| 6/16/1998 12:00:00 AM

North: ¡qué Premio Nobel!

El desarrollo no está en las máquinas, sino en las reglas de juego que permiten a las personas organizarse para trabajar. Entrevista exclusiva con Douglass C. North, Premio Nobel de Economía 1993.

Por primera vez en la historia, un Premio Nobel de Economía vino a Colombia. La Universidad de los Andes logró la hazaña cuando invitó a Douglass C. North, Premio Nobel de 1993, a la celebración del cincuentenario de este centro académico. El Departamento de Estado le recomendó no visitar Colombia, pero él se arriesgó y vino. Recibió el doctorado Honoris Causa, dictó dos conferencias y habló durante varias horas con Dinero, en una enriquecedora entrevista que compartimos con nuestros lectores.



El 99,9% de los colombianos no sabe quién es North. Y el 95% de nuestros economistas nunca ha oído hablar de él. ¿Quién es? Se trata de un estadounidense de 68 años, profesor de la Universidad de Washington en St. Louis, pionero de la escuela de historia cuantitativa, junto con Simon Kuznets y Robert Fogel. Ha publicado 5 libros de historia económica de enorme trascendencia y un centenar de artículos. La academia sueca le otorgó el Premio Nobel en 1993.



"Suponer que la gente es racional impide entender lo que ocurre. Si algo tenemos los humanos es que no somos perfectamente lógicos".



El sitio de North en la historia del pensamiento económico está asegurado por ser uno de los padres de la nueva Economía Institucional, una escuela que ha superado los cánones de la ortodoxia neoclásica, al integrar el análisis económico con la historia y las instituciones. Sus ideas han llevado a economistas de muchas corrientes a cuestionar los supuestos más básicos en los que se sustentan sus investigaciones y sus recomendaciones.



Usted fue uno de los pioneros de la escuela cliométrica, que aplicó con rigor las herramientas neoclásicas al análisis de la historia. Pero la academia sueca lo premió por desarrollar la nueva Economía Institucional, un marco analítico alternativo para la historia económica. ¿Cómo se dio esta evolución de su pensamiento?



Comencé mi trabajo con un grupo que exploraba empíricamente las fuerzas del progreso económico en el largo plazo. Nos interesaban el cambio demográfico, la acumulación de capital, el aumento de la productividad, el transporte y la expansión de los mercados. Logramos entender, como creo que hoy entienden todos los economistas, las fuerzas que hacen productiva una economía. La llamada nueva Economía del Crecimiento ha iluminado el papel de las nuevas tecnologías, la inversión en capital humano, las economías de escala, las externalidades y demás.



Pero también descubrí que una cosa es saber cuáles son las fuerzas que hacen productiva una economía y otra muy distinta es entender cómo cambiar las cosas, cómo alentar a las economías, a los sistemas políticos y a las sociedades para introducir los cambios que los hagan productivos y creativos.



Las herramientas analíticas de los economistas son bastante menos útiles de lo que ellos creen. Suponer que los mercados son eficientes, que las transacciones no tienen costo y que la gente es racional y está plenamente informada impide entender la esencia de los procesos de cambio. Si algo tenemos los humanos es que no somos perfectamente lógicos. Nuestra lógica es aprendida, con gran esfuerzo, y no en medio de un proceso natural.



Desplacé entonces mi reflexión hacia la estructura de incentivos que induce a los individuos y a las comunidades a hacer lo que hacen. En los últimos veinte años mi obsesión ha sido analizar los efectos de las instituciones sobre el desarrollo de las economías en el tiempo.



He buscado una mejor conexión entre las ciencias del conocimiento y la economía. La ciencia cognitiva es una avenida extremadamente interesante. La gente no es irracional, simplemente tiene imperfecciones en su información y en el conocimiento de los resultados de sus acciones. Las personas luchan por darle sentido a su mundo, en medio de todas estas restricciones. Este es un mundo muy diferente de aquel en el cual todos están perfectamente informados y construyen respuestas lógicas.

"El sistema político tiene que ofrecer los incentivos correctos, si se quiere que haya desarrollo".



La mente humana aprende de experiencias específicas, a partir de las cuales se construyen patrones que refuerzan el comportamiento. Debemos entender cómo evolucionan estos patrones. Casi siempre, hacemos las cosas mal la primera vez: lo contrario sería un milagro. La historia pasada juega un papel crítico en limitar lo que tenemos. La modificamos en el margen.



Hay que partir de la mente de la gente, de sus creencias e ideologías para entender las instituciones. A partir de los hechos, hay que entender los sistemas de creencias que permiten el desarrollo político de las instituciones. Estas instituciones generan nuevos datos y nuevas creencias que se retroalimentan sin cesar.



