición en materia cambiaria? ¿Se ha encontrado una mejor manera de hacer las cosas?



La gran transición es permitir la cobertura del riesgo cambiario. Hay que permitirle a la banca desarrollar el mercado de cobertura para participar en las dos puntas. Por supuesto, es esencial una regulación adecuada de la Superintendencia Bancaria para una evaluación correcta de los riesgos de los movimientos cambiarios. En Chile, cuando la situación cambiaria se creyó sostenible, el mercado fue desarrollado por los bancos privados, gracias a una normativa favorable. Colombia debe recuperar esa credibilidad acelerando los pasos para lograr la responsabilidad fiscal.



Hablemos de los programas con el FMI. ¿Cuál ha sido la evolución de los programas del FMI? ¿Será cierto, como se cree ahora en Colombia, que los ajustes son consistentes en el corto plazo con la recuperación de la economía?



Hay un gran cambio de percepción sobre las modalidades de ajuste. En el pasado, los programas con el Fondo se centraban en el sector público, ya que era este sector el que movía la economía. Hoy se ha aprendido que el sector privado es más importante de lo que se creía. Y que los programas de ajuste, más allá de lograr los equilibrios del gobierno central, deben concentrarse en poner los incentivos correctos para el sector privado. Hoy es importante para el Fondo mirar los incentivos empresariales, con tasas de interés y niveles impositivos que aceleren el crecimiento y, por ahí derecho, el ajuste fiscal. La brutal recuperación de Asia, en especial de Corea, tuvo que ver con la generación de confianza en el sector privado sobre el futuro de la economía que trajo el acuerdo con el FMI. Hay que acompañar el ajuste macro con medidas de promoción decidida de la competitividad y la productividad de la economía.



La gran pregunta para Colombia entonces es cómo hacer para generar un shock de confianza a los empresarios nacionales e internacionales. Veo positivo que Colombia haya decidido tener un plan con el FMI porque podría generar la confianza internacional --que hoy no tiene-- sobre la decisión de ajustarse fiscalmente. Esto facilitaría las decisiones en la banca multilateral y probablemente en los mercados financieros internacionales. La inversión en papeles de empresas colombianas colocados en el exterior podría movilizar recursos de bajo riesgo. Puede que este acceso a liquidez por el sector privado sea grande, pero por los efectos de la violencia no será suficiente. Es esencial que ustedes lleguen a estabilizar y controlar la situación de política interna. Y con ello, sería muy conveniente aprovechar el músculo que hoy tienen con Estados Unidos para reducir sus barreras comerciales. La mejor ayuda que puede darle Estados Unidos a Colombia hoy es el acceso abierto a su mercado.



Finalmente, si a usted lo invitaran a conversar con la guerrilla colombiana sobre un programa económico progresista en la búsqueda de la equidad, ¿qué diría?



Diría tres cosas. La primera es que la reducción de la pobreza depende sobre todo del crecimiento económico y que éste depende mucho de la estabilidad macroeconómica. Sin estabilidad ni crecimiento no hay reducción de la pobreza posible.



Segunda, que el Estado colombiano debe concentrarse, antes que en enfrentar las dificultades de orden público, en financiar y ayudar a producir los bienes públicos más importantes para la vida de los pobres: la salud y la educación. Sin salud y sin educación, un pobre nunca dejará de ser pobre. El Estado colombiano tiene que reorientar sus gastos hacia las zonas pobres y hacia la revolución de la calidad en la prestación competitiva de estos importantes servicios.



Finalmente, en las zonas rurales, donde la focalización del gasto social debería ser más fuerte, desarrollaría más activamente programas de infraestructura, transferencia de tecnología y crédito a los pequeños productores. Pondría prioridad en dar subsidios explícitos y generosos en materia de crédito, capacitación y semillas mejoradas. Sólo con mejores oportunidades, los pobres de su país dejarán de ser pobres.
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