Con la nueva Economía Institucional se incorpora una teoría de las instituciones a la teoría económica. En lugar de invalidar o reemplazar la teoría neoclásica, la complementa, modifica y amplía.



¿Podría precisarnos a qué se refiere usted con las instituciones que le parecen tan importantes?

Las instituciones son las reglas de juego de una sociedad o, dicho de manera más formal, las restricciones inventadas por los seres humanos para estructurar la interacción entre los individuos. Son las estructuras de incentivos o reglas de juego.



Douglass North recibe el doctorado Honoris Causa de la Universidad de los Andes. De izquierda a derecha, Santiago Montenegro, decano de Economía; Alfonso Mejía, vicerrector administrativo; Douglass North; Pablo Navas, presidente del consejo directivo y Carlos Angulo, rector.



Déjeme describir la matriz institucional. Las instituciones se componen de reglas formales, como constituciones, leyes y reglamentos; de restricciones informales, es decir, convenciones, normas de comportamiento y códigos de conducta, que incluyen las actitudes, valores y normas; y de mecanismos de coerción, que aumentan la probabilidad de cumplimiento de las reglas formales e informales.



Las instituciones son diferentes de las organizaciones, que son los grupos de individuos unidos en torno a un propósito común. Estos son los jugadores.



Las instituciones se crean para reducir la incertidumbre en el intercambio humano. Junto con la tecnología, éstas determinan los costos de transacción, que es uno de los conceptos más útiles para entender la dinámica económica.



¿Qué tiene que ver todo esto con la política que usted tanto enfatiza?



Las reglas son creadas y controladas por el sistema político. He encontrado que la causa de la pobreza es siempre política. Para que una economía funcione es esencial tener un sistema político que ponga en marcha los incentivos correctos.



Infortunadamente, no sabemos cómo diseñar un sistema político que induzca de manera natural unas reglas de juego que hagan más productiva una economía. Esa es la frontera de la investigación. Si no la superamos, estaremos atascados en nuestra comprensión del desarrollo económico.



Esto también pone un límite a la idea de que es posible generar fácilmente una revolución en las reglas de juego. Solamente son controlables las reglas formales. Por ello, sólo son posibles los cambios graduales.



La importación de reglas formales de otros países genera resultados muy diferentes a los originales. La revolución formal no funciona: hay que entender las normas y el comportamiento antes de cambiar las reglas. Debemos reconocer que las reglas anteriores deben ser complementadas por normas de comportamiento que sean consecuentes con ellas y con el sistema existente.



Para nuestros lectores más académicos, ¿nos podría explicar cuáles son las conexiones de su teoría con otras como el marxismo y el laissez faire?



El marxismo es una teoría que se hizo las preguntas correctas, pues mantuvo el interés por la dinámica, se preocupó por la interrelación entre la economía y la ideología, por los derechos de propiedad y su relación con la tecnología, y por las creencias de las personas. Pero obtuvo unas respuestas decepcionantes.



Es igualmente errada la teoría del laissez faire que puso de moda Milton Friedman. Los mercados no funcionan espontáneamente. Su libre funcionamiento no es natural, sino el resultado del desarrollo de reglas de juego que permiten estructurarlos y, en ellas, el Estado juega un papel determinante.



¿Cuál es la principal lección para países como Colombia?



El problema crítico del desarrollo, paradójicamente, no es cómo aumentar la productividad, sino cómo desarrollar reglas de juego que alienten a las economías, a los sistemas políticos y a las sociedades a hacer lo que tienen que hacer para volverse productivas y creativas. Cómo estructurar incentivos para lograr mayor inversión en capital físico o humano, mayor desarrollo de tecnologías y mayor creatividad, y cómo evitar el desarrollo espontáneo de incentivos en el cual todo lo que se busca es una redistribución de ingresos, en el cual unos ganen a costa de otros.



"Siempre encuentro que la causa de la pobreza es política".



¿Cuáles son esas instituciones críticas?



Aquellas que permiten afianzar los derechos de propiedad y el intercambio impersonal con bajos costos de transacción. Las instituciones políticas y las organizaciones judiciales, educativas y culturales tienen gran importancia.



Muchos creen que las debilidades de los países latinoamericanos se derivan de su herencia española y católica. ¿Usted qué opina?



Dentro de un par de años publicaré un libro en el cual comparo el desarrollo de Estados Unidos con el de América Latina. Es evidente que la herencia española no fue la base para el desarrollo de los mercados ni de la estabilidad. Pero se ha exagerado el papel de las creencias religiosas. No es tan simple como lo creía Max Weber: el punto esencial no es tanto el catolicismo en sí mismo, sino las experiencias concretas y el bagaje cultural en los lugares donde éste se desarrolló. En otras palabras, América Latina sería muy diferente si aquí hubieran llegado los católicos de Cataluña y no los de Sevilla.



También creo que se ha exagerado el papel de los Códigos Romanos en América Latina, frente a la Ley Común (Common Law) de origen inglés que se desarrolló en Estados Unidos. No creo que la primera sea menos eficiente. Es más importante el pobre entrenamiento del sistema judicial y su grado de corrupción. Con éstos, no hay ley que funcione.



Los estudios recientes señalan la violencia como un problema particularmente importante en América Latina.



En la evolución de toda Latinoamérica se observan períodos de desorden, incluida la violencia. Estados Unidos mismo tuvo uno de los períodos más violentos de la historia del siglo XIX, durante su Guerra Civil. Pero treinta años después había logrado poner en marcha una economía y una democracia.



Pero América Latina no ha tenido la misma suerte. Las soluciones casi siempre han sido autoritarias. Estoy terminando una investigación con Barry Weingast, de la Universidad de Stanford, en la cual proponemos un modelo general de evolución del desorden al orden, con énfasis en las modalidades en las cuales el sistema político se ajusta a las nuevas situaciones.



¿Podría resumir dos lecciones centrales de sus casi cincuenta años de investigación?

Le doy tres. La primera es para los investigadores: ser menos deductivos y más inductivos en el razonamiento para el análisis histórico.



"Hay en los colombianos una actitud excesivamente pesimista y prevenida. Pero tienen logros que otros no pueden mostrar"



La segunda es tener los ojos más abiertos ante la ciencia política seria, al hacer análisis económico.La tercera es una guía metodológica simple: para entender por qué una economía no funciona, lo mejor es medir los costos de transacción en los diferentes mercados y seguirles la pista hasta las reglas formales e informales. Recomiendo tomar ese enfoque y aplicarlo al tipo de actividades que los países hacen o deberían hacer.



¿Qué ha aprendido de sus visitas a América Latina?



Estas son mis dos experiencias más intensas. La primera fue en Perú. Me concentré en el funcionamiento de los textiles, las comunicaciones y el sector informal. Encontré que la corrupción pequeña imponía por doquier altos costos de transacción y que éstos eran aún mayores por la deficiente especificación de las reglas de juego para la interacción privada.



Recomendé el desarrollo de una entidad independiente del gobierno, llamada Indecopi, para estructurar la competencia y educar a la población en la idea de que el mercado es un juego limpio que trata con honradez a ricos y pobres. Los resultados han sido estupendos.



El Departamento de Estado le recomendó no visitar Colombia, pero él se arriesgó y vino.



Como en otras partes, el trabajo me llevó al análisis de los mercados de capital: si ellos funcionan bien, el resto de la economía también lo hace. Es, sin duda, el mercado más crítico. Si funciona bien ­por los bajos costos de los intercambios financieros, que seguramente se deben a un buen funcionamiento de los derechos de propiedad y del sistema judicial­, los demás mercados lo harán bien.



En Venezuela, el problema era analizar por qué el gobierno no había podido vender una fábrica de aluminio. Encontré que había pagos ocultos y no previstos a los trabajadores públicos, que hacían difícil firmar contratos de venta creíbles y con la debida capacidad coercitiva. Recomendé el desarrollo de una ley laboral que eliminara los costos ocultos y no cuantificables, una ley de justicia bien especificada y mucho entrenamiento a los jueces.



Los problemas de los países de América Latina son menos diferentes de lo que los mismos latinoamericanos piensan. Quiero hacer énfasis en el sistema de creencias: si la suerte, antes que el esfuerzo, es percibida como la fuente de riqueza, es inevitable que se dé prioridad a las políticas redistributivas y haya incentivos incorrectos al trabajo y la inversión.



Y otro punto: en el largo plazo, la democracia y los mercados son la forma de marchar hacia el crecimiento económico. Las soluciones autoritarias casi siempre han fallado.



¿Y sobre Colombia?



Los noto en una actitud excesivamente pesimista y prevenida. Tener una inflación relativamente baja y no explosiva, combinada con persistente crecimiento económico y progreso social es un gran logro que pocos países de América Latina pueden mostrar.



Aquí hay que hacer mucho énfasis en la justicia, la competencia y la educación, con normas eficaces. Los retos institucionales de Colombia son muy interesantes y poco comunes en el espectro del desarrollo. La guerrilla y la mafia juntas generan no pocos problemas institucionales, que hay que enfrentar con más imaginación. Mi esposa y yo hemos sido acogidos en Colombia en forma muy amable. He visto la promesa de este país como un sitio al cual quisiera volver en el futuro.
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